CAPÍTULO IV #3
Le gustaba remolonear en la cama, detestaba la violencia ejercida por aquella intrusa.
—Prefiero quedarme aquí, no me siento bien —mentía la niña mientras recordaba el sinfín de permisos y libertades que le daba su querida madre.
Pero Orsolya no se iba a dejar amedrentar por la joven Báthory. ¿Era indomable? Pues ella era más terca que una mula. Y a levantarse se ha dicho, la nueva huésped debía ser obediente a las leyes de Sárvár.
—Aséate, jovencita.
Erzsébet cumplía a regañadientes la orden de la señora.
Orsolya la perseguía a sol y sombra. La sacaría buena, porque bonita era, tal vez demasiado.
Pero lo primordial era la belleza de las entrañas, la del corazón y del espíritu.
Esas, aún no las tenía a la vista; en cambio, la de las facciones, los afeites y el equilibrio físico irradiaban a cada paso que daba. La niña era bella como una perla regia.
—A recitar tus plegarias.
Erzsébet cerraba los ojos y mascullaba palabras inconexas. Detrás de esa máscara benigna, arrojaba maldiciones en silencio. Se aburría, estaba cansada, quería correr, atravesar los jardines, abrir la puerta para salir a jugar.
—A trabajar en la cocina, así aprenderás cómo se lleva adelante una familia.
Orsolya le buscaba actividades, rondaba alrededor de su futura nuera como un cancerbero. Toda la ilusión que había logrado aquel día del compromiso había desaparecido. Algo encontraba en su nuera, no sabía bien qué era, pero le hacía desconfiar.
Erzsébet se sentía vigilada, era como si la hubieran apresado y encerrado en una celda en miniatura y hubieran arrojado la llave a la alimaña.
Aunque el castillo y los jardines eran grandilocuentes, ella se sentía oprimida.
No podía respirar, como si hubiera sido conminada a situaciones banales, muy poco agradables para una persona como ella.
Las delicias de la vida no estaban allí dentro con aquella señora, estaban lejos, afuera, a campo traviesa, no bajo ese aire demasiado pesado que la aplastaba.
—Me gustaría salir a pasear por los jardines, señora —pidió Erzsébet con una mirada capaz de cautivar hasta las piedras. Llevaba la cara despejada por el peinado tirante de trenzas, la cofia de lino blanco y los pómulos húmedos de juventud.
—Preferiría tenerte a resguardo, niña. No querría que te picara algún insecto o mordiera algún animal salvaje y acabara con tu vida.
—No tema, señora. Que me acompañen y asistan unas criadas y, si le parece adecuado, algún mozo de cuadra.
Erzsébet pensó que nadie llegaría a defenderla como ella misma podía hacerlo.
No había veneno o bestia que pudiera con ella.
Una sangre poderosa como la que corría por sus venas se defendía de cualquier engendro.
Una sangre de su sangre, fuerte como el infinito, sobrevivía a todo embate.
Así le había enseñado su madre, no había motivo para aprender otras lecciones.
Así era, es y sería por los siglos de los siglos.
Custodiada por un séquito de vigías elegidos por Orsolya, Erzsébet salió a los jardines.
Al segundo que puso el pie afuera, corrió como caballo desbocado.
Ah, el aire fuera de los muros opresivos de Sárvár, la tierra que la acariciaba desgarrando el cerrojo del castillo aún desconocido…
Su cuerpo, que crecía a la sombra de un frenesí pueril y solitario, revivió.
Las carcajadas de Erzsébet retumbaron entre el vergel, como si ostentara un poder oculto, y se camufló entre el reino animal.
Como una reina de todos los imperios, se deslizó por los senderos con paso hambriento de progenie conocida.
Atenta al encuentro de enemigos invisibles, la jovencita avanzó en estado de alerta, liviana, como impulsada por las alas de un ángel de la noche.
Erzsébet sonreía y contemplaba el mundo, convertida en el temblor ardiente de esa alegría.
Orsolya observaba todo desde una de las ventanas de los altos.
¿Sería la joven Báthory una esposa pertinente para su prodigioso Ferencz?
¿El acuerdo consignado por Tamás y ella con el clan de Ecsed sería un error?
Erzsébet era preciosa, aquello era inobjetable, sin embargo, tamaña perfección de atributos horadaba sus entrañas.
La esposa perfecta para su hijo debía acompañarlo sin soliviantarse, sostenerlo sin que le resultara pesado, asentir, consentir y no enfrentar.
Y, sobre todo, debía saber escucharlo en sus silencios, verlo entre las sombras y ofrecerle luz en el camino.
Esta niña era un desenfreno de fuerza, un salto continuo que estremecía la tierra.
Sin duda Orsolya intuía un impulso secreto probable de perturbar.
Erzsébet giró la cabeza, intempestiva. Se había alejado bastante, pero igual descubrió la figura de su incipiente suegra recortada en la ventana.
Agitó una mano dispensando un saludo, volvió a lo suyo y torció los labios en una sonrisa cruel.
Continuó su camino, se escondió entre la maleza y persiguió el rastro perdido de otros pasos.
33 Tratado firmado en agosto de 1570, en la ciudad alemana de Espira, que había sellado la paz entre el emperador Maximiliano II de Habsburgo y Juan II de Hungría.
34 Capitulación, acuerdo o promesa del Imperio otomano.
35 Ciudad rumana, capital del distrito de Alba, en Transilvania.