Capítulo treinta y dos #2
En ese momento noté que algo húmedo y caliente golpeaba mi mano y miré hacia abajo. Haize —Haizea—, estaba allí, sin cabezal. Hubiera sido demasiado perfecto que el cabezal encajara y no se lo pudiera quitar.
—Hola Haizea, ¿qué haces aquí? ¿Has venido a buscarme?
Acaricié su cabeza suavemente, con movimientos lentos observando en todo momento que mis avances fueran bienvenidos.
El animal cerró los ojos y se apoyó en mí por lo que seguí rascando con más confianza.
Haize se fue a acercar a la llama pero esta abrió los ojos y le bufó, dejando claro que no quería que se acercara a ella.
—¿Así que no te gusta Haize? Que sepas que le has robado el nombre, tienes que aceptarlo. —El animal se giró y quiso tirarle una coz, haciendo que Haize se alejara—. O no, puedes tener tus propias opiniones.
Me agaché a su lado y volví a estirar la mano hacia ella, quien volvió a acercarse a recibir más atención.
—¿Pero sabes? Es buena gente. Ya crecerá en ti.
Nos habíamos movido un poco hacia el sur, acercándonos más a Ipar, hasta una zona rocosa con una cueva que Haize conocía.
Era apenas una apertura en la montaña pero lo suficiente grande como para que cuatro o cinco adultos cupieran dentro y tenía cerca un pequeño arroyo para que los caballos bebieran.
Además, aunque era cierto que contra más bajábamos, el frío de las montañas iba haciéndose más soportable, no hubiera sido cómodo dormir totalmente en la intemperie.
No habíamos podido avanzar tanto como Haize había querido ya que yo había tenido que ir andando todo el camino. Cada vez que montaba en Gia, Haizea gritaba con toda su fuerza, poniendo nerviosos a los caballos.
Haize acabó de preparar la zona para los caballos.
Se había ocupado de acercarlos al arroyo a que bebieran agua mientras yo me había quedado dentro con Haizea.
Cada vez que la llamaba o pensaba en ella, se me escapaba la risa.
Qué estupidez que el animal hubiera elegido el nombre de Haize para sentirse a gusto.
Más aún cuando le odiaba y no hacía más que dejárselo claro.
En ese momento Haize entró en la cueva y Haizea se puso en pie, bufando e intentando escupirle.
—¿Se puede saber que le he hecho a ese animal? ¡Si incluso le he prestado mi nombre! —se quejó Haize sentándose en frente de nosotras.
Me encogí de hombros, haciendo ruido con la lengua para llamar la atención de la llama, que volvió a acurrucarse a mi lado.
—¿Cómo estás? —preguntó suavemente.
Ahora que la noche había caído y el cansancio volvía a mostrar su presencia, todo lo que habíamos vivido se sumaba a mis espaldas. Me aclaré la garganta y dejé de mirar a la llama para mirarle a él.
—Bien. —Levanté las manos para que me dejara acabar de hablar a la que vi que fruncía el ceño—. Estoy bien, pero es duro. Parece que siempre hay algo que nos encuentra. Ipar parece limpia de no-muertos y podemos estar medio relajados y entonces nos encontramos furtivos. Tenemos que matar—
—Yo he acabado con sus vidas, no tú. No cargues con ello, Lenn.
— Tenemos —repetí con mi voz más seria, mirándole desafiante— que matar a esos seres y enterrar un rebaño entero de animales inocentes.
Y esto solo es algo menor. Sé que yo decidí ayudar con esto, pero no estaba preparada, realmente no lo estaba.
Yo vivía una vida sencilla y normal antes de todo esto.
Bueno, antes de prisión. —Reí—. Y ahora esto.
Y cada vez que creo que lo he asimilado, pasa algo que me hace volver a la casilla uno.
Haize se levantó suavemente y se acercó a mí cuando Haizea se despertó de golpe y le gritó. Se me escapó una risa.
—¿Y Haizea no quiere dormir con los caballos? —preguntó Haize divertido—. Ya sabes, para que se acostumbre a otros animales.
Negué con la cabeza, pero me levanté y me dirigí hacia fuera. La llama me siguió inmediatamente. Me coloqué al lado de los caballos y esperé para ver si Haizea se acercaba a ellos. Cuando volví a entrar en la cueva me siguió sin dudarlo.
—Parece que no.
Me fui a sentar con Haize y la llama volvió a bufar, enfadada.
—Oye, no puedes ser así —le dije divertida, como si me entendiera—. Quiero estar con él también. ¿Vale?
Haize se puso rígido a mi lado. Fue solo un segundo pero lo noté. Últimamente no hacía otra cosa que notarle .
—¿Qué?
—¿Quieres estar conmigo? —preguntó con un tono suave y distante, como con miedo de mi respuesta.
—Me prometiste que no me dejarías pasar frío y va a ser una noche fría.
Haize sonrió abiertamente.
—Cierto.
Cogió un par de mantas que había sacado con anterioridad de las sacas que cargaban los caballos y las pasó por encima nuestro, pero cuando me fui a acurrucar contra él Haizea volvió a bufar y escupió. Fue más un intento que un escupitajo en sí pero nos dejó claro su pensamiento.
—Creo que va a matarte mientras duermes —le susurré a Haize al oído.
—Será mejor que hoy durmamos separados, hierbazul. Espero que no te congeles sin mí, pero no quiero despertarme asfixiado por un animal de veinte kilos.
Reí suavemente y me giré a mirarle. Había una pregunta en su mirada. Como siempre estaba esperándome, dándome espacio, dejando que tomara la iniciativa.
No lo pensé dos veces y me incliné hacia él, hasta que mis labios tocaron su mejilla, acercándome más a la comisura de sus labios de lo que era formalmente correcto.
Fui a apartarme pero la mano de Haize se posó en mi nuca con más fuerza de la necesaria, anclándome allí, en su piel, conectados.
Sus dedos se curvaron en mi piel con la fuerza justa para que notara su reticencia a que me alejara, pero sin hacerme daño y la sensación fue cálida, bienvenida.
Hacía años que no sentía la necesidad que estaba subiendo en mí en ese momento. El calor que se acumulaba en mi estómago, en mi vientre. Haize volvió a apretar mi nuca con fuerza.
—Mañana estaremos en Ipar —añadió él en un susurro, la voz ronca y rota.
—Mañana en Ipar —repetí yo, haciéndole ver que entendía su implicación.
Haize aclaró su garganta y me soltó suavemente, despegando los dedos de mi piel uno por uno. Cuando me aparté su mirada se había oscurecido y tenía los labios ligeramente separados. No dejó de observarme ni un solo segundo.
—Nunca te forzaré a qué hagas nada de lo que no estés segura, Lennia. ¿Lo sabes, verdad?
—Siempre lo he sabido, Haize —dije antes de girarme y tumbarme al lado de la llama bebé que estaba a un segundo de volver a escupir a Haize.
Llegamos a Ipar a primera hora de la tarde.
El sol estaba empezando a esconderse cuando alcanzamos la primera granja que daba entrada a la ciudad por el este.
Antes de que pudiéramos acercarnos lo suficiente para distinguir a nadie, Nord vino corriendo hacia nosotros y desmontamos.
Haize se agachó para recibir a su perra, pero esta pasó directa de él y se colocó a mi lado, aunque no era yo la destinataria de su interés, era Haizea.
Nord le olió las orejas y acto seguido le lamió toda la cara y Haizea, demostrando que no podíamos suponer nada de ella, se dejó hacer con la tranquilidad de dos animales que se conocen durante toda la vida.
Nos acercamos a la granja y Haize entró a hablar con alguien mientras yo me quedé fuera con todos los animales, pero no me dio tiempo a nada cuando tres personas salieron de dentro del granero.
—Haize nos ha dicho que traéis cuatro caballos que necesitan atención —dijo uno de ellos con la vista directa a los animales—. Por dios, pobres bichos. ¿Qué os han hecho?
Otro hombre salió con un cabezal pequeño y se lo intentó poner a Haizea pero esta le mordió e hizo el intento de escupirle, sin apartarse de mi lado, bufando todo el rato.
—Déjame —pedí, cogiendo el pequeño cabezal de las manos del hombre.
Haizea se relajó cuando vio que el desconocido se alejaba de ella. Seguí al hombre que nos iba a mostrar donde se iba a quedar la llama y entré con ella a un prado enorme y verde con varias ovejas y cabras desperdigadas por la zona.
—Las crías están en ese establo de allí. —Señaló una construcción de madera—. Así están más controladas con el frío. Además la comida es más nutritiva.
Haizea miraba a su alrededor con la curiosidad de un bebé descubriendo algo nuevo.
Por el rabillo del ojo vi a dos personas acercarse, una de ellas, pequeña y rubia, corrió hacia Haize y el otro se limitó a negar con la cabeza. Casi podía ver como ponía los ojos en blanco.
Me alegré de verlos de nuevo y el sentimiento fue agradable. Vi como hablaban durante unos segundos y de repente la cabeza de Roa giró y se posó en nosotras. Intuí, por como se le iluminaba el rostro al ver al bebé que había a mi lado, que Haize le estaba hablando de Haizea.
—Diosas, Haize me ha dicho que no le gusta nadie más que tú pero necesitaba acercarme a verla. Una llama, por las diosas que preciosa es.
Alcé una ceja y observé a Haizea. Quizá Roa estaba emocionada de más. Se acuclilló donde estaba.
—Me ha dicho Haize que te han bautizado tras él. Que gusto más feo, pero quién soy yo para juzgar —dijo encogiéndose de hombros con voz aguda hablándole al animal como quien le habla a un bebé.
Para mi sorpresa, Haizea aplanó las orejas y fijó su vista en Roa. La observó durante unos segundos y volvió a levantar sus orejas, acercándose a ella feliz y dando saltitos.
—¡Vamos, no me fastidies! Soy el cincuenta por ciento del equipo que la ha salvado y aún así me odia y Roa se le acerca dos segundos y ya son amigas —se quejó Haize, que se había acercado con Cádin.
—Sólo le gustan las chicas guapas y tú ni te acercas a esa categoría. Por lo menos tiene mejor gusto que para los nombres —añadió Roa riendo y acariciando a Haizea.