Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo veintiocho #3
70%

Capítulo veintiocho #3

“Cuando Laztan murió me perdí en mi propio duelo.

Busqué a todos y cada uno de los responsables de su muerte.

Los cazé durante meses. Apenas volvía a casa, pero veía como mi madre se deterioraba.

Aún así estaba demasiado metido en mi cabeza como para ver más allá de mi odio.

No dejé a nadie con vida, hubieran participado activamente o no en su muerte y…

—me miró, sus ojos vacíos, sus pensamientos muy lejos de mí— no les di una muerte rápida.

No fue bonito, Lennia. Les ahogué, les hice sufrir, les miré a los ojos mientras el aire abandonaba sus pulmones.

Jugué con ellos, disfruté de sus muertes.

—Cerró los ojos, derrotado—. Cuando volví a casa mi madre se había ahorcado.

Encontré su cuerpo aún caliente. Si hubiera dejado mi estúpida venganza y hubiera estado junto a ella, si no hubiera alargado tanto las muertes de los asesinos de Laztan, si hubiera prestado más atención a mi madre…

Podría haberla salvado. Murió por mi culpa.

Los dos murieron porque no fui suficiente para ellos.

Entonces Haize se rompió. Empezó a llorar, dejando que sus lágrimas limpiaran su confesión, sus sollozos me provocaron un nudo en la garganta, pero Haize no necesitaba mi pena ni mi simpatía.

Haize necesitaba un hombro amigo en el que llorar, alguien en quien confiar.

Me acerqué a él, lentamente pero asegurándome que era consciente de mi aproximación y, cuando estuve apenas a un paso de distancia, le abracé.

El abrazó fue raro y desconocido, los dos de rodillas en una posición incómoda, pero no dejé que eso me tirara para atrás.

Mis brazos rodeaban sus costillas y apoyé mi cabeza en su hombro.

—No fue tu culpa —susurré. Él no hizo ningún movimiento, no me devolvió el abrazo, no reaccionó a mis palabras, así que las repetí todas las veces que fue necesario—. No fue tu culpa. Tu estabas lidiando contigo mismo, también estabas de duelo, saliste como pudiste. No fue tu culpa.

Finalmente, tras lo que parecieron horas, Haize se relajó en mis brazos y tras unos segundos de duda se giró y me devolvió el abrazo.

Haize se sentó sobre sus talones y me arrastró hacia él, quedando sentada sobre sus muslos.

Cambié la posición de mis brazos, rodeando su cuello, y él pasó una mano por mi espalda.

Con la otra acomodó mi cabeza en el hueco entre su cuello y su hombro y me estrujó contra él, como si cualquier molécula que nos separara fuera insoportable, como si necesitara fusionarse conmigo.

Estuvimos en el suelo, mezclados durante tanto tiempo, que la luna ya estaba en lo más alto del cielo cuando Haize me soltó. Ambos nos levantamos y él volvió a coger mi mano, guiándome aún más a través del bosque. Cuando llegamos a un acantilado frenó.

—Elegí este lugar para ellos por las vistas —explicó, mientras con una mano me mostraba el horizonte. Se veía el mar infinito fusionandose con un cielo tan estrellado que parecía una pintura. Me giré completamente, la boca abierta ante la inmensidad del paisaje que tenía delante de mí.

Miré las estrellas, las constelaciones, sentía la brisa del mar, los sonidos de las aguas chocando contra las rocas. La esencia del agua, de la tierra y del aire jugando conmigo, revoloteando a mi alrededor. Cerré los ojos, disfrutando de la calma del lugar, de la presencia de Haize detrás de mí.

—Me encerraron porque asesiné a dos personas —empecé a explicar, confesandole a Haize uno de mis secretos a cambio del suyo—.

No fue queriendo. Larán y yo estábamos volviendo a casa y nos emboscaron en un callejón.

Sabían quien era él y fueron a matarle. Le hirieron de gravedad antes de que se diera cuenta de lo que estaba pasando y no tuvo tiempo a defenderse.

Me paralicé por el miedo, no supe como reaccionar, pero mi poder respondió por mí, como el día que pensé que te habían matado.

Fue la primera y única vez que mi poder se salió de control.

Estuvimos juntos veintisiete años antes de eso y no dudó un segundo en traicionarme porque no entendió qué había pasado.

Cuando dejé de hablar giré la cabeza para observar qué estaba haciendo.

En ese momento se acercó a mí en dos grandes pasos y se colocó justo a mi espalda.

Seguí mirándole, sin apartar mi vista de sus enormes ojos marrones que poco a poco iban recuperando la luz que le caracterizaba.

Vi como tragaba saliva y lentamente pero sin dudar, alzó sus brazos, cerrándolos alrededor de mi cintura y enterrando su cabeza en mi hombro, mirando hacia el frente, hacia el mar o el cielo que se abría delante de nosotros.

—No fue tu culpa, solo salvaste a alguien a quien querías.

Se aclaró la garganta y volví a fijar la vista hacia el frente. No fue tu culpa . No había sido consciente de lo que necesitaba oír esas palabras. De lo desesperada que estaba para que alguien entendiera mi verdad.

—Gracias por escucharme, Lenn.

Habló suavemente, con calma, haciendo que cada una de sus palabras calara en mí. Sentí su aliento cálido danzarme sobre la piel del cuello, provocándome un escalofrío que no me preocupé en ocultar. No quería esconderme de Haize.

—¿Lenn? —pregunté, intentando buscar un punto seguro en esa noche y en los sentimientos que nos engullían.

—Lenn —confirmó—. Siempre que alguien me importa le he dado un nombre único, mío. Y tú, Lennia, entras en esa categoría.

—Me gusta —dije simplemente, disfrutando del calor que emanaba su cuerpo pegado al mío.

Seguimos abrazados, yo mirando el horizonte y Haize con la cara enterrada en mi cuello, hasta que el frío se tornó insoportable.

Notaba la nariz y las mejillas rojas y empecé a tiritar.

Solo eso hizo que Haize se moviera, aclarándose la garganta y cogiendo mi mano, llevándome de vuelta fuera del bosque, donde, tal y como había dicho, Gia y Seri estaban esperándonos, dormitando en la oscuridad.