CAPÍTULO III
—Dame más precisiones, Báthory, no me conforman tus silencios. Tenemos tiempo, el trayecto es largo —le dijo Anna a su esposo.
El carruaje había sido acondicionado para el viaje de dos días. Se dirigían al castillo de los Nádasdy, en Sárvár. Atravesarían el reino de este a oeste, sin peligros a la vista, iban bien custodiados por un séquito mixto. Soldados y edecanes para György, criados y algunas cortesanas para Anna.
—Nádasdy ha enviado a un emisario con una oferta nupcial, mujer. ¿Qué más necesitas?
—¿Pretendes conformarme con eso? Me conoces, pues quiero todo.
El intercambio epistolar entre las familias había seguido los cánones obligados, pero eso no garantizaba que el encuentro cara a cara fuera el esperado.
El emisario de los Nádasdy se había llegado hasta el castillo de los Báthory con la oferta de Ferencz como posible candidato para la mayor de sus hijas mujeres.
—Tienen amplias posesiones, Anna. Los Nádasdy son los indicados para formar la alianza.
—¿Conoces al hijo? ¿Lo has visto con el padre en alguno de sus encuentros?
—Tal vez, no recuerdo demasiado, pero tengo entendido que es un niño sano.
—¿Años?
—Estimo que trece.
Anna masculló en silencio y torció la cabeza hacia un costado.
Dejó de mirar a su esposo y perdió la vista en el camino.
Todavía faltaban unas horas para llegar a Sárvár.
Tenía tiempo para meditar o dormitar un poco.
El traqueteo de las ruedas y los cascos de los caballos sobre la tierra eran el convite perfecto para la dormidera, sin embargo, Anna se mantuvo en vela.
Algo había escuchado por ahí acerca de los Nádasdy, ¿conformarían una buena alianza con su familia?
¿Sería, el jovencito, un buen candidato para comprometerse con el clan?
¿Erzsébet les traería algún problema? ¿Por qué pensaba en su hija como una posible dificultad?
Hallarse dominada por una desconfianza constante no estaba del todo mal.
A las pruebas se remitía. La niña era difícil, los Báthory eran espesos, como coagulados, imposibles de penetrar.
No obstante, a ella le conformaba eso. ¿El clan Nádasdy estaría en condiciones de aunar temples con ellos? Ah, los humores de su querida Erzsébet…
Y llegaron a las cercanías del castillo. El edecán y dos asesores arribaron primero, desmontaron y avanzaron por el camino pedrusco hasta el puente levadizo, lo cruzaron y se apersonaron en el rastrillo. (28) Anunciaron la presencia de los Báthory y al instante se abrieron las puertas.
György dio la orden y el carruaje avanzó hasta la entrada.
La señora fue asistida por el castellano, que la tomó de la mano y la ayudó a descender.
Anna se mantuvo enhiesta, no movió un músculo de la cara, apoyó su señorial calzado sobre el suelo y marchó hacia adentro.
Su esposo iba un poco más adelante, su tranco era largo y pesado; ambos se deslizaron con la frente en alto, la barbilla hacia delante.
Encabezados por su séquito oficial, los Báthory llegaron al pasillo abovedado, cruzaron el inmenso patio y una de las puertas se abrió de par en par para invitarlos a entrar. Uno de los grandes salones los aguardaba.
—Bienvenidos a Sárvár, conde Báthory, señora…
Tamás Nádasdy extendió los brazos y los invitó a acercarse, mientras su esposa asentía desde atrás. Saludo fue, saludo vino, los cuatro interesados se acomodaron frente a frente. El relevamiento de credenciales estaba a punto de comenzar.
—Les agradezco la presencia.
Nádasdy esbozó una sonrisa y miró a su esposa para participarla en la negociación del ansiado compromiso de su hijo.
—Agradecidos estamos nosotros, nador. (29) Entiendo que estás con demasiadas diligencias.
Báthory continuó con las deferencias protocolares.
Estaba al tanto de todas las maniobras políticas de Nádasdy, el nombramiento político era el último acontecimiento rimbombante; el nador había logrado, junto con el conde Miklós Zrínyi, ponerle fin al asedio otomano en Szigetvár (30) gracias al ataque a Babócsa.
(31) Nádasdy era un guerrero celebrado en el reino.
—¿Se encuentra su hijo en casa? —preguntó Anna y descansó la mirada en los ojos de Orsolya.
La señora de la casa quedó pasmada ante la belleza de la esposa de György Báthory, tan erguida, tan firme, tan despótica. Pudo, mediante las pocas palabras vertidas, descubrirla.
—No, se encuentra en Viena, bajo las órdenes de su tutor —respondió su madre, con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba orgullosa de Ferencz, buscaba lo mejor para él.
Anna miró de reojo a su marido. Había dado por hecho que el jovencito estaría presente, quería verlo, no confiaba en el palabrerío de nadie, solo sus ojos reproducían verdades.
Miró a Tamás, luego a Orsolya y no le gustó demasiado lo que vio.
La belleza era un atributo que faltaba en aquel castillo, rasgo originario y fundamental para Anna Báthory.
Estaba al tanto de las relaciones de los Kanizsay con la nobleza húngara, pero no le parecieron suficientes. Prefirió callar.
Los hombres dieron comienzo al despliegue de propiedades: que un castillo aquí y otro por allá, y otro, y otro más, y la conversación se asemejó a una justa medieval.
Después apareció la exhibición de títulos, escudos y posiciones políticas.
Los Báthory arrojaron palatinos, condes, príncipes y, sobre todo, tradición noble de tiempos inmemoriales, casi en el origen del mundo.
Los oriundos de Sárvár tenían la medalla asegurada con el nombramiento de Tamás.
El hombre era nador y manejaba su rango con autoridad.
Asentían, meditaban, hacían cuentas en silencio en la reverberación del salón abovedado del castillo.
Escuchaban mucho y revelaban poco. Conspiraban como si interpretaran los roles de los mejores espías de la comarca.
Entregaban a sus hijos, pero la ofrenda iba mucho más allá que un lazo nupcial.
Distribuían, si el compromiso llegaba a buen puerto, la herencia monetaria y la sanguínea, lo que quedaría de ellos luego de la muerte.
El rastro esquivo de su respiración post mortem.
Las deliberaciones concluyeron y llegaron al acuerdo: Erzsébet Báthory desposaría a Ferencz Nádasdy cuando fuera pertinente. Ella tenía nueve años; él, catorce.
Los de Sárvár estaban ansiosos por celebrar.
Ofrecieron organizarles un banquete y reunir a lo más granado de la comarca.
Anna respondió que la esperaba el médico en Ecsed.
La jaqueca de siempre le quemaba los ojos.
Los dueños del palacio no opusieron resistencia.
“Pobre señora, qué desgraciada, la entendemos, debe cuidarse, la salud es lo principal”, dijeron, y cerraron los portones de madera detrás de la partida.
Anna y György emprendieron el regreso. Otra vez el bamboleo de las ruedas, el zapateo de los cascos de los caballos sobre el camino, práctica perfecta para la convocatoria a Orfeo.
Pero aquello fue imposible. Ni la luna y las estrellas, única luz durante el trayecto, colaboraron para que Anna pegara un ojo. Estaba más despierta que nunca.
—Conmino a ese Nádasdy a que ame apasionadamente a Erzsébet. Y que la ame de un modo tan demencial como solo una Báthory se merece. Quiero que mi hija apenas sonría, que se muestre calma, que se demuestre inerte, que nada ni nadie la desvelen. Así y solo así le otorgaré mi permiso al intruso.
La sentencia de Anna arrasó por los caminos hacia Ecsed. Su voz monótona perforó el silencio con más fuerza que las dagas turcas, sus palabras encontraron asilo en el viento y se congelaron en maldición divina.
* * *
El salón estaba repleto de convidados. Los Báthory querían celebrar y el motivo no era otro que el contrato nupcial de Erzsébet.
Era el primer compromiso de los hijos de Anna y György, y el sortilegio que obligaba a reunir a una gran parte de la familia.
Como era costumbre, el bullicio era absoluto, las risas no eran tales, eran carcajadas más cerca del ahogo que de la alegría, y el choque entre las copas no parecía un brindis sino el disparo de una bala de cañón, y así.
Todo era mucho, derramaba por demás, sobraba, era el ritual de la mismísima desmesura, como si buscaran liberarse de la tierra.
Erzsébet, con sus nueve años, allí sentada, observaba el despliegue. Ella era la agasajada.
Sus padres lideraban la interminable mesa en ambas cabeceras y ella ocupaba un sitio central, pero llamaba poco la atención de sus familiares.
Tal vez algún cortejo por aquí y por allá, un reparo o un qué bonita y ya, y volvían a lo que les importaba, y no era ella.
Pero Erzsébet se dedicó a lo que más le atraía: mirar, callar, juzgar.
—¡Vengan a mi lado, hermanos queridos! —ordenó Anna con la firmeza de siempre. Aunque ya había pasado un buen tiempo desde el último encuentro, los Báthory de Somlyó nadaron esas aguas con destreza.
Erzsébet persiguió las zancadas de sus tíos István y Kristóf, que pasaron a su lado sin verla rumbo a la hermana triunfante.
La abrazaron, sus cuerpos robustos envueltos en pieles cubrieron los terciopelos de la señora.
Eran los únicos vivos, András, Zsófia y Erzsébet —la hermana, no la hija— habían abandonado este mundo finito.
Anna se vanagloriaba en ostentar a los hermanos que quedaban vivos, los ocupantes de sillas del más alto poderío.
La niña, con ojos vigilantes, atendió aquel juego.
—¿Cómo se encuentran, mis queridos? —Su madre se les acercó aún más.
Erzsébet se irguió sobre la banqueta.
—Con el entusiasmo intacto, Anna. Afilo mi espada, siempre preparado a encontrar enemigos y a hundirla en sus carnes.
—Kristóf mostró su gesto socarrón, tan conocido en la familia.
Era comandante del ejército de Juan II, rey de Hungría, y pertenecía a la facción magiar por herencia paterna.
El padre Somlyó le había plantado el pie de guerra al otrora archiduque de Viena, Fernando I.
Había muerto pero inoculado la defensa de la sangre a sus herederos.
Le gustaba su tío Kristóf, ese porte pesado, con sus pelos revueltos y blancos.
Cómo la animaba ese color, como el mármol, como la nieve, como las manos de su madre.
Y esos ojos con agua que la espiaban por el rabillo mientras desplegaba el palabrerío a oídos de Anna.
Y así, como de repente, empezó a hablar de los Nádasdy.
Erzsébet estiró el cuello, aún más, para escuchar mejor.