Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

HAIZE

N ator nos observó a todos seriamente.

—Volvéis todos juntos —ordenó—. No os separáis.

No os desviáis. Cabalgáis directos hacia Bore y una vez lleguéis nos reuniremos en palacio.

Habrá que hacer un reconocimiento en todo Boreas, no dejar ni un pueblo sin inspeccionar.

No me quiero arriesgar a que sea lo que sea que está afectando a los habitantes de Zéfiro haya entrado en Boreas.

Os acompañarán varios soldados que se irán desviando para reconocer su propio terreno.

Con eso nos miró a todos y cada uno de los que estábamos reunidos y él, Miria y Larán marcharon utilizando una piedra de transporte otra vez.

Larán había insistido en cabalgar con nosotros.

Cada vez que ponía una excusa nueva de por qué él debería volver a caballo miraba a Lennia, lo que me hacía apretar la mandíbula más de lo necesario, pero los reyes no le habían dado opción.

Aún estaba demasiado débil para hacer el camino de vuelta sin retrasarnos.

Y tanto los reyes como nosotros teníamos prisa por llegar. Por esa razón habían decidido utilizar las piedras, de esa manera podían llegar antes a Bore e ir preparando la reunión del consejo.

Los cinco reinos tenían que escribir una petición para que el consejo se reuniera cuanto antes. Si solo uno de los reinos no la escribía, el proceso podía tardar meses.

En apenas una hora ya estábamos preparados para regresar a Bore y yo no podía más que fruncir el ceño.

Eso era un batallón, no una comitiva. Aparte de todos nosotros —Lennia, Roa, Cádin, Kiria y Rahel—, nos acompañaban veinticinco soldados de la guardia de Zéfiro.

El camino iba a ser lento y tedioso con tanto ruido.

Con un silbido Rahel encabezó la salida y todos le seguimos.

Kiria y Lennia le acompañaban a la cabeza, pero la manera en que Lennia se desvinculaba de ellos no era natural.

Durante todo el camino que habíamos hecho juntos, ellas dos habían sido un pack y Lennia había estado casi relajada en nuestra presencia.

Pocas veces había bajado la guardia del todo, pero por lo menos había estado lo suficientemente cómoda para relajarse.

La había observado más de lo que quería admitir.

Desde el primer día que llegué a Bore y la había visto acompañando a Rahel con esa mirada perdida y el cuerpo lleno de incomodidad, y cada vez que estábamos en la misma habitación.

Cuando coincidimos en algún espacio mi punto de gravedad cambiaba y me llevaba directo hacia ella.

Desde el primer maldito día no había podido apartar mis ojos de ella y, aunque ella no lo supiera, había descifrado quién era detrás de la fachada que había creado.

¿Y ahora? Volvía a ser el cascarón que había sido en aquella sala de reuniones, escondiendo sus sentimientos y alejándose de los demás.

Y sabía que iba a pasar lo mismo si intentaba acercarme, que me iba a bloquear.

Las palabras de Roa habían roto algo en ella, algo que no había sabido ver.

Suspiré, no entendiendo hacia donde iban mis pensamientos.

Sí, me preocupaba por la gente de mi alrededor.

Siempre lo había hecho. Siempre me habían dicho que ese era uno de los grandes problemas a los que me iba a enfrentar, que me preocupaba demasiado por los demás y muy poco por mí.

Que no balanceaba. Solté un bufido. Si de verdad ese fuera mi problema, Laztan seguiría vivo.

Tendría que haber insistido en que se quedara conmigo, qué no fuera a Lirea.

—Haize. —Cádin cortó mis pensamientos e hizo que mis hombros se relajaran y mis puños aflojaran las riendas de Seri. Me miraba fijamente, una pregunta y una advertencia en su voz. Miré a mi alrededor y vi que más gente me estaba observando. Había empezado a soplar una brisa a mi alrededo r

—Estoy bien, gracias. —Incliné la cabeza y él me devolvió la inclinación. Dejé salir el aire por la nariz poco a poco, concentrándome en mi respiración y no el torbellino de emociones que amenazaba con engullirme.

Hacía muchos años que había dominado mis emociones. Después de que muriera Laztan mi vida fue cuesta abajo y, cuando murió mi madre, ya no pude más. Elegí exiliarme y empecé un camino de autodestrucción que impedía que viera las cosas buenas de mi alrededor.

Ipar había visto lo peor de mí, pasé años enterrado en alcohol, sexo y peleas.

Todo para sentir alguna emoción que sobrepasara el duelo que llevaba en mí.

Aún así, Ipar me ayudó a salir del pozo y, cuando Roa llegó, necesitando a alguien que la trajera de vuelta a la vida, adopté el papel sin dudarlo dos veces.

Dejé todos los comportamientos destructivos y me concentré en sanar mientras ella sanaba.

Poco después llegó Cádin y los tres nos completamos.

Seguía perdido en mis pensamientos cuando noté que el escuadrón se detenía.

Parpadeé, volviendo a la realidad y pude deducir por la posición del sol, prácticamente desapareciendo en el firmamento, que llevábamos más de cuatro horas cabalgando.

Habíamos pasado ciudades y pueblos y yo no me había fijado en nada.

Esa actitud no era normal en mí, siempre estaba alerta, la necesidad de controlar todas las posibilidades no me dejaba divagar.

Volví a mirar a Lennia que se había apartado para atender a Gia.

Kiria y Rahel también la observaban desde dónde habían dejado a sus caballos.

Seguía encima de Seri cuando Roa me dio un par de golpes en el muslo, reclamando mi atención.

—¿Qué te pasa hoy? —preguntó con las cejas alzadas—.

Ni cuando me mudé a Ipar te había visto tan…

distraído. —Mis ojos volvieron a Lennia inconscientemente.

Roa siguió la dirección de mi mirada y soltó una exclamación ahogada seguida de una risita—.

Haize —dijo en un susurro ahogado—, ¿No me digas qué… ?

—No. —La corté antes de que pudiera soltar cualquier cosa que le pasara por la mente.

No tenía la cabeza para aguantar las divagaciones de Roa en ese momento—.

Solamente tengo que aclarar mis ideas. Estos últimos días han sido muy duros y por muchas cosas que haya vivido, esto es nuevo.

Solo necesito descansar la cabeza un momento.

Quedó claro en la cara de Roa que no me creía ni por un momento, pero, por una vez en su vida, no me empujó a hablar de algo para lo cual no estaba preparado. Suspiró y me apretó la mano.

—Para lo inteligente que eres siempre, qué simple eres a veces, Haize —dijo, sonriendo sin malicia—. ¿Estoy aquí, vale? —Miró a Cádin—. Estamos aquí.

Y con ello se fue. La miré irse, confundido. Muy confundido. Roa nunca dejaba pasar un tema que le llamara el interés. Esa consideración solo podía significar que estaba tramando algo y no sabía a qué le tenía más miedo: Roa instigando o Roa en silencio.

Las temperaturas bajaron mientras preparábamos el campamento.

Podríamos haber dormido en una de las posadas, pero hubiera supuesto un desvío que ninguno de nosotros quería asumir.

Necesitábamos llegar lo antes posible hasta Boreas para asegurarnos que todo estaba bien en el reino.

Y no solo eso, mis razones personales iban más allá.

Necesitaba ir hasta Ipar y asegurarme que todo seguía bien en casa.

Que no habían tenido accidentes, que nadie había muerto.

Los primeros días de viaje fueron así. Dejábamos que los caballos descansaran lo necesario y continuábamos.

Comíamos, cenábamos y dormíamos en el raso.

Alguno de los soldados que nos acompañaban ya se habían ido desviando hacia diferentes puntos de Zéfiro, cumpliendo así con su finalidad, pero los demás seguíamos avanzando hacia Bore .

Después del primer día ya fui más relajado.

Ninguna de mis emociones me sobrepasó de nuevo.

Cádin y Roa siempre viajaban a mi lado y hablábamos un poco de todo y de nada.

Roa, como siempre, cargaba con la mayor parte de la conversación y nosotros la seguíamos.

Aunque lo intentara ocultar, tanto Cádin como yo habíamos notado que lo necesitaba más que de costumbre.

No había hablado con nadie del ataque ni de la muerte de Auro, tampoco de sus heridas o su desgaste de energía.

Lo había enterrado y, aunque no quisiera, sabía que en algún momento tendría que hablar.

De vez en cuando Kiria y Rahel se unían a nosotros.

Parecía imposible pero Kiria brillaba todavía más cuando Rahel estaba a su lado.

Hacían buena pareja. La energía y el carácter de Kiria eran buenos para Rahel, le mantenían despierto y a raya a la vez.

Tener a alguien así en el puesto que desempeñaba era de vital importancia para poder llevar la carga que suponía.

Me fijé entonces en Lennia. Seguía separándose del resto, no había interactuado con casi nadie.

Mi vista volvió hacia ella, como lo hacía cada pocos minutos desde que habíamos salido de Galto, y vi lo que llevaba viendo las últimas horas: la mirada seria y fija hacia delante, la tensión en los hombros y en el cuello. Las manos destrozadas de rascarse las cutículas.

Siempre lo había hecho. Cada vez que se ponía nerviosa o que un ejercicio no le salía, se rascaba los dedos de manera inconsciente, pero últimamente no dejaba de hacerlo.

Y me molestaba. Me molestaba que se mutilara de esa manera, aunque fuera de forma inconsciente. Que se hiriera. Que algo en su cerebro le indicara que la única cosa para que encontrara paz era distraerse con su propio dolor.

No se merecía eso. No se merecía la tormenta de emociones que intentaba ocultar porque ninguna era positiva en ese momento. Y ella no se merecía eso después de que la hubieran tenido encerrada durante no sabía cuántos años, no se lo merecía después de las traiciones que había vivido.

—Habla con ella. —Giré la cabeza y vi a Cádin cabalgando a mi lado, la mirada hacia el frente.

—¿Con quién?