Maldita CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

—¿Qué sucede con esta niña? ¿Será posible que hasta el último día traiga problemas en el palacio? ¡Ilona! —llamó la señora, cansada de los devaneos de su hija.

Anna necesitaba hablar con Erzsébet, quería organizar los puntos finales antes de que partiera rumbo a Sárvár.

Su hija se instalaría en la corte de los Nádasdy para tomar posición y recibir instrucciones y protocolos, en la futura familia política.

La niña partiría en los albores del día, escoltada por el séquito de los Báthory.

—La niña está en el bosque.

—¿Otra vez? ¿Pero no te había pedido que la quitaras de allí, que la encerraras en su alcoba, que había que prepararla para la partida? ¡Que salen mañana, mujer!

Ilona mantuvo la vista en el piso, hizo una reverencia y salió en busca de ayuda. Erzsébet debía comparecer frente a su madre, debían encontrarla cuanto antes. No era una tarea fácil, nadie conocía los senderos que perseguía la niña Báthory.

El cuerpo de Erzsébet, escondido debajo de un capote de terciopelo forrado con piel de oso, corría entre las galerías del verdor del bosque.

A sus doce años sabía bien que a la mayoría del servicio que la tenía a su cargo le inquietaba por demás la atmósfera amenazante de la bóveda boscosa.

Sin embargo, ella sonreía y se fugaba. Ese era su exilio.

Un brillo dorado iluminaba las copas de los abetos, el frío del aire diurno la hacía tiritar, la brisa que no llegaba a viento estaba impregnada de los olores de la naturaleza, el perfume de la mezcla de las flores con los pinos eran tan dulce que la embriagaba.

Erzsébet empezaba a añorar su bosque antes de subir al carruaje que la arrancaría de allí rumbo a una nueva vida.

El pulso le latía vivaz, incluso podía descifrarlo debajo de la blancura de sus muñecas.

Quería tragarse su jardín secreto, marchaba a paso amplio, con pisadas fuertes, buscando perforar el silencio con el crujido de las hojas muertas.

A la niña le gustaba acechar los rayos de sol que se filtraban entre la espesura de los setos, le gustaba imaginar que perseguía ánimas dotadas de locuacidad y sabiduría —era una eximia intérprete del lenguaje de otros universos—.

Aunque no estaba perdida, deambulaba en círculos.

El silencio esquivo de aquel, su estado de soledades del bosque, le permitía ver con más claridad. Apuraba sus otros sentidos, tocaba, olía todo como si lo hiciera por primera vez. Sin embargo, debía alejarse de allí, armarse de coraje para comenzar su nueva realidad. Y emprendió el regreso a casa.

Erzsébet marchó por el camino de piedra, intentó convertirse en viento para pasar desapercibida, pero fue inútil. La servidumbre del castillo estaba sobre aviso y apenas verla, la empujaron hacia la alcoba de la dama que ostentaba la autoridad bien ganada.

—Entra, Erzsébet. ¿Hasta el último minuto de tu vida me tendrás sobre ascuas, será posible?

La niña entró, con la caperuza de piel aún sobre la cabeza. Sus ojos expulsaban destellos que chocaron contra la esfinge materna.

—Necesitaba despedirme de mi boscaje, madre. Llevaba prisa y no me hice espacio para ponerte sobre aviso.

—Vives de apuro en apuro, niña, como si quisieras devorarte el tiempo.

No entiendo por qué no eres capaz de encontrar la calma, si ya está todo dicho.

Deja de ondular tu mente en las curvas y continúa en línea recta.

—Anna insistía con enderezar a esa hija.

A veces la desconocía, la encontraba insondable a pesar de sus cortos años.

Erzsébet dio unos pasos y se acercó más. Sin pedir aprobación, en un movimiento se sentó a los pies de su madre y apoyó la cabeza en su regazo. Anna perdió la vista hacia la nada y sin reparar en el cuerpecito anhelante, continuó.

—En unas horas partes rumbo a Sárvár. Ya está todo empacado, solo falta tu equipaje de mano. Preciso hablarte de lo que te aguarda allá.

—Me espera mi prometido, madre. ¿No es cierto?

—Eso es lo de menos, Erzsébet. La vida te espera, eso es lo único que te saciará la intemperancia, vivirla.

Los Báthory cumplían con la costumbre de la nobleza europea: enviar a la prometida a la corte de la futura suegra antes de que se llevara adelante la boda para que aprendiera a administrar el castillo y su nueva familia.

Al llegar a Sárvár se sellaría el compromiso entre Erzsébet y Ferencz, y se pondría la esperada fecha.

—Pero tú no querías a los Nádasdy.

—¿De dónde sacas semejante afirmación?

Anna frunció el ceño. Nunca había hablado con su hija de aquellos temas.

Eran cuestiones que se deliberaban entre adultos.

Erzsébet era demasiado despierta, o muy curiosa.

Tal vez era su digna descendiente. Querer, lo que era querer, al clan que desposaría a la pequeña era un sentimiento que desconocía.

Claro que hubiera preferido un primo para salvaguardar la sangre, para que no se despreciara en otras linfas, para proteger el legado de la raza, guardiana de la casa de los Báthory.

Pero las conveniencias marcaban el paso de las relaciones.

—No sabes la interminable lista de propiedades que se suma a nuestro erario al convertirte en su esposa.

Es lo único que debe importarte. Debes aprender a manejar los hilos, a guardar secretos, a construirte una morada de misterios.

Solo tú sabrás desenmascararla. A nadie, hija.

A nadie con tu enigma, que eso despertará tempestades en los demás. Así tendrás el mundo a tus pies.

Erzsébet giró la cabeza y miró a su madre.

No dijo palabra, no hizo falta, sus ojos confesaron más.

No había existido, en sus doce años, obstáculo o inconveniente que la hiciera tambalear; ni dolor que la llenara de sufrimiento; no recibía puntadas que lograran herirla, ni en el cuerpecito ni mucho menos en su joven alma.

Cómo había llegado hasta allí, le parecía incomprensible, pero no se hacía preguntas.

Era una jovencita de accionar constante, instrumentada para el ataque, nunca adormecida, mucho menos a la defensiva.

Erzsébet era un animalito de reacción feroz, una ninfa de la noche silenciosa, avasallada por las ganas de vivir, abandonada a una fuerza inagotable.

El piar de unos pájaros auspició el alba.

Las criadas fueron en busca de la niña. Erzsébet estaba sentada, erguida, a los pies de su cama.

Ya lista, preparada para partir. La cubrieron con el abrigo de pieles y la escoltaron al patio de armas.

El carruaje, ya equipado y con la portezuela abierta, la aguardaba.

Al costado, su madre la esperaba. La luz del ángelus iluminaba a Anna, regalándole a su hija su halo de madonna distante.

—Ven conmigo, madre —susurró Erzsébet y buscó aferrarse a su cuerpo.

—No te hago falta. Confío en ti, serás mía aun en la distancia. Cumplirás el cometido como se debe. No conviertas esta alianza en tu condena. Aprovecha todo lo que te dará, las relaciones, la Corte de Viena, el emperador…

La niña tomó a su madre por la cintura y hundió la cara en el delantal. Anna mantuvo los brazos a los costados, como ramas muertas. La frialdad quemaba. La desanudó con delicadeza y le indicó que se aprestara.

Erzsébet subió y se acomodó en el asiento. Le cubrieron el regazo con una piel, ella se la quitó.

—Me acaloro.

—Adiós, hija.

Erzsébet apoyó la palma sobre la ventanilla. Congeló sus facciones, se despidió de su madre. El cochero sacudió la fusta en el aire, dio la voz de mando y los caballos iniciaron la marcha.

Anna Báthory desapareció entre los muros del castillo mientras la niña adhería su cara al vidrio.

Abandonaba la infancia, esa casa que la había cuidado, que le había regalado una vida tranquila y confiada, donde había conocido el resguardo del bosque, el hogar que había descubierto su animalidad, su alegría escondida, la maravilla de la libertad absoluta de la voluntad.

La niña, que dejaba de serlo, ardía por dentro.

* * *

El castillo de Ecsed quedó desierto. Sin el alboroto que provocaba la presencia de Erzsébet, con el silencio aún más estridente que su ausencia, aunque un murmullo atronara en la inmensidad del principado de Transilvania y los propagadores no fueran otros que algunos integrantes del clan Báthory.

Anna había quedado al mando de la fortaleza.

György, su querido esposo, había muerto y, con su falta, se había visto en la obligación de exhibirse fuerte, más sólida que una roca.

No fuera que los de afuera —siempre atentos y vigilantes— intentaran corroer su poderío familiar.

Si alguna lágrima osaba correr por su mejilla, la tragaba con asco o le daba vida en el encierro de su recámara.

Dominada por una melancolía amarga y un dolor sin intensidad, se armó de coraje.

Tenía otros hijos que criar y un escudo con tres colmillos que afilar.

Sin embargo, el páramo de la muerte de su marido había llegado con el auspicio político de algunos Báthory de lazo cercano.

Durante los meses previos al ascenso del pariente, se habían vivido tiempos de zozobra con la defunción del príncipe transilvano Juan II.

Aún se mantenía en vigencia el acuerdo de Espira, (33) que instaba a que Transilvania pasara a manos de Maximiliano II, el hábil de los Habsburgo, que señalaba con el dedo al húngaro Gáspár Békés como elemento ideal para ocupar el trono vacante.

Y así, Viena quedaría contenta, mas no así el resto de la humanidad.

Uno de los contrariados a estos manejos era el sultán otomano Selim II, poco dispuesto a regalarle poderío a Maximiliano II, con quien había pactado, en febrero de 1568, un honorable tratado por el que el emperador estaba obligado a pagarle una tributo anual de treinta mil ducados,

además de concederle con algarabía los territorios de Moldavia y Valaquia.

Las expediciones otomanas habían ido de bien en mejor, transformando a Selim II en un sultán poderoso.

Sin embargo, a fines de 1571 sucedió el fracaso naval en Lepanto frente a la Santa Liga, la coalición militar formada por el rey de España Felipe II, los Estados Pontificios, la República de Venecia, la Orden de Malta, la República de Génova y el Ducado de Saboya.

Selim no estaba dispuesto a regalarle ni un grano de arena al cuñado de Felipe II, saqueador de sus posesiones en Chipre, y declaró la ahidnâme, (34) por medio de la cual apoyaba y señalaba quién sería el nuevo príncipe transilvano.