Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo treinta #3
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Capítulo treinta #3

—Valrag trabajaba en la guardia real de Alisio, mano a mano con los reyes, pero trabajó en Boreas unos años, como refuerzo.

Acabó bajo mi mando. Al principio me fue muy difícil trabajar con él.

Siempre ha tenido este carácter explosivo.

No se calla, contradice todo lo que no cree que es correcto y no hay manera de convencerle de algo si no quiere hacerlo.

Por suerte tiene un sentido de la justicia más que correcto, porque si no, tendríamos problemas.

Poco a poco, conforme nos fuimos conociendo, conectamos.

En verdad no somos tan diferentes aunque nos expresemos de manera distinta.

Casi siempre buscábamos lo mismo, así que fue fácil llevarnos bien una vez comprendimos cómo era el otro.

No compartimos muchos años juntos, pero Valrag es una de esas personas que se queda contigo.

Puedes imaginarlo por la cantidad de gente que le sigue.

Desertó unos años después de que yo me fuera de Boreas, jamás me dijo el porqué.

Desde entonces nos hemos encontrado alguna que otra vez, cuando él baja a Ipar o yo vengo a comprobar que siguen vivos.

—Sonrió—. No dejan de ser mercenarios, pero no está de más que alguien se preocupe por ellos.

Después de su respuesta nos quedamos en silencio.

Yo tumbada de lado y él aún mirando el techo.

El aire había comenzado a ganar fuerza en el exterior y mecía la tienda y aunque estaba protegida por varias capas de pieles, no podía evitar tiritar cada vez que una ligera corriente se colaba en la tienda.

Haize se giró, quedándose de lateral, mirándome.

—¿Aún tienes frío? —preguntó en voz baja.

—No —contesté, apretujándome más en las mantas.

—Mentirosa. Giraté —pidió suavemente cuando volví a tiritar después de otra corriente de aire.

Alcé las cejas pero obedecí, quedando de espaldas a él. A los segundos Haize levantó las pieles con las que ambos estábamos tapados. Estuve a punto de protestar cuando noté que volvía a colocarlas encima de mí, con más capas. Giré la cabeza para mirarle.

—Te voy a abrazar, ¿vale? No quiero que pases frío —susurró cuando nuestros ojos conectaron.

Lentamente se acercó hacia mí, hasta que su pecho entró en contacto con mi espalda.

El calor que se coló en mi hizo que me estremeciera y me acercara ligeramente hacia él.

Haize tomó mi movimiento como una invitación, la confirmación de que no me incomodaba esa cercanía y colocó una de sus piernas entre las mía.

Una vez entrelazados y compartiendo calor corporal, arropó las mantas a nuestro alrededor, creando un capullo calentito y cómodo, aislándonos de todo lo demás.

Suspiré de gusto por el calor que caldeaba mis huesos, la comodidad de las mantas apretadas a mi alrededor y su presencia reconfortante a mi espalda.

Cuando consideró que todo estaba correcto, el brazo que no estaba utilizando de almohada, fue a parar a mi cintura, acercándome aún más a él.

—¿No quieres que pase frío? —pregunté con un deje de diversión cuando volví a encontrar mi voz.

—Mhm —dijo Haize, acariciando mi nuca con su nariz en movimientos suaves—. No me perdonaría que pasaras frío si yo puedo hacer algo para evitarlo. Ya te dije una vez que haría todo lo que estuviera en mi mano para que no volvieras a salir herida.

El escalofrío que recorrió mi cuerpo en aquel momento tenía poco que ver con el aire o el frío de la tienda, que ya estaba totalmente olvidado, y todo con el hombre que tenía detrás de mí.

Tragué saliva y moví mis manos debajo de la manta, colocándolas encima de la suya, y apreté suavemente, dejando que su mano quedara aún más presionada contra mí.

—Dudo mucho que este frío sea considerado un peligro para mi integridad.

Noté como Haize tragaba saliva, su nuez moviéndose en su garganta. Movió ligeramente la cara y pausó durante unos segundos, su respiración acariciándome la nuca.

—No quiero correr el riesgo —dijo, dejando que su aliento danzara por mi cabello y mi nuca.

Y entonces sentí sus labios en mí, tentativamente.

Arqueé ligeramente la cabeza, dándole más espacio.

Me apretó más contra él, sin dejar espacio ni para que el aire pasara entre nosotros y siguió depositando suaves besos en mi nuca, en mi cuello.

Cada beso hacía que se me erizara la piel y él en respuesta besaba otra parte, no queriendo dejar ni una sin adorar.

Mi boca estaba totalmente seca y mi cuerpo totalmente paralizado.

Haize seguía acariciando mi piel con su nariz y sus labios, el contacto era mínimo, un simple roce distante, como la caída de una hoja al agua de un río, suave, delicada, libre, pero los sentimientos que cada contacto producían eran todo lo contrario.

Y entonces comenzó a dibujar con sus dedos en mi estómago, caricias suaves como el beso de una pluma y, aunque iba totalmente vestida y llevaba varias capas, cada roce de sus dedos hacían que mi cuerpo ardiera.

No hablé, no fui capaz de articular palabra por mucho que lo intentara. Mi mente avanzaba a mil por hora con distintas preguntas, pero mi boca era incapaz de articularlas.

Nos quedamos así durante un buen rato, abrazados en la oscuridad, Haize no cesó en ningún momento su contacto conmigo, los besos siguieron marcando mi piel, y su toque siguió sin pausa, acariciándome allá donde su mano estaba posada.

—Gracias, Lenn —dijo, entre beso y beso.

—¿Por qué? —Mi voz sonó grave, distante, pero era lo único que pude responder en aquel momento.

—Por aparecer y quedarte conmigo, aunque sea una ilusión momentánea.

Poco a poco los movimientos de su mano fueron volviéndose más pausados, espaciados entre sí y dejó de depositar besos en mi nuca, enterrando su cabeza en mi espalda en su lugar.

No había ningún punto de contacto que no estuviera siendo aprovechado y yo no podía estar más agusto allí, en aquella tienda, en sus brazos.

El calor ya había calado completamente en mí y su respiración acompasada era como una nana que me guiaba hacia el sueño, que, poco a poco, iba aferrándose a mí.

—Buenas noches, Lenn. Por favor, no le hagas caso a Valrag, no me hagas sufrir —pidió Haize cuando creyó que yo estaba dormida.

Quise responderle que no, que no iba a hacerlo, pero el cansancio ya se había apoderado de mí lo suficiente como para no tener fuerza ni para articular esas pocas palabras. El último recuerdo antes de dormirme fue Haize, besándome el hombro antes de volverse a acurrucar a mi espalda.