Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo veinticuatro #2
58%

Capítulo veinticuatro #2

—Ya te dije que era demasiado inteligente para hacerte el simple, Haize —dijo Roa soltando un gruñido y avanzando a Liria hasta colocarse a mi otro lado. Puse los ojos en blanco. Solo me faltaba una intervención de ambos a la vez—. Vamos, llevas desde que hemos salido sin quitarle el ojo de encima.

—Solo estoy preocupado por ella. Todos lo estamos —dije a la defensiva.

—Nadie ha dicho lo contrario —respondió Roa con una sonrisa en la voz.

—No sé qué os proponéis, pero no.

Cádin y Roa rieron por lo bajo y ambos negaron con la cabeza.

—El sexo masculino es tan estúpido a veces. Tanta planta y tan poco cerebro —dijo Roa, mirando hacia el cielo—. No sé cómo no te has dado cuenta todavía, pero ya llegarás ahí, Haize.

—¿Darme cuenta? —Pasé la mirada de izquierda a derecha, alternando entre ella y Cádin—. ¿Podéis no hablar en clave, por favor? —Estaba intentando mantener un tono neutral, pero cada vez me lo estaban poniendo más difícil.

—¿En serio, hermano? —me dijo Cádin y la elección de palabras hizo que mi enfado se esfumara.

Cádin solo me llamaba hermano cuando estaba realmente preocupado por mí o cuando lo que me estaba diciendo era importante.

Así que en lugar de contestar con cualquier reproche, le miré, expectante.

—¿Me vas a hacer decirlo en voz alta? —Se pasó la mano por la cara, exasperado, y sonreí ante la imagen—.

Haize, Lennia te gusta —dijo muy despacio.

Paré a Seri de golpe, lo que hizo que los soldados que iban detrás de mí tuvieran que frenar y dejaron claro qué pensaban del repentino movimiento con unas bonitas palabras que llenaron el aire alrededor de mí. Roa río y Cádin volvió a pasarse la mano por la cara.

—¿Sabes qué no es malo, verdad? —dijo Roa parándose a mi lado—. Parece que te hayamos dicho que tienes una enfermedad mortal.

—No. Solo me preocupa igual que me preocupaste tú cuando estabas herida. O Cádin cuando no está conmigo. No es nada más. —Les fulminé con la mirada porque seguían con esa estúpida sonrisa en la cara, dejando claro que no me creían—. Sois peores que unos críos jugando a las casitas.

Avancé a Seri y me puse a la cabeza de la procesión, al lado de Rahel.

Kiria volvía a cabalgar con Lennia y yo me obligué a fijar mi vista hacia el frente.

No me gustaba Lennia, no de esa manera .

Solo me preocupaba ella. Nadie merecía ser obligado a luchar en una guerra que no era suya.

Y nadie merecía que le obligaran a usar sus poderes en contra de su voluntad.

El viaje estaba siendo muy tranquilo y ya se había empezado a respirar un poco de calma.

En poco más de un día estaríamos dentro de las fronteras de Boreas y con ello, un paso más cerca de asegurarme que todo estaba bien en Ipar.

Todos los soldados de Zéfiro ya se habían desviado a empezar su reconocimiento y estábamos —al fin— solos.

El ambiente estaba más relajado. No es que su compañía hubiera sido mala, pero la complicidad de tener solo a tu gente alrededor no se podía cambiar.

—Qué ganas de dormir en una cama, por las diosas. Pienso no salir de ella hasta que me salgan escamas en la piel del roce de las sábanas —dijo Roa, estirando la espalda.

—Es un poco exagerada, su alteza —se burló de ella Cádin.

—Una última noche y llegamos. Vamos a preparar el campamento y la cena pronto y así salimos con la primera luz del sol —dijo Rahel, moviéndose a preparar una zona para los caballos.

Enseguida nos pusimos a montar el campamento y preparamos un fuego. Aún teníamos algo de comida de la última cacería, así que no tuvimos que perder tiempo en ello.

Se me erizaron los pelos del cuello. Algo estaba mal. El bosque se había silenciado. Como si nos quisiera advertir de algo. Los insectos, los pájaros e incluso el aire parecían haber cesado su movimiento. Solo se escuchaba el crepitar del fuego.

Miré a mi alrededor, pero nadie más parecía haberlo notado.

Todos seguían riendo, charlando y comiendo con normalidad hasta que unos segundos después Kiria y Rahel también callaron y me miraron.

Los ojos muy abiertos y las pupilas dilatadas: ellos también lo habían notado.

Dirigí una mirada de advertencia a Cádin y Roa, que seguían riendo a mi derecha.

Captaron lo que les quería decir enseguida.

Su cara y su posición corporal cambiaron, pasaron de estar relajados a estar alerta.

Escaneé los alrededores en busca de Lennia.

No estaba. Mierda. ¿Dónde había ido? Kiria debió notar el pánico en mi mirada porque fue a decir algo, pero antes de que pudiera articular sonido alguno la primera ráfaga de flechas cayó.

Se desató la tormenta. Creamos un escudo protector alrededor nuestro y a la que la primera flecha tocó el suelo aparecieron decenas de personas.

Una maldita emboscada. Y ninguno de nosotros lo había notado. Mierda. Mierda. Mierda. Estábamos rodeados y aún no había localizado a Lennia. Si le habían tocado un solo pelo…

Volvieron a llover flechas. La mayor parte rebotaban en el escudo de aire que había formado, pero algunas de ellas conseguían atravesarlo.

Empecé a mirar frenéticamente, buscando el origen de las flechas mientras los que nos rodeaban blandían sus espadas, intentando traspasar el escudo. No íbamos a tener una oportunidad justa si no abatíamos a los arqueros primero.

—Hay que localizar y abatir a los arqueros rápido, antes de que más flechas atraviesen el escudo —gritó Rahel dando voz a mis pensamientos.

—¡Estoy en ello! —respondió Kiria, quién también estaba creando un escudo—. Hay un par de arqueros a la derecha, detrás de la primera línea de árboles y dos grupos más a la izquierda de los primeros —dijo después de unos segundos—. Unos ocho en total.

—¡Haize, cúbreme! —gritó Cádin que corrió hacia la zona blandiendo sus rayos.

Las personas que nos rodeaban intentaron impedirle que se acercara a los demás pero entre sus rayos, la espada que había desenfundado y el aire que tiré hacia delante, no pudieron detenerlo.

Los arqueros cayeron en cuestión de segundos, y las flechas dejaron de llover.

Cádin reapareció de entre los árboles, espada en una mano y rayos alrededor de él, luchando para llegar hacia nosotros.

Sabía que podía electrocutar a todo el campamento en apenas unos segundos.

Sabía que no dudaría en hacerlo si la cosa se ponía peor, pero siempre intentaba evitar usar su esencia en exceso.

Decía que había más dignidad en las batallas ganadas cuerpo a cuerpo, en las luchas donde no solo valía la esencia, sino el esfuerzo.

Era algo que le habían enseñado hacía muchos años, me dijo una vez.

Nunca le había visto luchar así. Era una tempestad. Los ojos le brillaban con la electricidad que corría dentro de él y blandía la espada como imaginaba que lo haría la diosa de la guerra. Con la furia de la tormenta y la precisión del rayo.