Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo treinta y uno #2
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Capítulo treinta y uno #2

Me atraganté con las uvas que estaba comiendo y Lennia rió. No me incomodaba hablar de la noche anterior, si ella me hubiera dado luz verde, podría no haber hablado de otra cosa, pero me sorprendió que fuera ella quien sacara el tema. Cuando recuperé el total control de mi respiración, reí.

—No, nunca dejaré que pases frío, estoy para servirte.

Lennia me tiró una uva y rió más fuerte. Me gustaba que riera. Me gustaba que yo fuera la razón por la que riera. Podía escucharla reír durante el resto de mi vida y jamás me cansaría. Sabía que estaba sonriendo como un bobo mientras la escuchaba, pero no me importaba.

—Gracias —dijo ella de repente. La voz suave y calmada, como si estuviera midiendo qué reacción iba a tener en mí su agradecimiento.

Se colocó un mechón que se le había escapado de la trenza detrás de la oreja—.

Y no me preguntes por qué. Elige la razón que más te convenga.

—Me sacó la lengua antes de levantarse y dirigirse a Gia.

En cuanto se acercó a Gia y colocó su mano en la cabeza de la yegua para acariciarla, Seri dejó de pastar donde estaba y corrió a su lado, dándole toquecitos con el morro, reclamando su atención también.

Lennia se había ganado a Seri más rápido de lo normal.

Seri era un caballo de batalla, criado y seleccionado para ser fiel solo a su responsable, pero con ella había hecho una excepción y jamás había entendido mejor a ese caballo.

Lennia era magnética y no podía negarse.

—Es un traidor. Te lo has ganado rapidísimo. Seri debería quererme solo a mí, pero aquí estamos. La verdad es que todos queremos orbitar alrededor de ti, Lennia, estar cerca para ver si somos lo suficiente suertudos para que nos prestes atención.

Lennia se giró de golpe, pretendiendo que peinaba a Gia, pero llegué a ver como el color llenaba sus mejillas.

Sonreí ante ello, ante la prueba de que yo la estaba afectando como ella me había afectado a mí.

Sabía que estábamos en escalas diferentes, pero iba a celebrar cualquier paso que ella diera en mi dirección.

Iba a preguntarle si estaba lista para marcharse cuando vi que se dirigía al bosque sin decir ni una palabra.

Pasados unos minutos me llamó, así que fui en dirección a su voz.

—¿Qué pasa? ¿Necesitas algo?

—¡Shhh! —Pausé y me acerqué más sigilosamente. Me puse en tensión, imaginando lo peor, pero cuando llegué a su lado no vi nada.

—¿Qué demonios es esa oveja deforme que hay ahí entre los arbustos? —preguntó ella señalando a un animal que había escondido.

El animal era alto, con un cuello largo y delgado, orejas puntiagudas y una lana completamente blanca, y, sinceramente, no se parecía nada a una oveja. Reí por lo bajo, no queriendo hacer ruido.

—Es una llama, no una oveja, son típicas de esta zona de El Norte. La lana que tienen es muy valiosa pero son bastante agresivas, así que la gente no suele tenerlas en granjas y viven salvajes por aquí.

—Sé lo que es una llama —dijo a la defensiva—, solo… no había visto nunca una en directo. Los dibujos no les hacen justicia. Parecen simpáticas en los libros.

Volví a reír, esta vez no pude contenerme y mi risa se extendió, llenando el bosque. La llama que había estado tumbada entre arbustos giró su cabeza y nos miró .

—Mejor que nos vayamos, las llamas viven en rebaños y no querrás enfrentarte a ellas, créeme —le dije a Lennia cogiéndola del brazo, pero ella no hizo amago de moverse, seguía mirando absorta al animal.

Entonces me fijé yo también. El animal intentaba levantarse pero no podía.

Después de dos o tres intentos lo consiguió, tambaleándose, y vimos que estaba herida.

Todo el lateral que había quedado oculto a nosotros estaba lleno de sangre fresca.

Lennia fue a acercarse a ella pero la frené, un animal de esas características herido era impredecible y una llama adulta podía llegar a pesar más de 200 kilogramos.

—Se ha ido por aquí, no puede estar muy lejos. —Escuchamos la voz antes de que ninguno de nosotros hablara, y de repente tres hombres aparecieron delante de nosotros.

Antes de que Lennia o yo pudiéramos articular palabra, uno de ellos sacó un arco y disparó al animal directamente en la cabeza.

—¡No! —gritó Lennia, que se escapó de mi agarre y corrió a arrodillarse junto al animal—. ¡No, no, no! —repitió, observando la flecha, pero aquel animal había muerto en el mismo instante en que la flecha entró en contacto.

Lennia giró la cara para mirarles, aún arrodillada en el suelo al lado del animal, los ojos le empezaron a brillar dorado intenso y su poder empezó a subir a la superficie. Hacía días que no lo sentía ni veía sus ojos brillar.

—¿Por qué? —preguntó con la voz rota.

El hombre que había hecho el disparo rió y guardó el arco.

—Porque sí. Sal de ahí, niña, ese animal es nuestro.

El hombre se dirigió a ella pero en cuanto dio dos pasos lancé una ráfaga de aire que lo tiró hacia atrás. Salí de donde estaba y me acerqué a Lennia despacio, ignorándolos. No sin antes dedicarles una mirada que prometía sangre si se acercaban a ella.

—Vamos, Lenn —dije suavemente cuando llegué a su lado—, ya está muerta, no hay nada que podamos hacer. La podemos enterrar si quieres .

Lennia acariciaba el cuello del animal, intentando contener las lágrimas. Los hombres se rieron, acercándose a nosotros.

—Mirad los imbéciles estos que se van a preocupar por enterrar a un animalucho, uno que nos pertenece, además —dijo uno de ellos que tenía una larga barba negra—. Venga, marchaos ya antes de que os metáis en problemas.

Los hombres se pararon a unos pasos de nosotros y antes de que pudiera abrir la boca Lennia se levantó con la fuerza de un huracán y se abalanzó hacia ellos. No me dio tiempo a pararla cuando encajó el primer puñetazo, que cayó en la cara del hombre que había disparado la flecha.

La fuerza y la forma del puñetazo habían sido perfectas. Y ahí estaba yo, de rodillas, observándola lanzar golpes con una precisión impecable.

El entrenamiento le había servido. Nunca habíamos dejado de entrenar, aprovechando cada rato que teníamos libre.

Atacaba y defendía con soltura y eso me llenaba de orgullo.

Esa es mi chica, pensé. Creé un escudo de aire, cubriéndola, haciendo que cualquier golpe o ataque que lanzaran en su dirección rebotara en la barrera sin rasguñarla.

Me levanté y corrí hacia su lado, cogiendo del brazo a uno de los atacantes, el que se había reído de ella.

Me intentó lanzar un ráfaga de fuego que desvié sin ni siquiera esforzarme y me reí.

Le retorcí el brazo hasta que le obligué a arrodillarse.

Con su mano libre no dejaba de lanzar fuego que iba perdiendo intensidad conforme más atacaba.

Disipé el aire de su alrededor. Sin aire no había combustión, aunque ya de por sí sus ataques eran ridículos.

—Ya no te ríes tanto, ¿verdad? —le dije, retorciendo el brazo un poco más.

—Os vamos a matar, hijos de puta. Estáis muertos. Tú vas a ser el primero en morir y de ella nos desharemos cuando nos hayamos cansado de usarla. Quizá incluso te dejemos mirar cómo disfrutamos juntos antes de matarte.

Tardé unos segundos en registrar sus palabras, pero fue suficiente para que se me cegara la visión y mi esencia explotara. Retorcí el brazo con más fuerza de la necesaria hasta que oí un crack limpio. El hombre empezó a gritar, retorciéndose cuando solté su agarre. Me agaché a mirarle a los ojos.

—Esto no iba a acabar con vuestras muertes, pero has tenido que abrir la boca y nombrarla. Nadie que la insulte va a vivir para ver el siguiente sol.

Cuando acabé de hablar desenvainé la pequeña daga que siempre llevaba en mi cintura. Un simple movimiento lateral. Eso fue todo lo que me costó acabar con su vida. Se desangró en segundos.

La esencia aún vibraba en mi interior. No había sido suficiente. Su muerte había sido demasiado rápida. Me moría de ganas de romperle cada uno de los huesos del cuerpo por lo que había dicho, por lo que había insinuado que le iban a hacer a Lennia, pero había tenido que contenerme.

Ese lado de mí ya no existía. Ya no era ese Haize. Lennia no podía verlo.

Escuché otro grito y volví mi atención a la pelea que estaba lidiando Lennia contra los otros dos hombres.

Uno de ellos estaba en el suelo, quejándose.

Lennia seguía golpeando al otro, sin pausa, aunque tenía una zona rojiza en su mejilla.

Podría observarla pelear durante todo el día, pero no iba a dejar que nadie volviera a tocarla.

Me acerqué al individuo que estaba luchando directamente contra ella, lanzándole rocas y le cogí de la cabeza. Ordené al aire de alrededor que abandonara sus pulmones y antes de que se diera cuenta le partí el cuello con un simple movimiento de mis manos.

Sabía que Lennia habría podido ocuparse de él pero no quería que ella cargara con el peso de sus muertes. No iba a dejarle acarrear ni el más mínimo sentimiento de culpa.

Yo iba a ser su arma y su verdugo.

Dejé caer al hombre, el peso muerto golpeando con fuerza el suelo y giré sobre mis talones. En dos zancadas estaba al lado del único que seguía vivo. Me miró con terror en los ojos, suplicándome que le dejara vivir. Dudé un microsegundo antes de levantar la daga y agacharme.

—Probablemente te dejaría vivir en situaciones normales. Pero te he escuchado. He escuchado como la insultabas y te reías de los insultos de los demás. Y es algo que no voy a dejar pasar.