Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo treinta y uno
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Capítulo treinta y uno

HAIZE

M e había despertado hacía ya un par de horas, pero me quedé en la tienda observando a Lennia dormir durante más rato del que jamás iba a admitir. Nunca la había visto tan relajada. Parecía más joven, más contenta, mucho más tranquila.

Ella no se había dado cuenta, pero siempre tenía esa mirada y esa posición resguardadas con las que se protegía, y, en ese momento, no había ni rastro de ellas.

Hacía días que no la veía ponerse la máscara y eso me calentaba el corazón.

Verla relajada y feliz pese a todo lo que estaba pasando —y ya había pasado—, me hacía feliz.

La piel le había vuelto a ganar color debido al tiempo que habíamos pasado en el exterior y el bronceado que había adquirido le hacía parecer más viva, más sana.

Quería pensar que era El Norte, que mi hogar le sentaba bien, pero siempre había sido realista y no iba a empezar en ese momento a vivir en la ilusión de que Lennia se mudaría a El Norte y sería feliz allí.

Me obligué a cortar los pensamientos allí, no quería vocear el siguiente, el conmigo que quería implícito en esa frase.

Suspiré. Era imposible negar que algo entre nosotros había cambiado, pero no podía permitirme soñar. Nunca acababa bien.

Había soñado con envejecer al lado de mis padres.

Había soñado jubilarme habiendo convertido a mi ejército en la mayor fuerza militar de Saggar, había soñado con la felicidad de Laztan y las grandes cosas a las que estaba destinado.

Y ya no tenía nada de eso ni lo tendría jamás.

No iba a permitirme vivir en otra ilusión que no se iba a cumplir.

Más decepcionado de lo que quería mostrar, metí las manos en el cubo y me pasé el agua helada por la cara. Tenía que parar aquello en aquel instante, sobre todo antes de que Lennia despertara y aún fuera más difícil desviar mis pensamientos hacia un terreno seguro.

—Conozco esa mirada, H, ¿necesitas hablar? —preguntó Valrag, dándome una palmada en la espalda. Se lavó la cara a mi lado.

Una de las razones por las que Valrag y yo habíamos encajado tan bien fue porque era la persona más despierta y atenta que había conocido en la vida.

No se le escapaba nada, nunca. Sus poderes ofensivos eran mínimos, podía leer mentes, sí, podía hablar mente a mente, pero no tenía afinidad con nada que pudiera crear un ataque, así que tuvo que aprender a lidiar sus guerras de otra manera.

—Sólo si quieres escucharme llorar —suspiré.

—Como en los viejos tiempos.

Valrag y yo habíamos sido inseparables una vez nos entendimos. Hasta que me marché de Bore y también lo abandoné.

Cuando decidí exiliarme, me despedí de muchísima gente, pero evité las despedidas más duras. Una de ellas fue la suya. Le escribí una carta y pedí que se la entregaran cuando me hubiera ido. Sabía que estaba siendo un cobarde, pero no hubiera podido hacerlo de otra manera.

No supe nada de él hasta que apareció en Ipar con su grupo de mercenarios. Cuando me reconoció vino, me abrazó y lo único que dijo fue “me alegro de que sigas vivo”. Nunca me guardó rencor.

Jamás me contó porqué pasó de trabajar en el ejército a ser mercenario y yo nunca insistí, hay historias que no quieren ser contadas, no a todo el mundo, por lo menos.

Mi historia había sido una de ellas. Nadie había sabido cómo había muerto mi madre.

Nadie. Hasta Lennia. Y ella ni siquiera me había pedido que le explicara la historia.

Se había arrodillado conmigo y me había apoyado en silencio.

Y la presa se había abierto. No pude ocultarle nada.

Había algo en ella que me atraía. No era su físico, aunque por las Diosas, la primera vez que la vi casi caí de rodillas, pero no fue su físico lo que me había hecho abrirme a ella. Era ella . Su fuerza, su bondad, su energía.

Se seguía preocupando por todo el mundo pese a que el mundo le había dado la espalda, seguía viendo la bondad, seguía siendo feliz con las pequeñas cosas que le ofrecía la vida, pero a la vez era luchadora e inconformista.

—Así que Lennia —dijo Valrag, sacándome de mis pensamientos. No fue ninguna pregunta. Miré a mi alrededor y vi que nos habíamos alejado lo suficiente de la zona de dormir.

—¿Tanto se nota? —contesté, suspirando—. Es una pregunta estúpida, lo sé —añadí antes de que pudiera abrir la boca—. Roa se ríe de mí siempre que puede. Por las diosas, hasta Cádin se ha dado cuenta. —Puse los brazos en jarra y miré hacia el cielo.

Nunca había coincidido con Cádin o Roa, pero le había hablado de ellos varias veces. Se sentó y palmeó el asiento que había a su derecha, invitándome a sentarme con él.

—Venga, H, suéltalo antes de que te carcoma. —Miró a la tienda donde Lennia seguía durmiendo—. O antes de que despierte.

—No lo sé, Val. La conozco desde hace poco y la mayor parte de este tiempo se lo ha pasado enfadada conmigo, pero no puedo alejarme de ella.

No es físico. Su ser llama a mi ser. Como una polilla a la luz.

Y me voy a quemar. Joder, ya me estoy quemando, pero no hay fuerza natural que pueda apartarme de ella.

—Lo que no entiendo es por qué estás dudando. A ella le gustas también. —Giré tan rápido la cabeza que sentí un ligero mareo, Valrag rió—. Vamos, hombre, no me digas que no te has dado cuenta .

—Sí. No. No lo sé. Con ella es una de cal y una de arena.

Bailo a su alrededor y ella me va esquivando si me acerco demasiado.

Y no quiero que se aleje. Por eso estoy siendo tan cuidadoso.

Le han hecho daño, la han traicionado. —Me pasé las manos por la cara—.

No quiero presionarla o ir demasiado deprisa y que huya de mí —confesé.

—Amigo mío, no te has dado cuenta aún, pero ella te mira como tú la miras cuando crees que nadie te ve.

No dudes de tí, Haize. Jamás dudes de tí.

¿Quieres ir despacio? Estupendo. ¿Quieres respetar cualquier ritmo que ella marque?

Si hicieras cualquier otra cosa te castraría yo mismo, pero jamás dudes de tí. Pero no es solo eso, ¿verdad?

—Te diría que dejaras de leerme la mente, pero sé que no lo estás haciendo, aunque de miedo lo dentro que estás de mi cabeza. —Valrag rió y yo me mordí el labio inferior, dudando sobre cómo dar voz a las palabras que me quemaban en la garganta—. Tengo miedo, Val.

—¿De qué? —me puso una mano en el hombro—. No es la primera persona de la que te enamoras, H.

—Lo sé —dije, admitiendo lo que llevaban semanas diciendo Roa y Cádin, lo que llevaba semanas sabiendo aunque no quisiera reconocerlo—.

Pero es la primera vez que siento que se me encoge el corazón si se aleja de mí.

Que no puedo respirar cuando no la veo. Por la Diosas, Valrag, estuve dispuesto a parar flechas con mi cara para que no la hirieran y no dudé ni un segundo que eso era lo que debía hacer.

Sé que se va a ir cuando todo esto acabe, y yo no la voy a detener aunque no quiera que se aleje de mi lado.

Estoy fingiendo que vivo en una realidad donde eso no va a suceder porque me va a destrozar verla marchar, pero cada segundo que paso con ella merece la pena.

Y me estoy volviendo avaricioso. Quiero todos los segundos que tiene para regalar, pero me conformo con las migajas de su tiempo.

Diosas, me conformaría con ir detrás de ella aunque no se fijara jamás en mí.

Valrag miró para la tienda dónde habíamos dormido, que empezaba a abrirse y se levantó, palmeándome el hombro otra vez.

—Si quieres mi consejo, y lo quieres, salta ese acantilado.

Hay agua debajo, créeme. Si dices que tienes poco tiempo con ella, aprovéchalo.

Los finales siempre nos encuentran. A veces más pronto, a veces más tarde, pero siempre están ahí y nunca nos pillan preparados.

No dejes que eso te impida hacer algo que puede devolverte la vida que perdiste.

Se agachó y me besó la coronilla, haciéndome sonreír. Valrag demostraba su amor con contacto físico y palabras de respaldo. Después de ello se marchó a organizar el campamento.

—Si todo va bien y no nos seguimos encontrando las mejores plantas de El Norte —puse los ojos en blanco de manera cómica—, estaremos en Ipar esta misma noche. No me gustaría retrasarnos más o los demás empezarán a preocuparse por nosotros —le dije a Lennia que cabalgaba unos metros delante de mí.

Habíamos desayunado en el campamento de Valrag y habíamos salido poco después. Lennia no había hecho ninguna referencia a la pasada noche y yo tampoco había querido presionar sobre el tema y mucho menos en ese momento en el que las palabras de Valrag seguían resonando en mi cabeza.

Bajamos por el lateral de El Norte, recorriendo los últimos trozos de terrenos que nos quedaban por comprobar aunque casi nadie vivía por allí.

Llevábamos ya varias horas cabalgando cuando hicimos la primera parada.

Comimos en un silencio cómodo, Lennia tenía más contacto visual conmigo y me sonreía más, pero no hablamos demasiado.

Cada vez que me encontraba observándola quería acercarme a ella y volver a sentir su cuerpo pegado al mío, su piel bajo mis manos y mis labios.

Quería sentirla relajarse contra mí. Más de una vez tuve que desviar los pensamientos que empezaban a formarse en mi cabeza.

Quería estar seguro que era algo que ella quería con la misma intensidad que yo.

Necesitaba que ella lo deseara, no quería dar un paso en falso.

Me cortaría las manos antes de incomodarla de cualquier manera.

—¿Cuánto crees que falta para que lleguemos a Ipar? —preguntó Lennia cortando mis pensamientos. Tragué una uva de los racimos que nos había dado Valrag.

—Varias horas. Si todo va bien llegaremos antes de que se ponga el sol. Depende del ritmo que aguanten Seri y Gia, del terreno o de si nos encontramos algo que nos haga retrasarnos. Tendremos que pasar la noche al raso si algo nos detiene.

—Por lo menos sé que te asegurarás de que no pase frío.