Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo treinta y dos #3
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Capítulo treinta y dos #3

Solté una risita, lo que me ganó una mirada de Haize, tenía el ceño fruncido y los ojos achicados pero no había malicia en ellos.

Estaba evitando una sonrisa que empezaba a escapársele por la comisura de los labios.

Cuando vió que le sonreía me guiñó un ojo y dejó su sonrisa libre.

Observé como le cambiaba la cara, como se le formaban arrugas alrededor de los ojos y labios y como se le iluminaba la mirada.

No quería que dejara de mirarme así .

—¿Entonces se quedará aquí? —preguntó Roa, sacándome de mis pensamientos.

—Estaba llevándola con las crías de ovejas cuando habéis aparecido —respondí, asintiendo.

Roa sonrió y se puso a mi lado dudando de su siguiente movimiento, pero antes de que pudiera preguntarle me abrazó.

—Me alegro de que hayáis vuelto bien, me empecé a preocupar cuando vi que no volvíais ayer.

Contadnos todo en la cena, ¿sí? Me encantaría quedarme a dejar a Haizea —hizo una mueca diciendo el nombre—, pero le prometí a Niria que le ayudaría con la cena en la taberna.

Quiere hacer algo especial por nosotros antes de que volvamos a Bore.

Sonreí y le di un abrazo de vuelta, más corto, pero con el mismo sentimiento.

Prácticamente salió corriendo, cogiendo a Cádin del brazo y arrastrándolo con ella.

No sabía si él también había prometido ayudar o Roa había decidido que lo necesitaba con ella, pero no se quejó de ser arrastrado, incluso sonrió mientras se despedía con la mano.

Haize se colocó a mi lado, ignorando los bufidos de Haizea mientras observaba como Roa y Cádin se alejaban discutiendo sobre algo.

—Puedes ir con ellos a la ciudad, yo me aseguraré de que la llama se quede aquí tranquila primero —dije sin mirarle.

Tras mi pensamiento anterior de repente era muy consciente de que volvíamos a estar solos. No completamente, pero lo suficiente para que él fuera lo único en lo que podía fijarme.

—No me importa esperar contigo, Lenn.

—Lo sé, pero ves. Necesitan saber que estás bien.

Asintió sin mucha convicción pero sabía que no iba a llevarme la contraria con esto, que no iba a presionarme.

No sabía si había leído los nervios que estaban creciendo en mí o simplemente era él respetando mi decisión en cada momento pero se alejó unos pasos antes de detenerse y volver hacia mi.

Frenó justo delante de mí y puso su mano en mi barbilla, levantando mi vista hacia él.

—Mi casa estará abierta para ti. Puedes entrar cuando llegues, esté yo o no esté en ella .

Asentí no confiando en que mi voz saliera estable y entonces él inclinó su cabeza y depositó un suave beso en mi frente.

No dijo nada más mientras se giraba y se alejaba de mí y yo no pude despegar la vista de él.

Mi cuerpo se negaba a responder, como si me estuviera reprochando el hecho de que nos quedáramos allí en lugar de seguirle.

Me había costado mucho tiempo pero por fin Haizea se había quedado tranquila en el establo con las cabras y ovejas. Para cuando me fui, estaba acurrucada con otros animales en una esquina cerca de un punto de calor y no se quejó ni una vez mientras me alejaba.

Era de noche cuando entré en casa de Haize. El corazón latiendo más fuerte de lo normal y el cuerpo temblando de los nervios. Parecía una adolescente. Estaba siendo ridícula pero a su vez el calor que inundaba mi pecho me hacía sonreír.

Me encontré la casa vacía. En la mesa del comedor había toallas con una nota de Haize que decía que las dejaba allí para mí, que usara lo que necesitara y que me esperaban en la taberna de Niria.

Tomé el tiempo necesario para darme una ducha de verdad, no las limpiezas rápidas que teníamos que hacer en el camino mientras viajábamos.

Froté varias veces mi cuerpo con un jabón que olía a Haize, me desenredé el pelo suavemente, masajeando el cuero cabelludo y me embadurné en una crema que yo misma había preparado para luchar contra la sequedad de mi piel.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando me vestí con ropa limpia, pero me sentía completamente renovada.

Me paré en el espejo, observando mi pelo suelto, que caía en cascada alrededor de mi cara y empecé a trenzarlo instintivamente. Tenía la trenza prácticamente acabada cuando la deshice, dejando mi pelo libre.

El paseo hacia la taberna de Niria fue rápido.

Una vez dentro me di cuenta de varias cosas.

La primera era que estaba a rebosar. Había personas en todas las superficies libres, todos felices, contentos y riendo.

La segunda es que me sentía bien allí, entre ellos, solo entrar en aquel ambiente había mejorado mi humor y eliminado el cansancio que se había aferrado a mí después de la ducha.

Y la tercera y más importante es que pude comprobar sin ninguna duda que mi cuerpo respondía a Haize.

Nada más entrar mi vista se fijó en él como si algo me hubiera alertado de las coordenadas exactas donde se encontraba. Mi corazón volvió a aumentar el ritmo de sus latidos cuando comprobé que a él le había pasado lo mismo y nuestras miradas se encontraron.

Estaba sentado en la esquina de la mesa, a su lado había un asiento libre —mío, quise suponer—, después Cádin, Roa y un hombre que no conocía. En el lado opuesto Niria, Pia y otras dos personas desconocidas ocupaban las otras sillas. Roa se levantó y volvió a abrazarme fuerte.

—Hueles bien, me encanta como te queda el pelo así, deberías dejarlo suelto más a menudo —dijo mientras nos dirigíamos a la mesa.

Esta vez Cádin también se acercó a mí y para sorpresa de todo el mundo me abrazó también.

—Lennia, gracias por unirte a nosotros.

Le brillaban los ojos y tenía la comisura del labio levantada en una sonrisa irónica. Alguien había estado bebiendo de más. Haize estiró la mano hacia mí sin dudar y yo le apreté de vuelta.

—Ella es Lennia —dijo a los comensales que me saludaron como si ya me conocieran—. Carter, Altea y Pia, que también se ocupan de las gestiones de Ipar —me fue señalando a cada uno y explicando qué hacían— , Niria y Kolder. A Roa y Cádin ya los conoces.

—Perdona por la tardanza —le susurré en el oído una vez me senté a su lado—, Haizea ha tardado un buen rato en quedarse tranquila.

—No te preocupes, hemos estado entretenidos, casi no te he echado de menos —dijo con una sonrisa traviesa en los labios.

Reí y me centré en el resto de la mesa. Todos hablaban entre ellos, sonriendo. Se soltaban pullas y se reían unos de otros. Los vasos de vino estaban llenos, un par de botellas vacías delante de ellos.

—Y dinos, Lennia, ¿qué te ha traído a acompañar a estos tres a El Norte? Y por favor no digas que ha sido Haize o no se va a callar en años —preguntó Altea haciendo reír a todos.

Miré a Haize antes de responder, los ojos le brillaban con malicia, como desafiándome a que dijera otra cosa.

—La verdad es que sí fue Haize —Altea gruñó y Haize empezó a reír—, pero también Cádin y Roa.

La manera en la que hablaban de Ipar, de volver aquí, como les brillaban los ojos y proyectaban la voz cuando nombraban alguna de sus experiencias.

—Me encogí de hombros—. Simplemente tenía que verlo con mis ojos. Quería saber qué más había.

—¿Y la has visto, la magia de Ipar? —preguntó el hombre que había en la esquina, Kolter creía recordar que era su nombre.

—Creo que sí. No solo la tierra y su esencia, es… todo. Como vivís aquí en comunidad, como cuidáis unos de otros, no sé —me encogí de hombros, avergonzada por cómo estaba hablando de ellos—, es diferente, en el buen sentido.

Se quedaron satisfechos con mi respuesta, volviendo a compartir conversaciones entre ellos.

Durante la cena me quedé en segundo plano, una espectadora entre su camaradería.

Cádin y Roa me incluían siempre que había algo que yo podía responder y todos contestaban las preguntas que hacía.

Haize estaba pendiente de mí en todo momento, su mano nunca demasiado lejos de cualquier parte de mí que pudiera alcanzar, mi muslo, mi mano, me colocaba el pelo detrás de la oreja o apoyaba la mano en el respaldo de mi silla y dibujaba círculos en la espalda.

Había notado más de una vez como todos observaban ese comportamiento.

Cádin y Roa habían soltado risitas abiertamente, lo que les hizo ganar una mirada amenazadora de Haize que acababa en carcajada por parte de los otros, pero los demás, los que no nos conocían, también observaban los movimientos de Haize.

Algunos con ternura en la cara y algunos con incredulidad o duda, pero ninguna de las miradas hizo que Haize dejara de buscar el contacto conmigo, ni que yo dejara de desearlo.

Después de acabar la cena y de explicar nuestras aventuras por ambos lados, nos despedimos. El viaje de Cádin y Roa había sido más rápido y plano que el nuestro pero ambos habían sido igual de fructíferos. En El Norte no había amenazas latentes, no había no-muertos ni campamentos arrasados.

Noté como todos los comensales se iban más contentos y relajados, no solo debido al alcohol ingerido sino a las buenas noticias. El Norte, Ipar, seguían a salvo.

Me di la vuelta cuando Roa y Cádin giraron la esquina y desaparecieron de mi vista y me encontré a Haize mirándome fijamente.

Por primera vez desde que habíamos vuelto nos habíamos quedado solos.