Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo treinta
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Capítulo treinta

LENNIA

S e suponía que Haize y yo teníamos que controlar toda la parte norte, desde Ipar hasta el mar y volver, y se suponía que teníamos que hacerlo antes de que oscureciera, pero íbamos a incumplir el tiempo y todo estaba siendo mi culpa.

Pero cómo no podía pararme cada segundo a mirar plantas, flores y hierbas que veía en directo por primera vez.

Intentaba no bajar de Gia, observar y apuntar mentalmente, pero en ocasiones me resultaba imposible y había tenido que desmontar y recoger hierbas para mi uso personal.

En mi defensa alegué que habíamos atravesado un prado de malva y espino blancos y no quería quedarme sin la oportunidad de trabajarlas.

Ambas eran muy valiosas para preparar cremas y medicinas, y comprarlas en Bore era extremadamente caro.

A Rhita le iba muy bien la crema de malva blanca para su piel sensible después de tantos años de trabajar bajo el sol.

Cada vez que paraba perdíamos tiempo muy necesario para nuestra misión, pero no podía evitarlo, no cuando esas hierbas estaban allí, llamándome.

Me dirigí a Gia una vez había recogido una cantidad aceptable de malva blanca.

Haize estaba esperando pacientemente subido en Seri, mirándome con una sonrisa.

—Juro que es la última vez que paro —dije sonriendo entre avergonzada y emocionada.

En ningún momento se había quejado o había hecho ningún comentario en contra de mis paradas, siendo él quien, muchas veces, se había desviado del camino y había sugerido que paráramos .

—Eso mismo has dicho hace tres paradas. —Rió—. Sigamos. En menos de una hora deberíamos empezar a encontrar campamentos.

Cuando salimos de su casa esa mañana, nos habíamos encontrado con Cádin y Roa que se dirigían hacia allí.

Los cuatro habíamos debatido las rutas más óptimas y cómo repartirnos el terreno.

Nord había estado allí con nosotros. Por lo que me había dicho Haize, cuando no dormía con él en casa, dormía donde ella quería.

Había varias casas que le abrían la puerta las noches frías y en las más cálidas dormía en los campos con otros perros o animales.

Como la vez anterior, no nos acompañó en la misión.

Se nos unió durante un tramo y se quedó merodeando por las granjas que había en las afueras cuando vió que nos alejábamos demasiado.

Hacía mucho rato que no nos habíamos cruzado con ningún alma. Según lo que me había contado Haize, las personas que decidían no vivir en Ipar dejaban siempre un perímetro seguro para que nadie se sintiera amenazado y si no lo hacían… Haize me había contado la anterior noche qué pasaba con ellos.

—¿Cómo son las personas que deciden aislarse? ¿Qué tengo que esperar?

—Depende. Suelen no querer crear problemas.

Hay algunos que viven en comunidades más pequeñas y otros que viven en solitario.

Intentamos no molestarnos mutuamente. A veces bajan a Ipar a por comida o ropajes o a ofrecer su ayuda a cambio de otras cosas.

Cuando alguien no quiere quedarse, no preguntamos.

Cada uno tiene sus propias razones y jamás presionamos a nadie para cambiar de opinión.

Cádin, por ejemplo. Cuando llegó decidió no vivir en Ipar, pero cada vez se acercaba un poco más a ofrecer su ayuda y al final decidió quedarse.

En cambio hay gente que hace lo contrario: empiezan viviendo en Ipar y terminan yéndose.

No me dio tiempo a contestarle porque al final del camino se empezaban a escuchar voces y la esencia que venía con el bosque estaba más cargada.

—Igualmente… —añadió más cautamente—, ten cu idado. Muchos son mercenarios, ex-soldados o condenados. No pondría la mano en el fuego por ellos, así que no te despistes.

Asentí, abriendo más mis sentidos. Unos metros más adelante encontramos el primer pequeño campamento.

Era un campamento fijo con pequeñas construcciones de madera y tela.

En total había seis cubículos y al acercarnos, una pareja salió de una de ellas.

El hombre tenía el pelo rubio corto y los ojos prácticamente negros.

La mujer era más alta que él, tenía el pelo del mismo tono que Haize y los ojos claros.

Ambos parecían estar apunto de entrar en la vejez pero se veían aún fuertes y llenos de vida.

—Buenos días, solo pasamos para comprobar que todo esté bien —dijo Haize antes de que pudieran hablar. Nos mostramos cercanos, abiertos y desarmados, intentando generar confianza.

—Todo bien por aquí —confirmó el hombre—, ¿Ha pasado algo en el pueblo?

—No, pero están pasando cosas en Saggar y queríamos asegurarnos de que no han llegado aquí.

—Por aquí todo sigue igual. Preparándonos para el frío. Pero… —añadió la mujer, titubeando, mirando al hombre—. Hace semanas que no recibimos visita de unos vecinos que viven unos kilómetros al oeste. Antes solían pasar por aquí de vez en cuando.

Haize y yo nos miramos, preocupados.

—Gracias —dijo Haize—. Si se os ocurre algo más o podemos hacer algo, estaremos encantados de ayudaros en Ipar.

Nos despedimos de ellos y nos dirigimos hacia el oeste. Cabalgamos en silencio, la tensión acompañándonos en cada zancada que daban los caballos, ninguno de los dos quisimos hablar hasta que llegamos a la zona que nos habían marcado.

Cuando llegamos, pudimos comprobar que el campamento había sido abandonado.

Hacía semanas que no encendían el fuego y las cabañas que había construidas estaban abiertas y sin mantenimiento.

Tampoco detectaba ninguna esencia ni nada extraño alrededor.

Haize y yo desmontamos y, armados, dimos una vuelta por todo el campamento.

—Nada por aquí —grité para que me oyera desde la otra punta—. Está totalmente vacío.

—Lo mismo aquí. Tampoco hay signos de lucha. Parece que se han mudado —confirmó acercándose.

Ya más tranquilos tras nuestro descubrimiento, decidimos que era un buen momento para parar a que los caballos descansaran y poder comer algo nosotros mismos.

La comida era sencilla, pan, embutidos, carne seca y fruta.

Habíamos empacado lo justo para no pasar hambre durante el día, pero no cargarnos demasiado.

—Probablemente tengamos que dormir en las montañas, nos hemos ido retrasando durante el camino —comentó Haize.

—Lo siento —me disculpé, sacándole la lengua.

—Quizá conozco un sitio para dormir, pero si no, lo más seguro es que encontremos algún campamento con alguna zona libre, no es raro que las personas que viven aisladas dejen quedarse a dormir viajeros, por un precio.

Asentí. No quería volver a dormir en el raso. El ambiente allí era cinco veces más frío que en Ipar. Una vez acabamos de comer y los caballos habían descansado, nos pusimos en marcha.

Cabalgamos durante horas de nuevo, revisando todos los campamentos, poblados o gente viviendo en solitud que encontramos. Por suerte no vimos nada raro, no había marcas de lucha ni problemas con la esencia de ninguno. Nadie había notado nada raro ni con compañeros ni en los viajes.

Llegamos al final de El Norte justo antes de que cayera el sol. En los confines del territorio, junto a los acantilados del final del mundo, había un último poblado.

—Son mercenarios. Viven aquí para evitar ser molestados —me explicó Haize.

—Haize, ¿eres tú? —preguntó un hombre alto y corpulento. Llevaba el pelo totalmente rapado y ropajes hechos de piel—. Por las Diosas, sí eres tú. —Rió.

—¿Valrag? —preguntó Haize y sonrió al comprobar que sí era—. ¡Qué viejo estás! —Rió, fundiéndose en un abrazo con el hombre.

—¿Qué te trae por aquí? ¿Por fin te has cansado de ser un ciudadano ejemplar? —preguntó Valrag. Haize rió.

—No. Estoy ayudando a Boreas, en realidad. Están pasando cosas raras en Saggar y decidí venir a comprobar que aquí todo estaba bien. Se nos ha hecho tarde por eso y necesitamos dónde dormir.

—¿Estás ayudando a Saggar? —Escupió en el suelo—. Menos mal que te quiero, H, porque solo por eso debería echarte de mi campamento. Allí no hay más que sabandijas y garrapatas.

—Sí, es una suerte que aún me quieras —añadió Haize, negando con la cabeza.

El hombre me miró, dándose cuenta en ese momento que estaba allí. Me observó de arriba abajo pero fue más bien una mirada clínica, como decidiendo quién era yo y qué hacía allí. Sonrió cuando acabó de observarme y rodeó a Haize para colocarse en frente de mí.

—¿Y tú quién eres? —preguntó, alzando una ceja.

—Lennia. —Estiré una mano hacia el hombre. La cogió con floritura y me dio un beso en los nudillos. Reí—. Estoy aquí por lo mismo que Haize.

—¿De El Norte o de Saggar?

—De ninguno de los dos. —No vivía en El Norte pero por todas las Diosas que no me consideraba ciudadana de Saggar, ni mucho menos de Boreas—. Estoy ayudando a Boreas con su misión y después de ello seré libre.

—Interesante. —Miró a Haize. De alguna manera se estaba comunicando con él porque vi como la cara de Haize cambió de golpe, la actitud relajada y calmada que había tenido hacía un segundo metamorfoseó y de repente su cara era todo músculos rígidos.

—No.

—¿No? —Me estaba empezando a cabrear que estuvieran hablando de mí sin incluirme. Solté mi mano del agarre de Valrag.

—No —repitió Haize, esta vez más serio.

—Ah. Ya veo. Antes no eras así, H. Vamos, os haré un hueco con mis hombres, justo íbamos a preparar la cena. Podéis dejar a los caballos con los demás y seguro que encontramos una tienda para que durmáis.

—¿Qué ha sido eso? —le pregunté a Haize una vez Valrag se fue.

—¿El qué?

—¿Cómo que el qué? Eso con Valrag. Estabáis hablando de mí.

Haize se sonrojó y se pasó una mano por la nuca, soltándose el moño y peinándose.

—Sí. Valrag puede hablar mente a mente y me ha preguntado sobre tí.

—Sé más específico. ¿A qué has dicho que no? Qué mínimo de que me informes cuando hablas de mí. —Crucé los brazos sobre mi pecho.

Haize suspiró y cerró los ojos.

—Me ha preguntado si estabas libre. Le has gustado y quería… —dejó la frase inacabada.

—¿Follar? —acabé la frase por él.