Capítulo treinta y cuatro
HAIZE
M e abalancé sobre ella en el segundo en el que acabó la frase.
Su permiso era todo lo que necesitaba, todo lo que quería para dejarme llevar. Lennia me había pedido que no la tratara como algo que se podía romper, que no me reprimiera, pero ¿cómo podía no hacerlo?
Me había dicho que yo era una obra de arte y me había reído ante la absurdez, pero ¿ella? Me tenía de rodillas y ni siquiera necesitaba hacer nada. Podía vivir eternamente observándola desde lejos y sería feliz, pero me había dado permiso para tocarla y no iba a ser yo quien lo desperdiciara.
Ansiaba tocarla con todas mis fuerzas.
Que las Diosas me perdonaran porque sabía que yo no la merecía, pero tenía muy claro que iba a ser egoísta. Que iba a seguir a su lado hasta que ella dejara de quererme allí.
Así que allí estaba yo, besándola como si fuera el último placer que iba a disfrutar en esta vida.
Me agaché y volví a levantarla contra mí para llevarla a la cama.
Tenerla pegada a mí, su piel conectada contra la mía por primera vez, casi hizo que cayera de rodillas.
Podía pedirme que paráramos allí y yo hubiera sido feliz con esa sensación por el resto de mi vida.
En mí cabeza solo resonaba una palabra: mía. Sabía que no era cierto, pero no podía pensar en otra cosa. Y allí, en mi casa, en mi tierra, en mi cama, podía fingir que eso era realidad.
Cada vez que mordía su cuello con un poco más de fuerza de lo habitual, Lennia soltaba un gemido y me estaba volviendo loco. Le había pedido que me enseñara qué le gustaba, que me guiara en su placer, pero no había contado lo difícil que sería aguantarlo.
La tumbé en la cama suavemente, luchando contra el instinto de tirarla y tomarla allí mismo.
No quiero que me trates como algo que se vaya a romper, Haize.
No quiero que tengas cuidado conmigo, no quiero que te reprimas.
Sus palabras resonaban en mi cabeza pero no podía dejarme llevar, no hasta que estuviera seguro de que eso era lo que ella quería.
Rápido, fuerte, tanteando la línea entre el placer y el dolor, así es como lo quería, como lo deseaba, pero me daba pánico asustarla, hacerle daño.
Lennia me miraba expectante tumbada debajo de mi y era todo lo correcto que había en esta vida. Me miraba con los ojos llenos de deseo y anhelo.
Tragué saliva y me incliné hacia ella. Besé su frente, sus sienes, su nariz y finalmente llegué a su boca.
Me paré, planeando encima de ella y agarré sus labios con mis dientes, demandando entrada.
Abrió su boca y me lancé, la besé de nuevo con toda la fuerza que pude recoger, dejándole ver cuanto la deseaba.
Lennia siempre me había desnudado y no tenía miedo a mostrarle lo que quería, que supiera que con ella quería más.
Sus manos se cerraron en mi nuca, clavándome las uñas mientras descendían por mi columna.
—Diosas, Lennia, vas a acabar conmigo —susurré en sus labios antes de posarlos encima de su clavícula y lamer.
Lennia gimió suavemente.
Definitivamente iba a acabar conmigo, la manera en la que respondía a cada una de mis caricias, los sonidos que salían por su boca… iba a hacer que esto acabara antes de empezar siquiera y no podía ni estar avergonzado ante mi reacción porque era ella.
Alcancé su pecho derecho y lo introduje en mi boca, succionando, jugando con mi lengua en su pezón.
Sentí como su respiración se aceleraba y escuché los sonidos que salían de ella.
Iba a pasar al otro pecho cuando su manos se clavaron en mi cuero cabelludo, anclándome allí.
Y yo estuve más que feliz de obedecer. Con la mano con la cual no aguantaba mi cuerpo empecé a jugar con su otro pecho, rodeando, pellizcándolo, anotando cada vez que la respiración se le entrecortaba o la espalda se le arqueaba por el placer.
Quería saberlo todo sobre Lennia, quería saber qué disfrutaba y quería descubrir nuevas formas de hacerla disfrutar.
Cuando sus manos se aflojaron en mi pelo, seguí descendiendo por su abdomen, tomando todo el tiempo del mundo para adorarla y saborearla.
No quería dejar ni un centímetro de piel sin reconocer.
Quería marcarla entera, quería que mi esencia quedara grabada en su piel, quería que quien fuera que la viera al día siguiente me reconociera en ella.
La necesidad primal era casi abrumadora.
Cuando me acerqué a su bajo vientre, Lennia separó sus piernas y solo pude hacer que levantar la vista hacia ella.
—Diosas, Lennia, eres perfecta para mí.
La manera en que no tenía vergüenza, en la que se estaba entregando a mí… Si antes no había sido capaz de negarle nada, ahora iba a vivir pegado a ella sin posibilidad de separarme. Atento a cada una de sus peticiones.
—Dime que es lo que quieres, Lenn, dime y te daré cualquier cosa.
Sabía qué quería, pero necesitaba oírlo. Había descubierto que con Lennia no solo me gustaba tener el control, me perdía que ella demandara cosas, que usara su voz.
—Sigue bajando, Haize. Adórame como has dicho que harías.
—Esa es mi chica.
Nunca había estado tan feliz de cumplir una orden.
Volví a besar su abdomen mientras encontraba la cinta de sus pantalones y los bajaba suavemente.
Besaba al mismo ritmo que bajaba su ropa y sabía, notaba, como ella estaba perdiendo el control.
Cuando la tuve completamente desnuda delante de mí no pude evitar mirarla, pasmado.
Había tenido sexo muchas otras veces, pero algo estaba siendo diferente esa vez. Todo lo estaba siendo con ella.
No pude evitar palmear mi erección buscando fricción para calmar el placer punzante que estaba sintiendo. Sin vergüenza ninguna, Lennia colocó sus piernas a cada lado de mi cuello, me miró desafiante, y de nuevo, solo pude obedecer.
Enterré mi cabeza allá donde ella me estaba pidiendo y aspiré su olor. Cerré los ojos y apreté la mandíbula, intentando relajarme. No era un animal, tenía que ganar control, pero entonces las manos de Lennia se cerraron en mi pelo y apretó y yo no pude reprimirme más.
En el primer contacto de mi lengua con su centro, Lennia gritó. No fue un gemido suave y contenido como los que había escuchado hasta aquel momento, fue un cántico al placer que rebotó en mi interior, depositándose en la base de mi columna. Y supe en aquel momento que estaba perdido.
Agarré sus muslos y apreté con fuerza, deseando que mis dedos quedaran marcados en su piel y empecé a devorar bien atento a todos los sonidos y movimientos de Lennia.
En poco tiempo había aprendido donde le gustaba que aplanara mi lengua y donde prefería que hiciera más presión.
Respondía tan bien a mí que no tenía ni que preguntar qué necesitaba.
Lamí cada vez con más ganas, cada vez con más fuerza, introduciendo mi lengua dentro de ella para al segundo siguiente subir y rodear su clítoris con mi boca, dando suaves toques con mis dientes y ella no dejaba de recompensarme con su placer, con sus gemidos.
En algún momento mientras la devoraba, el roce de mi ropa se hizo insostenible y me quité los pantalones y la ropa interior en un mismo tirón.
Una de mis manos voló hacia mi miembro, acariciándolo de arriba hacía abajo, intentando liberar un poco de la presión que se acumulaba en mí.
Quería durar para Lennia, necesitaba durar para ella. Quería que lo disfrutara. Volví a presionar mis labios contra su clítoris y danzé mi lengua alrededor, aplicando la presión que sabía que la había hecho gritar.
—No pares —demandó con la voz rota, entre gemidos, apretando mi cabeza con más fuerza.
Con su orden volvieron mis ganas de poseerla, de hacerla gritar mi nombre, pero no dejé de obedecer cuando subí una de mis manos por su pecho, buscando su cuello. Ella misma acabó guiando mi mano y presionando contra su garganta.
Con la otra hice lo que llevaba tiempo queriendo hacer. La coloqué delante de su entrada y poco a poco introduje un dedo al mismo tiempo que seguía jugando con su clítoris.
Empecé a bombear el dedo suavemente, muy atento a sus reacciones. Esto era por su placer, no quería abrumarla, pero lo único que recibí fueron gemidos más fuertes y la contracción de su interior sobre mi dedo.
Cerré los ojos y gruñí en ella, dejando que sintiera la vibración. Iba a acabar conmigo e iba a morir feliz.
La mano que aún seguía en mi pelo descendió hasta mi muñeca y apretó, instándome a ir más rápido dentro de ella. Y jamás le negaría una petición. Empecé a mover mi dedo más rápido, bombeando con fuerza, extrayendo su placer, y en unos segundos más Lennia se tensó y explotó en mi.
Bebí de ella sin retirar mi mano mientras las réplicas de su orgasmo se sucedían. Disminuí la fuerza con la que apretaba su garganta y la presión de mi lengua en su clítoris a la que sentí como empezaba a calmarse.
Su respiración era entrecortada y pesada, luchando por recuperar el control y el aire.
Como no estaba preparado para separarme de ella deposité un beso en su pubis y seguí subiendo lentamente, besando su abdomen, su estómago, su pecho, sus clavículas.
Llegué hasta su boca y deposité besos suaves en la comisura de sus labios, queriendo que se saboreara a sí misma en mí, esperando que me diera una señal de lo que quería hacer.
—¿Estás bien? —pregunté más nervioso de lo que debería cuando ella no dijo nada.
Lennia se echó a reír y yo me separé ligeramente de ella, alzando una ceja.
—¿En serio me estás preguntando si estoy bien después de esto? —Rió.
Por primera vez le sonreí avergonzado. No necesitaba que elogiara mis habilidades en la cama, pero quería que ella disfrutara, quería que no se arrepintiera de nada de lo que habíamos hecho.
Lennia se sentó y yo volví a buscar su cuello, necesitando el contacto con su piel. Estaba duro como una roca y si no encontraba mi placer en algún momento iba a estar dolorido durante días, pero estaba esperando a que ella decidiera que quería hacer.
—Túmbate —ordenó con la voz calmada. Obedecí.