Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo treinta y uno #3
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Capítulo treinta y uno #3

No le dejé ni responder. Deslicé la daga por el cuello del hombre, igual que había hecho con el primero.

Me quedé acuclillado a su lado, viendo como la luz se desvanecía de sus ojos.

Sentía los ojos de Lennia en mí como una losa, aplastándome con el peso de su mirada, pero no tenía valor de levantar la vista y ver juicio en sus ojos.

No me arrepentía de haber acabado con aquellas vidas.

Furtivos matando animales inocentes. Hombres que se habían atrevido a reírse de Lennia como si no mereciera su respeto.

Así que no, no me arrepentía, pero no arrepentirme y estar preparado para afrontar el juicio en su mirada eran dos cosas diferentes.

Sabía lo que había hecho, sabía lo que había deseado hacer y sabía que esa versión de mí no merecía miradas llenas de cariño y aprecio. Me aclaré la garganta y me levanté, aún sin mirarla, espolsándome el polvo y suciedad de la ropa y me dirigí al animal muerto, que seguía en el suelo.

—Haize —me llamó Lennia.

Pero yo era un cobarde, así que seguí andando y me agaché al lado del cuerpo del animal, calculando su tamaño para crear una zanja y enterrarlo.

—Haize —repitió ella, más cerca esta vez.

Su tono no era duro, pero no podía leerlo en ese momento cuando mi cabeza estaba llena con demasiadas cosas que analizar: Lennia, la noche anterior, lo que me había dicho Valrag, mis propios sentimientos.

Los insultos a Lennia. Las muertes de los tres furtivos.

Cerré los ojos, intentando recolectar el valor necesario para afrontar su mirada.

—Haize, mírame. —Esta vez su voz no me hizo dudar. Fue una petición y una orden a la vez. Y yo no le negaría nada que pidiera. Jamás .

Dejé salir todo el aire que había en mí en un largo suspiro, recogiendo el valor que se me había escapado.

Me giré y la miré directamente a los ojos, sin levantarme de la posición en la que estaba, observándola de rodillas, tal y como ella merecía ser observada.

Se arrodilló a mi lado y todo el movimiento me pareció erróneo.

Ella no había nacido para estar en el suelo al lado de nadie, ni siquiera del mío.

Había nacido para ser adorada, para que la veneraran como la diosa que parecía.

No había ni una pizca de juicio en sus ojos cuando habló.

—Gracias.

Fue lo único que dijo. Seguía mirándome a los ojos con una calma y una sinceridad abrumadoras.

Su mirada anclándome a ese momento. Alargó un brazo y posó su mano en mi mejilla, acariciando suavemente mi piel, desde la comisura de mis labios hasta el pómulo.

Instintivamente mi mano se posó encima de la suya.

—Sé porque lo has hecho, pero no tienes que cargar con todo el peso tú solo Haize, no si es conmigo —dijo la última parte con un hilo de voz y poco a poco fue acercándose a mí—. Esta era una lucha que había elegido yo, y estaba preparada para las consecuencias.

Nos quedamos en silencio. Ella se lamió los labios.

Mi mirada que hasta ese momento había estado fija en sus ojos, cayó hacia su boca, que estaba entreabierta.

Ella se acercó lentamente, como tanteando la situación, como pidiendo permiso.

Las diosas sabían que el mío lo tenía desde hacía tiempo.

Tragué saliva, mi boca de repente seca y pasé mi lengua por los labios, imitando su movimiento, esperando a ver qué hacía, hasta dónde se atrevía a llegar.

Alargué la mano que tenía libre y la coloqué en su cuello. Solo la posé allí, sin aplicar fuerza ni presión, animándola a seguir, animándola a hacer lo que quisiera.

Lennia avanzó hasta quedarse a unos centímetros de mí, rozando mi nariz con la suya. Expiré lentamente. Estaba intentando mantener cada uno de mis músculos relajados, pero era misión imposible .

Levanté mi vista y miré a Lennia a los ojos. Pude ver la decisión en ellos, pero también el miedo y eso no me gustó.

Quería eso. Quería que Lennia rompiera sus barreras conmigo, quería que se acercara, necesitaba que me besara, pero no podía permitir que lo hiciera si no estaba segura.

No estaba seguro de poder soportar que se arrepintiera.

Quería decirle que no hiciera nada de lo que no estuviera completamente segura, pero me había quedado sin palabras.

Tragué saliva y abrí la boca, intentando organizar mis pensamientos para darles voz, aunque su presencia, tan cerca, hizo que ninguna palabra acudiera a mí.

Vi cómo sus ojos se llenaban de decisión y me devolvía la mirada cuando un movimiento a nuestra derecha rompió la burbuja en la que estábamos.

Ambos nos levantamos de golpe, poniéndonos a la defensiva.

No había pensando que los tres hombres que acababa de matar podrían haber tenido compañía.

Tampoco me había importado en ese momento, pero mierda, era un error de novato.

Me adelanté ligeramente de manera instintiva, colocándome delante de Lennia.

—No siento poder —me advirtió Lennia.

Eso podía ser bueno o malo. Los que acabábamos de matar no eran no-muertos, pero eso no aseguraba que no estuvieran con otros que sí lo fueran.

La tensión siguió arremolinándose entre nosotros, haciendo que los segundos que estaban pasando parecieran horas y, de repente, un movimiento entre los arbustos de nuevo.

Llamé al aire, preparado para atacar en cuanto viera quién estaba allí.

Lennia avanzó, colocándose a mi lado, impidiendo que la protegiera con mi cuerpo. Admiraba su valentía y jamás iba a negarle nada que quisiera, aunque fuera estar en primera línea del peligro.

El movimiento se hizo más continuado y ambos nos tensamos, a meros segundos de atacar. De repente los arbustos se partieron y nos encontramos delante de… Una inofensiva cría de llama.