Capítulo treinta y ocho
LENNIA
H aize estaba abrazándome como hacía siempre cuando dormíamos, como si quisiera protegerme de cualquier cosa, como si el hecho de poner distancia entre los dos le produjera dolor, pero aquella noche tenía que pasar.
Llevaba demasiado tiempo en la nueva rutina que habíamos creado y, aunque por primera vez desde hacía mucho tiempo era feliz, no era suficiente.
Tenía que saber qué había en mí. Y conocía a quién tenía las respuestas.
Me levanté de la cama sigilosamente y me vestí. Una vez me aseguré que Haize no se despertaba, me transporté a una habitación en donde había pasado muchas noches, rezando para que él siguiera ahí y para que todo siguiera igual.
Todo era tal y como lo recordaba. Más grande que mi casa en Bore, los armarios, muebles y mesas coincidían en color y estructura, madera clara tallada a mano.
Las puertas que daban al baño y al vestidor estaban completamente cerradas, como siempre cuando se iba a dormir.
La cama con dosel seguía siendo del tamaño de dos camas dobles y las decoraciones eran plateadas y granates, como tantas otras en palacio.
Me acerqué a la cama y agarré sábanas y mantas, tirando hacia atrás.
Larán se sobresaltó y se sentó de golpe, irguiendo una defensa antes ni siquiera de abrir los ojos.
Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad y me vió, parpadeó varias veces procesando que estuviera allí, pero no bajó el escudo.
—¿Lennia ?
—Buenas noches, Larán —saludé con una voz que no sonaba como mía—. Tengo unas preguntas y espero que las respondas.
Vi como entrecerraba los ojos y tragaba saliva. El pulso empezó a aumentarle y eso me recordó a otra situación de hacía meses.
—¿Me tienes miedo, Larán? —pregunté, repitiendo las palabras que una vez ya había usado.
—Lennia, ¿qué quieres? ¿Qué necesitas? ¿Estás bien? —dijo, saliendo de la cama para acercarse a mí mientras bajaba el escudo.
—Oh, sí. Estoy bien, pero verás, ¿recuerdas cuando me traicionaste y Nator tuvo a empáticos analizando mi poder? Recientemente he descubierto que hay algo en mí. —Presioné mi esternón con las manos—. ¿Me harás el favor de decirme qué coño es?
Por primera vez en mucho tiempo mis ojos estaban dorados, brillando con una intensidad que incluso me deslumbraba a mi. Larán miró hacia la puerta, calculando si podría rebasarme —no, no podía— y movió el cuello de izquierda a derecha, intentando destensarlo.
—No sé de qué estás hablando, Lennia, de verdad. No hay nada malo en tí.
Respuesta equivocada.
Me abalancé sobre él y le cogí del cuello, estampándolo contra la pared, bloqueándonos a los dos dentro de un escudo de aire, impidiendo así que pudiera utilizar ningún ataque contra mí.
—¿¡QUÉ. ME. HICISTÉIS!? —grité a centímetros de su cara, añadiendo presión a mi agarre. Noté como mis uñas rasgaban su piel.
—¡No lo sé! No lo sé, Lennia. Yo no quería ni siquiera que te analizaran el poder porque no me importaba.
No sabía qué iban a hacer hasta que ya estaba hecho.
Nator jamás me dijo que te hiciera nada, solo que lo midió y que eras un peligro para mí y para los demás.
Jamás te hubiera ocultado la verdad si supiera que te habían hecho algo más.
La voz de Larán, ligeramente temblorosa, y el tono dolido que utilizó me hicieron soltarle lentamente.
Conocía a Larán, quisiera o no, y nunca había sido buen mentiroso así que sabía, sabía que me estaba diciendo la verdad, aunque una parte de mí quisiera negarlo y así tener la excusa para acabar con él.
Rompí el escudo y me aparté de él con la cabeza inclinada hacia un lateral, sorprendida por mis propios pensamientos.
De las marcas que mis uñas habían dejado en su cuello goteaba sangre y la zona donde su cara había golpeado a la pared estaba volviéndose morada.
Las facciones de Larán estaban contorsionadas en pánico.
Larán me tenía miedo a mí. A mí. Y aún así no volvió a levantar su poder, ni para defenderse ni para atacar.
—¿No sabes nada? —Volví a preguntar con un tono de voz neutro, calmado.
Negó con la cabeza y di un paso hacia atrás, alejándome de él.
—Lennia, espera—
Me transporté hacia la única persona que parecía que iba a tener respuestas mientras Larán intentaba lanzarse hacia mí para frenarme. Qué pena que ya no tuviera ese poder sobre mí.
Me encontré en la habitación de Nator en el siguiente segundo y nada más entrar un escudo se cerró sobre mí.
—Buen truco, no lo había visto en otras habitaciones. —Sonreí.
Nator y Miria se habían levantado de la cama sorprendidos, pero al verme la cara les cambió.
—¿Qué cojones, Lennia? ¿Qué estás haciendo? ¡Fuera! —gritó Nator acercándose a mí creando un escudo de aire y fuego a su alrededor, poniéndose delante de Miria para protegerla. Noté como Miria acariciaba mi mente, intentando entrar para controlarme y empujé, cerrando mi mente más aún.
—Hola, Miria, te había echado de menos.
Intenté enviar un ataque pero entonces recordé el escudo que había a mi alrededor y sonreí. Desde allí dentro no podía atacarles, pero ellos tampoco podían atacarme a mí, así que me giré y bloqueé la puerta, evitando que alguien de fuera pudiera entrar.
—Estás cavando tu propia tumba, Lennia —amenazó Nator con la voz oscura.
—¿Ah sí? —Me volví a girar hacia él y sonreí—. Solo he venido a hablar. Puedes quitarme el escudo.
Desde el pasillo empezaron a escucharse ruidos, pasos y golpes.
—Teníamos un trato, Lennia —dijo Miria muy seria.
—Y no lo estoy rompiendo. En ningún momento se especificaba que no podía venir a vuestros aposentos.
La mirada de Nator podría haberme matado allí mismo si hubiera tenido ese poder. Entendí que de esa manera no iba a encontrar respuestas, así que avancé hasta donde el escudo me permitió, relajando mi energía y haciendo que mis ojos volvieran a un tono más natural.
—Bueno, no me importa hablar a través del escudo.
Para mi sorpresa Nator relajó el aire y el fuego que danzaban a su alrededor y se paró delante de mí.
—Como comprenderás no voy a dejarte libre, pero di lo que tengas que decir y luego decidiremos qué hacemos contigo.
No me gustó el tono de Nator, ni un poco, pero no quería estar en esa habitación más tiempo del necesario así que puse los ojos en blanco y suspiré.
—Recientemente he estado en El Norte, como bien sabes y he descubierto algo muy interesante que sé que tú puedes explicarme. Básicamente porque eres el culpable.
—Déjate de rodeos, Lennia.
—Cuando mediste mi poder y me traicionaste, ¿qué más hiciste?
—Nada. No hicimos nada más. Ya tenías el bloqueo de antes —dijo simplemente, como si eso explicara todo.
Nator debió notar que de repente me había quedado congelada porque una de sus comisuras subió hacia arriba, haciendo aparecer en su cara una mueca burlona .
—¿Así que de verdad no lo sabías?
—Qué quieres decir con bloqueo. —Pese a que era una pregunta, lo hice sonar más como una obligación.
—Tienes el poder bloqueado, jamás lo hubiéramos podido imaginar con la cantidad de poder que tienes, y dado que te íbamos a encerrar, tampoco era algo que importara en aquel momento.
—Se encogió de hombros como si todo lo que estaba diciendo fuera una tontería, una pequeñez—.
Tampoco sabíamos si era algo que tú misma habías pedido.
Mis ojos volvieron a brillar, con más fuerza que antes. No solo me había traicionado una vez cuando me apresaron, lo había hecho una y otra y otra vez, cada vez que decidió no decirme la verdad, cada vez que decidió que no merecía saber qué pasaba en mi cuerpo.
—¿Pueden quitármelo? —pregunté y enseguida odié como mi voz había sonado, débil y rota.
Nator volvió a encogerse de hombros, como si fuera una tontería sin importancia, y yo exploté.
El escudo que había a mi alrededor desapareció, fulminado.
La energía que me había encerrado dejó de estar, de existir y extinguí cualquier intento de defensa o ataque de Nator antes de que siquiera pudiera pensar en crearlos.
Por un momento Nator y Miria se quedaron paralizados sin saber qué hacer, sin saber cómo actuar y tal y como había pasado con Larán poco a poco se les fue desencajando la cara, el pánico dándose paso al exterior.
—Es gracioso como todos empezáis a tenerme miedo cuando veis que ya no me podéis controlar más. —Sonreí dando un paso hacia adelante.
Nator podía ser muchas cosas, pero no era un cobarde y no se movió del sitio. El único movimiento fue el de poner a Miria detrás suyo.
—Déjala marchar —dijo, refiriéndose a la Reina—. Ella no sabía nada. —Su voz parecía calmada, pero yo le conocía mejor.
—¿Para qué? ¿Para qué entren cientos de guardias cuándo ella salga? —Él empezó a negar con la cabeza pero yo le corté—. Lo siento, Nator. Estoy cansada de que me traicionen y me golpeen; nadie sale de esta habitación.
Di un paso hacia adelante de nuevo y vi como el fuego volvía a cobrar vida en él, pero desapareció antes de que pudiera ganar tamaño a la que extinguí el aire de su alrededor.
El poder nunca me había sido tan fácil de mantener, nunca había sentido mi esencia tan en sintonía conmigo, jamás había tenido ese nível.
Di otro paso hacia adelante y la fachada de Nator se resquebrajó, tragó saliva y retrocedió mínimamente con Miria a su espalda.
El poder crecía en mí, la esencia se arremolinaba en mis huesos, en mi piel, a mi alrededor, pidiéndome salir, demandando que la soltara, y estaba tan cerca de ceder, de dejar que tomara el control y acabara con todo aquello que me había hecho daño alguna vez, que ya podía sentir cómo se preparaba para atacar.
Di otro paso hacia adelante, aunque aquellos ya no eran mis pasos, ya no era yo quien me movía.
Ese poder, esa energía que se despertaba en mí me estaba guiando, me estaba pidiendo que tomara todo lo que quisiera, que acabara con todo lo que me había traicionado.
—¡Lennia! —llamó una voz familiar desde fuera de las puertas. —Lennia, abre la puerta.