Capítulo treinta y cuatro #2
Lentamente se sentó a horcajadas sobre mis muslos. Se me secó la garganta y tragué saliva. La tenía tan cerca de donde la necesitaba que mi mente dejó de funcionar.
—¿Lenn?
—Deja que también te haga disfrutar, Haize —dijo, inclinándose sobre mí y besándome el cuello suavemente.
Quería pararla, quería decirle que no, que me dejara seguir adorándola como se merecía, pero sus movimientos en mí y su boca descendiendo por mi cuello, hacían difícil que pudiera pensar con claridad, todos los pensamientos que ocupaban mi cabeza era ella.
La quería, la necesitaba, la deseaba. Deseaba cualquier cosa que me quisiera dar.
—Déjame que te haga sentir como tú me has hecho sentir. Déjame devolvértelo —siguió hablando con la voz suave y sensual, rodeando mi pezón con su lengua y dando un suave mordisco.
Gruñí.
—Esa es mi chica. —Al parecer elogiar a Lennia era algo que necesitaba hacer—. Haz lo que quieras, pide lo que quieras —añadí con la voz ronca.
Lennia sonrió en mi piel y volvió a sentarse, estirando su espalda y pasando sus uñas por mi abdomen, acercándose peligrosamente a mi erección.
—Sé que te gusta estar al mando, Haize, pero ahora voy a dirigir yo.
Volvió a colocar su boca en mi abdomen y siguió bajando por mi cuerpo, descendiendo poco a poco mientras se movía para atrás.
Cerré los ojos cuando sentí el aliento en mi centro y su agarre en mí.
Colocó su mano en mi base y dio un firme apretón, arriba y abajo en movimientos suaves y controlados.
No era la fuerza que necesitaba, la fuerza que quería, pero no dije nada.
Seguí con los ojos cerrados dejando que los gemidos escaparan de mi garganta.
Lennia siguió provocándome con movimientos cortos y calmados que me dejaban con más ganas que satisfacción. Al final no pude más y gruñí, sujetando su muñeca.
—Sabes lo que estás haciendo —la acusé, mi voz ronca.
Su sonrisa torcida me confirmó que lo sabía muy bien.
Antes de que pudiera decirle otra cosa apretó su agarre a mi alrededor. De verdad, con fuerza, y un temblor recorrió mi columna vertebral. Gemí y volví a tumbarme en la cama, sin fuerza para más.
Lennia soltó una risa oscura y abrí los ojos justo para ver como mi miembro desaparecía en su boca. Cerró sus labios alrededor de mi erección y ahuecó sus mofletes, succionando con fuerza, moviéndose de arriba hacia abajo, usando su lengua de manera correcta.
El brazo me tembló solo y tuve que frenar las ganas de agarrar su cabeza, de enredar mi mano en su pelo y obligarla a aumentar el ritmo.
Respiré hondo por la nariz, intentando contenerme, pero entonces sentí el roce de sus dientes, lo suficiente suave para que no doliera, lo suficiente fuerte para que supiera que estaba esperando mi reacción.
Esta vez el agarre fue inmediato. Coloqué mi mano en su cabeza y agarré un puñado de pelo, con fuerza.
—Deja de provocarme, Lenn, estás jugando con fuego —dije con la voz grave.
Lennia me miró a los ojos, sin sacarme de su boca y succionó, aplanando la lengua sobre la punta de mi pene, lo que provocó otro gemido e hizo que mi mano se tensara aún más en su pelo.
Noté la aceptación en sus ojos cuando tiré de él.
Quizá Lennia también quiera esto, me atreví a pensar, y entonces su mano se colocó en la que yo tenía en su pelo y presionó, dándome el permiso y el poder, y, por segunda vez aquella noche, perdí todo el control.
Mis dos manos fueron a parar a su pelo y empujé su cabeza hacia abajo, centrándome en mi placer.
Cerré los ojos y vacié mi mente, simplemente disfrutando de la sensación.
La boca de Lennia en mi, lamiendo, succionando.
Su pelo en mis manos dejándome guiarla cada vez más hondo hasta sentir la resistencia de su garganta y sus arcadas y gemidos en mi polla, la vibración rebotando en cada hueco de mi interior.
No iba a durar mucho más y no quería acabar en su boca, no la primera vez que lo hacíamos. Tenía muchos planes para ella, para su boca, pero iban a tener que esperar.
—Lennia, estoy cerca, no quiero acabar en tu boca —avisé, pero ella no se detuvo—. Lennia, para —gruñí, notando como mi fuerza se escapaba.
Intenté frenar sus movimientos, tensando el agarre en su pelo, pero ella apretó la base de mi erección con fuerza, una vez, dos veces y no pude más.
El placer me recorrió como un rayo y bajó hasta que exploté en su boca sin poder resistirlo más. Volví a colocar las manos en su pelo y mantuve su cabeza quieta mientras mis caderas se movían erráticamente, acabando de vaciarme en su interior.
Cuando estuve totalmente saciado, levantó la cabeza estirando su cuerpo y me miró triunfante, con una sonrisa en su cara.
Me di cuenta de que aún me tenía en su boca.
Mi vista pasó de sus labios a sus ojos y en ellos no vi el desafío.
Tragué saliva. Escupe, quise decirle. Mi primer instinto, para no hacerla sentir mal, porque aún no sabía qué era lo que ella quería, pero entonces volví a ver el desafío en sus ojos, la manera como me había desafiado en todo momento y cómo me había dicho que no la tratara como si se fuera a romper.
Debió ver el cambio en mi cara porque una comisura de sus labios se levantó en una sonrisa burlona y se estiró más.
Mi mano voló hacia su garganta, apretando.
—Traga —ordené.
Y ella obedeció, sonriendo ampliamente cuando me probó.
Perfecta. Lennia era perfecta para mí. Merecía ser adorada de rodillas en un altar y que no le faltara nada jamás y me iba a ocupar de ello durante cada segundo de mi vida. Aflojé la mano de su garganta y la atraje hacia mi cuerpo, sentándola en mi regazo.
—¿Estás bien? ¿Te he hecho daño? Eres perfecta, Lenn. Perfecta en cada una de las cosas que haces —susurré dándole suaves besos por la cara. Frente, sienes, mejillas, nariz, párpados.
Me devolvió el abrazo y soltó un suspiro de satisfacción en mi pecho, enterrando su cara y dándome un beso en la clavícula, acurrucándose más en mí.
—Estoy bien, me hubiera gustado que no te hubieras contenido tanto, pero llegaremos a ello las siguientes veces.
Me reí. Lennia nunca contestaba lo que yo esperaba. Nunca. Era fuerte, luchadora, resiliente. Diosas, estaba tan enamorado de ella que no era ni gracioso para mí.
—Me lo apunto para las siguientes —dije, besándole la cabeza—. Túmbate, voy a por unas toallas para limpiarnos.
Volví a besar su cabeza, no queriendo separarme ni un segundo, pero necesitando ocuparme de ella. A la que me levanté, se tumbó en la cama y cerró los ojos, soltando un suspiro de satisfacción.
—La siguiente vez me tienes que follar en condiciones, esto está muy bien pero estoy segura de que lo puedes mejorar.
Estaba más que dispuesto a complacer. Estaba protegido, tomaba una hierba que hacía que mi esperma fuera estéril y no podía tener más ganas de ella ni aunque lo fingiera.
—Sin ninguna duda —dije mientras salía de la habitación.
Cuando entré de nuevo, Lennia ya estaba dormida.
Me quedé observándola, toallas en mano. No quería molestarla, pero necesitaba limpiarla para que durmiera cómoda, así que me acerqué a ella y suavemente comencé a pasar la toalla entre sus piernas y sus muslos.
Después con otra toalla más pequeña limpié su boca, su cara y su pecho.
No se despertó ni una vez durante mis atenciones pero iba soltando sonidos de complacencia.
Una vez ya estaba medianamente limpia me limpié a mi mismo con la toalla que había utilizado para ella.
Me coloqué un pantalón de tela y me tumbé a su lado, tapándola con todas las mantas que pude encontrar en casa.
La abracé, atrayéndola hacia mí, su espalda contra mi pecho, sintiendo su respiración acompasada y su energía tranquila a mi alrededor arrullandome mejor que cualquier remedio para dormir.
—Me tienes de rodillas, Lennia. Te seguiré hasta donde me dejes. Siempre.
Las palabras que quemaban mi garganta eran otras, pero no podía decirlas en voz alta. Todavía no. No sin saber si ella quería escucharlas. Sin saber que no iba a huir una vez las dijera. Le di un beso en la cabeza antes de dejar que el sueño me llevara.