Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo treinta y tres #3
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Capítulo treinta y tres #3

Entonces lo recordé. Estábamos en casa de la madre de Niria, habíamos ido a ver a sus gatas.

Estaba sentada en una encimera de una casa que no era mía y si la gata no nos hubiera interrumpido habría dejado que Haize me follara allí mismo.

Miré a Haize y supe que él estaba pensando lo mismo por la forma en que me devolvió la mirada. Ambos empezamos a reír.

—Mierda, me he dejado llevar, Lennia, lo siento.

Se agachó, recogió mi camisa y se acercó a mí. Me besó suavemente y me la colocó, vistiéndome delicadamente.

—Yo quiero esto tanto como tú, no te disculpes, Haize.

Sonrió, se agachó de nuevo a recoger su camisa y se vistió, recolocándose en sus pantalones. Hice una mueca al perder la vista de Haize descamisado y él rió y volvió a besarme la mejilla, desplazándose de nuevo hasta mis labios y siguiendo por el otro lado hasta llegar a la oreja.

—No me mires así o profanaremos esta casa y no creo que debamos —susurró—. Además, puedes pedirme siempre que quieras que me quite la camiseta y obedeceré. Sin preguntar, sin dudar. Pide y la camisa se va fuera.

Esta vez fui yo la que rió. Haize se acercó a mí con una sonrisa y volvió a cargarme por los muslos, bajándome de la encimera.

Recogimos el estropicio del suelo y rellenamos los boles de las gatas, dejando todo como lo habíamos encontrado.

Haize cogió mi mano y salimos de la casa, deshaciendo el camino en silencio.

La noche se había cerrado más y la temperatura había descendido varios grados así que me abracé a mi misma intentando mantener mi propio calor, pero en cuanto empecé a frotarme los brazos Haize se puso delante de mí, se agachó y me levantó contra él.

—Te dije que no te dejaría pasar frío —explicó con una mano en mi cabeza y otra debajo de mi culo.

—Y yo que pensaba que solo era una excusa para tocarme. —Sonreí enterrando mi cabeza en su cuello.

—Ambas pueden ser ciertas.

Haize me cargó sin quejarse, frotando mi cuello y mi espalda con la mano que tenía libre, el movimiento hizo que mi cuerpo fuera invadido por un calor que no solo tenía que ver con nuestra cercanía.

Sintiéndome atrevida por nuestro encuentro anterior, empecé a acariciar su cuello con mi nariz.

Noté como su respiración se aceleraba, así que empecé a dar besos suaves por su cuello, subiendo hasta la base de su mandíbula y bajando hasta el hombro.

Era un toque simple, apenas un roce de mis labios contra su piel, pero cada vez que depositaba un beso, la respiración de Haize se pausaba.

En la segunda pasada Haize colocó su mano en mi nuca, cogiendo el pelo y me presionó contra su cuello.

—Más —demandó con la voz ronca .

Era una orden y una plegaria. Había notado antes que a Haize le gustaba estar al mando, la rudeza.

Sintiendo la presión de su mano en mi pelo abrí la boca y mordí, pasando la lengua por la marca que dejaron mis dientes.

Con cada mordisco, Haize dejaba escapar un sonido ronco y desesperado y tensaba más la mano que tenía en mi pelo.

Entendiendo que no iba a parar de darle atención a su cuello su mano se soltó de mi pelo y descendió por mi espalda, pausándose en mi culo.

Me recolocó en él para poder poner ambas manos en mi culo y apretó.

—Diosas, Lennia. Tendrás que llevar tú el ritmo —dijo, entrando por la puerta de su casa.

Le miré a la cara y le sonreí.

—Bájame.

Me miró dudando pero hizo tal cual le pedí. Di un par de pasos hacia atrás y me quité la chaqueta, dejándola en el sofá.

—Ropa fuera.

Sin dudar se quitó la chaqueta y la colgó en el sitio designado. Acto seguido se quitó la camiseta, con una sonrisa salvaje en la cara, ambos recordando sus palabras anteriores, quedándose otra vez desnudo de cintura para arriba en frente de mi. Tragó saliva, esperando mi siguiente petición.

—Eres una obra de arte, Haize. No debería alimentar tu ego pero…

Haize rió y se acercó a mí, quedando a unos pasos de distancia.

—Si yo soy una obra de arte, tu eres una diosa a la que adorar. Déjame que te adore esta noche, Lennia. Déjame que te adore ahora y cada vez que me lo permitas.

Sus manos fueron a mis caderas y su boca buscó la mía. El beso esa vez fue suave, calmado. Ambos explorando al otro, conociéndonos. En algún momento del beso, Haize me apretó contra él, contra su deseó creciente y yo me aparté, sonriéndole.

—¿Has dicho que me querías adorar? —pregunté mientras me quitaba la camiseta. Él solo asintió—. No quiero que me trates como algo que se vaya a romper, Haize. No quiero que tengas cuidado conmigo, no quiero que te reprimas.

Con cada palabra iba deshaciendo más las telas de mi pecho, hasta que me quedé completamente desnuda de cintura para arriba, su vista fija en mi cuerpo.

Tragó saliva y subió su vista poco a poco hasta encajarla con la mía.

Su mirada oscura y demandante, llena de deseo y con una única petición.

No quería tomar lo que no era suyo, estaba esperando que yo le diera mi permiso.

Por muchas ganas que tuviera en ningún momento haría nada que yo no quisiera, jamás me haría sentir incómoda.

Y eso me hacía sentir más poderosa que nunca.

—Llévame a la cama, Haize. Deja que yo también te haga disfrutar.