Capítulo treinta y siete #2
Después de arrastrar a Lennia a la cama otra vez y demostrarle con mi cuerpo qué necesitaba de ella —todo—, nos reunimos con los demás para cenar.
Los seis, Cádin, Roa, Kiria, Rahel y nosotros dos, habíamos ocupado una mesa en una de las esquinas inferiores del comedor.
La mesa estaba llena de comida típica de la época.
Estofados, sopas, carnes con más grasa que alimento y frutas.
Habíamos echado de menos comidas así y se notaba en la manera en que engullíamos casi sin hablar.
—Quería hablar del cerramiento de Boreas. De cómo estaban organizados los ejércitos y qué recomendaba yo. Qué pensaba sobre ello.
—¿Te ha preguntado a ti? —preguntó Cádin alzando una ceja. Todos los demás también me estaban mirando interesados.
—Sí. Mi gestión como General fue buena y quería mi opinión —dije sorbiendo sopa desinteresadamente—. También le he recordado que vosotros no formáis parte del ejército y estáis aquí voluntariamente así que ibais conmigo.
Todos asintieron excepto Lennia que me miró alzando las cejas.
—¿Qué?
—Técnicamente yo no estoy aquí voluntariamente, tengo un pacto con ellos y tengo que cumplir órdenes.
—Puede que le haya dicho que tú y yo ahora trabajamos juntos y que si tiene algo que objetar tenía que prepararse para un problema más grande que el consejo. —Mi voz fue calmada y plana. Nator y Larán no volverían a usar a Lennia. Jamás. Me había asegurado de ello.
—Seguro que eso le ha gustado mucho a Larán —añadió Roa con una sonrisa maliciosa en la cara.
—Espera. ¿Estaba Larán en la reunión con vosotros? —preguntó Rahel, sorprendido—. En la nuestra no estuvo.
Todos fijamos nuestra mirada en Lennia, que siguió comiendo como si no fuera con ella la conversación y lo único que hizo fue encogerse de hombros.
Pasamos el resto de la cena hablando de cómo habían sido los días en Bore, de Lurkoh, el nuevo general de la Guardia, de los entrenamientos de Kiria y su grupo de mujeres y de la festividad de Styri.
Iba a ser la más extraña de todas las que había vivido debido al cierre de Boreas. No sabía que comerciantes ni que feriantes iban a ir ni cuán grande iba a ser ese año, pero por primera vez desde que me fui de Boreas, tenía ganas de celebrarlo.
—Vale, ahora que ya hemos hablado de todo lo aburrido… —Empezó Kiria— ¿Qué tenéis que explicarnos?
Su mirada estaba fija en mi mano descansando en el muslo de Lennia. Desde el principio de la cena no había dejado de tocarla y a ella no le había importado.
—De verdad que sois lo más cotilla que hay en esta región —dijo Lennia poniendo los ojos en blanco—. Pregunta.
—¿Os habéis acostado por fin? —Fue Rahel el de la pregunta y yo reí de la manera en la que Lennia abrió los ojos y la boca.
—Nos has dado luz verde para preguntar —dijo Rahel levantando las manos en rendición.
Miré a Lennia, dejando que fuera ella la que decidiera qué quería compartir con los demás. Si fuera por mí hasta el último insecto del reino se iba a enterar de lo nuestro, pero no quería incomodarla. Lennia suspiró muy fuerte y se pellizcó el puente de la nariz.
—Voy a decir esto una vez y espero que sea suficiente para vosotros, pedazo de alcahuetes.
Sí, nos hemos acostado. Varias veces y sí, lo vamos a seguir haciendo y no, no me importa lo que puedan pensar los demás.
Tampoco sabemos dónde nos va a llevar esto, así que lo estamos descubriendo poco a poco. ¿Hay más preguntas?
Rahel y Kiria negaron la cabeza, sonriendo abiertamente y yo me limpié la boca con el dorso de la mano para ocultar una sonrisa. Quizá ella no sabía donde quería llegar con nosotros, pero yo tenía muy claro que no quería moverme de su lado durante el resto de mi vida.
—Vamos, levanta la espada Lennia. La forma no es la correcta —corregí cuando bajó los hombros demasiado, descuidando su postura.
Lennia y yo habíamos pasado a entrenar con armas.
Cuerpo a cuerpo no había nada nuevo que le pudiera enseñar, seguíamos teniendo combates porque solo la experiencia la podía hacer mejorar pero habíamos decidido añadir las armas a nuestros entrenamientos, tanto cortas como largas, porque nunca sabíamos qué nos íbamos a encontrar en un futuro.
Lennia corrigió su postura y cargó contra mí.
Desvié su ataque al instante. Para ser justos, el arma era demasiado grande para ella, pero si se acostumbraba a ese peso y ese tamaño, le iba a ser más fácil manejar algo más pequeño después.
La observé mientras volvía a colocar su cuerpo en la posición correcta.
Aunque ya se notaba el frío, pasábamos todas las horas al exterior que podíamos y eso se notaba en Lennia.
Su cuerpo lucía más sano que nunca, ningún rastro ya del encierro en su piel.
Su piel había cogido más color, su pelo se había aclarado por el sol y su cuerpo se había tonificado, ganando fuerza y resistencia.
Siempre había sido perfecta, pero verla así, llena de vida y con esperanza y satisfacción en la cara era simplemente maravillosa. El ataque de Lennia me pilló desprevenido y, aunque lo esquivé, trastornó mi posición y me puso en desventaja. En un combate real eso podría haberme costado mucho.
—Te veo distraído, Ze. —Lennia había empezado a usar de vez en cuando el apodo que me había puesto mi padre después de explicarle más historias de mi infancia. Le había dicho lo importante que había sido para mi ese mote y ella lo había incorporado en momentos concretos.
—¿Qué puedo decir? Me distraes. —Me encogí de hombros antes de devolverle el golpe con la espada, pero no logré romper su defensa.
—No va a funcionar —dijo riendo y volviendo a atacar.
Llevábamos una semana en Bore y la rutina nos había encontrado.
Había pasado con Lennia todos los minutos posibles.
Entrenando, ocupándonos de Gia y Seri, ayudando a Rahel y Kiria con sus grupos y su trabajo.
Lennia hacía que me olvidara el por qué estábamos allí.
Habíamos dormido juntos todos los días, tanto en nuestros aposentos en las guardias como en su casa en Bore.
Había estado con ella en Sarkhas, habíamos vuelto a ver a Rhita y habíamos reído e ido de bares con Roa, Cádin y los demás y de nuevo, me sentí con una sensación que no había tenido en mucho tiempo.
Después de muchísimos años, me sentí de nuevo en casa en Boreas.
Un golpe en la puerta me despertó cuando aún estaba totalmente oscuro y lo primero que noté fue la ausencia de Lennia.
La cama estaba fría a mi alrededor. El golpe se repitió de manera más apresurada así que me levanté y fui a abrir sin pensarlo dos veces.
Me encontré a Larán de pie en el marco de la puerta.
Tenía heridas en la cara y el cuello y la ropa desgarrada.
No sé qué me sorprendió más de todo y no lograba entender qué hacía llamando a la puerta de Lennia a esas horas de la noche.
Por unos segundos él tampoco dijo nada, mirándome de arriba abajo.
Mi vista cayó hacia mi cuerpo, ya que solía dormir desnudo pero me relajé cuando vi que esa noche había tenido la decencia suficiente para ponerme ropa interior.
—¿Larán? —pregunté alzando una ceja. No sabía qué hacía ahí, pero tenía claro que estaba relacionado con la ausencia de Lennia en mi cama.
—Es Lennia. Ha venido a preguntar y yo no sabía. —Negó con la cabeza—. Ha ido a por Nator, a mi no me va a escuchar pero quizá a tí sí.
Antes de que acabara de hablar ya me estaba vistiendo y salí corriendo hacia palacio con Larán a mis tobillos, deseando, por primera vez en la vida, haber tenido el poder de transportarme.