Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo veintiocho #2
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Capítulo veintiocho #2

—Nord es la perra más buena que encontrarás por aquí.

Lleva siete años viviendo conmigo. Un día cruzó la frontera malherida y yo no pude dejarla sola.

Roa la curó, pero el vínculo lo forjó conmigo.

Por desgracia ya está mayor para venir con nosotros a investigar los alrededores, pero tenía que saludarla. —Sonrió avergonzado.

Con una caricia el animal pareció entender qué le decía Haize y se alejó por donde había venido, aunque esta vez en un paso mucho más calmado. Volvimos a montar a nuestros caballos y a ponernos en marcha.

Estuvimos varias horas recorriendo las inmediaciones de Ipar, acercándonos a granjas y casas alejadas del poblado, algunas habitadas y otras vacías. En las habitadas se nos recibía con felicidad cada vez que veían que era Haize quien se acercaba y él les hablaba a todos con cariño y cercanía.

También entrábamos en las casas vacías, comprobando que todo seguía bien, que nadie había vandalizado nada. Las casas estaban sorprendentemente bien cuidadas y cálidas.

—Siempre viene alguien a ocuparse de ellas para facilitar la transición si algún día necesitan ser ocupadas, por eso están cálidas —explicó Haize cuando me vio sorprendida por enésima vez al entrar en una de esas casas vacías.

—Es increíble —dije mirando al techo—. Como todos aquí os ocupáis de todo y no hay peleas ni robos ni problemas. Algo así sería inviable en otras zonas de Saggar.

Haize se sentó a mi lado, apoyando los codos en la mesa.

—Aquí la gente viene con otra mentalidad, no obligamos a nadie a quedarse y quien decide hacerlo suele hacerlo con buenas intenciones, no hay motivo para robar o intentar nada raro cuando te reciben con todo lo que puedas necesitar. Eso no significa que hayamos tenido problemas alguna vez.

—¿Qué pasa entonces? —pregunté, recordando que una vez habíamos tenido una conversación similar.

—Lidiamos con ellos de la manera que haga falta. No dejamos que nadie disturbe la paz de Ipar. No me importa ser el verdugo si es necesario.

Su mirada fue seria y detrás de ella pude ver el peso que tenía para él. Haize no ocultaba la verdad y yo había entendido a qué se refería. No dudaba en acabar con aquel que fuera una amenaza para la paz de aquellos que quería.

—¿Siempre eres tú? —pregunté suavemente, mi mano buscando la suya instintivamente.

Se tensó durante unos segundos y clavó su mirada marrón en la mía.

—Jamás haría que nadie cargara con ello. No es su lucha. —Apretó mi mano y se levantó sin soltarla, tirando de mí hacia la calle.

Montamos en Gia y Seri de nuevo, el sol ya casi escondido detrás de las montañas, bañando el camino en un suave tono dorado.

—Ya hemos acabado por hoy —dijo, inseguro. Se aclaró la garganta—. ¿Estás muy cansada y quieres volver ya o…? Quiero enseñarte un sitio, si te parece bien. —Evitó mi mirada mientras hablaba.

— Te sigo, Haize.

El trayecto fue tranquilo. Disfrutaba de los últimos rayos de sol en la cara, de como el olor de la tierra cambiaba conforme el frío y la sombra iba ganando terreno.

Salimos de los caminos y nos acercamos a un bosque que el sol estaba iluminando con sus últimos rayos del día.

Desmontó a Seri sin decir nada e imité su movimiento.

—Pueden quedarse aquí solos, Seri no se alejará y dudo que Gia lo haga. Aquí no pueden meterse en problemas —dijo cuando vio que buscaba un lugar para atarles. Estiró una mano hacia mi, vacilante, pero la cogí sin dudar.

Tiró de mí hacía un camino entre los árboles apenas visible.

Noté como la mano le sudaba y tenía un leve temblor.

Apreté su mano, intentando reconfortarlo.

Andamos unos minutos bosque a través. El sol ya nos había abandonado por completo y la luna empezaba a iluminar tímidamente nuestro camino.

Y de repente Haize paró, soltando mi mano.

Tardé unos segundos en ver lo que teníamos delante.

Un claro en mitad de los árboles, un tronco caído en medio y a su alrededor dos piedras, decoradas con flores y pinturas.

Forcé la vista un poco más. Las pinturas eran dedicatorias a las diosas Nurshag y Eshkigal.

Haize estaba completamente paralizado a mi lado, no hacía ningún movimiento, los ojos fijos en las piedras —las lápidas—. Le escuché soltando aire poco a poco y volví a apretar su mano, mostrándole que estaba a su lado.

No llegaba a leer lo que ponía en las lápidas, demasiado oscuro para que mi vista pudiera descifrarlo.

Apretó mi mano y la soltó. Se arrodilló delante de las piedra y juntó sus manos delante de su cara, rezando.

La vulnerabilidad que mostraba su cuerpo y su esencia no tenían nada que ver con como era él normalmente.

Me arrodillé junto a él y recé por las almas de las personas a las que estaba dedicado el altar: Hua, Kur y Laztan.

—Hacía muchos años que no venía aquí —confesó Haize con un hilo de voz después de un buen rato en silencio. Me mantuve en silencio, apretando su mano, esperando a que siguiera hablando—. No era capaz. Les hice el altar para que por fin descansaran juntos en mi hogar, pero…

—No hace falta que me lo cuentes si no quieres —añadí con la voz suave y calmada—, pero estoy aquí.

—Murieron por mi culpa —susurró después de lo que pareció una eternidad.

Me tensé a su lado y le miré. Tenía la vista perdida en las lápidas delante de él, los ojos llorosos, la posición derrotada—.

No protegí a Laztan, sabía que no debía dejarle ir a Lirea, pero él insistió y al final cedí.

Después no supe estar allí para mi madre.