CAPÍTULO V
Ferencz arribó a Sárvár tras una corta temporada de prácticas bélicas y ensayos de asedios cerca de allí.
El motivo era evidente, conocería, al fin, a su prometida.
No había estado en el castillo en el momento del arribo y habían pasado varios meses desde el desembarco de la nueva integrante de la familia; ya era hora de conocerla.
La curiosidad le corroía, necesitaba saber quién era aquella Erzsébet.
Su madre le había revelado poco y nada acerca de la nueva huésped, aunque tampoco gustaba de leer la interminable correspondencia que le llegaba de casa, le parecía una pérdida de tiempo.
El joven Nádasdy estaba para otras cosas, las cuales cultivaban el cuerpo y el temple, que si de acero, tantísimo mejor, para entregarse de lleno a la defensa de su tierra.
Sus pensamientos estaban dominados por el odio al Imperio otomano.
Soñaba con el día que blandiera su sable a la busca de cabezas turcas; las mujeres bien podían esperar.
Su madre lo recibió con júbilo. Con la viudez, su hijo se había convertido en el depositario de todo su amor, que era mucho.
—Ferencz querido, vamos al salón, que allí te aguarda la niña Báthory. Al fin se conocerán.
Orsolya lo tomó del brazo y lo encaminó hacia el sitio señalado.
El tranco firme del joven de diecisiete años retumbó en el palacio y anunció su presencia gallarda.
Había llegado con dos amigos de la fortaleza de Gunn, donde estaba afincado, quienes no dudaron en acompañarlo.
La señora asintió con la cabeza y los criados abrieron la puerta de la sala.
Erzsébet aguardaba en la otra punta del aposento.
Sentada en la silla con brazos, de respaldo alto y cojín forrado en brocado, elevó de a poco la cabeza, que la había mantenido gacha, espiando la punta de su calzado.
La mirada rasgada se depositó en el recién llegado, el resto de los presentes fueron invisibles a sus ojos.
—Hijo, aquí la tienes.
Se le acercó de a poco, en línea recta, estudiándola, buscando la pista que le develara el misterio que la envolvía. Respiró con cuidado y se detuvo frente a Erzsébet. Se dedicó a observarla. No había visto jamás gema tan preciosa. Sintió toda su animalidad despierta, pero optó por dominarla.
—Buenas tardes, Erzsébet.
Ella desvió la mirada hacia el resto de los asistentes, ¿qué hacían allí?
, la perturbaban, parecían moscardones rondando la miel.
Y no respondió. Ferencz se giró al instante y echó a su madre y a sus amigos del salón.
Orsolya titubeó, no quería dejar a su hijo solo en la habitación, pero no tuvo alternativa, le adivinó el ansia agresiva, la misma que vislumbró en ella.
Hizo palmas y se esfumaron. El compromiso estaba sellado.
—Ferencz… —susurró Erzsébet, y las mejillas le subieron de tono.
La prestancia de Nádasdy le quitó el don de la palabra, le secuestró el lenguaje, dominado a la perfección desde los tiempos de Ecsed y completado en Sárvár, gracias a que la señora de la casa le había facilitado la biblioteca de su esposo muerto.
Erzsébet era sobresaliente, hablaba y escribía húngaro, alemán, latín y griego, y se daba coraje con el italiano también.
Sin embargo, en ese momento su mente se puso en blanco.
Quedó pasmada ante su estatura y esplendor.
“Con toda seguridad, las mujeres de los alrededores deben estar enamoradas de él”, masculló la ninfa entre dientes.
Se vio inmersa en una ronda de confusión y asombro.
Y por qué no, de apetito. Perdió la consideración por las decencias, se vio en problemas, tuvo miedo de caer en la trampa indeseable de sentirse fuera de control.
Buscó adivinar la llamarada escondida debajo de las ropas viriles, pero se rescató para no ser devorada por su ansia.
—¿Cuántos años tienes? —le preguntó el joven.
—Estoy cerca de cumplir los trece —respondió Erzsébet y supo en el acto que lo había prendado de las carnes de su inocencia.
Y escondió el triunfo del cuerpo. ¿Sería así de bonita como su madre?
¿Estaría en condiciones, como ella, de cautivar al mundo todo?
Y entró el crepúsculo por la ventana y la luz de unos relámpagos iluminó sus caras.
A Ferencz le importaba poco y nada lo que le decía la jovencita.
Solo estaba ahí para mirarla, para admirar su castidad esquiva.
Debió contener la urgencia de su lascivia, no quería deshonrar el estímulo con nombre de Báthory, pero estaba obligado a esperar.
Los Nádasdy eran piadosos y no sería él quien desprestigiara a la familia.
Faltaba aún para el enlace. El ardor inicial de ambos debía entrar en un compás de espera.
Aquello que Erzsébet sintiera apenas verlo, ¿se podía llamar amor?
¿Seguiría los preceptos de su venerada madre, que la había urgido al control absoluto de sus emociones o sucumbiría ante la caída?
El cuerpo le hablaba a los gritos, la piel se le erizaba ante lo desconocido, perdía la memoria de las convenciones.
Se incorporó y permaneció de pie cerca, demasiado cerca, de Ferencz.
—Encantada de haberte conocido, esposo mío.
Dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta cerrada, con la gracia que le daba la libertad de sus movimientos. Ferencz amagó a responderle que todavía no lo era. Pero Erzsébet ya había desaparecido de su vista.
* * *
Me aburro, madre.
Permíteme una temporada, en casa, junto a ti.
No soporto un día más con esta mujer. Nada me permite, veo que me persigue, me acecha como si fuera un criminal a poco de cometer un delito, miente fortaleza pero es débil, por eso no claudica y husmea mis pasos.
Incluso intenta hacerlo con mis pensamientos, pero jamás se lo permitiré.
Tanta debilidad la corroe que nos ha mudado de castillo.
Sus ojos me dicen que soy una sacrílega, ¿cómo se atreve a juzgarme en silencio?
, si no he hecho nada para enfrentarla… Aún, madre, aún. Por eso, te lo ruego…
Préstame un tiempo contigo. Solo en Ecsed podré reponerme.
Tu hija eterna
Por las noches, cuando los habitantes de Léká dormían, cuando el silencio y la oscuridad aquietaban el castillo, cuando todos reposaban tras el trajín del día, Erzsébet le escribía a su madre.
Sentada sobre el filo de la ventana, no necesitaba encender una vela, adivinaba los trazos de la pluma sobre el papel y se dejaba llevar.
Ya no estaban alojadas en Sárvár, el paso del tiempo había deteriorado la salud de Orsolya y los médicos le habían sugerido un cambio de aire.
El castillo del sudoeste de Hungría era pura planicie y el clima la hundía en la ignominia, pues qué mejor que la pureza de Lockenhaus, en Austria, donde podría respirar sin dificultad.
El castillo estaba emplazado en una elevación, como un intruso del cielo.
Había apilado una sobre la otra, escondiéndolas como el botín de su propia guerra, eran decenas de misivas donde le confiaba sus más íntimos pensamientos, sus iracundias, sus tristezas. Pero llegó la mañana en la que se decidió a hacer el envío de la última, la más fresca, la imperiosa.
Como una culebra se deslizó por los corredores hasta llegar a los fondos del palacio. Algunos mozos preparaban sus montas para empezar la jornada de trabajo.
—Lleva esta esquela a Ecsed. —Erzsébet le entregó el papel bien doblado al joven que le resultó más confiable. Hurgó entre los pliegues de su ropa hasta que encontró lo que buscaba—. Ten en paga esta perla, para que cumplas mi pedido con diligencia.
El mozo intentó quitar su mano, pero Erzsébet se la apretó con la recompensa adentro. Lo apremió con los ojos negros y huyó de ahí.
A los días, llegó la respuesta de Anna Báthory. Escueta pero firme, derrumbaba cualquier ilusión de reencuentro: debía permanecer, estoica, en Lockenhaus. Ya sabría cómo soportar, su madre tenía otras diligencias que cumplir.
Una decepción de proporciones ahogó la emoción de Erzsébet.
Aunque había dudado de la efectividad del reencuentro, leerlo de puño y letra de su madre había dolido demasiado.
La desilusión duró unos días hasta que se transformó en ira y, en breve, en resentimiento.
¿Por qué no la socorría su madre? ¿Acaso le mentía y la prefería lejos?
Erzsébet odiaba las mentiras y a quienes las ejecutaban.
Eran un signo de debilidad, y ella era fuerte.
Con su mejor cara hierática, obedeció las órdenes de Orsolya: asear las cobijas, suplirse de especias para las infusiones y las recetas culinarias, airear la tierra para los cultivos y una ristra infinita de obligaciones que en otro momento hubieran afianzado su pereza.
Pero no, esta vez lo tomó como su peor venganza.
—Sí, señora.
—A sus órdenes.
—Me parece que debería barrer la recámara o regar los plantines.
—Y revolver la olla.
De esa manera alivianó la persecución, cuerpo a cuerpo, de la dama de la casa.
Le hizo creer que la había domesticado. Erzsébet guardaba sus verdaderas intenciones, la resonancia de un plan perfecto, que no era otro que la acumulación y el despliegue de una junta de virtudes, un sistema de obediencias impostadas que la llevaron a afianzarse, en el más extremo mutismo,
en su propia ley que vomitaba sentencia como filo de cuchillo.
Y ya no tuvo que rogar por los permisos tan añorados, Orsolya concedía en retribución por los favores realizados. La criatura, con sangre y rigor, había aprendido. Así se conformaba la viuda de Nádasdy.
Entonces, qué mejor que deslizarse por los bosques sibilantes cuando acabara sus labores domésticas. Allí podría, al fin, ser libre.
* * *
Había cumplido los trece sin siquiera recibir un abrazo.
Nadie la había felicitado ni le habían entregado un regalo, tampoco había recibido un agasajo.
Con lo que le gustaba festejar. Un cumpleaños era la excusa perfecta para adornarse, ensayar un peinado que le sentara de maravillas, probarse y desechar tocados, camisas y colores.
Aunque siempre eligiera los mismos. El carmín y el blanco eran sus favoritos, los que mejor le sentaban a su piel.
Se calzó sus mejores galas y salió a los jardines.
Se quitó los malos pensamientos de la cabeza y, abrigada por unas pieles, se perdió en el bosque.
El suyo, aquel de los tiempos de Ecsed, era el supremo; este era su nuevo páramo, con atajos por descubrir, escarpado y repleto de colores, era lo que había y lo iba a aprovechar.
Con sus pisadas de viento, Erzsébet se adentró en la desmesura de la naturaleza.
Iba sola pero acompañada por sus ilusiones: allí podía correr, bailar, revolcarse en la tierra húmeda y dormitar, si se le antojara, para despertar y contemplar el cielo. Nadie la miraba, se desprendía de los juicios de los otros.
Y se abrió paso a través de unos senderos imaginarios, inaugurados por sus ganas de descubrir mundos nuevos.
Escuchaba con atención los sonidos del silencio, que la impulsaban a saltar y a girar en una danza loca.
Y recordó que los adultos habían consignado la fecha de su boda: faltaba poco más de un año y medio, se celebraría el 8 de mayo de 1575.
Cuánto tiempo por delante con la ausencia constante del novio y la presencia insoportable de la suegra.
Erzsébet tenía la ilusión de que su vida cambiaría radicalmente al desposarse. Sus instintos le otorgaban una fuerza irreductible para seguir adelante, para confiar en su destino. Ella se lo forjaría, ella moldearía su vida.
Fijó la vista en el camino y se encontró con un desvío que no le resultó familiar. Iba tan ensimismada en sus pensamientos que se había dejado llevar por el sinsentido de los pasos. Decidió continuar, lo peor que podría pasarle no la atemorizaba.
El paisaje era nuevo, los matorrales eran otros, los árboles también. Había cruzado la frontera invisible de los confines del castillo, aquella propiedad era más agreste, como si nunca hubiera sido penetrada por una presencia humana. Tanto que parecía una guarida animal.
Un crujido ligero violó su estado de ensoñación.
¿De dónde venía aquel ruido? ¿Corría peligro y debía esconderse?
¿Se cumpliría la premonición de Orsolya y se convertiría en la delicia de una alimaña?
Avanzó quitándose los estorbos de encima y, detrás de unos arbustos, vio una cuadra y a pocos pasos una cabaña.
Se acercó con pisadas leves, buscando parecer invisible, pero no pudo ser.
Desde adentro se asomó una cabeza que la descubrió con fastidio.
—¿Qué hace aquí? —preguntó el mozo, omitiendo la reverencia mientras se acercaba y se fregaba las manos contra el pantalón de lana.
—¿Te interrumpo? —Erzsébet creyó reconocerlo de algún sitio.
—Cepillo mi caballo para mañana. Debo presentarme en el castillo con el animal en condiciones.
La joven aguzó la mirada intentando recordar.
¿Quién era el campesino de actitud prepotente?
Estaba segura de haberlo visto en alguna otra oportunidad.
Él mantuvo la mirada en alto y descansó el peso del cuerpo sobre una de sus piernas.
Tomó aire y exhaló impaciente. Erzsébet perdió el habla, el olor a hombre la embriagó, no supo cómo seguir adelante.
Solo descubrió un ansia de conquista renovada, similar a la que había crecido al conocer a Ferencz.
—¿Me necesita para otra encomienda?
Como por arte de magia entendió que el propietario del orgullo era el correo que había usado semanas atrás. Reparó que lo había visto varias veces rondando el castillo.
—No esta vez, pero aprovecho para agradecerte. —Erzsébet le regaló una sonrisa—. Disculpa que no pueda dirigirme a ti por tu nombre.
—Me llamo László Bende. —El mozo estaba encandilado por la belleza de la niña del castillo.
—Salí del castillo a tomar el aire y me perdí. Desconocía todo esto…
Erzsébet tuvo la necesidad imperiosa de aproximársele, de respirarle cerca para escuchar sus secretos, como si su presencia le hubiera otorgado el vigor de seducir.
—No es bueno que una señora ande sola por el bosque —ensayó el mozo, que prefería hablar lo imprescindible y dedicarse a la contemplación.
No había visto antes una criatura así de bella.
Y tuvo conciencia de su cuerpo. Lo mismo le sucedió a Erzsébet.
A pesar de la temperatura destemplada de fines de noviembre, sintieron una agradable calidez y tuvieron la certeza de que sus músculos se tensaban.
Unas ganas violentas de tocarse los ahogó.
Ella dio un paso, él extendió los brazos y la tomó de la falda.
Fueron dos animalillos enfurecidos tirando mordiscones, se lamieron, gruñeron de placer, las manos quitaron las ropas de en medio y se hundieron en un frenesí salvaje, digno de una iniciación.
Pero el sol comenzó a esconderse, Erzsébet advirtió que se le hacía tarde, que debía regresar al palacio. No le hizo falta explicar nada. Se acomodó las ropas y salió de allí, sabiendo que volvería una y otra vez para volver a experimentar esa ceremonia.