Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo veintiséis
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Capítulo veintiséis

LENNIA

T res días después nos dirigíamos hacia Ipar. Nator no estuvo contento con mi petición de ir hacia el norte con Haize y los demás pero le dejé claro que no iba a cambiar de opinión, así que al final aceptó a que les acompañara.

Estaba ensillando a Gia al lado de Kiria, que preparaba a Caas.

—Lennia, si decides quedarte en el Norte y no volver, nadie te lo tendrá en cuenta —me dijo como quien no quiere la cosa mientras cargaba cosas en la silla.

—Kiria, ya lo hemos hablado. No voy a Ipar para huir de Boreas.

—Sólo digo. Rahel está de acuerdo conmigo. Y sé que Haize y Cádin también lo están. Nadie va a echarte nada en cara si no vuelves. Tienes que ser feliz. Rhita te lo dijo ayer. Hazle caso.

Reí por lo bajo. La noche anterior me llevé a todo el grupo —Haize, Kiria, Rahel, Cádin y Roa— a cenar con Rhita, que estuvo más que encantada de verme con compañía.

—Y le hago caso. —Sonreí, intentando tranquilizarla—. Pero ahora ya es personal el saber qué está pasando, Kiria. Si no hubiera visto lo que he visto… ¿pero después de ver todo lo que vimos en Zéfiro? No puedo huir y esconderme de esto. Necesito saber el por qué.

Kiria no me dijo nada más, asintió, montó en Caas y me sonrió.

—Nos vemos a la vuelta entonces, Lennia. Que tengas un buen viaje.

—Hierbazul, ¿estás lista? No quiero que nos quedemos atrás —me llamó Haize que ya estaba montado en Seri.

Monté rápidamente a Gia y enseguida me puse a su lado.

—¿Vas a dejar de llamarme así en algún momento?

—¿Así cómo? ¿Hierbazul? Probablemente no. —Me sonrió—. Por lo menos no hasta que encuentre otro mote mejor.

—Por favor, no lo hagas.

Volvió a sonreirme de la manera sincera en la que lo hacía conmigo.

—¿Me estás diciendo que te gusta que te llame Hierbazul, entonces?

Reí. Porque no tenía sentido negarlo más. Me divertía con Haize. Hacía que me lo pasara bien, hacía que tuviera ganas de seguir a su lado.

—No he dicho eso en ningún momento, listillo.

—Pero tampoco has dicho lo contrario.

Me guiñó el ojo, como hacía siempre que creía que había ganado una discusión y yo no lo negué, porque realmente había ganado. Le había cogido cariño al mote. A la forma en la que lo decía, a que fuera único para mí, a que no hubiera olvidado nuestra primera conversación.

Después de ellos cabalgamos en confortable silencio. Éramos treinta soldados a parte de Haize, Roa, Cádin. Llegar a Ipar costaría cinco días a caballo.

El primer día cabalgamos sin incidentes.

Haize estaba en su elemento liderando al grupo de soldados, en cambio yo estaba cabalgando entre la incomodidad de viajar con un grupo tan grande y la curiosidad de sentirme parte de algo así.

Gente que cabalga para proteger a los más débiles, para hacer el bien.

No conocía a todos los soldados personalmente, con la mayoría de ellos ni siquiera había hablado, pero cada persona que se había ofrecido voluntaria para esta misión —porque Nator no había obligado a nadie—, merecía mi respeto.

Cuando nos tocó montar el campamento para descansar y repartir los turnos de vigilancia pude ver la diferencia con las pequeñas expediciones que habíamos hecho.

Nunca había estado en la guerra y esperaba no estarlo jamás, pero ver como todos los soldados trabajaban codo con codo haciendo que todo encajara para cumplir con el propósito que se le había asignado era increíble.

Era como ver engranajes girar, siempre encajando, sin detenerse.

La cena fue rápida, con muchas risas por parte del grupo. Habíamos decidido no llevar mucha comida y cazar lo que pudiéramos cuando hiciera falta.

—¿Cómo llevas el brazo? —Roa se sentó a mi lado, cargando su plato con ella—. Espero que no te quedara ninguna secuela o Haize no va a dejarme en paz en la vida.

Me reí por lo bajo y roté el brazo, mostrándole que no tenía ningún tipo de incomodidad.

—Todo perfecto, gracias. En ningún momento me ha dolido ni he notado ninguna molestia. Eres la mejor médica que he tenido nunca. Ni siquiera noté que me estabas curando.

—Me alegro y gracias. —Comió un poco de su estofado—. Lo mío me costó manejarme así, muchos años de sudor y lágrimas.

La miré intrigada, no queriendo presionar para que hablara si no quería, pero dejando la puerta abierta a lo que quisiera compartir conmigo.

—Desde siempre he tenido mucha afinidad con la magia curativa, así que mi vida estuvo un poco dictada por ello.

Mis padres no eran mala gente, pero se obsesionaron con que tenía que convertirme en médica y guiaron un poco mi camino sobre ello.

Otros niños podían ir a jugar, al mercado, practicar varios tipos de magia para encontrar qué les gustaba…

Pero yo no, no tuve una infancia normal.

Mi vida era practicar y mejorar en mi curación y no podía hacer nada más.

Me pasé la vida en médicos y hospitales practicando con personas reales y, conforme iban mejorando mis aptitudes y mi poder, más me iban exigiendo.

Cuando tenía unos doce años entré en uno de los colegios internos y no salía hasta los veinticinco.

Trece años en los que mi vida se redujo a estudiar y curar, con algunas visitas a casa de por medio.

Después de ello Roa cambió de tema y empezamos a hablar de Ipar hasta que fue hora de ocuparnos de nuestras obligaciones.

—Eres Lennia, ¿verdad? —preguntó uno de los soldados más jóvenes cuando estaba fregando los platos.

Asentí con la cabeza, observándolo. Era alto, llevaba el pelo negro rapado casi al ras e iba completamente afeitado. Vestía el atuendo de los soldados, gris y morado y era bastante más alto que yo.

—Nos han hablado mucho de ti.

–¿Ah, sí? —pregunté, levantando una ceja—. ¿Quién? ¿Tengo que preocuparme?

Acabé de fregar los platos que había en la pila, me sequé las manos en un trapo que había por allí y me giré completamente, cruzando las manos sobre el pecho.

—Liam. —Estiró su mano y se la estreché—. Y no, no tienes que preocuparte, todo lo que he oído de ti es tan bueno que seguramente es falso.

Alcé una ceja y miré a Liam, sonriendo. ¿Estaba intentando ligar conmigo? Volví a mirarle. Tenía buena planta, era alto y canónicamente atractivo, pero era definitivamente demasiado joven para mí, aunque agradecía su atención.

—Definitivamente algo será falso, pero mejor si piensas que todo es cierto, seguro que suena todo bien.

—Suena todo bien. —Rió—. ¿Dónde te toca asentarte? ¿O vienes solo como soporte y volverás hacia Bore?

—Estoy yendo hacia Ipar, de hecho. Acompaño al grupo que se dirige hacia allí para comprobar que todo esté bien.

—¿Ipar? ¿Te refieres a El Norte? —preguntó confundido.

—Sí, Ipar es como le llaman sus habitantes. Si a alguien le importa una tierra lo suficiente como para bautizarla, deberíamos respetarlo, ¿no crees, Liam? Además, un territorio merece un nombre, no solo una localización —dije más a la defensiva de lo que había pretendido en un primer momento.

—Por supuesto que sí, pero no había conocido a nadie que se refiriera a la zona con ese nombre —explicó con una sonrisa apologética—. Tú no eres de allí por eso, ¿verdad? ¿Vives en Bore?

—No, no vivo en Ipar, por ahora vivo en Bore.

—¿Y crees que cuando acabe la misión podríamos ir a tomar algo? —preguntó sin vergüenza alguna.

Le sonreí. No recordaba la última vez que alguien me había invitado a tomar algo. Estaba siendo educado y dulce, pero nunca le había dado falsas esperanzas a nadie y no iba a empezar a hacerlo ahora.

—Me halaga, pero eres demasiado joven para mí.

—¿Jóven? Tengo cincuenta y tres años.

—Te saco más de cien. Así que sí, joven.

—Touché. Por lo menos lo he intentado. Pero si alguna vez cambias de opinión y quieres a alguien más joven, búscame.

Me reí y negué con la cabeza.

—Lo digo en serio Lennia —añadió muy serio.

—Vale, si alguna vez me apetece ir a tomar algo con alguien más joven, serás el primero de la lista.

Esta vez fue él el que rió antes de marchar. Me quedé mirando como se alejaba.

—¿Ese es tu tipo? —preguntó Haize desde mi espalda.

––¿Qué? —Me giré y me di cuenta que estaba a un par de pasos detrás de mí—. ¿Desde cuándo llevas ahí?

—Acabo de llegar. —Miró la espalda de Liam, que ahora estaba preparando una de las zonas designadas para dormir—. Liam es un buen tipo.

—¿Ah sí? —pregunté fingiendo interés—. Es guapo. Y alto. Tiene buen cuerpo —dije. Vi como el rostro de Haize se ensombrecía y tuve que reprimir una sonrisa.

—Lo es. ¿Entonces saldrás con él?

—¿Cómo sabes que estábamos hablando de ello?

—Lo he escuchado antes comentarlo con Noos y Caleb.

—¿Debería? —Haize frunció el ceño—. Salir con él —especifiqué.

—No —dijo sin ninguna duda mientras se acuclillaba a apagar el fuego que aún quedaba encendido.

—¿Por qué?

—No encajáis.

—¿Y por qué crees eso, Haize? —pregunté divertida.

—Porque te conozco.

—No. —Reí—. No lo haces.

Me miró muy serio y se levantó después de comprobar que todas las brasas habían quedado apagadas. Paró a un paso de mí, sin quitarme la vista de encima. Colocó su dedo índice en mi barbilla y, suavemente, inclinó mi cabeza para que le mirara directamente a los ojos.

—Cada vez que estamos en Bore siempre estás mirando a tu alrededor buscando a alguien, más bien evitando encontrarte a alguien, lo sé porque cuando estás preocupada te muerdes las pieles de los dedos o te los rascas, haciéndote heridas, y sueles hacerlo mucho más cuando estamos allí.

Arrugas la nariz cuando algo que dicen a tu alrededor no te gusta pero no quieres decir nada.

“Cuando estás contenta se te iluminan los ojos, pero no el brillo dorado que te sale cuando tu poder se enciende, sino con un brillo propio, como el de las estrellas.

En cambio, cuando estás preocupada, frunces el ceño de una manera única y se te forma una arruga aquí.

—Tocó un punto de mi frente—. Te gusta hablar con Gia y con los demás caballos y a ellos les gusta que les hables.

Siempre que puedes les das algún dulce o algún premio porque quieres que se sientan queridos.

Te sueles apartar de todos cuando algo te supera porque crees que no merece la pena contarnos las cosas o que no te vamos a escuchar.

—Suspiró, enfadado con lo que acababa de decir—.

Cuando estás haciendo algo relacionado con las plantas no solo te brillan los ojos, brillas toda tú.

Las plantas, las hierbas, las flores, te dan la vida y te gusta que la gente sepa de ello.

“Te preocupas por todo el mundo, aunque no quieras que los demás lo sepamos.

Incluso te sigues preocupando por Larán y Nator aunque no se lo merecen después de lo que te hicieron.

Sé que dudas de tí, de tu poder y de los que están a tu alrededor y que tienes motivos para hacerlo, pero estás luchando para cambiar eso.

Cuando haces una acción de la que estás orgullosa, sonríes tanto que las mejillas se te ponen de un color más intenso y, cuando tienes frío, la oreja derecha se te pone roja, pero no te pasa con la izquierda.

—Dejó de hablar durante unos segundos—. ¿Sabes que sé también?

Que cuando bajas la guardia y dejas de desconfiar no hay nadie como tú en ninguno de los reinos.

—Me miró, esperando por si yo decía algo, pero estaba demasiado perpleja para articular palabra, así que siguió—.

Por eso sé que no encajas con Liam. No es un mal tipo, pero es joven y estúpido y no podrías brillar al lado de alguien como él.

Necesitas alguien que te complemente, no alguien a quién arrastrar.

—Haize, tenemos un problema —le llamaron desde alguna parte del campamento que no supe identificar.

Tardó unos segundos en mover su mano de mi barbilla, acariciando el lateral de mi mandíbula en el proceso y sin decir nada más se dirigió hacia donde lo reclamaban mientras yo me fui hacia otro lado, poniendo la máxima distancia entre los dos.

El corazón me latía con más fuerza de la necesaria y estaba segura de que cualquiera a diez metros a la redonda podía oírlo.

Acabé en las zonas designadas para dormir, ayudando al grupo que estaba adecentando el espacio.

Cádin estaba entre ellos y aunque intenté hacer ver que no me daba cuenta de que me estaba mirando descaradamente, no funcionó.

No habían pasado dos minutos cuando Cádin estaba, casualmente, ocupándose de la misma tarea que yo, a menos de dos metros.

Un minuto después me sorprendía que no se me hubiera formado un agujero en la espalda de lo mucho que Cádin me estaba mirando.

—¿Qué? —pregunté, girándome y poniendo los brazos en jarra cuando ya se me hizo imposible ignorarlo más.

—No he dicho nada —dijo inocentemente.

—Pero estás pensando muy fuerte. Te puedo escuchar en tu mente. Suéltalo.

—Sólo porque estás insistiendo —dijo antes de que acabara de hablar, encogiéndose de hombros .

—A veces echo de menos cuando no hablabas conmigo.

Cádin rió lo que provocó la risa en mí.

—Estás en problemas —dijo una vez acabó de reír.

—¿Por qué?

—Haize.

—¿Se puede saber por qué estoy en problemas por Haize?

Se encogió de hombros y en ese instante decidió que ya había acabado de ayudar y se fue a otra zona, dejándome con la palabra en la boca.

Se fue intentando aparentar seriedad pero vi el destello en su mirada y el intento de aguantar la risa.

Cuando me encontré sola de nuevo no pude evitar otra cosa que reírme.

Decidí que adoraba a Cádin y me fui a dormir una vez empezaron las rotaciones.