Capítulo veintiocho
LENNIA
I par era tal y como me habían contado. Un pequeño pueblo en mitad del bosque con construcciones sencillas, de una sola planta.
Todo seguía un patrón, las casas seguían los mismos colores, las calles estaban construidas formando perfectos cuadrados y todo estaba decorado.
Plantas, flores, bancos, zonas para niños…
Todo tenía color y vida. Era muy diferente de lo que me había llegado a imaginar antes de que Roa o Haize me hablaran del lugar.
Y no solo la decoración, sus habitantes también.
Habíamos sido recibidos como si fuéramos héroes.
Sabía que poco tenía que ver conmigo y mucho con mis acompañantes, pero cada persona que nos habíamos encontrado había estado feliz de su regreso.
La taberna tenía forma rectangular y estaba construida en tonos de madera claros.
Las sillas y mesas eran sencillas sin grandes comodidades o florituras, pero el lugar emanaba calidad allá donde miraras.
La chimenea, que había en una esquina, calentaba todos los rincones del lugar, haciendo que la temperatura fuera varios grados mayor que en el exterior y creando un ambiente acogedor que invitaba a pasar el día allí dentro.
Los clientes charlaban y reían con soltura, haciendo bromas internas con la complicidad de aquel que se conoce y disfruta de la compañía del otro.
Nada más pusimos un pie dentro, todos los clientes que había allí se abalanzaron sobre Cádin, Haize o Roa. No había duda de que eran queridos.
—Vivir en Ipar no es fácil. El exilio, ya sea voluntario o obligado, es duro, así que la camaradería que encuentra uno aquí hace que los vínculos que se forjen sean más fuertes.
Luego tienes que contar con que muchas de las personas que vienen aquí vienen sin nada, alguno no tiene ni esperanza ya.
La gente piensa que va al Norte a morir o a luchar por su vida y de repente se encuentran una comunidad que les recibe con las manos abiertas y que les ayuda en cualquier cosa que les es posible —explicó Cádin cuando me vio observando—.
Así que se crea una hermandad con todo el mundo que se transforma en lo que estás viendo: familia.
Después de un buen rato la gente volvió a su quehaceres y por fin nos sentamos. Niria nos trajo bebidas calientes —desde que habíamos entrado en El Norte el frío era mucho más pronunciado—, y unos boles con estofado.
—Bien, ahora que la atención ya ha bajado, contadme qué hacéis aquí en realidad —pidió Niria sentándose con nosotros.
—Hemos venido a comprobar que todo está bien. No nos quedábamos tranquilos dejando Ipar tanto tiempo. ¿Ha ocurrido algo fuera de lugar? —preguntó Haize.
—No. Todo está tranquilo. Demasiado tranquilo desde que os fuisteis y os llevasteis las peleas con vosotros.
—¿Visitantes nuevos? ¿Desapariciones? —insistió Haize.
—Nada que yo sepa.
Haize asintió con la cabeza y centró sus energías en comer.
La conversación fluyó hacia otro lugar menos sombrío.
Niria contaba cambios y mejoras que habían ocurrido estas semanas que ellos habían estado en Boreas, explicó como en el colegio habían conseguido nuevos libros de texto para poder enseñar a los niños y cómo habían acabado nuevos bancos para la plaza.
—Y no quiero agobiarte cuando sé que tienes que irte de nuevo, pero tienes mucho papeleo que revisar —dijo mirando a Haize—, sé que dejaste a Pia al cargo de todo lo relacionado con la política, pero le falta tu experiencia. Por cierto, ¿has ido a verla? Se alegrará de tu retorno.
Haize se tensó de manera casi imperceptible. Vi el pequeño espasmo que hicieron sus hombros y mandíbula. Cádin y Roa me miraron sutilmente antes de volver la vista hacia su plato.
—Pia es más que capaz de ocuparse de ello, por eso se quedó al cargo —respondió Haize.
Niria dejó el tema y siguió contando cosas que habían sucedido en Ipar, algunas cosas tan pequeñas como la nueva pintura de una casa, pero todos ellos escucharon con atención, dando su opinión cuando era necesario. Al final Niria tuvo que volver a ocuparse de la taberna.
—¿Quién es Pia? —pregunté con curiosidad.
Cádin y Roa se miraron sin disimular y Haize se aclaró la garganta.
—En Ipar me estoy ocupando de los asuntos oficiales, algo así como un consejero del rey, pero sin rey, por eso Niria decía lo de los papeleos —me explicó—. Pia es alguien que me ayuda con ello.
—Entonces, ¿cuál es el plan? —preguntó Cádin, cambiando de tema.
—Tenemos unos días antes de que tengamos que regresar a Bore, me gustaría que recorriéramos el mayor territorio posible asegurándonos de que no hay nada raro, para volver con la seguridad y tranquilidad de que todo está bien.
—Esta tarde podemos empezar a explorar los alrededores, Cádin y yo podemos ir hacia el este y tu y Lennia hacia el oeste —dijo Roa—.
Si nos separamos cubriremos más zonas en menos tiempo, así podemos revisar todo el territorio antes de que tengamos que volver.
La idea es dormir en una cama caliente, por eso, así que me gustaría hacer viajes cortos y volver a Ipar a dormir, echo de menos mi cama.
—Yo también, la verdad —dijo Cádin—. Podemos recorrer las granjas más cercanas esta tarde y mañana ya alejarnos más hacia las montañas. Por cierto —añadió mirándome a mí directamente—, ¿dónde vas a pasar las noches?
—Con Haize, por supuesto —contestó Roa de manera inocente antes de que pudiera abrir la boca—. Yo planeo tener compañía todas las noches y tu eres demasiado madrugador para nadie en su sano juicio.
Levanté la vista hacia Haize. No quería imponerme. No sabía si él tenía planes parecidos a los de Roa, si había alguien esperándolo o si era algo que él quisiera hacer.
—Claro, no hay ningún problema por mi parte. ¿Te parece bien? Si no, seguro que podemos encontrar una alternativa con la que estés cómoda —dijo Haize.
—Ningún problema por mi parte.
Acabamos de comer mientras ellos me explicaban más cosas sobre Ipar, cómo había cambiado la ciudad desde que habían llegado, del papel de Haize como responsable.
Por lo que me dijo, se encargaba de todas las cosas relacionadas con Ipar y sus habitantes.
Gestionaba las casas, tanto las vacías como las ocupadas y supervisaba las nuevas construcciones de viviendas, así como de cualquier necesidad que pudiera surgir en Ipar.
También se encargaba de los nuevos habitantes que llegaban, así como de aquellos que decidían no quedarse o solo venían a buscar problemas.
Por lo que me estuvo contando, se ocupaba de todo.
Roa y otras dos personas se encargaban de la salud de los habitantes.
Todos ellos eran ávidos en magia curativa.
Cádin por su parte estaba encargado de la defensa de la ciudad junto a más nombres.
Ipar no tenía ejército, pero no estaba abandonada.
Escuché cada palabra que salió de su boca sin decir prácticamente nada, embalsamada con el funcionamiento de Ipar, envidiando como todo giraba perfectamente.
—Deberíamos movernos antes de que oscurezca —sugirió Cádin, cortando la conversación.
Nos pusimos en pie y salimos, no sin antes prometer a Niria que volveríamos mientras durara nuestra estancia en Ipar.
—No hemos pagado —dije una vez fuera, dispuesta a volver a entrar.
Haize me cogió del brazo y me frenó.
—Aquí funcionamos con truque, no todo va con dinero. Antes de marchar ayudaremos a Niria a cortar más leña para el invierno y a recoger alguno de sus huertos .
Nos dirigimos a los establos donde estaban nuestros caballos y montamos en ellos. Haize, Cádin y Roa discutieron sobre hasta donde daría tiempo de comprobar, nombrando algunas zonas colindantes. Una vez decidieron que camino sería el más eficiente, nos pusimos en marcha.
Haize y yo cabalgamos en silencio. Estaba demasiado ocupada observando todo como para mantener una conversación.
Todo era igual que en Boreas, pero a la vez era diferente.
El nudo en el pecho no se me había deshecho, pero como le había dicho a Haize no era molesto ni doloroso, solo una presencia constante dentro de mi que me recordaba que había algo mal, algo que no debería estar allí.
—¿Te importa que paremos en un sitio primero? —preguntó Haize, sacándome de mis pensamientos.
—Por supuesto que no, adelante, como si fuera tu casa. —Le guiñé un ojo y me dedicó una sonrisa que despertó la mía de vuelta.
Giró a la izquierda por un camino de piedra abierto, el paisaje era árido, algún que otro árbol enmarcando el camino. Al final había una granja y un granero, algunos campos arados y varias personas trabajando en ellos.
Conforme nos acercamos al edificio empecé a escuchar el sonido de los animales que vivían allí. Gallinas, cabras, vacas, cerdos.
Haize silbó de una manera específica; un silbido largo y controlado, suave, y bajó de Seri.
Esperó pacientemente con una sonrisa en la cara y en cuestión de segundos un perro mediano, de color canela y pelo ligeramente largo apareció de entre los campos y se acercó a nosotros a paso ligero.
Se notaba mayor y cansado, pero aceleró el ritmo a la que avistó a Haize.
Cuando el animal llegó a nosotros, Haize se arrodilló en el suelo, haciéndose más cercano al perro.
Éste se abalanzó sobre él y lamió toda su cara y sus manos, moviéndose cual lagartija.
Haize reía y abrazaba al perro que no paraba quieto. Al cabo de unos minutos se calmó y se sentó en frente de Haize, mirándole con amor y devoción. Haize me miró mientras acariciaba su cabeza y me tendió una mano, así que bajé de Gia.
—Lennia, te presento a Nord —me dijo, sin dejar de acariciar al animal que seguía feliz por las atenciones que recibía de Haize.
Alargué la mano hasta colocarla en frente de su morro, a una distancia prudente para que el perro decidiera si quería o no conocerme. Al cabo de unos segundos Nord se acercó a mí, restregándose contra mi mano, dejándome muy claro que quería que la acariciara.