Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo treinta y nueve
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Capítulo treinta y nueve

RAHEL

C aos. Caos absoluto. Eso era lo que estábamos viviendo. No quería pararme a pensar en todos los muertos que se estaban quedando por el camino. No podía, porque necesitaba seguir en pié, evitando que el ataque se expandiera hacia otras zonas.

Hacía horas que había perdido de vista a Kiria.

Sabía que estaba bien. Tenía que estarlo.

Era más que capaz. Mucho más que yo. Kiria era la mejor luchadora que había conocido en mi vida, pero eso no hacía que la ansiedad dejara de golpearme en el estómago.

No después de Laztan. No hacía más que repetirme que iba a estar bien, pero cada vez que veía el destello de algún pelo rojo tirado en el suelo, rodeado de sangre, perdía toda la concentración.

Por suerte para mí —a pesar de que me dolía pensar así, ya que ese era otro cadáver al que alguien iba a llorar—, ninguno fue Kiria.

Habíamos sido superiores, en constancia, en números, en habilidad, y ahora la batalla estaba concentrada en la zona norte de Bore.

Habíamos alejado a los atacantes todo lo que habíamos podido de las zonas residenciales y lo habíamos conseguido, aunque calcular las pérdidas iba a ser imposible. No quería pensar en ello. No podía o iba a flaquear.

Hacía mucho rato que había dejado de atacar con mi esencia, que estaba demasiado agotada para seguir el ritmo de la batalla. También había dejado de sonar la tormenta que nos había acompañado y el vendaval que la precedía. La lucha había pasado a ser gritos y golpes del metal contra el metal.

Seguíamos ganando terreno, cada vez quedaban menos enemigos en pie. No podía dejar que las fuerzas flaquearan ahora, no cuando estábamos tan cerca.

—Vamos, haced que las Diosas estén orgullosas de nosotros hoy. Luchad y matad con honor. No dejéis que caigan más inocentes —grité a quien quisiera escuchar.

Si todo seguía así de bien, en unas horas tendríamos la situación controlada, y estaba rezando todo lo que sabía para que así fuera.

Un destello se lanzó hacia mí y sin pensarlo con un golpe de muñeca desvié el ataque frontal. Otro no-muerto. Habíamos intentado acabar primero con los contrincantes con poderes ya que ellos representaban la mayor amenaza.

Giré sobre mí mismo y acabé con la cosa muerta que me había estado atacando, que cayó con un grito.

Y en ese momento otro grito sonó a mi espalda, me giré de golpe, sabiendo que si era un ataque no iba a tener tiempo de esquivarlo, pero lo único que vi fue a otro cadáver caer y detrás un pelo castaño claro y unos ojos marrones que conocía muy bien. Los mismos que los de su hermano.

—Haize. Gracias —dije casi sin respiración. Él solo asintió con la cabeza antes de correr hacia su derecha para abatir a otro oponente.

Vi un pelo rojo girar sobre sí mismo en la otra dirección y me giré. Pelo rojo trenzado, piel oscura y la esencia más bonita que había sentido en mi vida.

Allí estaba.

Kiria.

Seguía luchando como la diosa que era, no perdía la concentración ni la fuerza. No entendía cómo después de tantas horas podía verse así, pero entonces vi que gritaba y se quedaba paralizada. Corrí hacia ella pensando que la habían herido. No podía perderla, no a ella, no esto otra vez.

La ansiedad me entumeció el cuerpo y la bilis ya me subía por la garganta. Pero me fijé que no gritaba por ella, estaba mirando a otra calle que quedaba fuera de mi visión, pero la vi cuando me abrí paso.

Lennia.

Lennia estaba allí en medio, rodeada. Demasiados enemigos para alguien solo. Su esencia estaba prácticamente agotada y su espada partida, pero ella no se rendía. En su cara solo había tenacidad y rabia.

Quería llegar hasta ella, ayudarla, darle una salida segura pero una explosión a mi espalda me tiró al suelo.

Un edificio se cayó ante la mirada de todos los seres que estábamos allí.

Otra explosión y otro edificio al suelo.

Poco a poco fueron sonando explosiones, personas muriendo, edificios desbaratándose. No entendía nada. No…

Y entonces los no-muertos empezaron a explotar a mi alrededor. Cualquiera que siguiera en pie caía después de que su cuerpo detonara. Y aunque quedaran pocos, el daño personal que podían hacer…

Vi a Haize correr, pasó por mi lado veloz como el mismo aire que respondía a su voluntad. Y recordé que había visto a Lennia rodeada hacía unos segundos. Rodeada de los mismos no-muertos que ahora estaban explotando.

Me giré justo para ver como explotaban a su alrededor.

El grito desgarrador de Haize se escuchó en todos los rincones. Va a estar bien , quise decirle, pero la fuerza me había abandonado por completo, las heridas se habían sumado una a la otra hasta el punto en que me empezaba a costar respirar.

Solo quería ver a Kiria una vez más antes de morir. Decirle que ella me había devuelto la vida. Que merecía ser feliz cuando yo me fuera, que ella era la luz que había conseguido que yo volviera a brillar y que no se atreviera a dejar que esa luz se apagara por alguien tan insignificante como yo.

Quería encontrarla y decirle todo eso, pero no tuve la oportunidad de nada antes de que la negrura me invadiera.

Me desperté de golpe. No podía creer que me hubiera desmayado en medio de la batalla. Tenía que llegar a Kiria, tenía que llegar a Lennia y a Haize y al resto de mis hombres, no podía dejarles allí, me necesitaban, yo había jurado protegerles cuando acepté el puesto como general y ahora…

—Eh, grandullón, tranquilo. Estás bien. —Unas manos cálidas cogieron las mías y yo cerré los ojos. Esa voz, ese calor. Esa esencia.

—Estás bien —dije con la voz ahogada—. Gracias a las Diosas, estás bien.

La miré con lágrimas formándose en mis ojos y la abracé con toda la fuerza que tenía. Estaba tan enamorado de ella que me dolía el pecho.

Me había roto el corazón pensar que moría, pero no por morir, no tenía miedo a la muerte, sino por pensar que la iba a dejar sola y que ella sufriría por mi marcha.

—Yo siempre he estado bien, pero tú casi me matas del susto. No me vuelvas a asustar así, la siguiente vez te voy a matar yo.

—Nunca más. —Le sonreí—. ¿Los demás?

Ella desvió la cara hacia los pies de la cama donde estaba tumbado.

—Sólo has estado dormido unas horas, Rahel.

Aún no sabemos nada, se están haciendo recuentos de vivos, heridos y fallecidos.

Tanto en los rangos como en la ciudad. Nator, Miria y Zrada están bien.

Larán, Carse y Pler desaparecidos. Lurkoh ha salido ileso.

Cumplió tus órdenes y no salió de la zona de guardias, organizando a los heridos que llegaban.

Aproximadamente un sesenta por ciento de soldados han reportado.

Aún queda contabilizar heridos, pero suponemos que entre un veinte y un veinticinco por ciento han fallecido —añadió con la voz más suave .

Volví a cerrar los ojos. Cientos de soldados fallecidos porque yo les había fallado como general. Podría haber hecho más. Debería haber hecho más.

—Rahel. —La voz de Kiria fue seria, cortante—. No ha sido tu culpa. Sabemos que ha habido otro ataque similar en Zéfiro. Nator está contactando con los demás reinos pero aún no hay respuestas.

—En parte sí es mi culpa —suspiré—. ¿Lennia? ¿Haize?

—Desaparecidos. Varios no-muertos explotaron alrededor de Lennia y Haize se volvió loco.

Acabó con todos los enemigos que quedaban.

Aplastados por la fuerza del aire, estampados contra otro objeto o ahogados.

No sé cómo puedo manejar tanta esencia cuando estábamos todos agotados y asegurarse de que no hería a ningún aliado.

Vi cómo cogía a Lennia en brazos, pero no los he vuelto a ver desde entonces. Tampoco a Cádin o a Roa.

Me levanté poco a poco de la cama, analizando la fuerza que había en mí. Una vez comprobé que mis piernas iban a aguantar mi peso me dirigí hacia la puerta.

—Rahel, si te pido que descanses durante unas horas más, ¿lo harás?

Kiria ya sabía la respuesta, pero entendía porqué había hecho la pregunta. Si la situación fuera al revés yo también se la hubiera hecho.

—Hay mucho que hacer, Iri. Además, la gente no desaparece así como así, necesito saber qué ha pasado con ellos.

Kiria me cogió la mano y apretó, acompañándome hacia fuera.

Las salas médicas eran una locura de soldados, curanderos, médicos y sanadores, pero en mi mente se había abierto un compartimento más.

Lennia. Teníamos que encontrar a Lennia antes de que lo hicieran otros, porque sabía que ella no había muerto.

Si lo hubiera hecho lo hubiéramos sentido todos.

Desde que Lennia había sido liberada de la cárcel lo había sentido.

Un equilibrio en la esencia. Un poder nuevo danzando a nuestro alrededor, pero no la esencia de una persona normal, no.

La esencia de la tierra danzaba en ella. Yo sabía mucho mejor que creerme las habladurías y los miedos de gente que no entendía la tierra, pero también sabía que el equilibrio se conseguía con el desequilibrio.

Lennia no había mostrado signos de maldad y por eso jamás había dicho nada, pero después de lo que había pasado las cosas podían cambiar. Y si yo lo sabía, alguien más podría haberlo descubierto.

No solo teníamos el problema de los no-muertos, no solo Lennia y otros a los que quería estaban en peligro, si no que ese poder en las manos equivocadas podría traer la destrucción.

Porque Lennia no solo era poderosa, estaba maldecida por la tierra.