Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo treinta y cinco
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Capítulo treinta y cinco

LENNIA

M e desperté desnuda y feliz con un cuerpo detrás de mí manteniéndome caliente y unos brazos a mi alrededor, aprisionándome contra la cama.

La noche anterior había sido todo lo que llevaba tiempo esperando y no había sabido entender, pero una vez los nervios se disiparon, Haize y yo habíamos sido energía pura, inevitables.

En ese momento lo tenía detrás mío, abrazándome como si temiera que me fuera a escapar.

Giré la cabeza pero no logré verle ya que estaba enterrado en mi espalda, pero el sonido rítmico de su respiración y el movimiento pausado de su pecho me decían que aún no se había despertado.

Me aparté poco a poco de él sin querer despertarle y casi lo había conseguido cuando sus brazos se cerraron en mi cintura y volvieron a atraerme hacía él.

En un movimiento rápido me sujetó contra la cama y se quedó suspendido encima de mí.

Sus manos encontraron mis muñecas y las fijaron encima de mi cabeza.

—Buenos días, Lenn, —dijo mientras descendía de nuevo para besarme el cuello—, ¿estás huyendo de mí? ¿Tan pronto?

Cada palabra estaba seguida por un beso suave sobre mi piel y aunque lo intentó no pudo ocultar la preocupación que había en su voz.

—Claro que no, iba a preparar el desayuno y quería dejarte dormir.

Besó mi cuello y siguió bajando por mi clavícula, hasta encontrar mis pechos. Se puso a jugar con ellos, con lengua, dientes y la mano que no estaba sujetando mis muñecas. Todo pensamiento coherente desapareció de mi cabeza mientras sentía el roce de sus dientes, la presión, el dolor.

—Haize —Gemí—. Puedes usar toda la fuerza que quieras conmigo, no me voy a romper.

Gruñó en mi piel y mordió mi pecho con más fuerza, lo que me sacó otro gemido. La noche anterior no había acabado con mis ganas y aquella mañana volvieron de golpe, más fuertes todavía.

Haize liberó mis muñecas y abrió mis piernas, colocándose entre ellas.

—No sé si sabes lo que me estás dando, Lenn. Y no quiero hacer nada que no vayas a disfrutar.

Volvió a bajar su boca hacia mi pecho, rodeando con su lengua un pezón. Mordiendo, lamiendo y soplando, en ese orden.

—Si me dejas te voy a devorar, Lennia. —Siguió besando mi cuerpo, descendiendo por mi abdomen—.

Te voy a marcar para estar siempre en tu piel.

La línea entre el placer y el dolor será tan difusa que a veces no sabrás que estás sintiendo.

Voy a reclamarte, rápido, fuerte, sin pausa.

Voy a romperte y me voy a romper contigo.

Voy a atarte, vendarte y usarte para mi disfrute, aunque jamás voy a olvidar el tuyo.

Vas a ser mía, Lennia. ¿Lo entiendes? ¿Es eso lo que quieres? ¿A eso me estás dando permiso?

Asentí, más fijada en la dirección hacia donde iba su boca que en dar forma a las palabras en mi cabeza.

Pero eso era lo que quería, lo que necesitaba.

Que tomara el control, que no me dejara pensar.

Tenía demasiado control en todas las otras facetas de mi vida, necesitaba no tenerla en esta, en el sexo.

Y confiaba en él, quería que me usara a su antojo.

—No funciona así, Lennia —dijo lamiéndome de arriba a abajo, su toque suave, como una caricia—. Sabes que quiero palabras, vamos Lenn, se buena conmigo.

Solté un gritó cuando sus dientes encontraron mi clítoris. Palabras. Podía hacer eso .

—Quiero que me uses. Quiero que me arruines, quiero que me marques, que me hagas tuya, quiero olvidar todo lo que no seas tú.

Esas palabras fueron las correctas porque Haize se desató.

Colocó sus manos debajo de mis caderas y levantó mi culo, devorándome.

No podía pensar, no podía entender qué estaba pasando, cómo era posible que mi cuerpo reaccionara de una manera tan primal, pero entonces introdujo uno de sus dedos en mí y lo movió arriba y abajo.

Aún no me había acostumbrado a la sensación cuando introdujo un segundo y un tercero, tal y como había prometido.

No podía más. Iba a estallar. Mi orgasmo se estaba acercando a una rapidez que nunca había experimentado.

Gritaba su nombre de manera incoherente entre gemidos.

Y eso solo hacía que él bombeara su dedo con más fuerza.

No sabía que quería pedirle, que se detuviera o que no parara nunca.

La presión de su lengua en mí y sus dedos en mi interior era demasiado, estaba a punto de—

Grité cuando mordió mi clítoris, el dolor llevándome directa al orgasmo. No sé si seguí gritando o me quedé completamente en silencio, solo sabía que estaba intentando que mi corazón volviera a latir con normalidad cuando Haize se apartó de mí.

Con sus manos en mis caderas me dio la vuelta, mi pecho contra la cama y mi espalda descubierta a él. Pasó sus manos por mi culo, apretando tan fuerte que intuía que iban a quedar marcas y entonces me azotó.

—Hoy no, pero también será mío, Lennia. Voy a reclamar cualquier parte de ti —dijo, separando mis nalgas.

Con esas palabras volvió a azotarme con una fuerza que me hizo gritar y me colocó tal y como él quería. De rodillas, con el pecho pegado a la cama. Recogió mi pelo suelto en una de sus manos y tiró de él, con fuerza.

—¿Bien? —preguntó con la voz ronca por el deseo.

Asentí, lo que me ganó un tirón de pelo ligeramente más fuerte que el anterior, seguido de otro azote. Cierto. Palabras .

—Sí, Haize, fóllame de una vez.

De nuevo, las palabras correctas, ya que no las había acabado de pronunciar cuando se colocó en mi entrada y sentí como escupía antes de penetrarme en una fuerte embestida.

Grité por la sensación repentina, pero no hubo dolor gracias a que antes me había estado preparando con sus dedos.

Cuando estuvo completamente enterrado en mí aligeró la presión en mi pelo hasta soltarlo y empezó a masajearme el cuero cabelludo, dejando que mi cuerpo se acostumbrara a él, a nosotros.

—¿Cuánto hacía? —preguntó con un deje de rabia en la voz.

Resoplé, soltando una risa irónica. Haize me azotó de nuevo, con más fuerza. Sabía que me iba a dejar marca y temblé de placer ante esa perspectiva. Palabras , volví a pensar. Haize quería palabras.

—Desde unas semanas antes de que fuera a prisión. Hace más de sesenta años.

—Mierda. ¿Te he hecho daño? Tendría que haberlo pensado antes. Dime si en algún momento es demasiado. —En su voz había una disculpa, pero no arrepentimiento.

—No me voy a romper. No pares ahora.

Mi voz era una petición, casi una súplica. No sabía cuándo había sido la última vez que le había suplicado a un hombre algo, pero con Haize no me avergonzaba.

Se agachó sobre mi espalda, besando la base de mi nuca, volvió a coger mi pelo con su puño y me dio un leve tirón antes de soltar toda su fuerza en mi, embestida tras embestida.

Tal y como le había pedido, no paró hasta que me arrancó un segundo orgasmo, ayudado de su mano en mi clítoris, y él acabó derramándose dentro de mí, gimiendo mi nombre.

Me besó la espalda antes de romper el punto de unión y desapareció en el baño. Me derrumbé en la cama, dolorida y saciada justo para verle trayendo una toalla para limpiarme. No había llegado hasta la cama cuando llamaron a la puerta. Un golpe seco y fuerte que sonó urgente.

Haize puso una mueca y lo ignoró, sentándose a mi lado y empezando a limpiarme delicadamente, pero la tranquilidad duró poco porque volvieron a llamar a la puerta, dos golpes secos.

Alcé la ceja, mirándole y él negó con la cabeza.

—Ignóralo —dijo, acercándose y dándome un beso en la mejilla.

Volvieron a picar una tercera vez.

—-Ábrenos Haize, sé que estáis ahí y ni se te ocurra quejarte, que hemos esperado hasta que estuvierais disponibles para llamar —sonó la voz de Roa a través de la puerta.

Era imposible que nos hubieran escuchado, ¿no?

Haize enterró la cara en mi cuello y suspiró, como si tener a Roa en la puerta fuera lo peor que podía pasarle en ese momento.

Depositó un breve beso en mi cuello y se levantó, poniéndose el pantalón de tela que había llevado esa mañana, antes de dirigirse hacia la puerta.

Antes de salir de la habitación se giró a mirarme y sonrió.

—Sal cuando estés lista o no salgas si no quieres. Yo lidiaré con lo que sea que quieran a estas horas de la mañana. —La última parte de la frase la había dicho con más volumen del que tocaba, esperando a que le oyeran desde fuera. Cerró la puerta, dejándome sola en la habitación.

Escuché ruidos y gritos de felicidad cuando abrió la puerta y por un momento me planteé no salir de la tranquilidad de su habitación, pero la realidad era que no necesitaba esconderme, que no me arrepentía de lo que había pasado.

Me vestí con la ropa que había llevado el día anterior, que seguía desperdigada por el suelo, recogí mi pelo como pude en un moño alto y salí de la habitación.

La sonrisa de Roa ocupaba toda su cara, de oreja a oreja y los ojos le brillaron con todo lo que no estaba diciendo. Sabía lo que le estaba costando no comentar nada pero agradecí que no lo hiciera. Detrás de ella estaba la figura alta e imponente de Cádin pero estaba sonriendo con ternura.

No sabía que mi vida sexual o en este caso, la vida sexual de Haize, fuera un tema tan seguido, pero de nuevo agradecí que no comentaran nada en voz alta.

—¿Qué queréis? ¿Qué era tan necesario a esta hora de la mañana que no podía esperar? —preguntó Haize.

—Nator quiere que volvamos —respondió Roa, seria.

—¿Qué? ¿Por qué no ha hablado conmigo?

—Al parecer no ha podido contactar contigo. Lo lleva intentando desde ayer a la noche, pero supongo que había demasiadas emociones en esta casa como para que pudieras concentrarte en él —dijo Roa con una sonrisa en su voz.

—¿Qué quiere?

Cádin y ella se encogieron de hombros.

—No nos lo has dicho. —Esta vez fue Cádin quien habló—. Solo nos ha dicho que si todo estaba bien por aquí, volviéramos cuanto antes. Ya tenemos a los caballos preparados. Niria nos espera con el desayuno, nos está preparando unas bolsas con comida para el viaje. Os esperamos allí.

Con esas palabras Cádin agachó la cabeza a modo de despedida y se dirigió a la puerta, dejando a Roa atrás que nos miraba sin la sonrisa de antes, mordiéndose el labio.

—Luego —pidió Haize suavemente.

Roa asintió y nos sonrió, girándose para seguir a Cádin, pero paró antes de cruzar el umbral de la puerta.

—Me alegro por vosotros. Ambos merecéis a alguien que se preocupe por el otro —dijo con suavidad antes de salir de la casa.

De nuevo estábamos solos, pero a diferencia de las últimas horas, en las cuales Haize había rebozado confianza y calma, ahora podía ver que estaba nervioso, cambiando su peso de una pierna a otra y evitando mirarme a los ojos.

—Haize.

Soltó aire y cerró los ojos. Cuando los abrió los fijó en mí.

—Lennia, espero que no te arrepientas de esto.

—Fui a hablar pero levantó una mano, silenciándome—.

No ahora. Cuando volvamos a Boreas. No quiero que nada cambie entre nosotros.

Quiero seguir explorando esto, pero si una vez allí no quieres…

Sé sincera conmigo, ¿vale? Lo entenderé y me alejaré hasta donde tú lo necesites.

Pero no me apartes completamente, por favor.

Dijo las últimas palabras de manera calmada y suave, pero sentí la desesperación en su voz. Cuando no respondí se dirigió hacia su habitación. Le cogí la muñeca cuando pasó por mi lado.

—Nada va a cambiar en Boreas.

Intenté transmitirle la misma seguridad que yo sentía pero no sé si lo llegué a convencer, porque me respondió solo con una sonrisa pequeña. Besó mi frente y volvió a dirigirse hacia la habitación.