Capítulo treinta y ocho #3
—Deberías estar muerta, Lennia. No solo por tu poder o lo que eres, sino por lo que acabas de hacer —dijo la voz de Nator en mi espalda.
Los brazos de Haize se apretaron más a mi alrededor y vi como Roa y Cádin avanzaban hasta ponerse a nuestro lado—.
Casi matas a Larán y nos has amenazado a Miria y a mí.
Solo por la amenaza a Miria debería matarte yo mismo —añadió Nator serio, su voz cayendo unas octavas—, pero no lo voy a hacer porque te seguimos necesitando.
Voy a responder a tu pregunta de antes. Sí, tu poder puede ser liberado.
Pero viendo el poco control que tienes sobre él es un peligro hacerlo.
Eres un peligro, aunque nadie aquí quiera verlo, quien te hizo ese bloqueo sabía por qué lo hacía.
—Haize prácticamente vibraba con el control que estaba manteniendo para no soltarme, pero Nator le ignoró—.
Si liberas todo ese poder solo las Diosas saben qué destrucción vas a traer.
Pero, si no vuelves a hacer tonterías y nos ayudas de verdad , cuando acabe todo esto, te llevaré hasta la mejor empática que existe en todo Saggar.
¿Qué me dices, Lennia? ¿Un nuevo trato ahora que nuestro trato anterior está roto?
Me quedé mirando a Nator sin entender qué estaba diciendo. Nuestro trato no estaba roto. Haize volvió a tensarse detrás de mí.
—¿De qué estás hablando?
Por un segundo los ojos de Nator brillaron con sorpresa y sus ojos miraron a Haize antes de volverse a posar en mí.
—¿Así que no te ha dicho aquí nuestro nuevo General de la guardia lo qué negociamos el otro día?
Me solté de los brazos de Haize. Nuevo General de la guardia. Haize me miraba con la cara seria, pero veía el dolor que había debajo de la fachada, como me estaba suplicando que lo escuchara antes de formar una opinión. Así que no hablé. Solo le miré.
—Bueno, creo que esto se va a alargar así que seguid con la conversación en otra parte porque—
—¡Mi Rey! —Llegaron varios soldados seguidos, gritando, alterados.
Rahel fue corriendo a reunirse con ellos y se le desencajó la cara. Malas noticias. De repente nada más importaba que ello.
—Bore está bajo ataque, están atacando por los cuatro flancos. La mayoría son no-muertos. Tenemos que irnos, ya. — La voz de Rahel parecía calmada pero el tono que había debajo era cualquier cosa menos tranquilo.
Mis pies estaban en marcha antes de que pudiera pensar en nada más. Solo sabía que tenía que salir a defender a la gente inocente de lo que fuera que estaba pasando. Sabía que tenía que ser grave si habían conseguido pasar a la defensa principal.
—Lennia, espera —dijo Haize agarrando suavemente mi muñeca—. Antes de ir déjame explicarte—
—No. Por supuesto que me vas a explicar a qué se refiere Nator y por qué me has mentido tú también, pero no ahora. No quiero escuchar otra traición cuando hay vidas inocentes en juego.
—Lenn, no te he traicionado, solo—
—He dicho que ahora no —grité, soltándome de su agarre—. Y mi nombre es Lennia.
Y salí corriendo siguiendo a los demás, que no habían perdido ni un segundo en ir defender su ciudad. En la habitación quedó solo Haize por unos segundos hasta que también se puso en marcha, corriendo a mi lado.
Ignoré como el calor de su cercanía se pegaba a mi piel, pero no pude darle más vueltas a nada, porque cuando salimos de palacio vi el caos.
Casas en llamas, soldados por todas partes, luchando, defendiendo, matando. No-muertos, vivos, daba igual, no podías mirar hacia algún lado sin ver una batalla, sin sentir esencias luchando y esencias volviendo a la tierra.
Era un horror. Un horror que nos había encontrado en casa cuando habíamos bajado la guardia.
Nator, Miria, Larán, Carse y Zrada pasaron por delante de mí, equipados con armadura, dispuestos a luchar con los soldados.
También vi a Kiria abriéndose paso entre los enemigos y a Rahel organizando luchas de las que no formaba parte.
Y yo no pude hacer otra cosa que lanzarme a la batalla, atacando y defendiéndome con el poder que volvía a danzar en mi piel, sin vacilar, sin pensar en las vidas que iban a caer por mi culpa .
Una tormenta se desató a nuestro alrededor, rayos cayendo en enemigos concretos, liberando su esencia hacia la tierra o vaciando los cuerpos que ya habían estado muertos una vez.
Y de nuevo unos brazos conocidos me pararon y unos ojos marrones me miraron con seriedad y otra emoción que no quise descifrar.
Alargo su brazo y depositó una espada en mi mano.
—Te prometo que cuando acabemos con esto te explicaré todo lo que quieras saber, pero no me odies, por favor.
—Me miró durante unos segundos en silencio—.
Sé que no me quieres a tu lado ahora, pero no dejes que te maten, Lennia.
No me lo perdonaría nunca. Las Diosas saben que ya me va a costar hacerlo.
Y con eso, me dio un beso en la frente y salió a luchar, sin decir nada más, sin despedirse, sin darme la oportunidad de responder, solo rodeado del aire que llamaba con su esencia.
No dejes que te maten a tí tampoco , pensé, porque quería hablar con él y decirle que no tenía nada que perdonarse, pero sobretodo para decirle que hubiera hecho lo que hubiera hecho, no merecía la pena que volviera a atarse a nada por mí, que él merecía ser libre y feliz.