Maldita CAPÍTULO VI
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CAPÍTULO VI

Asco.

¿Estaré enferma?

La náusea.

No entiendo.

Erzsébet estaba inquieta. Como todas las mañanas de los últimos tres meses, no podía incorporarse de la cama. Se sentía pesada, apenas podía moverse y le daban ganas de lanzar, incluso lo que no había engullido. Algo le pasaba y no estaba bien. Un malestar desconocido la carcomía por dentro.

Tampoco había encontrado ni rastros del sangrado mensual que hacía un tiempo había inaugurado y que se anunciaba con dolores que persistían durante demasiados días.

Algo le había llegado a los oídos acerca de esta costumbre femenina, y no había salido de boca de su madre.

Orsolya la había iniciado en aquellos menesteres: sangrarás una vez por mes porque tienes un exceso de sangre y esta debe ser purificada, le clarificó.

Su futura suegra, señora que había aprovechado la colección de libros del marido muerto y el ir y venir de eruditos por los salones de Sárvár, era un compendio de saberes.

La sangre menstrual era un fluido sucio, impuro y, sin embargo, era el santo y seña obligado para la procreación, la acción fundante perpetrada por obra y gracia de las mujeres.

Si faltaba era una señal: su ausencia gritaba inconvenientes por venir.

El cuerpo en cuestión podía anunciar infertilidad y entonces se inauguraba el uso de afrodisíacos y especias de extremo picor para calentar el útero y así estimular el sangrado; pero, en su defecto, era un embarazo.

La joven entendió lo que sucedía. Estaba encinta. Y no de Ferencz Nádasdy, con el que todos esperaban que sucediera tras la boda, sino del campesino de extramuros.

—Niña Erzsébet, la señora la aguarda en el patio de armas. Hoy toca la recolección de setas. —La nodriza entró a la alcoba y fue directo a la cama donde aún yacía la joven, más pálida que de costumbre.

Erzsébet se incorporó, pero cuando deslizó las piernas hacia el piso, la recámara se le dio vuelta y un espasmo desde el fondo de sus entrañas se convirtió en una arcada y vomitó.

La criada se llevó las manos a la cabeza y pegó un alarido en busca de ayuda; la vomitada hizo equilibrio, tomada del baldaquino, y cerró los ojos para que las vueltas se detuvieran de una buena vez.

La alcoba se convirtió en una batalla campal: criadas que pasaban el trapo, abrían ventanas, ventilaban un poco, tomaban aire para no sucumbir a una posible arcada y desarmaban la cama para volverla a armar, mientras Erzsébet descansaba sentada en una banqueta,

con la camisa de dormir empapada de transpiración.

Las fosas nasales de la joven, espoleadas, se abrían y cerraban a la busca de olores renovados.

—¿Qué sucede aquí? —cuestionó Orsolya al entrar en la recámara.

—He comido algo que me ha sentado fatal. No es más que eso.

Erzsébet imploró a los cielos que la mentira no fuera harto evidente. Marchó con paso lento y volvió a tenderse sobre la cama. Se le partía la cabeza.

—¿No tendrás problemas con la bilis amarilla? Habrá que desangrarte. ¡Traigan los enseres!

Orsolya la miró con desconfianza y observó los restos de vómito de la joven.

La señora, como el resto de los europeos ilustrados, seguían la teoría de los cuatro humores, el sistema médico que se basaba en la interacción de los fluidos principales del cuerpo: flema, sangre, bilis negra y bilis amarilla.

El exceso o la deficiencia de cualquiera de estos era un signo de enfermedad.

Y la salud era aquel estado en que las sustancias constituyentes se encontraban en la proporción correcta entre sí.

—No hará falta, señora, se lo prometo. Con descanso y una dieta adecuada, sanaré.

Erzsébet giro lentamente sobre su cuerpo maltrecho y cerró los ojos. Se quitó de encima el contacto visual con los presentes, también buscó trasladar la atención de su suegra hacia otro sitio. Devino en cuerpo pétreo, aunque estaba más vivo que nunca.

El séquito de sirvientas se retiró y antes de que la señora cruzara el umbral, Erzsébet la reclamó con la voz quebrada.

En un murmullo, le solicitó un permiso para cuando se viera recompuesta: si le parecía pertinente, viajaría hasta Ecsed para despedirse de su madre antes de la boda, ya que la echaba de menos, y dado que emprendería una nueva vida, no la vería más y debía cerrar las puertas del pasado.

Orsolya se detuvo y la contempló. Vio un cuerpecito arrebujado, ligero como un cristal que con un soplo se podía quebrar, como si exigiera clemencia sin decir una palabra. Y le creyó.

—Me parece bien, Erzsébet. Cuando te encuentres en condiciones, partirás. Organizaré la escolta y las damas de compañía.

Y salió de allí. La jovencita perdió la mirada en el techo. Debía armar un plan. Entendió que se acababa lo que se había dado hasta entonces. Tuvo ganas de gritar, pero supo que sería un error. No debía dirigirle la palabra a nadie, esa sería su rebelión. Su madre sabría qué hacer con ella.

Pasaron las horas y se hizo la noche. Se tendió boca abajo y se cubrió la cabeza con la almohada.

Y aulló en la oscuridad, descargó la ira en la tiniebla de su alcoba.

Mamita la socorrería, la venganza traía consigo una espada filosa.

La vida, su vida, no era para los débiles, ella era valiente y se disponía a vivirla como una flecha disparada directo al corazón.

* * *

La calesa de cuatro caballos de su padre volvió a cobijarla para el regreso a casa. No quiso anunciarle a su madre su pronta presencia, prefirió enfrentarla sin aviso. Temía lo peor.

Pudo negociar con Orsolya la escolta de una sola nodriza bajo la promesa de un pronto regreso a Lockenhaus. Incluso tuvo la suerte de elegirla, y sentó a su lado a una que no era del grupo de adulonas de la viuda.

El viaje se le hizo demasiado largo. Y la razón era más que obvia, su estado de gravidez.

Fueron horas y horas de un silencio acuciante, le fue imposible reposar.

La nodriza le ofreció una cobija y cojines para que estuviera más cómoda, pero no hubo caso.

Pasaba el tiempo y nada la adormecía, iba a la deriva sin descanso.

Sus ojos brillantes y feroces buscaban dar cuenta de todo lo que sucedía a su alrededor.

Tuvieron que detenerse varias veces: Erzsébet había dejado de sentir náuseas, pero las puntadas en el abdomen y en la cintura no le daban respiro.

Y por si aquello hubiera sido poco, las ganas de orinar la mantenían en vilo.

¿Este suplicio es tener una criatura aquí dentro?

, yo te maldigo, mozo sin nombre, a quien prefiero no recordar por el castigo que me has donado…

La mente de Erzsébet era un aguijón. Sin embargo, recordó los rugidos de placer de aquellos instantes de bestialidad atávica.

—Niña, ¿le gustaría comer algo?

La acompañante abrió una de las canastas y le ofreció una hogaza de pan y un poco de queso.

Erzsébet aceptó a pesar de todo, tenía hambre.

Tragó como si no hubiera un mañana, bajo la atenta mirada de la dama de compañía.

Algo se le hizo evidente a la nodriza, la joven Báthory se mostraba extraña, pasaba de ser un ente adormecido a una tromba hambrienta.

Y tuvo un escalofrío, le pareció estar frente a un osezno domado a medias.

—¿Qué miras? —preguntó Erzsébet con desprecio. Estaba agobiada, el viaje la tenía harta y la cercanía de aquella fisgona, mucho más. Le dio la espalda y así continuó hasta llegar a destino.

Al despuntar el sol arribaron a Nyírbátor.

Erzsébet entró al castillo en estado de alerta, miró a su derredor y volvieron los temores.

Descendió de la calesa y, sin mirar atrás, como una muerta en vida, atravesó los corredores en busca de su madre.

Una secuencia de rostros ásperos, apagados, huidizos, la vieron deslizarse en una persecución frenética, y ella no se detuvo, siquiera, a darlos por vistos.

—¡Mamita! —gritaba Erzsébet y no encontraba respuesta.

—¡Mamá!

Fue perdiendo autoridad.

—¡Madre!

Y tuvo la impresión de que, tal vez, había tomado la decisión equivocada. Pero no, desde atrás avanzó el atisbo de unos pasos, el siseo fatigado de una falda contra el piso.

—¿Qué haces en casa, Erzsébet?

Se dio media vuelta y corrió hacia donde estaba su madre. Le tiró los brazos para abrazarla. Anna la detuvo en seco.

—¿Te has fugado, díscola? Lo último que necesito es un problema engendrado por ti.

Erzsébet quiso empezar a explicar lo que la había traído hasta allí, pero advirtió que parte de la servidumbre había empezado a acercarse.

Anna la tomó del brazo y la sacó de la farsa.

Entraron al primer aposento que apareció en el camino y la enfrentó.

La muchachita quiso sentarse, pero su madre la levantó en el aire, “que aquí no sois bien recibida”. Y Erzsébet le confesó la verdad.

Anna cayó como peso muerto, agobiada por las palabras que habían salido de boca de su hija.

Le pareció inconcebible que Erzsébet se hubiera confundido tanto, pero ese error no tiraría por la borda el pacto con los Nádasdy.

El matrimonio estaba arreglado, la tontera de su hija no lo abortaría. Antes muerta.

—Yo me encargo, Erzsébet. A encerrarte en la que fuera tu alcoba para pasar desapercibida. Ya se me ocurrirá algo. Pero antes muéstrame el cuerpo.

La joven se incorporó y se quitó la falda y la chaqueta, mantuvo la blusa puesta, pero su madre se la arrancó. Confirmó, muy a su pesar, la incipiente tripa, y continuó hacia arriba. Con fuerza le palpó los pechos. Su hija no mentía, estaba encinta.

* * *

István Báthory reclamó a su séquito que lo dejaran solo en el despacho. Lo observaron con desconfianza, pero no hubo alternativa. El voivoda de Transilvania ordenaba, los vasallos acataban. Había recibido correspondencia clasificada desde Nyírbátor. Algo olía mal en la tierra de la familia.

Desplegó la misiva y se perdió en la interminable sucesión de palabras.

Volvió a leer y advirtió el pedido de Anna.

Tomó aire y oró en busca de una pizca de templanza para evitar el despliegue de furia que peleaba por dominarlo.

Qué desgracia esa sobrina, pero era irrefutable el reclamo, claro que ayudaría a su hermana.

Lo instaba a que le asegurara el camino a salvo de sinsabores para ocultar a Erzsébet en uno de los castillos familiares.

Quería esconderla hasta que diera a luz, dejando correr el rumor de que la chiquilla era víctima de una enfermedad contagiosa.