Maldita CAPÍTULO III #3
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CAPÍTULO III #3

A controlar las fronteras contra el Imperio otomano y fortalecer la posición católica tras la Reforma, fustigaba el Habsburgo con corona de Imperio.

En las sombras, pero no tanto, operaba su esposa y hermana de Felipe II, doña María, quien enviaba documentos clandestinos a España por medio de correos humanos.

—Leyendo estos días unas cartas que estaban en la mesa del emperador, descubrí algunos asuntos que mi hermano debería conocer —le susurró al oído a un diplomático español.

Y no eran los asuntos familiares, precisamente, los motivos de su desvelo.

Varios de sus hijos residían en la corte de España y ese era el tema que operaba como fachada.

Detrás de ella, y entre líneas, iba la información de importancia.

El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico ansiaba dominar la presión militar otomana bajo la bandera de la defensa de la libertad religiosa interna.

A diferencia de su padre Fernando I, Maximiliano intentaba exponer, en lo público, cierta deferencia para con el protestantismo.

Sin embargo, el sino hispano era más fuerte y la Asamblea mostró los colmillos en defensa del catolicismo en el territorio real húngaro.

Pero llegó correspondencia desde Sárvár, algo poco usual.

Ferencz se destempló, ¿qué hecho trágico se anunciaría en la misiva?

La abrió con torpeza y leyó a las apuradas.

No había muertos en derredor, más bien todo lo contrario.

Su padre le anunciaba, en pocas palabras, que lo habían comprometido en matrimonio con una integrante del clan Báthory.

Y unas líneas más abajo, su querida madre le enviaba abrazos de alegría y lo conminaba a un pronto regreso.

Él sabía bien que, tarde o temprano, esos acuerdos llegaban a la vida de cualquier niño.

Y sobre todo si era el único hijo del noble más destacado de Sárvár.

Pues entonces debía empacar y organizar el regreso.

Ferencz era obediente y suponía que sus padres habían decidido lo mejor para él, sin embargo, la curiosidad por saber cómo sería la depositaria del futuro pacto matrimonial lo dominó.

¿Sería buena como su madre? ¿Amorosa como Orsolya?

Su próxima vida junta a ella, ¿lo deleitaría con las mieles de la corte a las que estaba acostumbrado?

Montó el caballo y, flanqueado por su escolta, se entregó a los caminos, hacia el sudoeste del reino.

Sería un viaje largo hasta el castillo familiar.

En la corte de su padre lo aguardaban los tutores luteranos István Beythe, el teólogo Máté Szegedi y Ferencz Sennyei, castellano de los castillos de Sárvár y Kapuvár, quienes reforzarían los valores protestantes y la formación ética en el medio de las presiones de la Contrarreforma.

En la corte de Nádasdy lo esperaba una vida más grata.

La casa familiar era el orgullo de la región y le daba prestigio incluso en Viena.

Con sus quince años cumplidos, Ferencz regresaba a casa con la frente en alto, volvía al seno que lo había visto crecer, la corte donde las mujeres tejían, bordaban, hacían encaje, cuidaban el jardín y aprendían todos los secretos de la administración del hogar; y los jóvenes,

además de instruirse en el manejo de las armas y la equitación, y familiarizarse con la tradición marcial —el fantasma turco asolaba— y el cultivo del intelecto, que era lo primordial, también se preparaban en el arte del baile y del laúd.

El compromiso, los apretones de manos con una fuerza desbordante y las bodas formaban parte de las rutinas diarias en las cortes del Reino de Hungría.

Ferencz estaba preparado y conocía al dedillo las prácticas nobiliarias, pero los años en Viena lo habían distraído un poco.

Pasaron las horas, llegó la noche y el otro día, y llegaron al castillo. El joven Nádasdy desmontó con prestancia y su madre salió a recibirlo. Le tiró los brazos en un ademán tierno y Ferencz la abrazó, sin titubear.

—¿Y padre? —preguntó, mirando a los lados.

Orsolya tragó con dificultad, intentando disimular lo imposible, y esbozó una sonrisa que pereció en una mueca.

—Está algo cansado, guarda reposo en su cámara.

—¿Y por qué no me lo advertiste en la carta?

—Si no es para tanto, hijo. Ve a verlo, te aguarda ansioso.

Ferencz marchó con énfasis hacia la recámara de su padre. En la antesala murmuraban los médicos, las criadas pululaban esperando órdenes. Orsolya entró sin anunciarse, su hijo detrás.

—Aquí estoy, padre.

Se aproximó a la cama que cobijaba a Tamás Nádasdy, detrás del baldaquino. El enfermo abrió los ojos y un brillo de vida los iluminó.

—Hijo mío, cómo has crecido —dijo con esfuerzo.

—¿Te encuentras bien? —Ferencz se odió por el exabrupto.

—Ahora mejor. Has llegado, eso me pone contento.

Orsolya se acercó y apenas tocó a su hijo.

—Hubiera regresado antes, padre. ¿Por qué no me confiaron lo que sucedía?

Nádasdy quiso incorporarse y tuvo un acceso brutal de tos. Los médicos entraron en el acto, la esposa y el hijo dieron un paso hacia atrás. La recámara se convirtió en una batalla campal de idas y venidas. Orsolya tomó de la mano a Ferencz y lo instó a salir de allí.

—Estamos de más, hijo mío.

—Pero madre, me omitiste la verdad. No parece que esté nada bien.

Orsolya se sentó, abatida, a esperar lo que intuía y había preferido no decirle a su hijo.

Ferencz no supo qué hacer. Recorría la antecámara como una bestia enjaulada, intentando escuchar los rumores de la alcoba cerrada o adivinar los latidos del corazón enfermo.

La señora hablaba, decía palabras inconexas buscando tensar el hilo de la vida de su amado esposo.

No podía irse, no debía abandonarla, estaba obligado a cumplir el designio nupcial de Ferencz, quédate conmigo, no te vayas, no dejes a tu amada esposa y a tu venerado hijo.

Imploraba, oraba, no se atrevía a enojarse con Dios. Orsolya era la esfinge de la bondad.

Ferencz daba pasos, intentaba fórmulas, lanzaba sortilegios al cielo para que su padre viviera tan solo un poco más. ¿Por qué se había ido, por qué había traicionado a la vida, allá lejos de él, si era tanto lo que lo necesitaba?

Pasaron unas horas y, de repente, un silencio compacto anunció lo condenado.

—Puede entrar a verlo —comunicó uno de los médicos.

El cuerpo flaco de Tamás Nádasdy reposaba sobre las cobijas. Tenía las manos tomadas sobre el pecho, la tez de un color sin sangre y los ojos cerrados. Clausurado como el paso por la vida. El señor de Sárvár había muerto.

28 Puerta enrejada que clausuraba los castillos, fortalezas o alcázares y que oficiaba de defensa ante ataques y asedios.

29 Cargo del antiguo Reino de Hungría, segundo en importancia después del rey húngaro.

30 Ciudad en el sur de Hungría.

31 Pueblo ubicado en el distrito de Barcs, en el condado de Somogy.

32 Hoy Kust, en Ucrania.