Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

LENNIA

U na llama. Una llama bebé de menos de un metro.

Con su cara y sus mofletes y su lana blanca.

Hacía unos segundos la llama adulta me había parecido aterradora, ¿pero la cría?

El animal más bonito que había visto en mi vida.

Bueno, si no contábamos a Gia o a Seri o a Nord o a cualquiera de los caballos o perros que había visto por el camino.

Y a muchos otros. Igualmente seguía siendo especialmente bonita, si no las comparábamos con otros animales más bonitos .

Tenía los ojos demasiado grandes para su cara, lo único al mismo tamaño eran las orejas.

Pero no dejaba de ser un bebé adorable. Me acerqué al animal que nos miraba con los ojos muy abiertos y con mucho miedo en ellos y me frené, saliendo de mi entusiasmo.

Ese animal era un bebé que había visto cómo asesinaban a otra llama, que había estado ahí, indefenso, sin poder hacer nada mientras lo veía.

El sonido que hacía el pobre animal me rompía el alma. Gritaba llamando a una madre que no le iba a responder jamás. Poco a poco se acercó a la llama muerta y se acurrucó entre sus piernas, buscando un calor que ya no iba a encontrar.

—Tenemos que hacer algo —le dije a Haize con la voz rota—. No podemos dejar a ese animal aquí.

—No, no podemos. —Suspiró—. Esa cría morirá si la dejamos a su suerte. Recemos para que sea lo suficiente adulta para que pueda sobrevivir sin leche materna —respondió a mi lado.

Mientras seguía observando a esa pobre cría acurrucada al lado de la que suponía era su madre muerta, sentí como Haize se apartaba de mí y desaparecía entre los arbustos por los que había aparecido el pobre bebé.

—Mierda.

La queja fue sonora y clara, llena de rabia.

No quería dejar de observar al bebé que había tumbado delante de mí por miedo a que desapareciera, pero el tono que había utilizado Haize me decía que tenía que ir allí.

Mirando a la llama por última vez decidí cruzar los arbustos y rezar para que la cría no se moviera de donde estaba.

No estaba preparada para el horror que encontré al otro lado de las hierbas.

Había por lo menos treinta llamas muertas en un carro, entre crías y adultas.

Al carro había atados dos caballos totalmente desnutridos y golpeados.

Al lado de estos había otros dos sueltos que tampoco lucían mucho mejor.

No podía dejar de mirar a la cantidad de cadáveres que tenía delante y, por primera vez en mi vida, deseé que alguien muerto volviera a estar vivo para asesinarlo de nuevo.

Respiré hondo, no podía dejar que la rabia me controlara.

—Vamos a enterrarlos. No podemos dejar que se pudran aquí —dijo Haize casi sin voz.

Él también estaba descontento. Tanto o más que yo. Sin decir más palabras Haize se dirigió a los caballos y cogió las riendas con delicadeza, hablándoles suavemente.

Sacó de sus bolsillos unas uvas y se las ofreció a los caballos, que lo miraban con desconfianza y los llevó hacia donde estaban Gia y Seri.

No sabía cómo iban a reaccionar, pero estaba demasiado absorta en el horror que tenía delante como para seguirle.

Cuando volvió, se puso a mi lado y me apretó suavemente el hombro, sacándome de mi trance.

Invocó aire y empezó a cavar. El aire movía la tierra como si fuera una pala.

—¿Cómo estás haciendo eso? —pregunté, desviando la vista del carro por primera vez.

—Es como hacer un escudo. Le das la forma que quieres a tu esencia y a trabajar.

Me quedé mirando durante unos segundos cómo cavaba. Mi cara debía delatar lo estúpida que me estaba sintiendo al no haber pensando en ello nunca, porque Haize soltó una risita.

—Cállate —dije empezando a usar el aire tal y como estaba haciendo él.

Mientras cavábamos la zanja, mi mente se fue hacia Haize otra vez. Llevaba pensando en él desde hacía más días de los que quería contar, pero desde el viaje a Ipar algo estaba cambiando.

Llegar a El Norte no solo había sido bueno para mi esencia, había sido bueno para todo. Haize parecía más relajado y feliz. Incluso había visto a Cádin sonreír más.

Pero no era eso lo que había cambiado todo lo que sentía.

Era simplemente él. Se había mostrado ante mí.

En Saggar, Haize siempre había sido divertido, despreocupado y había sido fácil estar a su alrededor, pero desde que habíamos llegado a Ipar había sido más.

Y después de lo que había compartido conmigo…

No podía negarlo más. Haize era importante para mí.

No solo por todo lo que había hecho por mí sino por quién era él.

Por lo que yo sentía cuando estaba a su lado.

También estaba la noche anterior en el campamento de Valrag.

Había agradecido cada roce que habíamos compartido.

Sus labios en mi nuca. Sus manos alrededor de mi cuello y acariciando mi estómago.

No se había propasado ni una vez, siempre asegurándose de que sus avances eran bienvenidos.

Y lo habían sido. Había querido que avanzara más, pero estaba demasiado asustada para pedirlo.

Y el casi beso que habíamos tenido hacía unos momentos.

Si la cría de llama no hubiera aparecido le hubiera besado. Sabía que él lo estaba esperando. Sabía que estaba esperando a que yo diera el paso.

—Creo que ya está bien de cavar.

Me sobresalté al escuchar su voz, lo que le sacó otra risita. El color tiñó mis mejillas y él no dijo nada, pero supe que se dio cuenta ya que una sonrisa bobalicona se le empezó a formar en la cara. Esa vez fui yo la que reí.

Haize se dirigió al carro y empezó a descargar a los animales más pequeños. Lo hizo a mano, tal y como habíamos hecho con todas las personas que habíamos enterrado por el camino. Solté aire y fui a ayudarle.

Una hora después ya habíamos depositado todos los cuerpos en el hoyo que habíamos hecho.

—Falta la madre del otro lado. Y los tres furtivos que hemos matado —le recordé.

—Yo lo haré, Lenn. No quiero que les dediques ni un segundo de tu tiempo. No lo merecen.

—Tampoco merecen el tuyo. Ya te lo he dicho antes, estamos juntos en esto.

Nos dirigimos al otro lado y entre los dos nos ocupamos del desastre que quedaba ahí.

El bebé seguía acurrucado entre las piernas del animal.

Me acerqué a él poco a poco, agachada. Llevaba en la mano un cabezal de uno de los caballos.

Llevaba fruta conmigo para intentar sobornarlo.

Me acerqué cada vez más lentamente, hablándole suavemente.

Haize también se acuclilló allí donde estaba, intentando parecer menos amenazante.

Cuando estaba apenas a unos pasos de distancia, el animal gritó, así que me paré y estiré la mano con los trozos de uva y una manzana que había cortado para ella.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que el bebé dejó de verme como una amenaza inmediata y pude acercarme un poco más.

Finalmente se relajó lo suficiente como para comer de mi mano y le coloqué lentamente el cabezal. Intentó huir, pero ya la tenía sujeta.

—Haize, ayúdame con ella —pedí.

Pero no hizo falta ya que cuando el animal me escuchó hablar se quedó quieto y me miró con curiosidad.

—Sigue hablándole —dijo Haize suavemente—, parece que le gustas. Otro más.

Sonreí y empecé a hablarle al animal, pero no volví a captar su atención como antes. El pobre bebé estaba más relajado que al principio pero no se fiaba de nosotros.

—Esto no funciona, Haize, no soy yo —me quejé.

Y de nuevo volvió a mirarme con curiosidad.

—Haize —repetí. Y otra vez volvió a mirarme con la cara llena de curiosidad—. ¿Haize? ¿Te gusta el nombre?

El bebé llama se acercó a mi mano y empezó a olisquear, curioseando. Haize se acercó a mí con otra pieza de manzana cortada y me la puso en la mano antes de volver a alejarse.

—Te voy a llamar Haize entonces —le dije al animal que me seguía mirando con interés.

A mi espalda escuché a Haize bufar, divertido. Me levanté para apartar a la llama —Haize— del cadáver pero al moverme el animal se movió, acercándose a mi.

—Hola, Haize, ¿vienes conmigo? —pregunté suavemente mientras me movía hacia atrás.

—No me puedo creer que vayas a usar mi nombre, Lenn. No sé si ofenderme o no —me dijo Haize —el humano— divertido.

Me reí pero seguí andando, acercándome a los caballos con Haize peludo a mis pies. En cuanto llegué al lado de los caballos —de los seis—, todos me miraron y la llama se escondió detrás de mí, asustada. No me moví, dejando que ellos exploraran a su ritmo, confiando en ellos.

Gia fue la primera en acercarse, oliendo suavemente a la llama. Le olió la cara y las orejas y al rato se relajó, aceptándola. Poco después Seri imitó sus movimientos y se colocó al lado del bebé.

Estuve un rato allí, vigilando que los caballos no asustaran a Haize (llama) y cuando estuve segura de que el animal estaría bien entre los caballos lo até a una rama, no teniendo claro que no fuera a huir a la mínima posibilidad y me giré hacia Haize.

—Vamos a enterrar a la llama y vámonos de aquí —dije, mirando al animal muerto—. Por cierto, voy a tener que bautizarte de nuevo, no es cómodo tener dos Haizes.

Él rió y negó con su cabeza.

—¿Porqué rebautizar a ese bicho no es una opción? —preguntó con la risa impregnando su voz.

—Nope. No le puedo hacer eso, es demasiado adorable para ignorar que ha elegido su nombre .

—Sabes que es una hembra, ¿no?

Me giré a mirar a la llama y luego lo miré a él.

—¿Cómo lo sabes?

Haize se encogió de hombros y no dijo nada más.

—Haizea —dije, yendo a ayudar a Haize a cargar a la llama muerta—. Si es una hembra Haizea le quedará mejor que Haize y estoy segura de que le gustará también.

Haize soltó una risita pero no dijo nada más. Enterramos a la última llama en silencio y tapamos el agujero con todos los cadáveres allí. Para cuando terminamos la noche estaba a punto de caer.

—No nos dará tiempo de llegar a Ipar —dijo Haize chasqueando la lengua—, tendremos que dormir al raso y salir mañana a primera hora.