Maldita CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

—¿Qué le pasa a esa niña? ¿Qué sucede con tu hija?

El conde György Báthory cuestionó a su esposa Anna, con quien compartía apellido y lazo de sangre —eran primos—, aunque pertenecían a clanes distintos, él de Ecsed, ella de Somlyó, por lo que sucedía frente a sus ojos.

La pequeña Erzsébet se retorcía en el piso, parecía una culebra, un gusano vigoroso, una babosa impulsada por el ansia de vivir.

Pero era una niña de cinco años que padecía, una vez más, uno de sus tantos ataques, esos accesos misteriosos que la convertían en un ente provocador de perplejidad para el resto.

A veces, sucedían cuando despuntaba el día y el sol intentaba calentar lo que vendría; otras, en las horas crepusculares en las que el calor desaparecía y anunciaba el fin del mundo, o cuando el enigmático mal encontraba sitio donde desplegarse.

El cuerpecito de la niña se arqueaba, parecía a punto de quebrarse, se elevaba del piso aunque la cabeza colgaba, inerte, y sus manitas se ponían rígidas, las venas azules se asemejaban a ríos diminutos contra la piel blanca, blanquísima.

Erzsébet padecía del mal del corazón, (20) la marca de la familia.

Su madre estaba acostumbrada y esperaba paciente que la convulsión se terminara, en algún momento sucedería, ya no le prestaba demasiada atención, se perdía en los meandros de su mente.

Alguno de los ayudas de cámara le había sugerido la ingesta de una pócima soberbia capaz de curar todos los males.

El conde, en cambio, desconocía aquel despliegue inquietante del que era testigo por primera vez.

El hombre estaba poco en la casa, el deber lo llamaba y siempre muy lejos de ahí.

—Ah, Báthory, ¿te asustas con una niña enferma? ¿En serio eres ese mismo hombre que no conoce el temor ante sus enemigos? Y es tu hija, György, para que nos entendamos. —Anna suspiró y buscó a la servidumbre con la mirada—: Sáquenla de mi vista, ahora mismo.

La tomaron en brazos entre varias criadas y salieron de la recámara.

Erzsébet continuaba con el impulso brutal, extraño de ver en un cuerpo tan pequeño, de un ser que combate al monstruo de la muerte, detentora de un exceso de ganas de vivir.

Detrás de la niña y su séquito plebeyo quedó su quejido suave, en un canto calmo que retumbó entre las paredes.

La pareja noble se quedó sola. Pero quedaba poco tiempo, György partiría en breve.

—¿Adónde se la han llevado?

—¿Y ahora preguntas por Erzsébet? ¿Desde cuándo muestras interés por los hijos que te he dado? —preguntó Anna y desplegó la rica tela de su falda mientras se acomodaba en la banqueta con aire majestuoso.

La Báthory de Somlyó se había endurecido con el tiempo y no le faltaban motivos.

El primo de Ecsed era su tercer esposo, y esperaba no seguir contando.

A los dieciséis años la habían desposado con el gran candidato, oriundo del noreste de Hungría, Gáspár Drágfi de Béltek, integrante de una de las familias nobles más importantes de Transilvania.

Pero las pasiones duran lo que un suspiro y, tras seis años, el caballero había abandonado la vida.

Como descendencia no había quedado, a los meses la entregaron en nupcias renovadas a Anthal Drugeth, de la región de Homonna, (21) con quien tuvo un vástago de nombre Miklós.

Volvió a convertirse en viuda a los veinticuatro años y, a los meses y con un bebé en brazos, apuraron el enlace con el primo Báthory, que le dio seis hijos. Erzsébet era la menor.

—Anna, necesito un descanso y me respondes con tu verba intempestiva, que no tengo tolerancia para el chirrido en estos días. Mañana parto al alba a Presburgo. (22) —Báthory exhaló con fruición.

Entrecerró los ojos, se irguió en el asiento y se tomó las manos sobre el regazo aterciopelado. El crepitar del fuego se hizo escuchar, la recámara soportaba la frialdad de los esposos.

—¿Te vas? —intervino en un susurro.

Otra vez retumbaron las palabras dentro de su cabeza.

Sola y responsable de todo, así se sentía Anna Báthory, aunque tal vez exageraba un poco.

Le gustaba agrandar sus emociones, aumentar el destemple y exhibirlo por los corredores del castillo de Ecsed.

Tenía un séquito de sirvientes que la asistían para lo que mandara.

Ni siquiera le hacía falta ordenar, la servidumbre se anticipaba a cada necesidad de la dueña del castillo.

Sin embargo, disfrutaba mostrarse insatisfecha.

—No me has respondido, Anna.

La dama se incorporó y le dedicó una mirada desafiante. Era él quien no le había saciado la pregunta. Pero sabía que Báthory haría caso omiso a sus provocaciones y prefirió contestar.

—No es nada, György, son solo unos dolores de cabeza los que padece la niña. Exagera un poco, no debes inquietarte —replicó a desgano, ocultando el sino que teñía a su línea sucesoria.

El padre asintió y sus pensamientos escaparon hacia otro sitio, demasiado lejos de allí.

Sus intereses estaban en Presburgo, con el archiduque de Austria y flamante rey de Hungría Maximiliano II, hijo del muerto Fernando I de Habsburgo, quien además había sido coronado rey de Bohemia, rey de Romanos y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Báthory había sabido nadar en todas las aguas.

La conveniencia siempre supo marcarle el paso y el juego de intrigas era manejado con enorme disposición.

Su primera alianza había sido con Fernando I de Habsburgo, el primero en iniciar el avance de España a esas regiones lejanas de Europa.

Hijo de Felipe el Hermoso y Juana I de Castilla, además de nieto favorito del rey católico por antonomasia don Fernando de Aragón y hermano de Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, había sido un potencial heredero de la casa de Habsburgo,

la casa de Borgoña y la casa de Trastámara.

Sin embargo, gracias a una boda ideal con Anna de Bohemia y Hungría, pudo aspirar a algo más.

Pero no fue fácil, había costado un poco la aprobación del enlace a la dinastía Jagellón, la de Europa Central.

Hungría había sido derrotada por el acecho del ejército otomano tras decenios de constantes ataques.

Al quedar el trono vacante ante la ausencia de heredero de sangre, el conde húngaro Juan de Zápolya se hizo coronar y Fernando de Habsburgo, desposado estratégicamente, exhibió sus aspiraciones, con lo que el reino ostentó dos reyes al mismo tiempo.

Muerto el de Zápolya, su hijo Juan Segismundo fue ungido como el heredero de las pretensiones sobre el trono húngaro.

Las reyertas, más y menos veladas entre ellos, continuaron.

En 1552, Báthory se acercó a la corte de los Habsburgo y se alió al coronado que había llegado desde Alcalá de Henares, ofreciéndole poderío y presiones para quitar de en medio a Juan I y quedarse con todo.

El húngaro, a pesar del avance otomano sobre el reino, coqueteaba con el enemigo y recibía prebendas; el archiduque afianzó las alianzas y abroqueló fuerzas, entre otros, con Tamás Nádasdy, del clan de Sárvár.

Sin embargo, los amores se convertían en odios y al revés también, porque las urgencias eran demasiadas y, entre gallos y medianoches, György Báthory intentó un acercamiento con el electo pero no coronado Juan Segismundo y vaya uno a saber qué promesa recibió a cambio, montó su caballo,

aprestó una buena cantidad de hombres y asedió la ciudad de Várad, (23) que estaba bajo el ejido de los Habsburgo.

Presto, el archiduque le suprimió los derechos que le había otorgado sobre el castillo de Buják. (24)

Pero los vientos habían cambiado. A archiduque muerto, la Casa de Habsburgo se reunió en cónclave familiar y arreció contra las pretensiones imperiales de Felipe II de España.

El heredero de Fernando I, Maximiliano II, usó su cabeza para soportar varias coronas y reanudar algunos negocios, entre ellos, los otrora abortados con Báthory.

—Parto al alba, mujer.

—¿Es necesario?

—Todo lo que hago lo es. Nos esperan allí los favoritos del rey.

—¿Y por qué no el mismísimo Maximiliano? —Anna levantó el mentón, desconfiaba del vienés.

—Tal vez se encuentre en el palacio, recibí la misiva con poca información.

—¿Has visto que siempre tengo la razón? Te revelan poco, ¿no será que no te tienen en cuenta?

Los Habsburgo se quieren quedar con todo, y todo significa también lo que es mío.

No quiero que te esquilmen, esposo mío. —La dama se le acercó y le acarició la mejilla con la mano repleta de anillos de oro engarzados con piedras de Oriente.

Báthory lanzó una carcajada que retumbó en el palacio. Tomó a su esposa con fuerza y ella agradeció con la mirada. Entre la tristeza y la lujuria, ambas en busca de un ímpetu salvador, se mezclaron en un juego de pasiones a la vista de quien tuviera el caso de pasar por ahí.

—No hay de qué temer, señora mía. Está todo sujeto a mi decisión, las negociaciones están bajo control y los extranjeros vienen siendo dominados por nosotros, sin saberlo.

Nos aliamos para que la riqueza de los Báthory aumente.

No somos cómplices para el poder, pactamos en pos de mi grandeza.

Que ellos crean lo que les plazca, me importa nada.

—Por algo me he desposado contigo, mi señor.

—Nuestro poder es insaciable.

* * *

Erzsébet correteaba por el palacio. Entraba y salía de los salones abovedados, competía a las carreras con contrincantes inexistentes por los laberínticos corredores de Ecsed.

Desaparecía tras los pesados cortinajes de damasco, dejando el rastro de su grito de guerra, volvía a aparecer, apurada y entusiasta.

Creía ser una guerrera como su padre, también la poseedora de la belleza eterna de su madre.

Aullaba y corría, corría y aullaba en una danza pagana, convocando las ánimas de sus padres; los amores de su vida brevísima, los adultos que eran sus dioses, los dueños de sus pensamientos constantes, pero que nunca estaban presentes en cuerpo y alma para lo que ella invocara.

Los Báthory no la veían, pero ella mantenía los ojos bien abiertos —negros como la noche más oscura— para mirarlos constantemente.

Qué hacían, qué decían, cuánto, cómo, dónde y, sobre todo, cuánto; nada le era suficiente, espíritu ardiente, quería más, necesitaba mucho, pretendía todo.

—¡Detente, niña! ¡Erzsébet, basta, por el amor de Dios!