Capítulo veinticuatro #3
Roa estaba detrás de mí, armas en mano, esperando a ver si alguien cruzaba la primera defensa.
Roa siempre nos cubría las espaldas. Era una luchadora hábil, pero su vida no habían sido las batallas, sino la medicina y sanación.
Que conservara su poder podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte de cualquiera de nosotros.
Seguí manejando el escudo, creando un pasillo para que Kiria y Rahel pudieran salir a defendernos. No me atrevía a rebajar el escudo viendo la fuerza que estaban demostrando nuestros atacantes.
Me temblaba todo el cuerpo. No solo del desgaste físico que me estaba suponiendo mantener el escudo en su lugar, sino de la impotencia de no poder estar en primera fila, peleando por defender a mi familia.
Sí. Cádin, Kiria y Rahel eran hábiles. Mucho más que yo.
Estaba seguro que cualquiera de ellos podía ganarme en una pelea justa, pero yo no había nacido para quedarme en la retaguardia.
Había nacido para estar al frente. Ser la primera piedra, el primer escudo.
Sabía que mi trabajo con el escudo estaba siendo esencial, pero mi cuerpo vibraba con la necesidad de atacar, de liberarnos de la amenaza. De mantenerlos seguros.
Y entonces la sentí. Antes de oírla, antes de verla.
—¡Parad! ¡Parad! —gritó Lennia que se acercaba corriendo—. No todos son no-êr. Algunos están vivos, tienen poderes. ¡Tienen esencia! ¡Los estoy sintiendo!
Me giré a mirarla. Venía corriendo, desprotegida, sin arma en mano.
El pánico me cegó. ¿Qué estaba haciendo? Daba igual quién o qué fueran, nos querían muertos.
Estaba a punto de gritarle que se defendiera, que creara un escudo, cuando una flecha voló por encima de mi cabeza.
Lo siguiente que escuché fue el sonido seco que hizo su ropa al rasgarse, seguido del que hizo su piel para acabar con el quejido ronco de Lennia. La flecha le había atravesado la clavícula.
Miré en la dirección de donde había venido esa flecha, buscando desesperadamente el origen de ésta y vi que había dos soldados más que habían pasado desapercibidos, cargando flechas de nuevo, apuntando hacia Lennia.
Todo a mi alrededor paró.
La esencia, la batalla, el viento, el repicar del metal cuando una espada se encontraba con otra. Solo ví como sacaban la flecha del carcaj y la cargaban en el arco. Vi como tensaban la cuerda y como la soltaban.
El pánico se apoderó de mí. Sabía que no podía romper el escudo que estaba protegiendo a los demás, no podía abandonarles así, pero tenía claro que no podía dejar que esas flechas la alcanzaran.
Por encima de mi cadáver la iban a volver a herir.
Tuve medio segundo para tomar la decisión, pero no dudé. Concentré todo mi poder en la superficie y lo solté para que el escudo se mantuviera y corrí hacia Lennia, que aún seguía mirándose la herida, sin ser consciente del peligro que tenía delante.
Esas flechas no iban a fallar.
Me lancé hacia ella, girándola y abrazándola con todas mis fuerzas, atrayéndola hacia mí. Si eso no funcionaba, por lo menos ella no iba a volver a sangrar.
Una vez la tuve protegida entre mis brazos giré la cabeza y con el resquicio de esencia que me quedaba en la superficie disparé aire hacia las flechas.
La primera que venía hacia nosotros recibió el impacto de golpe, desestabilizándose, haciendo que acabara en el suelo.
La segunda se desvió ligeramente, pero siguió su trayectoria.
Toda mi concentración había vuelto a mantener el escudo a mis espaldas y a Lennia segura entre mis brazos.
No podía dejar que esa flecha nos alcanzara, si me daba, el dolor inutilizaría mi esencia y dejaría desprotegidos a los demás si rompía el escudo.
El aire no iba a funcionar otra vez así que me aferré a lo único que pude.
Mi afinidad con la alquimia era mínima, pero había mejorado desde que estaba en Ipar. Me concentré en la fecha y prácticamente supliqué que se desintegrara.
Un segundo estaba volando hacia nosotros a una velocidad vertiginosa y en el siguiente segundo ya no quedaba nada. La flecha cayó transformada en arena, apenas un centímetro de mi espalda. Y suspiré. Tardé unos segundos en asimilar el silencio que había a mi alrededor.
Me giré poco a poco, con miedo de lo que me podía encontrar y vi a mis cuatro compañeros mirándome. Habían podido con los atacantes. Estábamos a salvo.
Me obligué a relajar mis brazos y poco a poco solté a Lennia que me miraba con los ojos muy abiertos. Examiné su herida y dejé salir un suspiro de alivio.
—Estás bien —afirmé, más para mí mismo que para ella.
—Estoy bien. —Tragó saliva y sus ojos ámbar, prácticamente amarillos, se clavaron en mí—. Me has salvado. De nuevo .
Sólo sonreí, como un tonto. No podía hacer otra cosa que mirarla. Intentaba calmarme. Estaba bien. Ella. Yo. Los demás. Ya no había peligro. No la iban a volver a herir. Todos estábamos bien.
—¿Cómo has sabido que eso funcionaría? No te había visto nunca usar la alquimia —preguntó, sacándome de mis pensamientos.
La miré a los ojos durante unos segundos, empapándome de ella. De su fuerza.
—No lo sabía —confesé con la voz más floja de lo que había pretendido.