Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo veintisiete #2
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Capítulo veintisiete #2

—Yo hubiera acabado en un sitio así si no fuera por Rhita.

—Me miró con una sonrisa triste en la cara—.

Mis padres me abandonaron cuando era una niña.

No recuerdo qué pasó, solo que me desperté un día sola y sintiéndome muy mal.

Pensaba que me moría, pero después de unos días vagando empecé a encontrarme mejor.

No recuerdo exactamente cómo llegué a Bore.

Sé que viajé con varias caravanas y al final me quedé allí pidiendo trabajo en lo que fuera, hasta que la conocí.

Ella había perdido a su marido y su hijo y no dudó en darme trabajo.

Me adoptó. Gracias a ella tengo una familia.

—Me alegro que encontraras a Rhita.

No añadí nada más. No sabía que Lennia era huérfana.

No sabía nada sobre su pasado. Sabía que tenía historia con Larán y que la había traicionado.

Que había pasado muchos años en prisión por ello, pero nada más.

Pensaba que sus problemas de confianza habían empezado ahí, pero con ese pequeño trozo de información que me había compartido podía suponer que venían de mucho más atrás.

—¿Tú vivías con tus padres y tu hermano? —preguntó.

—Sí. Mis padres eran de Bore. Mi padre se llamaba Kur.

Mi madre Hua. Se conocieron cuando eran prácticamente niños y estuvieron enamorados desde siempre.

Mi madre siempre nos decía que mi padre siempre había sido raro y ella había tenido que defenderle, así que nunca podía estar demasiado lejos de él y eso no cambió en muchos años.

Mi padre enfermó y murió cuando Laztan y yo aún éramos unos niños.

Yo no había cumplido los nueve y Laztan tenía cuatro.

Después de la muerte de mi padre, mi madre no volvió a hablar de él.

Hizo como si no hubiera existido, aunque jamás volvió a ser la misma.

Nos quiso por los dos. Nos sacó adelante por los dos, pero no volvió a ser ella.

Una parte de mi madre murió el día que lo hizo mi padre y solo siguió adelante por nosotros.

Parpadeé cuando vi las luces del campamento.

No me había dado cuenta de que ya habíamos llegado.

Desmontamos y dejamos a los caballos en el sitio designado.

Seri siguió a Gia y parecía que ella había dejado de echarlo de su lado.

Sonreí. Su relación era un poco como la mía con Lennia.

Yo no dejaba de perseguirla, esperando que ella aceptara que me quedara a su lado.

Me giré y vi que Lennia estaba observándome.

—Adoptaste el papel de protector de tu hermano y de tu madre.

—Sí. Después de que él muriera, mi madre no podía ocuparse de todo así que hice lo que tuve que hacer, di un paso al frente y me empecé a ocupar de las cosas que podía en casa y de Laztan.

Él era más sensible que yo y la muerte de mi padre le golpeó de otra manera.

Ninguno de los dos quería llorar delante de mamá pero a él le costaba no hacerlo, así que yo me convertí en el hombro que necesitaba cuando no estábamos en casa.

Eso nos unió muchísimo. Laztan era mi sombra.

Siempre hacía lo que yo hacía, hablaba lo que yo hablaba y se comportaba como yo me comportaba.

Mucha responsabilidad —me reí—, pero mi madre era feliz cuando nos veía juntos y yo solo quería que ellos fueran felices.

Me callé unos segundos. Recordando a mi padre, su voz, sus juegos, sus enseñanzas. A mi madre, su calor, su risa, sus consejos. A Laztan. Echaba de menos a toda mi familia, pero Laztan…

Lennia me cogió la mano sin decir nada y apretó. Recordándome que estaba allí, conmigo.

—Fueron muy afortunados de tenerte cuidando de ellos, Haize —dijo con una voz calmada y suave.

—No. Yo fui el afortunado de tenerlos a ellos. —Apreté su mano de nuevo, sintiendo el calor de su piel contra la mía.

Su palma era fuerte, llena de callos tras semanas de manejar las riendas y las armas y tenía fuerza, poder. Y encajaba perfectamente con mi mano. Tardé unos segundos en aflojar mi agarre porque no estaba preparado para perder su calor y ella tardó unos segundos más en dejarme ir.

Cuando Lennia se alejó y me dirigí hacia la parte del campamento donde iba a dormir, Cádin y Roa estaban sentados uno al lado del otro mirándome con una sonrisa enorme en la cara. Los dos. A. La. Vez.

—No quiero escucharos. Hoy no.

Estallaron en carcajadas pero por suerte, por una vez, ambos me hicieron caso.

—A la que se acaba el bosque empieza El Norte. Ipar está a unas horas a caballo —expliqué a Lennia que nos miraba cuestionando el porqué habíamos parado al final del bosque—. Notarás que la energía cambia. Es normal, aquí, la energía es más viva, más pura, más natural.

Miré a Cádin y Roa que estaban sonriendo.

—Volvamos a casa.

Y avanzamos nuestros caballos.

Tal y como había explicado, entrar a nuestra tierra era una experiencia única. El poder te envolvía en una suave caricia y recorría cada rincón de tu ser. Tanteaba a ver quién eras y qué querías y te reconocía como suyo, abriéndote el camino.

Observé a Lennia. Lo había estado haciendo mucho durante los últimos días —semanas si era sincero—, pero esta vez lo hacía con un propósito.

Ver como era consciente de lo que estaba viviendo.

Como notaba el cambio en la energía, la vibración de la tierra en ella.

Quería ver cómo iba a brillar cuando la tierra la reconociera como hija suya.

Era la magia de El Norte, de Ipar. Un secreto que guardábamos solo para aquellos que cruzaban sus fronteras.

Saggar se regía por las energías. La esencia, la fuerza de la naturaleza.

Toda nuestra vida dependía de ello, nacíamos, crecíamos y moríamos rodeados de la esencia que nos daba la tierra.

Pero en Ipar, en todo el territorio de El Norte, su pureza crecía.

Olía diferente, se sentía diferente, te abrazaba de manera diferente.

Volví a fijar mi vista en Lennia, callando mis pensamientos.

Tenía los ojos muy abiertos y las riendas de Gia prácticamente se le habían escapado de las manos.

Incluso la boca se le había abierto ligeramente.

Sonreí. La esencia de Ipar la estaba conociendo por primera vez.

Vi como estiraba los brazos hacia delante, palmas mirando hacia el cielo, como sus ojos se tornaban dorados sin que la expresión de sorpresa abandonara su rostro.

—Me está hablando —dijo—. La esencia. No me había pasado nunca. No entiendo lo que dice, pero me está hablando.

Nunca nadie nos había dicho que la esencia se quisiera comunicar con ellos. Jamás lo habíamos sentido tampoco.

—¿Qué sientes? —preguntó Cádin, acercándose a ella.

—Aquí. —Se puso una mano entre el pecho y la garganta. Justo en el centro—. Es cómo… cómo si algo no estuviera bien, cómo si estuviera enfadada con algo en mi pecho. Algo está mal pero no sé qué me dice.

—¿Puedo? —preguntó Roa, poniendo su mano por encima de donde ella tenía la suya. Lennia asintió—. Quiero ver si siento algo.