Capítulo veintisiete
HAIZE
L levábamos dos días cabalgando hacia Ipar. La mitad de los soldados que habían venido con nosotros ya se habían marchado hacia sus respectivos destinos y en apenas un par de días más abandonaríamos Boreas para entrar en El Norte.
No había sido consciente de cuánto había echado de menos Ipar, pero conforme nos íbamos acercando la ansiedad por llegar era cada vez mayor.
Cádin y Roa se sentían igual que yo. No lo habíamos vocalizado, pero sabía que no era solo que añoráramos Ipar.
Era el miedo. Si alguien había decidido atacar Ipar o a sus habitantes, había pocas almas que hubieran querido defenderla.
Sí, por las montañas había soldados retirados, mercenarios, guerreros, cazadores.
Gente que sabía usar un arma, pero el corazón del Norte estaba en Ipar, en los habitantes del pueblo y allí eran pocos lo suficientemente habilidosos como para defenderse de un ataque calculado.
Como cada vez que pensaba en la posibilidad de que algo hubiera pasado en Ipar, mi poder aumentaba junto a mi ansiedad y cada vez que eso pasaba, Lennia aparecía a mi lado con algún dato nuevo sobre cualquier cosa que le pasara por la cabeza.
Era el papel que habíamos adaptado desde la noche que le dije que sí la conocía.
Siempre estábamos orbitando uno al lado del otro, nunca demasiado alejados, pero sin llegarnos a tocar.
No habíamos comentado la conversación ni una sola vez y yo le estaba dejando procesar mis palabras.
Lennia estaba volviéndose a abrir a nosotros, a mí, pero eso no significaba que no pudiera hacerla huir si presionaba demasiado.
Ya había visto lo fácil que retrocedía, no quería arriesgarme a que pudiera pasar, no ahora que estaba consiguiendo que se comportara libremente, así que iba a ir a el ritmo que ella marcara, nunca la obligaría a avanzar más de lo que estuviera preparada a recorrer.
—Mira, Haize, ¿ves las plantas que hay a nuestra izquierda?
¿Las altas con la flor que parece algodón?
—me preguntó, apareciendo por mi izquierda de la nada.
Sonreí. No fallaba en detectar que algo me estaba poniendo nervioso y nunca dudaba en acercarse.
Asentí cuando vi qué me señalaba—. Se llama Juncei.
La planta en sí no sirve para mucho, pero con la flor se puede preparar un somnífero bastante potente y efectivo, —me miró con esa sonrisa que utilizaba ella cuando sabía que iba a decirme algo que me haría reaccionar—, peeeero…
si te pasas mucho con la dosis es un alucinógeno muy potente.
Además es indetectable y los efectos solo duran un par de horas.
—Hierbazul… ¿Más drogas? —Reí—. Voy a pensar que solo has estudiado sobre plantas para ello, tus excusas ya no me sirven.
Rió, me sacó la lengua y avanzó a Gia, adelantándome una vez había cumplido su objetivo.
—Haize —me llamó Cádin con un tono serio.
Me giré hacia donde él miraba y vi como Roland y Kara llegaban con varias piezas que habían cazado.
Los dos soldados habían sido asignados al turno de caza.
Nos habíamos quedado sin comida esa misma mañana y teníamos que suplir, pero traían muchas más piezas de las necesarias para alimentarnos siendo los pocos que éramos, algunas de ellas aún con vida. Fruncí el ceño .
—¿Qué es esto? —pregunté señalando las piezas que traían.
—La cena —contestó Roland—. Estaba toda la familia ahí y no podíamos dejarlos solos —rió.
—¿Y en qué momento os parece apropiado asesinar a más animales de los que vamos a aprovechar?
No tenemos ningún medio para conservar el alimento.
Es un desperdicio estúpido. No solo eso, sino que se acerca hermanta y la comida escaseará.
así que estás dejando a los habitantes de esta zona sin comida.
—Chasqueé la lengua—. No se puede ser así de irresponsable cuando estás trabajando para proteger un reino.
—Le quité los animales que aún seguían con vida, enfadado—.
Y nunca, jamás, los dejas con vida para que mueran lentamente.
Les damos una muerte rápida y lo más indolora posible.
—Saqué un cuchillo de su funda y acabé con la vida de las pobres bestias.
—Cazábamos por necesidad, no por crueldad—.
Jamás quiero ver que traéis una pieza viva.
Nunca más. Si no sois lo suficiente habilidosos como para acabar con ellas de un golpe, las rematáis cuanto antes.
Ni Roland ni Kara contestaron pero esperaba que mi sermón sirviera para algo.
—Cádin. ¿Cuántas piezas necesitáis para la cena de hoy?
Cádin y Rela, que esa noche se encargaban de la cena, se acercaron y examinaron a los animales, seleccionando dos de las cinco piezas.
—¿Sólo esas dos? —Asintieron. Cogí las otras tres y me dirigí a Seri.
Lennia estaba con los caballos. Siempre solía estar con ellos cuando no le tocaba ninguna tarea extra.
—¿Dónde vas a estas horas? —preguntó intrigada.
—Han cazado piezas de más. No voy a dejar que se echen a perder ni que se tire comida.
—Eso no responde a mi pregunta —dijo, poniendo los brazos en jarra y deteniéndose delante de Seri.
—Hemos pasado un orfanato hace un rato, voy a entregarles las piezas sobrantes.
Lennia miró a las piezas de caza que tenía en la mano y luego me miró a mí. Sin decir nada se giró y colocó la silla a Gia. Fruncí el ceño.
—¿Qué haces?
—Hay que ir a un orfanato, ¿verdad? Vamos entonces antes de que se nos haga más tarde —respondió, montando en Gia..
—Me sorprendes —dijo Lennia cuando llevábamos un rato de camino en silencio.
—¿Yo? —pregunté y ainstió—. ¿Por qué?
Me miró durante un rato largo y tendido. Alcé una ceja, instigándola a responder.
—Eras el general de los ejércitos de Bore, tenías dinero, fama y poder y aún así lo dejaste todo y te exiliaste sin gloria ni parafernalias.
Llevas desde entonces viviendo en el Norte, haciendo todo el bien que has podido allí.
Nadie sabía nada sobre ti aquí, pero cuando Boreas ha necesitado ayuda has vuelto sin dudarlo y sin pedir nada a cambio.
—La miré expectante, sin saber dónde quería llegar—.
Ahora que has vuelto sigues dando todo de ti por Boreas y por este ejército pero te enfrentas a Nator si crees que algo no es correcto, dices lo que piensas.
Has visto y vivido mucha muerte y aún así eres amable, leal y justo.
Te enfadan las injusticias. He escuchado tu sermón a Roland y Kara.
Has rematado a esos pobres animales para que no sufrieran y ahora vas a perder horas de sueño para regalar esas piezas para que otros tengan comida.
—Me miró como nunca antes me había mirado.
Me estaba poniendo nervioso pero… bien .
Mi corazón empezaba a acelerarse bajo el escrutinio de su mirada y yo solo podía mirarla de vuelta. No me salían las palabras.
Cádin tenía razón. Estaba en problemas con ella tal y como me había dicho hacía unas noches. Muy, muy en problemas.
Al final ella solo sonrió y fijó su vista al frente, no diciendo nada más.
—¿Pero es malo? —Me salió mucho más titubeante de lo que había planeado pero recuperé rápido la voz.
—No, Haize, no es malo. Simplemente es. —Me sonrió de nuevo—. ¿No deberíais ser los generales el típico tío grande, gruñón, lejano y sin sentimientos? —Rió por lo bajo.
—Rahel no es así. ¿Preferirías que yo lo fuera? —pregunté. Esta conversación se estaba acercando peligrosamente a hablar de nuestros sentimientos, pero realmente necesitaba saber qué opinaba.
—No —contestó después de lo que parecieron minutos—. Pero las cosas serían más fáciles si lo fueran.
—¿Más fáciles?
—Mira, el orfanato está ahí delante.
Mire hacia delante y vi el edificio. Era una simple edificación de piedra en medio de las montañas. Los orfanatos de Saggar solían estar regentados por seguidoras de alguna de las dos diosas que teníamos. Por la estética y los colores este orfanato pertenecía a las hermanas de Eshkigal.
—Lo veo. ¿Más fáciles en qué? —insistí.
—Vamos a acercarnos rápido, se está haciendo tarde y no quiero despertar a los niños o a las hermanas.
—Lennia, respóndeme.
—La hora que es quizá ya están durmiendo.
—Lennia, ¿puedes dejar de cambiar de tema?
Lennia frenó a Gia y me miró. Los ojos le brillaban llenos de vida.
—La verdad es que no. Voy a seguir cambiando de tema hasta que te canses.
—No eres más que un montón de problemas con una cara bonita.
Estaba frustrado con la conversación pero me estaba divirtiendo.
Para mi sorpresa, Lennia rió y avanzó con Gia un poco más rápido.
Negué con la cabeza intentando no reír y aceleré a Seri, haciendo que alcanzara a Gia en apenas unos pasos.
Me miró de reojo esperando a que volviera a insistir, pero no lo hice, en lugar de ello adelanté a Gia y me giré a mirarla mientras una sonrisa se dibujaba en su cara.
Llamé al aire y se lo lancé, despeinándola.
Fue a abrir la boca, probablemente para quejarse pero yo ya estaba desmontando a Seri y acercándome a la puerta del orfanato.
—Muchas gracias, que las Diosas vayan con vosotros. Aquí le daremos buen servicio a estas piezas que nos traéis. Nuestros niños os lo agradecerán, os haríamos conocerlos si fuera más pronto, pero ya están en cama —dijo la hermana Ava una vez le entregamos las piezas.
Había sido una visita rápida, los niños ya estaban durmiendo y las hermanas estaban preparando el día siguiente, así que no habíamos querido molestar más de lo necesario.
Boreas tenía un sistema para ayudar a los orfanatos y otros centros parecidos pero a veces no era suficiente, así que apreciaban toda la ayuda extra que recibían.
Lennia les había dado también varias cremas y tés que llevaba consigo y ambos habíamos vaciado nuestras bolsas de zariag.