Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo treinta y ocho #2
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Capítulo treinta y ocho #2

La voz grave, llena de vida, calmada. Mía . Seguían golpeando y llamando. Solo a mí. Solo me llamaban a mí. También sentía más esencias familiares, conocidas. Pero sobre todo una de ellas era bienvenida. Quería que viniera a mí, quería que danzara conmigo.

—¡Lenn, vamos, ábreme! —repitió la voz de manera suplicante.

No quería negarle nada a la voz. Y menos cuando me lo pedía con tanto dolor. No podía dejarle sufrir. Ya había sufrido suficiente. Me frené y me giré hacia la puerta.

—Vamos, Hierbazul, déjame entrar, por favor.

Más súplicas, la voz sonaba calmada, pero reconocía el temblor.

Dejé que la puerta se abriera y entraron varias esencias.

En segundos dos grandes brazos me rodearon.

El calor fue natural, me envolvió como a algo precioso, querido, y parpadeé, sintiendo como mi poder volvía a mí, como retrocedía calmadamente.

—Devuelveles el aire, Lennia, se están ahogando —susurró una vez me tuvo entre sus brazos.

—¿Haize? —pregunté con la voz ronca una vez el poder se durmió. Sin pensar hice lo que me había pedido y les devolví el aire a Nator y Miria.

Y de repente un golpe en la espalda me dejó sin respiración, haciéndome perder toda la fuerza en los brazos de Haize.

Mi visión se volvió negra y tuve que parpadear varias veces para no perder la consciencia, tosiendo cada vez que intentaba respirar.

La cara de Haize había perdido todo el color y en su lugar solo había una mezcla entre furia y pánico que no había visto jamás.

Aún así, el único pensamiento que podía formular era sobre él, sobre lo bello que era, lo bien que mi esencia encajaba a su lado.

Parpadeé, poco a poco recuperando la movilidad de mi cuerpo y sentí algo caliente cayendo por mi espalda.

La mano de Haize se movió y pude ver lo que era.

Sangre. Me giré para ver el origen de ese ataque y vi a Nator y a Miria mirando en mi dirección con los ojos muy abiertos y a su lateral un soldado real.

Un soldado real que manejaba el aire a su alrededor como si fueran cuchillas.

Las mismas cuchillas que me habían cortado por la espalda.

El soldado volvió a cargar un ataque, queriendo golpear de nuevo.

Antes de que pudiera moverse mi esencia explotó .

Solo que no fue mi esencia.

Haize.

La esencia de Haize explotó, en la habitación se formó un vendaval que empujó a todo el mundo hacia la pared, golpeándolos con fuerza. Los únicos que quedamos en pie fuímos los reyes, Larán y nosotros.

—Como alguien vuelva a lanzar un ataque en contra de ella, está muerto —sentenció Haize con la voz oscura—, me da igual quedarme solo.

—Nos ha atacado —dijo Nator con más seguridad de la que estaba mostrando .

—Y no estáis heridos, pero mirad lo que le habéis hecho a ella. Llamad un médico ya —volvió a demandar Haize.

Por el rabillo del ojo vi a Larán dudar antes de salir corriendo por la puerta. Los soldados empezaban a levantarse y con ellos la esencia de Haize ganaba fuerza, aire bailando a su alrededor en un torbellino de poder.

—Todo el mundo fuera —demandó con la voz demasiado calmada—. Diles que bajen armas y se marchen antes de que tu guardia se reduzca considerablemente.

Haize había venido a por mí. Había venido a pararme a mí.

Y aún así se estaba enfrentando a la guardia real y a los reyes para protegerme, sin saber qué es lo que había pasado.

Y yo no podía dejar que fuera él quien cargara con más ataques que no eran suyos, ni con más muertes que no le correspondían.

Me aparté de sus brazos y me giré, observando a los reyes.

El movimiento volvió a enviar punzadas de dolor a lo largo de toda mi espalda, sangre nueva empapando mi espalda.

Haize se tensó a mi lado pero no me frenó, no impidió que me apartara de él ni impidió que avanzara.

—¿Me habéis intentado matar? —les pregunté a Nator y Miria más dolida de lo que había pretendido. Podía culpar al dolor físico, pero sabía que no era el que más cortaba.

Por primera vez desde que conocía a Nator, bajó la vista avergonzado. No como ciudadano de Bore, no como el amigo que una vez había sido, sino como Rey.

—No hemos dado la orden nosotros —se defendió Miria a su lado, como si eso excusara algo.

Y sin avisar, mi poder volvió a crecer. Volvió a invadir mis huesos, mi carne y mi piel, haciendo que no sintiera el dolor que hasta hacía un segundo me había impedido respirar con normalidad y alcé una mano hacia los reyes.

Amigos que habían dejado de serlos.

Reyes que ya no me representaban.

Traidores.

En mi mente solo sonaba esa palabra.

Traidores. Traidores. Traidores .

Noté como la esencia giraba alrededor de mi mano, magia pura.

Ningún elemento estaba acudiendo a mi llamada. Era la misma esencia acumulándose, permitiéndome usarla a mi antojo.

Y sonreí. Pese a la situación, pese al dolor, pese a la traición. Todo iba a acabar en ese momento y me daba igual como.

Fui a soltar la esencia cuando los mismos brazos que me habían reconfortado hacía unos minutos me apresaron, poniéndose delante de mí, tapándome a los reyes con su cuerpo.

—Lenn, para. Para. Relájate. No puedes hacerlo. Por favor, Hierbazul, escucha mi voz y nada más.

Quería escucharle. Quería hacerlo, pero el poder era demasiado y solo quería una cosa. Venganza. Por mí. Por él . Por todos las muertes innecesarias.

Vi como diferentes esencias empezaban a alzarse a mi alrededor, haciendo que yo, que mi poder, luchara cada vez más. Había demasiadas amenazas a mi alrededor. No solo para mí, también para él . Tenía que neutralizarlas a todas antes que me pudieran volver a herir o de que le hicieran algo a él.

—Nator, retira a todos los soldados, ¡ahora! —gritó su voz—. Antes de que pasen cosas de las que nos vamos a arrepentir todos.

Mis ojos brillaban, mi piel vibraba, la esencia bailaba a mi alrededor. Suéltame. Quieres soltarme. Acaba con las amenazas. Defiéndele. La esencia cantaba en mi cabeza.

—Bajad las armas. Todos fuera. ¡YA! —gritó el rey.

Poco a poco las amenazas se fueron retirando, las esencias hostiles se iban alejando y solo quedaba una con ganas de lucha. Un objetivo que abatir. Volví a alzar mi mano. El rey estaba tan cerca…

Él me enterró más en su pecho. ¿Por qué no me dejaba acabar con la amenaza? ¿Por qué me estaba impidiendo cumplir con lo que mi esencia me pedía?

—Vamos Hierbazul, vuelve a mí. Vuelve a mí Lennia, te necesito .

Siguió repitiendo lo mismo una y otra y otra vez mientras mi energía seguía vibrando en mi piel, mientras mi esencia se resistía a abandonar las ganas de cumplir con su venganza.

Hierbazul . Una vez había odiado ese nombre. Pero ya no.

Sus brazos no me soltaron y sus caricias no dejaron de dibujar patrones en mis brazos mientras me susurraba palabras suaves.

De repente me tensé. Se acercaban nuevas esencias, más poderosas que las anteriores. Venían con más urgencia.

—¿Haize? ¿Lennia?

Reconocí esa voz. La voz aguda y cantarina. Suave. Respiré su esencia pura, medicinal. No era una amenaza. Miré por encima del hombro de él.

Los ojos plateados que brillaban con la fuerza de una tormenta.

El pelo rojo fuego que me acompañaba con la calma que siempre la había representado.

La esencia pura que me hablaba de luz y oscuridad.

Todos eran conocidos. Incluso la otra esencia que había llegado con ellos, una que hace tiempo había querido conmigo.

—Roa, la han herido en la espalda. ¿Puedes curarla? —preguntó su voz.

Y entonces la esencia medicinal de la mujer rubia estaba en mí. Sus manos y su calor en mi espalda y noté, noté como el dolor disminuía a la par con mi esencia, que volvía a retraerse en mí, que empezaba a abandonar la venganza.

Una vez el dolor había desaparecido y mi esencia se durmió por completo, respiré hondo y cerré los ojos, cansada.

Los brazos de Haize, que no se habían alejado de mí ni un momento, me cargaron y por primera vez desde que había salido de la cama que había compartido con él, me sentí de nuevo en casa.