Capítulo treinta y siete
HAIZE
M e desperté horas después rodeado del aroma de Lennia, que seguía dormida en mis brazos. Jamás me cansaría de ello. De tenerla en mis brazos, de verla dormida, relajada, feliz. De que bajara sus defensas conmigo y que me dejara cuidarla.
El poder que tenía sobre mí debería asustarme, pero lejos de ello, me llamaba para que le siguiera dando más. Podía querer todo de mí y yo no lo negaría nada. Estaba totalmente jodido y no me importaba ni un poco.
Me levanté de la cama con cuidado de no despertarla, el camino de vuelta había sido duro para ella.
Había dejado de hacer bromas, de reír y sus hombros se habían agarrotado de lo tensa que estaba.
No sabía si por lo que habíamos hecho, porque teníamos que volver o qué era lo que le estaba molestando, pero no me atrevía a hablarlo.
No con Cádin y Roa delante, no mientras ella se había puesto la máscara de nuevo.
Me vestí y salí del apartamento, dispuesto a traerle un tentempié antes de la cena.
No quedaba mucho para cenar, pero sabía que Lennia se levantaría con hambre y para qué estaba yo allí si no era para complacerla.
—¿Haize? —me llamó Lennia a la que abrí la puerta de su apartamento con la bandeja de comida en las manos.
—¿Quién si no? ¿Esperas muchas visitas en tu habitación? —respondí divertido—. He ido a por algo de comer, he supuesto que te levantarías con hambre.
Entré y vi que seguía en la cama, pero se había puesto mi camiseta. Sonreí.
—Hola. —Mi voz sonó floja, verla así, tan relajada, con mi ropa, rodeada de mi esencia, hacía que se me apretara el corazón.
—Hey —me respondió con una sonrisa—. Pensaba que me habías dicho que estarías aquí cuando me levantara y me he levantado sola.
—Mi culpa. —Dejé la bandeja en la mesa y me acerqué a ella para besarle la mejilla. Le cogí de la mano—. ¿Comemos algo?
No había traído gran cosa, zumo, fruta y algún dulce por si era eso lo que le apetecía. Lennia dejó que la levantara y me siguió, sentándose en una silla. Aunque estaba aún en proceso de acabarse de despertar, vi la decisión en su mirada, sus preguntas, su fuego.
—Come. Y responderé cualquier pregunta que tengas. —Sonreí cuando cogió una manzana y bebió un trago de zumo.
Estuvimos en silencio durante unos minutos, ambos deleitándonos de la comida y de la compañía. No entendía el nivel de amarre que Lennia tenía en mí cuando solo hacía dos días que había aceptado estar conmigo. Ni siquiera habíamos hablado de qué significaba, de a donde queríamos llegar.
—Bueno, creo que es mejor ir directo al grano —dijo, tragando el último trozo de manzana que tenía en la mano. Estiré mi espalda, tensándome ante sus palabras.
—Soy todo oídos, Lenn. Cuéntame qué te ha estado molestando.
—¿A mí? —Me miró y soltó un bufido como si me hubiera burlado de ella.
Alcé las cejas en pregunta—. Eres tú el que ha estado totalmente diferente.
Sí, es cierto, no te has alejado de mí pero ¿hablar?
Parecía estar prohibido. Estabas tenso y todo parecía forzado.
¿Me explicas por qué? ¿He hecho algo mal?
¿Quieres que paremos? ¿Qué lo que pasó en Ipar se quede en Ipar?
—¿Qué? No —dije más rápido y alto de lo que pretendía—.
No, Lennia. Te dije antes de salir de Ipar que no quería que esto cambiara, que no quería que te arrepentieras o que me alejaras.
Diosas Lenn, siento mucho que te haya hecho creer eso.
No quiero que cambies conmigo. Quiero esto, lo que sea que sea esto.
Quiero llegar hasta donde quieras que lleguemos.
Sé que Bore es tu hogar y todo aquí es diferente para tí.
No sabía si necesitabas tiempo para procesar o para entender qué querías, solo quería darte espacio.
—Me acerqué a ella y me arrodillé a su lado, cogiéndole las manos—.
Jamás, jamás pienses que has hecho algo mal, pregúntame, háblame.
Sé que llevas muchos años sin comunicarte con nadie, pero yo quiero escuchar todo lo que te pase por la cabeza.
Todo lo que quieras compartir conmigo. ¿Vale?
—le besé la palma de una mano y luego besé la otra.
—Está bien. Está bien. —Ma apretó las manos. Se levantó y nos llevó al sofá, dejando la comida sobrante abandonada sobre la mesa—. Pero ya que estamos hablando de ello, ¿hacia dónde vamos, Haize? Tú y yo. Esto.
—Hacía donde tú quieras, Lenn —dije sin pensarlo.
—No —respondió muy seria.
—¿No? —Fruncí el ceño.
—No es lo que yo quiera o hasta donde yo quiera, Haize. Somos dos, es una decisión de dos y no quiero sentir que te arrastro. Si vamos a seguir tiene que ser algo con lo que los dos estemos confortables.
Lennia se había cruzado de brazos mientras hablaba y el fuego le había vuelto a la mirada.
Enderecé mi espalda y sonreí, lo que pareció el movimiento incorrecto porque el ceño de Lennia se frunció más.
Se me escapó una risa. Lennia se fue a levantar pero la frené cogiéndola de la muñeca y atrayéndola hacia mí, abrazándola.
—No te enfades conmigo, Lenn. ¿Quieres que sea cien por cien sincero o que me guarde algo para el futuro?
—¿No eres tú el que ha dicho que la comunicación es la clave?
Asentí y moví la lengua dentro de mi boca, apretando la mejilla, pensando en mis siguientes palabras. En cómo darle la sinceridad que me pedía sin que fuera demasiado para ella.
—Vale. —Suspiré, preparándome para lo peor—.
Te dejo elegir a ti, Lennia, porque yo quiero todo contigo .
Las madrugadas, cuando aún estás enfadada porque el día ha empezado y no quieres salir de la cama.
Las mañanas donde entrenamos o te ocupas de Gia.
Los mediodías donde tenemos un rato tranquilo para comer y te veo disfrutar de la comida sin reparos.
Las tardes y las cenas, ya sean tranquilas o movidas.
Y también quiero tus noches, poder relajarme junto a tí y sentir como te relajas conmigo.
Abrazarte hasta que te duermes y dormirme con tu esencia a mi alrededor.
Y sexo. Quiero mucho sexo. —Reí lo que le sacó una sonrisa a ella.
Me pasé una mano por el pelo, desenredándolo—.
Por eso te dejo elegir. Porque yo lo quiero todo, pero me conformo con lo que quieras darme y al ritmo que quieras avanzar.
Soy lo suficiente egoísta como para quererte entera para mí, pero lo suficiente realista para saber que no merezco tenerte.
No dejé de mirar a Lennia mientras confesaba lo que sentía por ella.
No quería que pensara que mis palabras no eran sinceras.
Quería que sintiera la verdad detrás de ellas.
Sí, había sido vago con el significado, pero sabía que ella podía deducirlo.
Sabía que podía entender la implicación detrás de lo que estaba diciendo.
Lennia me observaba en silencio y mi nerviosismo crecía con cada segundo que pasaba.
No era inseguro, no era nervioso, pero con ella todo en mí parecía ser nuevo.
Me aclaré la garganta y le sonreí, haciéndole saber que estaba bien no darme una respuesta, que solo le había dicho todo eso porque ella me lo había pedido.
Cuando me levanté, Lennia se levantó conmigo, pero no me giré a mirarla.
No quería que mi mente o mi cara traicionaran mis pensamientos, que habían empezado a descender en espiral.
Por supuesto que no decía nada, era demasiado pronto para ella y yo había sido demasiado intenso.
Sabía que no estaba preparada para escucharme y aún así había abierto la boca.
Necesitaba distraerme con algo para que mis pensamientos no siguieran descendiendo y llegaran a la zona oscura donde no quería volver a acercarme.
Todo estaba bien. No me había contestado, pero eso no era de por sí algo negativo ya que tampoco me había dicho que no quería nada más conmigo.
De momento . Me pasé las manos por el pelo mientras me acercaba a recoger la comida que habíamos dejado en la mesa, solo para mantener mis manos y mi mente ocupadas.
—Haize. —La voz de Lennia llegó suave, como un susurro envolviendome la piel.
Me giré y la encontré a un paso de distancia, no había oído que me siguiera por la habitación. Me estaba mirando fijamente y otra vez no podía descifrar qué estaba pensando. No estaba preparado para que me rechazara, pero aún así no pude quitar la vista de ella.
Era tan preciosa. Los ojos color miel que eran más amarillos que marrones, el pelo castaño ondulado que siempre llevaba recogido en una trenza, las orejas puntiagudas y alargadas, la nariz respingona, la piel morena bañada por el sol, las mejillas que tenían el color más bonito que había visto en mi vida cuando se sonrojaba.
Cerré los ojos, incapaz de seguir mirándola, esperando el rechazo.
Pero en lugar de palabras, noté como posaba sus manos en mi cara.
Sus pulgares empezaron a acariciarme ambos lados de la cara con toques suaves y metódicos.
Qué manera tan bonita de que me rompas el corazón, pensé mientras me acunaba la cara.
Y entonces sus manos obligaron mi cara a descender y sus labios estaban en los míos. El toque fue suave, reverente, como el primer beso que habíamos compartido. Uno que también había iniciado ella.
No me atreví a abrir los ojos mientras mis manos volaban a su nuca y le devolvía el beso con más fuerza, con más ansia, con más hambre. Lennia se separó e inmediatamente eché de menos su calor. Patético. Apoyó su frente en la mía y suspiró, sin romper el contacto.
—Día a día, Haize. Hasta donde lleguemos.
Abrí los ojos, la miré y sonreí ante sus palabras. No me había prometido nada y aún así, nada en la vida me había sonado mejor.
—Bueno, ¿qué te ha dicho Nator, entonces? —preguntó Roa con la boca llena.