Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo veinticinco
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Capítulo veinticinco

LENNIA

N ada más llegar a Bore me encerré en mi apartamento.

Después de pasar más rato en la ducha de lo que estaba dispuesta a confesar, me vestí, comprobando la rotación del brazo.

Roa había hecho un buen trabajo con él, había sanado todos los músculos internos, haciendo que no quedara ningún tipo de secuela.

Haize se había asegurado que tampoco quedara ninguna cicatriz, monitorizando a Roa mientras me sanaba.

La cantidad de veces que Roa puso los ojos en blanco mientras Haize nos observaba debieron batir un nuevo récord.

La vuelta a Boreas había sido caótica. Después del ataque la paranoia se había sumado al grupo y no nos abandonó. No solo por el miedo de una nueva emboscada, sino por el miedo a estar siendo seguidos, acechados.

Habíamos tardado mucho en detectar el ataque y por poco nos costó muy caro. Una vez derrotamos a los atacantes, Haize no se alejó de mi lado. Y cuando él no estaba a mi izquierda, Kiria estaba a mi derecha.

Cada vez estaba dudando más de la decisión que había tomado acerca de alejarme. Una mala experiencia con un solo grupo no podía condicionar el resto de mi vida y ellos me estaban demostrando una y otra vez que eran diferentes. No solo entre ellos, sino conmigo.

Y Haize.

Haize me había salvado la vida.

Me cegué cuando vi lo qué estaba pasando. No había querido alejarme tanto y mucho menos distraerme, pero me había entretenido recogiendo plantas.

Cuando volví al campamento noté la esencia de los extraños.

No había muchos, quizá tres o cuatro, pero había personas vivas, así que fue lo único que tuve en mente, impedir que los mataran, pero cuando me hirieron y Haize se tiró hacia mí para evitar que otra flecha me atravesara, Cádin acabó con todos los demás.

No iba a tomar más riesgos con aquellos a los que quería , me dijo cuando le pregunté por qué lo había hecho.

Me había disculpado con todos y cada uno de ellos.

Si yo hubiera estado allí podría haber ayudado, podría haber peleado o creado un escudo.

Por suerte fui la única herida por la estupidez de mis acciones.

Y tuve suerte de que no fuera a más. No hubiera sobrevivido al impacto de las flechas por mucho que Roa hubiera actuado.

Y Haize había estado dispuesto a recibir los impactos por mi. A salvarme a costa de su propia vida. No había querido preguntarle por qué lo había hecho, demasiado asustada de su respuesta.

Decidí en ese momento que tenía que cambiar mi actitud con él. Con todos ellos. Yo no era así. Yo nunca había sido así. No iba a dejar que Larán, Nator y los demás se quedarán con mi mejor versión. Ya me habían robado lo suficiente. No me iban a robar también quién era yo con los demás.

Decidí ir a disculparme con Kiria y los demás. Estaba a punto de salir para ir a buscarlos cuando la voz de Nator resonó en mi mente. “ Reunión en una hora. La sala de siempre” .

—Aumentaremos el ejército todo lo que podamos y lo dividiremos para cubrir todas las entradas de Boreas.

Habrá batallones en todas las ciudades grandes y cada día viajarán a los pueblos de alrededor para asegurarse de que todos los habitantes están bien —sentenció Nator después de estar debatiendo durante horas sobre la mejor actuación posible para asegurarse de la protección de Boreas.

—Pero eso es un gasto de recursos enorme y no hay ningún indicio de que nuestras fronteras estén en peligro —rebatió Carse, que llevaba oponiéndose a esta idea desde que Rahel la había propuesto.

—No hay peros que valgan. La falta de indicios no significa que no esté sucediendo ya.

Carse cerró la boca y asintió. Nator estaba perdiendo la paciencia, todos lo podíamos notar. El despliegue que iba a hacer era enorme pero necesario si quería asegurarse de que cada uno de los habitantes de Boreas estuviera a salvo.

Pasamos las siguientes horas haciendo particiones del ejército para dividir batallones.

Estaba viendo como Rahel y Kiria dividían el mapa bajo la atenta mirada de Nator cuando la puerta de la sala donde estábamos reunidos se abrió. Miria entró, su vista inmediatamente cayendo en Nator.

—Notos y Austro han aceptado pedir el consejo de Nammu.

Falta que Alisio conteste, pero somos positivos de que pese a sus reticencias a colaborar con los demás verá la gravedad del asunto y no intentará retrasar las cosas.

Esto nos ayudará a saber si hay algún territorio más afectado y cómo podemos lidiar con este tema de forma conjunta.

Nator le sonrió a Miria como si cargara el sol a sus espaldas y abrió los brazos, invitándola a acercarse.

—Gracias por ocuparte de eso, Miria —dijo Nator, sonriéndole. Luego volvió la vista a frente, a nosotros—. Si no hay nada más que discutir, volveremos a reunirnos una vez hayamos repartido batallones.

—Lo cierto es que yo sí tengo algo que decir, majestad —dijo Haize. Incliné la cabeza y le miré directamente. Nunca le había escuchado referirse a Nator con su título formal.

—¿El qué? —preguntó Nator levantando una ceja.

—Voy a volver a El Norte. —Abrí mucho los ojos, sorprendida de sus palabras.

Él levantó las manos, apaciguándonos—. No para siempre, por ahora.

Tengo que asegurarme que las cosas por allí arriba siguen bien, no puedo concentrarme en proteger Boreas si no sé si mi hogar está sano y salvo.

Estoy solicitando tu permiso para que me pongas con la tropa que vaya hacia el norte y me dejes desviarme hacia Ipar.

Cuando compruebe que todo está correcto bajaré hacia donde se me necesite de nuevo.

Nator observó a Haize, Roa y Cádin. Estos últimos no habían hablado pero tenía tan claro como él que donde iba uno iban a ir los tres, que no era solo cosa de Haize.

—Entiendo que si no garantizo este permiso vais a ir igualmente.

—Suspiró—. De acuerdo. Partiréis con el primer grupo que salga hacia allí.

Os desviaréis a El Norte y volveréis una vez hayáis comprobado todo.

Esto también será útil para conocer de dónde puede venir el peligro.

Al fin y al cabo, El Norte es una de nuestras fronteras. Protegerlo es protegernos.

Pese a que acabábamos de volver, era el segundo día de la semana así que sabía donde iba a encontrar a Kiria a esas horas.

Cuando llegué a la zona de entrenamiento, ya se escuchaban voces desde la sala, así que abrí la puerta y entré.

—¡Hola! —dije con más fuerza de la que esperaba. Todas las mujeres que había allí dentro —incluída Kiria—, me miraron y me sonrieron, devolviéndome el saludo.

—Lennia, qué alegría de que estés aquí —añadió Kiria sonriéndo sinceramente, pequeñas arrugas formándose en la comisura de los labios.

—Hierbaazul. —Me llamó una voz cálida antes de que pudiera responderle—. No sabía que nos honrarías con tu presencia. —Haize se acercó y sujetó la punta de mi trenza tirando de ella mientras se agachaba para quedar a la altura de mis ojos—. Pero me alegro de que lo hayas hecho.

—¿Qué hace este aquí? —pregunté, golpeando su pecho con mi dedo índice—. No sabía que aceptábamos a gente con mal gusto —dije, señalando su ropa.

Los pantalones habían visto mejores vidas hacía ya varios años y la camiseta estaba dada de sí, con varios agujeros.

Nunca le había visto tan desentendido con su ropa, pero de nuevo, nunca le había visto vistiendo otra cosa que no fuera la ropa de batalla o la que llevaba con los animales.

Haize cogió mi dedo con una de sus manos y rió.

—Ropa de entrenamiento. —Me guiñó el ojo—. A algunos nos queda bien cualquier cosa.

Las mujeres que había alrededor nuestro comenzaron a reír, lo que me hizo sonreír a mi también.

Todas las mujeres que había conocido en mi última sesión estaban ahí junto a dos que no había visto el último día.

También Rahel nos estaba acompañando. Me miraba con una sonrisa bobalicona en la cara, como si por fin hubiera resuelto un acertijo que se había preguntado hacía muchos días.

Pausé mi vista en él y entrecerré los ojos.

“Qué” , articulé en silencio en su dirección de manera desafiante.

Él sonrió todavía más y negó con la cabeza.

—Venga, no os distraigáis. ¡Vamos a empezar!

—dijo Kiria, dando palmas para hacerse escuchar mejor—.

Cómo veis, hoy tenemos a Rahel y a Haize con nosotras y ahora se nos ha unido Lennia, así que vamos a aprovechar bien la clase.

Como sois ocho, os dividiré en grupos de dos e iréis entrenando con quien os toque.

Una de las mujeres que había en el grupo —la más mayor de ellas— corrió y cogió a Rahel del brazo.

—Yo voy con él —dijo riendo.

La reconocí de la última clase. Era la que había preguntado por él. Reí, como hicieron todos los demás.

—Está bien, Netta. Tú y Tine iréis con Rahel. Mocca y Vera conmigo, Lara y Ciria con Haize y Koria y Tania con Lennia.

Le sonreí a las dos mujeres que se pusieron a mi lado y esperé más instrucciones de Kiria.

—Casi nunca podemos hacer esto porque no somos suficientes pero considero que es divertido ver cómo habéis evolucionado.

En parejas lucharéis contra vuestro instructor y éste os irá dando consejos, ¿vale?

No quiero que nadie se haga daño, el objetivo es poder destruir la defensa, si os cansáis o necesitáis parar, no dudéis en pedirlo. ¿De acuerdo?

Todas asintieron y nos pusimos en posición. Cree un escudo, tal y como hicieron los demás y entonces Koria y Tania atacaron. Continuamos entrenando durante una hora, hasta que Kiria paró el entrenamiento.

—¡Muy bien! Estoy muy contenta con vuestros avances, se nota que habéis ido entrenando.

—Otra vez se dirigía a ellas con esa sonrisa orgullosa con los ojos brillando de la felicidad—.

Estoy muy orgullosa de vosotras. Nos vemos en tres días si no nos envían fuera otra vez.

Pero si lo hacen, seguid entrenando por vuestra cuenta, ¿de acuerdo?

Todas abrazaron a Kiria y salieron poco a poco, hasta dejarnos solos.

—No sabía que ibas a venir —me dijo Kiria—, pero me alegro de que lo hayas hecho. Ya te dije que siempre serías bienvenida con nosotras. —Me sonrió.

—Realmente venía a otra cosa. —Me levanté de donde me había sentado y les miré uno a uno, haciéndoles saber que esto iba para todos ellos—.

Me quiero disculpar. Por mi actitud, por cómo me he portado.

No os lo merecéis. Además es inexcusable que no estuviera con vosotros cuando sucedió el ataque.

—Fueron a hablar pero levanté una mano, silenciándolos—.

Debería haber estado allí. Como sabéis confiar en la gente no me es fácil.

Creo que la razón es bastante obvia, pero vosotros no sois los culpables.

No habéis hecho otra cosa que portaros bien conmigo, ayudarme, demostrarme que puedo confiar en vosotros, que me cubrís espalda, que no vais a dejar que me pase nada —dije esto último mirando a Haize, que me mantuvo la mirada––.

Así que me disculpo. Con todos vosotros.

Y os doy las gracias por no haber dejado de intentarlo conmigo, aunque a veces os lo pusiera difícil.

Me mordí el labio, esperando que dijeran algo, pero solo me sonreían. Kiria se acercó a mí y me abrazó.

—No hacía falta que te disculparas, pero gracias por hacerlo.

—Te dije una vez que cuando estuvieras preparada para aceptarme como tu amigo, estaría aquí. Y aquí estoy —añadió Rahel abriendo los brazos, sopesando si quería un abrazo. Le sonreí y me dirigí hacia él cuando Kiria me soltó.

Rahel me abrazó como te abraza alguien que quiere que sepas que eres importante. Fue un abrazo cálido, fuerte, reconfortante. Cuando me soltó me estaba sonriendo.

—Te dije que todos necesitábamos amigos. Has tardado más de lo que había supuesto y temía que no fuera a tener razón respecto a tí, pero cómo me alegra tener siempre la razón.

Kiria rió, se acercó y me volvió a abrazar desde mi lateral, pasándome un brazo por los hombros.

—A veces nadie te aguanta —le dijo a Rahel—. Vamos, llegaremos tarde a la misa por Auro.

Kiria le cogió de la mano y tiró de él, llevándoselo de la sala.

Les miré irse, divertida ante la situación.

Rahel seguía a Kiria ciegamente, sin dudar.

Estaba claro que él adoraba el suelo por donde ella pisaba.

Verles era la prueba de que, aunque mi relación había fracasado, no todas las relaciones tenían que fracasar.

Haize se aclaró la garganta detrás de mí.

—No hacía falta que te disculparas. Ni que nos dieras las gracias.

Tampoco tienes que disculparte por no estar en el ataque.

Me alegra de que no estuvieras. Ojalá no hubieras vuelto hasta que hubiéramos lidiado con ellos.

—Posó su vista en la zona donde la flecha me había alcanzado y chasqueó la lengua—.

Tus razones para confiar o no son tuyas y no le debes nada a nadie; ni una explicación ni ninguna otra cosa.

Pero me alegra de que hayas decidido confiar en nosotros —me sonrió—, me gusta cuando eres tú misma.

Tienes carácter, no te dejas pisotear y te ríes más.

Eres más feliz cuando no te ocultas detrás de tu armadura.

Me quedé mirándolo fijamente, analizando lo que había dicho. Cuando era yo misma. El silencio se alargó más de lo que era correcto en una conversación pero no sabía qué decir. Haize debió de darse cuenta porque estiró el brazo y volvió a agarrarme la trenza, dándole un ligero tirón otra vez.

—Vamos, tenemos que ir al memorial de Auro y te hace falta una ducha antes de la cena, casi te patean el culo hoy —dijo, intentando suavizar el ambiente, pero con la voz ligeramente más suave y de un tono más grave y melodioso.

Haize se dirigió a la puerta, sin mirar si le estaba siguiendo o no. Me aclaré la garganta.

—¿Haize? —Frenó y giró la cabeza, mirándome con las cejas levantadas—. Déjame acompañarte al norte. Enséñame Ipar.

Se le iluminó la mirada cuando me sonrió. La sonrisa le ocupaba toda la cara. Creo que jamás había visto a Haize sonreirme de una manera tan sincera.

—Será un honor para mí que me acompañes y enseñarte Ipar, Lennia.