Capítulo veintisiete #3
Roa cerró los ojos y cogió aire una, dos, tres veces.
Expirando poco a poco. Supe en el momento exacto en el que Roa empezó a trabajar en Lennia porque a ella le cambió la cara.
Roa también me había examinado el poder a mí.
Varias veces. El calor que emanaba su palma cuando lo hacía era diferente.
Como si el sol te quemara pero a la vez te dejara frío.
Como si se vertiera en tí aceite hirviendo pero no doliera.
Era extraño y, de alguna manera, reconfortante.
Nuestra esencia quería ser escuchada y cuando alguien lo hacía empezaba a demandar más atención.
Supuse que eso era lo que estaba sintiendo Lennia en ese momento.
Pero entonces le cambió la cara, pasó de la curiosidad a una leve mueca.
Una sútil señal de dolor se apoderó de su boca, fueron solo unas milésimas de segundo, pero lo vi. No la ocultó lo suficiente rápido.
—¿Lennia? —pregunté, más preocupado de lo que quería aparentar. Esta me miró pero no dijo nada—. ¿Roa?
—Si que hay algo. Es raro… es como si su poder estuviera encapsulado. Pero no llego al centro de todo. ¿Nunca has notado nada raro? ¿No te han dicho nada las veces que te han leído el poder?
Lennia no habló, se encogió de hombros y vi como estaba luchando para no volver a contraer la cara en señal de dolor, no quería quejarse, pero sabía que estaba sufriendo.
—Suficiente —dije, cogiendo la muñeca de Roa y apartando su mano suavemente—. Le estás haciendo daño .
Roa abrió mucho los ojos y miró a Lennia, quien le devolvió una sonrisa avergonzada.
—¿Por qué no has dicho nada? Este proceso no debería doler.
Lo utilizamos en niños para cuantificar la esencia y ver si hay algo mal o necesitan ayuda en alguna cosa.
Nunca nadie se ha quejado. Tendrás que ir a alguien con más conocimientos que yo —dijo sonando avergonzada—.
Pero si yo lo he notado alguien más ha tenido que hacerlo antes —insistió Roa.
—Preguntaré por ahí cuando volvamos a Bore —dijo distraída, mirándose el pecho.
—¿Estás bien? ¿Quieres que volvamos?
Quería ir a Ipar. Quería ver que todo estaba bien, que no había heridos ni muertos, pero no iba a dejar que Lennia sufriera. Una palabra suya y daría la vuelta. Sin preguntas, sin dudas. No iba a quedarme aquí sí ella sufría el más mínimo dolor.
—Estoy bien. Es como si la esencia luchara dentro de mí, pero no es doloroso. —Me sonrió.
Le devolví la sonrisa, analizando sus gestos. Tardé unos segundos en decidir que no me mentía, que realmente parecía relajada y no había ningún atisbo de dolor. Asentí en dirección de Cádin y Roa y nos volvimos a poner en marcha.
Llegamos a Ipar unas horas después. La gente salió a recibirnos. Las caras se les iluminaron cuando nos vieron.
Me dolían las mejillas de sonreír pero había algo de mí que no dejaba que me relajara totalmente.
En el primer pueblo de Zéfiro pasó lo mismo.
La gente parecía normal hasta que dejó de serlo.
Aquí veía caras amigas, pero no podía bajar la guardia si no quería que un posible ataque me atrapara desprevenido.
Desmonté de Seri con cautela y los demás hicieron lo mismo. Miré a izquierda y derecha, analizando las armas que portaban mis compañeros. No iba a dejar que ninguno de ellos recibiera la más mínima herida.
—Haize, ¿eres tú? —preguntó Niria desde la entrada de su taberna—. ¿Cádin? ¿Roa?
Cada vez su sonrisa se hacía más ancha y no pude evitar devolvérsela. Lennia se paró a mi lado y puso su mano en mi hombro, inclinándose hacia mí.
Su olor me invadió las fosas nasales. Respiré por la nariz, alimentándome de su aroma. Cada vez que se acercaba olía diferente, dependiendo de las plantas o flores con las que hubiera interactuado en el día, pero siempre olía bien. Suave, fresca, ella.
—¿Me estás escuchando? —susurró solo para mis oídos.
Parpadeé, fijando mi vista en ella.
—Perdona. —Me había concentrado tanto en su cercanía, en su olor, en el peso de su mano en mi hombro, que no había sido consciente de que me estaba hablando—. ¿Qué has dicho?
—No noto nada raro con la esencia. Ni en el ambiente ni en la gente. Todo parece normal, si cambia algo te lo hago saber, ¿vale?
Coloqué mi mano encima de la suya, que seguía en mi hombro y apreté. El contacto con Lennia era tranquilizador, cálido. Asentí, agradeciéndole.
—¡Niria! —llamé a la mujer que seguía mirándonos—. ¿Quién va a ser si no con estas pintas?
Ella rió y aprovechó para venir hacia nosotros y abrazarme, arrastrando a Cádin y Roa a un abrazo conjunto.
Aunque apenas llevábamos unos meses fuera, pero me alegré de verla.
Era una mujer alta, robusta, fuerte. El pelo negro le caía suelto en la espalda y los ojos marrones le brillaban con felicidad.
No había cambiado nada. Excepto el pequeño bulto en su vientre, que ahora tenía una forma más redonda.
—¡Niria! ¡Ya se te nota el embarazo! —gritó Roa a mi lado, dando saltitos.
—Enhorabuena —dijimos Cádin y yo al unísono.
—Lo comuniqué unos días después de que os fuerais — explicó Niria colocando una mano en su vientre—.
Roa lo sabía porque fui a ella en cuanto noté los primeros síntomas.
Quería confirmarlo y saber que todo estaba bien.
Madre primeriza y todas esas cosas. Venga, pasad para dentro que os alimente, seguro que habéis tenido un viaje muy largo. Contadme que tal por Boreas.