Capítulo treinta y tres
LENNIA
E l corazón volvió a hacer la misma estupidez que llevaba haciendo todo el día cuando nuestras miradas se encontraban.
Aumentó su ritmo de manera irregular hasta que lo único que podía oír a mi alrededor era el eco frenético de mis latidos.
Nunca me había pasado algo así. No en mi adolescencia, cuando empecé a tontear con el sexo, no en mi juventud cuando había sido sexualmente activa y definitivamente no en ningúna de mis relaciones pasadas.
No entendía por qué en esos momentos decidía comportarse así.
Era una adulta con experiencia. No había nada que no hubiera hecho y disfrutado, nadie me estaba obligando a hacer nada que no quisiera y Haize se había portado perfectamente conmigo pero aún así: tutún-tutún-tutún.
Estaba segura de que Haize podía escuchar mi sangre bombear a todas las partes de mi cuerpo con más fuerza de la necesaria.
Me había quedado congelada mirando a Haize, a dos pasos de distancia de mí.
Llevaba un rato mirándole cuando sonrió dulcemente y estiró una de sus manos hacia mí.
No dudé en posar mi mano sobre la suya y entrelazar los dedos.
El movimiento, que ya había repetido en los últimos días, me resultaba tan natural como respirar, un irónico contraste con todo lo que mi cuerpo estaba sintiendo en aquel momento.
La sonrisa de Haize pasó a ser sonora cuando rió suavemente y tiró de mi mano para acercarme a él y ponernos en movimiento.
— ¿Se te ha comido la lengua el gato, Lenn ?
Aclaré mi garganta y negué con la cabeza sin encontrar todavía mis palabras. Ambos empezamos a caminar. Nuestras manos seguían unidas, su pulgar recorriendo el dorso de la mía con toques suaves y tranquilizadores.
—Te dije ayer y te lo repetiré las veces que haga falta; jamás tienes que forzarte a hacer nada que no quieras.
Jamás. Con nadie. Pero especialmente no conmigo.
Nunca conmigo, ¿entendido? Quiero que seas tú y pienses en lo que quieres tú y nadie más.
Yo no importo, lo que yo quiera no importa. Solo tú, Lenn.
—Lo sé —logré responder—. Es solo que… —Siempre había buenos momentos para ser sincera y ese era uno de ellos, sabía que él me iba a comprender, que no me iba a juzgar, que no me iba a presionar para hablar del tema— Estoy nerviosa, como te habrás dado cuenta.
Soltó una risita suave y aún sin mirarme a la cara se llevó el dorso de mis manos a sus labios, depositando suaves besos.
—¿Confías en mí? —preguntó con la voz baja y melodiosa.
—Por supuesto. ¿Por qué? —Confiaba en él. Hacía mucho que confiaba en él plenamente.
Haize no dijo nada, solo aceleró un poco el paso, tirando de mí.
Ya había visto este lado de Haize con anterioridad.
Descuidado, libre, feliz, pero en aquel momento después de los eventos y de la implicación que pesaba a nuestro alrededor, lo sentía diferente.
Los hombros más relajados, la sonrisa más real, los ojos más brillantes.
Su energía era contagiosa y me encontré sonriendo detrás de él, siguiéndole sin preguntar nada, sin dudar.
Aunque la noche ya había caído, la luna y las farolas iluminaban bien el camino que teníamos delante. La noche era fría, no tanto como las anteriores pero lo suficiente para que vaho se formara cada vez que reíamos.
—¿Nos estamos fugando? —pregunté cuando vi que nos acercábamos a la última calle antes de que nos recibiera un campo abierto.
—¿Lo harías? ¿Te fugarías conmigo? —dijo Haize con una sonrisa en su voz.
Nos paramos delante de una de las últimas casas.
La construcción era sencilla, madera y piedra, como muchas de las casas que había por allí y estaba pintado en un tono verde pastel que hacía que destacara de los demás habitáculos.
Haize soltó mi mano para meterla en su bolsillo y sacó una llave con la que abrió la puerta.
El gesto de utilizar una llave me pareció arcaico. En Saggar las llaves eran un objeto del pasado, nadie las utilizaba ya, pero allí en Ipar, en la pequeña casita verde, parecía no destacar. Haize se giró y se colocó el dedo en los labios, indicándome que estuviera en silencio.
—No me habrás traído aquí a robar, ¿no? —susurré a su espalda.
Él rió silenciosamente y encendió la luz, activando la esencia que daba poder a las lámparas de aquella casa.
La estancia se iluminó con una luz cálida y constante.
Dejó su chaqueta en el sofá y yo hice lo mismo.
Parpadeé para que mis ojos se acostumbraran a la luz y exploré el interior.
La casa no tenía nada especial, cocina abierta, un sofá, dos sillas y una mesa antiguas ocupaban toda la estancia.
A parte de ello, había dos puertas más que estaban cerradas.
Di una vuelta sobre mis pies sin entender qué hacíamos allí y acabé la vuelta parando en frente de Haize.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté, confundida.
Haize volvió a cogerme la mano y se dirigió a una de las puertas cerradas.
—Ábrela suavemente, no hagas ruido cuando entres —dijo sin darme más detalles.
La curiosidad ya se había apoderado de mí así que no pregunté e hice lo que había pedido.
Abrí la puerta poco a poco, intentando no hacer ruido.
Entré en la habitación una vez la apertura fue lo suficiente ancha como para pasar a través de ella y miré a mi alrededor, aprovechando que la estancia ya estaba iluminada.
Y entonces los vi. En la cama había dos gatas con cuatro gatitos cada una.
Las gatas adultas, una con el pelo semilargo y la otra con el pelo corto, estaban tumbadas en la cama.
Los bebés variaban en sus tonos. Los había atigrados, negros, negros y blancos y una tricolor.
Los suaves maullidos y ruidos que hacían al mamar junto a los ronroneos de las madres me dejaron parada en el arco de la puerta.
Gatos. Gatitos. Había visto cientos de gatos por todo Bore.
Solían vivir sueltos por las ciudades y pueblos, controlando a las alimañas.
En la granja de Rhita siempre había varios gatos haciendo su trabajo, incluso había gente que los tenía en casa como mascotas, pero jamás había dejado de emocionarme ver a gatitos tan pequeños como aquellos.
—Puedes acercarte, Min y Ches son muy sociables, puedes tocar a los gatitos sin problema —explicó Haize desde detrás.
—¿De quién son?
—De la madre de Niria. Estos días se está quedando con Niria, la está ayudando a preparar una habitación para el bebé.
En la cena Niria ha explicado que las gatas le habían parido en casa y les he pedido a todos que no te dijeran nada.
Quería traerte aquí de sorpresa. Después de ver como reaccionaste al ver a Haizea —suspiró al decir el nombre—, supuse que los bebés eran lo tuyo.
Me acerqué a la cama poco a poco y me arrodillé al borde de ella.
Las dos gatas adultas siguieron tumbadas, pero cuando estuve cerca de ellas se levantaron para acercarse a mí.
Ambas se dejaron acariciar, rascándose contra mí y entre ellas y eso hizo que los bebés —que deberían de tener unos quince días— también se acercaran.
Pronto me vi rodeada de felinos y no pude ser más feliz.
Estuve un buen rato acariciando y jugando con los animales hasta que finalmente volvieron a acurrucarse y los bebés comenzaron a mamar de nuevo.
Haize había estado en la cocina, limpiando los boles de los animales y rellenándolos de comida y agua.
—El favor que me ha pedido Niria a cambio de dejarme la llave —sonrió.
Con los boles en la mano, la sonrisa en la cara y los ojos brillantes mirándome no pude evitarlo. Avancé la distancia que me separaba hasta él y coloqué mis manos en su cara, acunándola. Noté como iba a decir algo, pero antes de que pudiera formar una palabra lo bajé hacia mí.
El primer contacto fue suave, vacilante. Un leve roce de mis labios contra los de él, no sabiendo muy bien cómo actuar luego de que toda la decisión me abandonara. Le di otro beso tímido en los labios antes de empezar a apartarme, pero Haize no me dejó ir muy lejos.
Los boles cayeron al suelo haciendo un ruido estridente que no me importó, porque entonces su manos estaban en mí. Una en mi mejilla y otra en mi nuca y volvió a juntarme hacia él con la misma fuerza que había utilizado el día anterior para impedir que me apartara.
Esta vez el contacto no fue suave ni vacilante, fue una explosión de sentidos.
Haize reclamó mis labios como yo había soñado que lo haría, con fuerza, decisión y calor.
Encontró mi labio inferior y lo agarró entre sus dientes, apretando suavemente, pidiendo, demandando permiso para entrar.
Separé los labios y su lengua se dio paso entre ellos.
Haize besaba como todo lo que hacía él, con pasión.
La mano en mi nuca se tensó y me acercó más a él, sin dejar de besarme.
No sabía cuanto tiempo hacía que él quería besarme, pero proyectó todo en ese beso.
Las ganas, la espera, la finalidad. Cuando reaccioné, mis manos fueron hacia su cuerpo.
Una enredándose en su pelo y la otra recorriendo su espalda, marcándola con mis uñas.
Al contacto de mi mano en su columna Haize gruñó en mi boca, rompiendo el beso pero sin separarse más de un centímetro de mí.
—¿Estás segura? —preguntó con la respiración agitada y el corazón a mil.
—No se te ocurra parar ahora, Haize.