Maldita CAPÍTULO II #2
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CAPÍTULO II #2

La pequeña frenó en seco. Jadeando felicidad, giró la cabecita y varias manos le sustrajeron la atención del juego. Peleó un poco, pero no hubo caso.

—Nos vamos de paseo a los jardines —dijo la mayor de las cortesanas y le apretó el brazo con fuerza.

La condesa no había pedido nada, pero la corte y la servidumbre conocían sus preferencias al dedillo: quitar el ruido del castillo, en especial el bullicio perpetrado por sus hijos y, ante todo, quitar la presencia alborotadora de Erzsébet, que la colmaba hasta el hastío.

—¡A cubrirse con una piel, niña! —ordenó una de las cortesanas, pero Erzsébet hizo caso omiso y salió a la intemperie con su camisa de mangas largas, una faldita y el chaleco de tafetán y cintas como abrigo.

Se sentía a gusto con el frío en las mejillas, con el viento sibilante contra su cuerpecito.

Y corrió hacia la profundidad del bosque sin importarle quién venía detrás.

“¡Frena!”

“¡Revoltosa!”

“¡Desobediente!”

“¡Indisciplinada!”

Creyó escuchar Erzsébet, pero poco le importó y avanzó hasta el batiente que dividía el terreno entre lo permitido y lo secreto.

Su secreto, el jardín confidencial que ella había inaugurado fruto de su acalorada imaginación.

Las copas de los árboles mantenían una sombra perpetua, la tierra húmeda desprendía su aroma particular.

—¿No tienes miedo, Erzsébet? —le preguntó la cortesana.

La niña negó con la cabeza y se sentó sobre la gramilla, en el sitio elegido, desde donde podía mirar más allá, donde descubría el arroyuelo helado, en el que gustaba de mojarse cuando nadie la veía.

Las damiselas permanecieron cerca de ella, pero no tanto, ocupadas con otros menesteres.

Las confesiones, y no precisamente religiosas, las ocupaban por completo.

—¿No te aburres, Erzsébet? —preguntó la otra dama con displicencia—. Podemos ir en busca de tus hermanos, si así lo deseas.

Volvió a negar la cuestionada. Sus hermanos István, Zsófia y la recién nacida Klára no despertaban su interés, prefería jugar sola.

A Miklós, el hermano con quien no compartía padre, no lo conocía, había quedado con los Drugeth.

El desconocido sí le daba curiosidad, los otros no.

¿Qué haría su hermanastro en tierra lejana?

¿Pensaría en su familia de Ecsed como, de tanto en tanto, le sucedía a ella?

Las dudas desaparecieron como la luna en noche cerrada y su atención se la entregó al suelo, a los recovecos de la tierra, a los senderos de las hormigas que eran como ejércitos de colores: negro, colorado, amarillo.

Tomó un tallo perdido y persiguió una fila, luego la otra y la otra.

Con pies de pluma rastreó los hormigueros mientras tarareaba una tonada.

La discusión de las cortesanas irrumpió en su faena: que tal barón se le había arrimado, que era gallardo e importante, poseedor de prestancia y propiedades, y que ella estaba a la altura de las circunstancias pues era bonita y sabía bien que todos los hombres, hasta los más ingeniosos,

debían ser esclavos de la belleza de una mujer.

Erzsébet alzó la vista del territorio de los insectos y la posó en el vaivén de las mujeres.

Sin reparar en la niña, el intercambio de ambas persistió: que debían hallar al indicado, pues había de los otros que, encontrando un cuerpo bonito, aquello podía despertar el apetito de la belleza en otro, y así; pobres caballeros, admitió la otra,

desconocer que la belleza es única y la poseemos todas.

—¡Mentira! ¡Ustedes no poseen nada! Mamá es bonita —gritó Erzsébet y se incorporó de un salto.

Las cortesanas miraron a la niña, morada de furia, las cejas juntas de odio. Intentaron calmarla, temían que fuera con el cuento a su regreso.

—Por supuesto que tu madre es bella, y tú también lo eres. —Creyeron que así Erzsébet depondría las armas—: Aunque más bella es un alma noble.

—¡El alma no tiene cara, es un espectro!

Y empezó a correr por el bosque. Las cortesanas se incorporaron y fueron detrás de la niña, pero la perdieron de vista.

Erzsébet era más rápida que una liebre y tan huidiza como el agua.

La niña se perdió entre los árboles, custodios de su cuerpo en fuga, entre los que se sintió a resguardo.

Ella y sus pensamientos, el silencio sonoro de la espesura del bosque que la acompañaba, no necesitaba nada más.

Y sometió el paso de las horas a su bravura; tal vez se apagaba el crepúsculo, pero no temió.

Ya encontraría el camino de regreso al castillo, lo imposible no era una opción.

De repente sonaron unos graznidos, el mundo animal se hizo presente, era su hora.

Y Erzsébet encontró la guía que la llevaría a casa.

Nunca el pavor, se armó la comunión perfecta entre los pobladores del bosque y ella.

Paso a paso, como una caricia divina, la menor de los Báthory demoró el regreso.

Sabía que se exponía a una reprimenda al llegar, pero cerró los ojos para no pensar en ello.

Así desaparecían las ideas confusas. “Cierro los ojos y no sucede lo que no quiero, si no lo veo no lo creo y lo que no creo no existe”, rumiaba Erzsébet y continuaba camino con los bracitos extendidos.

Una mariposa le rozó el cuello, o tal vez fue el aleteo de un pájaro que pasó demasiado cerca.

Ella continuó el camino, avistando por la hendija de los párpados.

Veía nublado, era la red que cubría su paso.

Pasado el rato, decidió abandonar el juego de la ceguera y aguzó los sentidos.

Encontró el camino que la llevó hasta Ecsed.

A paso redoblado y con el envión de los brazos como alas, llegó hasta el sendero y, al fondo, la entrada inmensa del castillo, custodiada por una junta de guardias que, al verla, dieron zancadas hacia ella.

—¡Niña Báthory! Hay un revuelo infernal en palacio. ¿Dónde se había metido?

Erzsébet los miró desde abajo, parecían gigantes.

—Ya es de noche, niña, ¿no le dio miedo la oscuridad?

—Si yo veo entre las sombras, ¿acaso no me ven? A mí me dan terror mis pensamientos, a veces.

Y entró sin mirar atrás, las bocas abiertas de los soldados en guardia.

—¡Erzsébet Báthory!

La voz de su madre retumbó en el condado de Nyirbátor.

* * *

El inmenso comedor del palacio de Presburgo desbordaba con lo más relevante del Reino de Hungría.

El Consejo de la Guerra —creado en Viena en tiempos del archiduque Fernando I con el firme propósito de aunar fuerzas entre los Habsburgo y los magiares para defender las fronteras— se había llegado hasta allí para responder y, en caso de necesidad, conformar a los dueños de la tierra en Hungría.

Como era de prever, György Báthory presidía uno de los sectores de la interminable mesa.

Los mayordomos entraban y salían con las bandejas repletas de comida, servían y volvían a servir a unos comensales agradecidos y con un hambre difícil de satisfacer.

Y para qué hablar de la sed, que era mucha y no había vino que la saciara.

Los reclamos se hacían a los gritos, el servicio respondía como podía ante la mirada escrutadora de los consejeros vieneses, nada acostumbrados al tratamiento y a las costumbres magiares, más cercanas a la ausencia de decoro que a los protocolos de la Corte de Viena.

Báthory disfrutaba de la oferta culinaria mientras compartía la inminencia de los acontecimientos. El caballero sentado frente a él le requirió sus credenciales y si había formado parte de alguno de los últimos avances contra los otomanos.

—Hemos asediado el castillo del ban (25) de Croacia, el conde Petar Erdödy, sitio estratégico para controlar el avance otomano. Continuaremos adonde haga falta.

El interlocutor asintió y se atusó el bigote de canas.

Los allí reunidos compartían alianza y, cuando no, sometimiento a las consignas de la casa de Habsburgo: era menester la consolidación de su poderío en lo más central del continente y que aquello no derivara en ninguna reacción piadosa contra el enemigo.

—¡Báthory! Celebramos su accionar desde el Consejo. —Quien interrumpió el diálogo protocolar no fue otro que Lazarus von Schwendi, comandante militar de la Armada del Sacro Imperio Romano Germánico y miembro del Consejo de Guerra creado por el emperador.

—Pero qué velocidad para enterarse de las cosas. —El húngaro exhibió su talante entusiasta y elevó la copa en un brindis al aire.

—Las malas noticias parecieran emboscar a las buenas; en este caso y con vuestro vigor, específicamente, el mal ha sido derrocado. Y antes de que se despida de Presburgo, tengo unos vinos de mi propiedad para que se lleve y brinde con la familia.

El barón de Hohenlandsberg era un hijo natural de Rolando von Schwendi, propietario del poblado de Schwendi, en Swabia.

Se había convertido en un importante vitivinicultor de la zona de Alsacia, montando sus viñedos en el castillo de Lupfen-Schwendi, también en el de Hohlandsbourg.

Había demostrado sus talentos en la defensa de Metz, ciudad del noreste de Francia, en 1552, en la batalla de San Quintín; (26) cinco años después en la batalla de Gravelines, cerca de Calais; y además había participado recientemente del sitio de Tokaj, en el nordeste de Hungría.

Báthory aceptó la oferta, pero la negociación no quedó ahí. Arreglaron que la paga por su desempeño, el contante y sonante y unos productos menores, le sería enviado en encomienda a uno de sus castillos del condado de Borsod. (27)

La reunión de caballeros continuó hasta altas horas de la madrugada.

La exhibición de riquezas y poder marcaba el tiempo de las conversaciones, pero los asuntos que desvelaban a los allí presentes eran la intrusión otomana y la distribución de la tierra, problemas nada nuevos.

Hacía añares que las discusiones rondaban sobre la misma situación.

Todo muy bonito con el arribo para quedarse de los Habsburgo, pero los magiares levantaban la voz cuando se hartaban de tanto avasallamiento y decisiones inconsultas.

El reino se había dividido en dos: la Hungría Real —la región del norte y el oeste del territorio, con la capital en Presburgo—, entregada a los Habsburgo tras el Tratado de Nagyvárad, y la parte oriental, conocida como Reino de Hungría del Este, adjudicada a los húngaros.

A la Casa de los Habsburgo le era urgente el poder económico de Hungría para enfrentar a los otomanos liderados por Soleymán el Magnífico.