Maldita CAPÍTULO IV #2
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CAPÍTULO IV #2

Del elegido por Maximiliano, en cambio, nada para decir, contar o destacar.

Los nobles de Transilvania se destemplaron y ordenaron una reunión inmediata.

Debían tomar cartas en el asunto, pues de ellos se trataba la cuestión.

Instaron a que nadie los dejara fuera de la selección.

Se dirigieron en tropel a Gyulafehérvár (35) y dieron comienzo a una asamblea.

Los gritos sonorizaron la estancia: que este, que aquel, pero que sí, que no…

Finalmente, eligieron al más poderoso del territorio: István Báthory, el nuevo príncipe de Transilvania.

El hermano de Anna y tío de Erzsébet juró en secreto lealtad a Maximiliano II, le susurró entregas a la religión católica, dogma de los Habsburgo.

Prefería no enfrentarse con nadie y rondar estratégicamente entre los Habsburgo y los otomanos, como el mejor danzarín.

A los turcos solo los ocupaba el interés que defendían en la zona del Reino de Hungría y Transilvania, guay de que cayeran en manos de los Habsburgo, jamás de los jamases.

Sabían que aquel Békés, hombre de Maximiliano, era una acechanza permanente de los bienes turcos.

El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico hubiese ocupado con suma alegría el principado de Transilvania.

Tenía los medios, podía encontrar aliados prestos a la quita de turcos y magiares de suelo europeo del centro, pero prefirió mantener la calma previa a las tempestades.

Por lo pronto, había un motivo de sobra: tres años atrás había firmado la Paz de Adrianópolis con los representantes del sultán otomano.

El acuerdo prometía el cese de hostilidades entre ambos imperios y el pago de un importante tributo a Selim II.

También tenía otro as bajo la manga: había firmado con el voivoda transilvano muerto, quien le había otorgado todas sus aspiraciones reales sobre los territorios húngaros.

Pero prefirió no buscarse nuevas grescas, o soliviantarse contra los turcos en una guerra abierta, otra vez, podía traerle problemas.

Era mejor exponer sonrisas diplomáticas y abrazar a Báthory.

István se permitió el abrazo con todos, aunque no en vano era miembro del clan de los tres colmillos.

Siempre en estado de alerta, debía mantener la idea de que todo iría de maravillas bajo sus funciones, que convertiría al principado en un oasis de paz y tolerancia en el que todos caminarían de la mano.

No hubo monarca más hábil que István Báthory.

Mientras tanto, los integrantes de la familia se frotaban las manos con satisfacción.

Todo quedaría entre ellos, el señorío y los caudales se dividirían dentro de los suyos y a nadie se le ocurría imaginar que podía ser de otro modo.

Los hermanos afianzaron aún más su lazo.

Kristóf afiló sus armas y ocupó el cargo militar más alto en Transilvania, el de capitán de Várad.

Trazaba planes para acumular riquezas de variadas layas.

Los primos, y los primos de los primos, recibieron lo suyo, pues nadie debía temer, había mucho poder para repartir.

Anna sonrió en la soledad de su recámara.

No tenía motivos para atemorizarse. Con su hija pronta a desposarse y un hermano en el trono más destacado del reino, concretaba el camino del ideal de toda mujer de la nobleza.

Lejos quedaba la desesperación por encontrarse en la situación de tener otro marido muerto.

Era el tercero y desconfiaba de estar en condiciones de encontrar uno nuevo.

La boda de su hija era el salvoconducto perfecto para continuar en esta vida.

Y el hermano príncipe le ofrecía un tiempo de regalo.

Con esas credenciales apuraba futuras alianzas para el resto de su descendencia.

La sangre de su sangre se convertía en el mejor estandarte.

El amparo había llegado, era momento de celebrar.

Los Báthory del reino todo chocaron sus copas desbordantes de vino, llenaron sus panzas con carnes de jabalí e intercambiaron alhajas de piedras preciosas y sedas turcas por aquí y por allá.

Estaban deseosos por festejar, la celebración formaba parte de sus humores.

Hambre, desmesura, sed de apareamiento y camastros mullidos de infantas que entraban y salían de los castillos del clan para satisfacer los cuerpos jadeantes del señorío.

* * *

Erzsébet estaba encerrada en su recámara. No podía dejar de pensar en su casa, añoraba sus costumbres, extrañaba a su madre y nada ni nadie lograban atemperar sus emociones. Estaba triste, seguía apesadumbrada a pesar del tiempo transcurrido allí dentro.

El día de su arribo había descendido de la calesa de cuatro caballos de su padre con la barbilla en alto.

Había cumplido las instrucciones de su venerada madre, que la había instado a no demostrar ni una hendija de vulnerabilidad.

Que no tenía por qué, tampoco sucumbir al mal del hombre, ese que se somete a la instancia huidiza de las emociones, que por algo a ella la habían preparado para su dominio.

La había recibido en las instalaciones de Sárvár la viuda de Nádasdy, su futura suegra, Orsolya Kanizsay.

La señora le había dado la bienvenida con una sonrisa de oreja a oreja, pero, de a poco, la mueca del primer día se había ido desvaneciendo.

Aquella buena disposición y el gesto maternal con los que Orsolya había abrazado a su joven nuera devinieron en un revés con el que no había contado.

Antes del arribo, la señora había idealizado el encuentro entre ambas.

Le enseñaría todos los secretos de Sárvár, la acompañaría en el desvelo de su amado hijo, intentaría reponer en los herederos de las dos familias la felicidad que ella había vivido con Nádasdy.

Porque ese amor, esa entrega entre ambos, todos los cuidados y socorros que habían ofrecido Tamás y ella a los más necesitados, la correspondencia diaria de los enamorados perpetuos, colmada de ternura entre ambos, estaba decidida a replicarlos en su grácil nuera.

Su querido Ferencz se merecía todo, un amor de amores.

Pero no pudo ser. Orsolya era dedicada, austera, despojada. Entregada a los cuidados y beneficios de su familia, de los miembros de su corte y de los trabajadores del castillo. Ella siempre estaba última en la lista. Prefería dar que recibir, era pura asistencia al otro.

—Arriba, Erzsébet, que ya despunta el día y tu deber es aprovecharlo.

Orsolya destrababa las puertas de la recámara de par en par, pisando fuerte.

El pesado cortinaje cubría las ventanas y postigos que, al abrirse, dejaba avanzar el incipiente amanecer.

Erzsébet repetía el ritual todas las mañanas: de un latigazo tomaba las cobijas y se cubría hasta la cabeza.