Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo veintinueve
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Capítulo veintinueve

LENNIA

E l camino hasta su casa fue silencioso, Haize no habló y yo no tuve nada que decir, procesando lo que había pasado

—Espero que estés cómoda aquí —dijo Haize abriendo la puerta de su casa. Estaba cargando con las bolsas que habían llevado los caballos. Habíamos dejado a Seri y Gia en un establo al norte de su casa.

Nada más entrar, un olor a madera invadió mis fosas nasales.

Ya había notado este olor en las casas en las cuales habíamos entrado con anterioridad, pero en la casa de Haize era aún más intenso.

Observé la estancia. Una planta única, cuadrada, la cocina y el comedor unidos, dos habitaciones separadas y un baño.

La chimenea había sido encendida, ya que aún quedaban brasas caldeando ese lugar.

En el salón no había mesa ni sillas, simplemente un sofá y varios muebles llenos de maderas talladas o por tallar.

Me acerqué a ellas y las observé. Había de diferentes tamaños, pero todas eran realistas.

Flores, animales, objetos… Sabía que las había tallado Haize ya que de vez en cuando le había visto hacerlo.

Me moví lentamente, analizando las tallas hasta que una me llamó la atención especialmente.

Nord. La perra que le acompañaba. La cogí con delicadeza.

No era más grande que mi palma pero el nivel de detalles era impresionante.

—Es Nord —comentó Haize desde mi espalda. No me había dado cuenta de que se había movido y de lo cerca que estaba observándome.

—Lo sé. Es igual. —Le sonreí.

Me estuvo explicando qué eran las otras tallas o porqué o para quién las había hecho. Era su forma de expresarse, su arte. Había gente que dibujaba, que escribía o hacía música, él tallaba.

—Son preciosas —dije, mirando las tallas que imitaban a una flor.

—Lo son —contestó sin apartar su vista de mi.

Haize estaba otra vez detrás de mí, apenas separado por unos centímetros de distancia, podía sentir el calor emanando de su cuerpo, el aire de nuestras respiraciones entremezclándose.

Abrí la boca para decir algo y su mirada cayó instantáneamente a mis labios quedándose ahí por unos segundos.

El corazón se me aceleró y él lo tuvo que sentir, ya que sus ojos subieron hasta los míos.

Fue a decir algo, pero antes de que pudiera articular sonido llamaron a la puerta.

Me sobresalté por el sonido brusco y miré hacia la puerta, Haize también la observó confundido y se encogió de hombros.

Una mujer estaba al otro lado. Tenía el pelo negro y los ojos claros y era igual de alta que Haize.

Tenía la cara ovalada y los pómulos bien definidos.

Las pestañas espesas y oscuras, adornaban sus ojos, resaltando la claridad de estos, y los labios tenían un tono rosado que no necesitaban de ningún color artificial para brillar. Emanaba seguridad y poder.

Haize no había estado esperando visita, él mismo me había dicho que podía quedarme a dormir en su casa pero allí estaba esa mujer, mirándole como si fuera la única persona en el mundo.

—Pia —saludó Haize.

—Niria me ha dicho que has vuelto pero nadie sabía dónde te habías metido —respondió la mujer, abrazándole y besándole el cuello.

Haize le devolvió el abrazo, pero la apartó unos segundos después, aclarándose la garganta y mirando en mi dirección. Solo entonces la mujer se dio cuenta de mi presencia.

–Oh… —Parpadeó—. Tienes visita —añadió, confundida, pa sando la vista entre mi y Haize—. Eso sí que no me lo habían dicho.

Avanzó hacia mí y noté como Haize se tensaba, pero ella solo estiró una mano.

—Pia.

—Lennia —contesté apretando su mano.

—¿Eres nueva por aquí? —Miró a Haize—. ¿No tenemos casas libres para los nuevos?

—Pia. —Haize la cogió del brazo suavemente y la apartó de mí—. Lennia ha venido de Boreas con nosotros, es mi invitada. Hemos tenido un día muy largo y nos íbamos a dormir, no sé que querías, pero, ¿podemos dejarlo para mañana?

Pia me miró y soltó una risita. Colocó las manos en sus caderas y se giró hacia Haize, dándome la espalda.

—¿Y qué clase de invitada es, que va a dormir en tu cama? —preguntó mirándole de manera seria—. ¿Te marchas unas semanas y ya me sustituyes? ¿Los hombres no sabéis estar sin bajaros los pantalones durante unos días?

Alcé las cejas y miré directamente a Haize. Esos eran unos detalles que se habían olvidado de mencionar cualquiera de los tres cuando Roa me ofreció su casa para dormir. Que tenía una relación antes de ir a Boreas y qué solo había una cama.

—No sé que estás insinuando, pero no es cierto —me defendí ante Pia.

—Ya. —Soltó una risa—. Hablaremos mañana, Haize —dijo sin volver a mirarme antes de irse.

Haize se pasó las manos por la cara y dejó salir el aire poco a poco.

—Lennia —empezó a hablar.

—¿Así que solo tienes una habitación? —le corté.

—Iba a dormir en el sofá.

—¿Y no hubiera estado bien comentármelo antes de que tu novia apareciera aquí? —No estaba enfadada porque me lo hubiera ocultado, fue el hecho de que me enterara por terceros. Por ella.

—Pia no es mi novia. Nunca hemos tenido nada serio.

Hace meses desde la última vez que nos acostamos.

Y no te había dicho nada sobre el sofá o la cama porque no le había dado importancia.

Hemos dormido juntos en el suelo y no ha habido quejas, ¿que más da que la diferencia sea ahora un sofá o una cama?

Le miré desafiante. Sabía que no me estaba mintiendo, confiaba en él, pero me había ocultado información y no me gustaba.

—Está bien. Puedo dormir en el sofá.

—Ni hablar. Yo dormiré en el sofá, Lenn.

—Haize, es tu casa, no voy a dejar que duermas en el sofá mientras yo ocupo tu cama.

—No discutas conmigo sobre esto. Por favor.

Aunque estaba serio sus palabras carecían de fuerza. Si el día había supuesto una mueca en mí, no podía imaginar qué había supuesto en él.

Él, que se había abierto en canal ante mi. Haize, que me había confesado su más oscuro secreto y había llorado, que cargaba con la culpa de las muertes de su familia, pero que aún así era bueno, justo, cercano. Cálido.

Suspiré.

—Está bien. Tú ganas —acepté, acercándome hacia mi bolsa.

Me cambié en la habitación y, después de asearnos y que Haize preparara agua y otras cosas que pudiera necesitar para pasar la noche, se marchó. Me pareció que dudaba una vez llegaba a la puerta, pero no dijo nada más.

Caí rendida al tumbarme en la cama. El día, el viaje, el nudo en mi pecho que no dejaba que me olvidara de que había algo mal en mí, el estrés de no saber qué nos íbamos a encontrar. Todo me atropelló de golpe, dejándome inconsciente en el segundo uno.

Un grito me despertó en mitad de la noche. No sabía cuántas horas había dormido, pero aún no había amanecido. Tardé dos segundos en ubicar donde estaba. El Norte. Ipar. Haize. Parpadeé, eliminando los restos de sueño y salí corriendo de la habitación.

Haize estaba sentado en el sofá, pálido y temblando. Las manos tapando su cara.

—¿Haize?

—Mierda. —Me miró—. ¿Te he despertado?

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —pregunté, preocupada. Él asintió.

—Solía tener pesadillas hace años. Hacía mucho que no me pasaba. —Cerró los ojos, derrotado.

Me senté a su lado, viendo como, poco a poco, disipaba los restos de la pesadilla que aún quedaban en él.

Su cara iba ganando color y su cuerpo iba dejando de temblar.

Mi mano fue instintivamente a su espalda desnuda, dibujando patrones de forma constante y calmada, queriendo anclarlo más al presente, a su casa, a mí.

Cuando controló su miedo y su reacción al cien por cien, cerró los ojos y se apoyó en el respaldo del sofá.

—Lo siento mucho —se disculpó avergonzado—. Si llego a pensar que esto era una posibilidad no hubiera dicho que podías quedarte, mi intención no era molestarte. —Tragó saliva.

—No pasa nada, Haize. Yo también tuve pesadillas durante muchos años.

Solía despertar a Rhita miles de noches.

No es algo que podamos controlar —dije, sin dejar de dibujar patrones en su espalda.

Ahora que estaba más calmada pude notar los músculos de su espalda moviéndose debajo de mis caricias, pude observar las decenas de cicatrices que había allí, que contaban su historia.

—Gracias de nuevo, Lenn. Parece que hoy solo hago que cagarla. —Suspiró girando la cabeza para mirarme—. Ya puedes volver a dormir, estaré bien.

Noté la mentira en la voz antes de que terminara la frase. Sabía que no iba a estar bien. La reacción que había tenido antes de calmarse me decía que no era de esas pesadillas que uno olvida al siguiente minuto y puede volver a dormir. Me levanté, estirando las piernas de Haize en el sofá.

—¿Qué haces? —preguntó, extrañado.

—Túmbate —ordené.

Haize obedeció sin rechistar y aproveché el momento para taparle con la manta que había recogido del suelo. El salón no era frío gracias a las brasas que seguían caldeando el ambiente, pero en el exterior las temperaturas anunciaban nieve. Haize me miraba con incredulidad, pero no protestó.

Me senté en el suelo, cerca de su cabeza y cogí su mano. Empecé a dibujar patrones en su brazo, líneas que subían y bajaban, círculos que rodeaban toda la extremidad.

—¿Qué has soñado? Puedes no hablar de ello, pero Rhita siempre me decía que era mejor exteriorizar los miedos, quitarles el poder de jugar con nuestra cabeza.

—Con la noche que encontré a mi madre. Pero está vez volvía a la vida y cuando la bajaba me atacaba y me culpaba por su muerte y la de Laztan.

—¿Sabes que eso no es cierto, verdad? —dije suavemente, pero no respondió. Sabiendo que era una causa perdida. Empecé a tararear la canción que me cantaba Rhita cada vez que tenía una pesadilla.

—Lenn, entre Pía y yo no hay nada, de verdad. Jamás te lo hubiera ocultado si así hubiera sido, jamás habría dejado… —Se aclaró la garganta—. Entre ella y yo no hay nada.

—Lo sé, te creo. Cierra los ojos.

Haize me obedeció, y no dejé de dibujar patrones ni de tatarear la canción hasta mucho después de que su cuerpo perdiera toda la tensión y se relajara en el sofá. Hasta que comprobé su respiración pausada y acompasada y la ausencia de tensión en sus facciones.

Una vez me aseguré de que estaba dormido, apoyé mis brazos en el sofá y recosté mi cabeza en ellos, observando su perfil. Mandíbula fuerte, pómulos marcados, nariz recta. La cicatriz de su frente no le había quitado belleza.

La primera vez que lo vi me sorprendió cómo podía ser tan perfecto, pero ahora, mirándolo desde apenas unos centímetros de distancia y conociéndole, sabía que no era solo el como se veía.

Haize era magnético, compasivo, amable y justo. Su sola presencia atraía, y estaba empezando a no querer separarme de él. Pasé la lengua por el interior de mi mejilla y acaricié su pelo, rascando el cuero cabelludo suavemente, dejando que el sueño volviera a apoderarse de mí.

Me desperté de nuevo cuando el sol ya asomaba por las ventanas.

La luz iluminaba la estancia y me acomodé en la superficie blanda, acurrucándome más en la manta.

Manta que no había estado la noche anterior porque me había dormido en el suelo, a la cabeza del sofá.

Me senté de golpe. Estaba en el sofá y la manta que había puesto la noche anterior encima de Haize yacía ahora encima de mí.

—Buenos días —dijo la voz grave de Haize—. ¿Has dormido bien?

Giré la cabeza hacia la cocina. Haize estaba de pie, descalzo, sin camiseta, solo con los pantalones colgando bajos de sus caderas.

—¿Cómo he acabado en el sofá?

—Me desperté en algún punto de la noche y te vi en el suelo, así que te subí y te tapé. No quería que cogieras frío —explicó, fijando su vista en el desayuno que estaba preparando.

—¿Me subiste al sofá? ¿Contigo?

Haize pausó durante un segundo y se le tensaron los músculos de la espalda. No giró su cabeza ni dirigió su voz hacia mi cuando respondió afirmativamente.

—Espero que no te importe. El sofá es suficiente grande para los dos y no quería llevarte hasta la cama porque no quería volver a despertarte, así que pensé que lo mejor y más rápido sería subirte al sofá. —Dejó de mascullar cuando vió que empezaba a reír.

—No pasa nada, Haize. Agradecida. No me duele la espalda y no he pasado frío.

Vi como se relajaba físicamente, como el peso de sus acciones desaparecía de sus hombros y por fin me miraba sonriendo. Lo observé detenidamente, buscando alguna señal sobre la noche anterior, pero no encontré ninguna.

—¿Cómo estás tú?

—Realmente… Bien. Normalmente después de una pesadilla así estoy horas sin dormir. Bueno, nunca dormía, solía salir a entrenar o hacer faena, así que gracias, Lenn.

Desayunamos juntos. Haize me contó más cosas sobre Ipar y El Norte, me explicó qué zonas nos quedaban por ver y qué íbamos a encontrar.

Una vez acabamos de desayunar y dejamos todo recogido, nos dirigimos a nuestros caballos. El día acababa de empezar pero iba a ser largo. Teníamos que volver a Boreas más pronto que tarde y había muchos kilómetros por explorar para asegurarse de que todo estaba en orden en El Norte.