CAPÍTULO III #2
Su madre estaba atenta, intentaba encontrar algún detalle oculto de sus flamantes consuegros.
Kristóf, como un látigo, develó los datos que nadie recordaba.
¿Cómo era posible que no rememoraran esos años en los que Tamás Nádasdy, junto al hermano András, Dios lo tenga en la Gloria, se habían encargado de su educación?
¿Cómo era posible que no se acordaran? La evocación le trajo alegría al hermano vivo, los tiempos en los que había oficiado de paje del emperador Carlos V, la corte y sus delicias, lo que había aprendido, sus viajes a Francia, Italia, Inglaterra y España en su tierna juventud.
—¡No me interesa la Corte de Viena! ¡No me interesan los germanos, tampoco los españoles! ¡Quién es Nádasdy, quiero conocer lo oculto, lo que no dice, lo que poco cuenta! —gritó Anna.
—¿No será mi suegro?
Los tres hermanos repararon en Erzsébet, que había sucumbido al impulso de pertenecer al grupo parlante, de ser parte de la cofradía. Pues lo era.
—¡A callarse, niña! Que aquí hablamos nosotros.
Erzsébet se mordió la lengua. Estaba harta de pequeñeces, ella sentía que estaba a la altura de cualquiera de los allí presentes.
Aunque se deslizara por los caminos del silencio, entendía al dedillo ese mundo en despliegue.
¿No era, acaso, la niña que todos halagaban, a quien le solicitaban ayuda cuando faltaba su padre, la autoridad que socorría a todos?
¿Y acaso no estaba siempre lista cuando alguna cortesana desprevenida, un tanto analfabeta, debía ser honesta, le imploraba que la iluminara con aquella esquela garabateada en alemán de algún amante prohibido?
¿Acaso no era adulta hasta el cielo y la luna para esos menesteres?
Y siguieron con aquello que les devoraba las entrañas, el irresistible impulso que sometía al tiempo, a un círculo cerrado de secretos sanguinolentos.
Anna, Kristóf e István eran la garantía de la persistencia del clan Báthory de Somlyó, y ni siquiera susurraban sus cuitas, que las escuchara el mundo y aprendieran lo que era bien bueno.
Y Anna preguntó que dónde estaba la esposa noble, Erzsébet de Bocksai, de Kristóf, “que no, que no ha llegado pues está a punto de dar a luz si no lo ha hecho ya”, respondió el aludido; y los tres hermanos rieron, jadearon, suspiraron con la fuerza de las vísceras en ascenso.
La Erzsébet auténtica, la hija de los dueños de Ecsed, la promesa de unirse en sangre con los Nádasdy cuando llegara la hora señalada, levantó el dedo y les llamó la atención.
Que ella era la única, que ya se enterarían.
Y se pasó una manita, blanca nívea, sobre los pelos negros como pelaje de cuervo, peinados magistralmente por su sierva de ocasión, que era castigada a los golpes si no cumplía las órdenes de su ama, una práctica habitual para ordenar a las soliviantadas.
A nadie le importaban los cuerpos mancillados de las plebeyas.
Algunos años atrás ya había sido expuesta a la primera prueba de fuego, mas no a la última de la familia.
Erzsébet torció un poco la cabecita y se perdió en sus recuerdos: una mañana al alba se había dirigido al patio público de Ecsed para mirar la ejecución de una gitana acusada del rapto de unos niños del pueblo, que había ocultado en el estómago de unos caballos, para venderlos como esclavos.
Con la cabeza cubierta de negro y las ropas coloridas que hasta dañaban la vista, la gitana había sido encomendada a sus verdugos de cara descubierta, y con la soga lista.
Erzsébet había soltado la mano de su madre y caminado hasta la primera fila de la multitud.
La gitana había exigido que le quitaran la caperuza y se cumplió el pedido.
Le ajustaron la soga alrededor del cuello, los ojos se le inyectaron en sangre y gritó unas palabras incomprensibles, las suficientes para que los verdugos patearan la banqueta.
La cabeza colgó de costado, los pies descalzos bailaron la danza de la muerte y la niña de seis años permaneció hipnotizada durante varios segundos.
El corazón de Erzsébet se había acelerado como una estampida animal.
Siguió escrutando a sus tíos, primos, tías, cortesanas y a todos los invitados de piedra a su celebración de compromiso.
Gritaban demasiado, comían demasiado, bebían con una sed insaciable.
Mientras se llevaba, de tanto en tanto, algún fruto seco a la boca para contrarrestar la voracidad reinante, Erzsébet afiló los sentidos para convertirse en una mera servidora del hambre de saber.
Su madre parecía masticar la oreja de Kristóf, pero no, celebraba la bravura de su hermano.
Lo felicitaba por haber derrotado al vasallo de Maximiliano II, aquel germano Von Schwendi, forzándolo a levantar el asedio de Huszt.
(32) Erzsébet enderezó su espina y acercó la testa hacia la hermandad.
—Bravo, querido hermano, te opones en cuerpo y espada a estos asaltadores de tierra ajena.
Y Anna lo rodeó con el brazo.
—¿Pero no es el alemán un aliado de vuestro esposo?
Y Kristóf e István buscaron a György con la mirada.
—A mí no me interesa, pues aquí mando yo.
—No me fiaría demasiado.
—Confíen.
Erzsébet observaba, subyugada, aquella contienda verbal.
Su tío István hablaba menos pero exudaba en demasía con sus ojos renegridos.
Ese Báthory había visitado Italia en su juventud y atendido como discípulo, durante unos meses, en la Universidad de Padua.
Además, había formado parte del ejército de Fernando I en la lucha contra los turcos, pero había sido capturado y encarcelado.
Como el emperador del Sacro Imperio Romano se había negado a pagar el rescate, cuando fue liberado, István se unió al otro bando y apoyó a Juan II en las luchas de poder en el Reino de Hungría del Este.
Sin embargo, no solo había sufrido el encierro otomano, en uno de sus viajes a Viena padeció el arresto domiciliario durante dos años y, en ese tiempo, se desterró del ala húngara y de la política, cansado al fin.
Pero el pueblo lo sindicaba, por su vasta influencia, como el posible sucesor de Juan II.
La agasajada masticaba una nuez. Miraba, analizaba.
La familia celebraba el contrato nupcial, parecía que aplaudían la renovada alianza entre clanes, que agregaría conveniencia a las partes.
Nadie hablaba de amor, parecía más una corporeización de odios y favores en pos de un sacrificio que fuera a saber qué, de intereses para nada velados y bien expuestos.
No había Dios ni tierra, solo ansia inmortal por sí mismos.
Mucho amor, pero del propio, más cercano al demonio.
Erzsébet entendió ese anhelo y lo hizo suyo. Qué preciosa era su madre, cuánta belleza esquiva.
* * *
Hacía dos años que Ferencz se había instalado en la Corte Imperial de Viena.
A los doce, y tras una instrucción exhaustiva, había sido enviado por sus padres, que vieron en esa una decisión estratégica para ampliar horizontes en función de la fragmentación política de Hungría, y también para que el heredero cultivase la agudeza diplomática.
Pero Ferencz se sentía solo. Las tradiciones germanas eran tan diferentes a las acostumbradas en Sárvár, donde las relaciones eran más francas y los tratos, en principio, auténticos.
No era el único jovencito que deambulaba por los fríos corredores de Hofburg, la corte desbordaba de ávidos pretendientes a la más alta liga nobiliaria.
Ferencz había llegado muy bien preparado para esas lides.
Sus padres lo habían proveído de una educación exhaustiva.
A los cinco años, el mínimo Nádasdy había adquirido la habilidad de leer y escribir en latín y alemán, gracias a las lecciones impartidas por una comitiva de tutores.
El favorito había sido el facultativo Gáspár Fraximus, quien se había ocupado, especialmente, de su alfabetización y de la enseñanza de los conceptos básicos.
En esta fase inicial, le habían inoculado la disciplina y la piedad, rasgos fundamentales en toda educación nobiliaria, controlados bajo la atenta vigilancia de sus padres.
Siempre envueltos por el halo del protestantismo, practicado en el medio familiar de los Nádasdy.
Sin embargo, llegó el momento propicio en el que el heredero estuvo listo para hacerse hombre.
Todo jovenzuelo de sangre noble debía sufrir, durante un tiempo, por el bien de la vista y del oído, y de la búsqueda de templanza y la mejora de su educación, un viaje iniciático.
Para entrar en la adultez, y como Dios mandara, debía partir a otra corte que no fuera la propia y, tantísimo mejor, si era en tierra extranjera.
Las cartas de recomendación se amontonaban en los despachos de admisión, pero con Ferencz no hubo demasiado inconveniente, su reputación era intachable.
Aprobado y con la venia de los Habsburgo, partió hacia Viena escoltado por el tutor de turno.
Llevaba consigo unas credenciales de altísimo impacto.
No le quedó alternativa y hubo de acomodarse, entre adversarios solapados, lo mejor que pudo a la busca de destinos superiores.
Estudió con el destacado académico húngaro Demeter Sibolti y otros tutores vinculados con los hijos del emperador, que le brindaron experiencia en las rutinas de la corte.
Supo entregarse al roce con la nobleza internacional, combinado con los logros intelectuales.
Incluso formó parte, en algunas oportunidades, de la comitiva oficial en Presburgo y participó, por haber demostrado una gran capacidad, en la Asamblea Legislativa del Reino de Hungría, convocada por Maximiliano II.
Esos meses en Presburgo habían transcurrido a paso de hormiga.
El tiempo se había extendido en una demora continua.
Ferencz se había rodeado de agentes desconocidos, de nobles que habían llegado desde distintos puntos del mapa para participar de la Dieta.
Allí estaban el emperador y sus acólitos, en constante exhibición de fuerza, en pos del afianzamiento del poder de los Habsburgo.
Que nadie se atreviera a confrontar o discutir con la monarquía, que por si aquello fuera poco, sumaba autoridad y medallas con Felipe II de España, rey de reyes y cuñado regio de Maximiliano II.
Todo quedaba dentro de la familia ampliada.
Pero no solo ansiaban sostener el poderío de la Casa Real, los germanos también debían fortalecer la Contrarreforma en suelo húngaro.