Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

LENNIA

E scuchamos un grito agudo que venía de atrás.

—Tienes muchas cosas que explicarme.

Giré la cabeza hacía la voz dulce y suave que había hablado y me fijé en Roa, apoyada en una columna. El pelo rubio había perdido brillo y tenía los ojos claros apagados, pero aún así, brillaba.

Haize corrió hacia ella y la abrazó, levantándola del suelo. Ella rió y le golpeó en el hombro cariñosamente.

—Han sido apenas un par de días, no seas exagerado —dijo con la voz suave, llena de ternura.

—¿Cómo estás? ¿Puedo hacer algo por tí? Quería venir a verte antes pero no me han dejado entrar.

—Siempre tan mamá gallina. —Negó con la cabeza—.

Estoy bien, no te preocupes, solo estaban monitoreando mi energía para asegurarse de que todo seguía su curso correctamente.

Si todo va bien, hoy mismo podré salir de aquí.

Pero cuéntame —me miró con una sonrisa traviesa—, ¿qué tenemos aquí? ¿Qué has hecho ya?

—Estábamos entrenando, me he distraído y la he atacado antes de que tuviera la defensa preparada —contestó Haize pasándose la mano por la nuca.

Roa se dirigió andando hacia mí y se paró en frente mío, sonriéndome.

—Hola, soy Roa. ¿Te puedo abrazar? Me gusta abrazar.

Antes de que pudiera responderle ya me había pasado los brazos alrededor del cuello, abrazándome sin mucha fuerza, dejándome la posibilidad de romper el abrazo si quería. Miré a Haize de manera extraña, sin saber muy bien qué hacer. Cuando se separó de mí, me tendió su mano.

—Creo que nunca me había presentado formalmente. —Me sacudió la mano con entusiasmo—. Diosas, eres preciosa. ¿De qué color son tus ojos? —Sacudió la cabeza—. Cuéntame, ¿qué te ha hecho este impresentable?

Iba saltando de un tema a otro sin pausa, tenía la energía de un niño, fuerte, divertida, encantadora. No podía evitar otra cosa que sonreír ante tal despliegue de vitalidad. Haize se acercó y le pasó un brazo por los hombros.

—Creo que la estás saturando, Roa, déjala respirar antes de las siguientes quinientas preguntas.

—Perdón, he estado muy aburrida aquí dentro —se disculpó, sacando la lengua.

Sacudí la cabeza y sonreí. Ahora entendía porque Cádin me había dicho que Roa le hacía la vida más difícil a Haize.

—No ha sido nada, como ha dicho él ha sido un accidente. Estoy bien, pero ha insistido en traerme aquí.

Pasé mi vista de Roa a Haize y ella lo miró de reojo, riéndose como si tramara algo.

—Ha decidido traerte hasta la enfermería en brazos —dijo con la sonrisa cada vez más amplia.

—¿Lennia? ¿Estás bien? —Una voz que reconocí al instante me llamó antes de que ninguno pudiera contestarle a Roa.

Larán vino a mi lado e hizo el amago de acariciarme la cara, pero se lo pensó mejor y bajó el brazo antes de hacer contacto conmigo.

A diferencia de Roa, a él no se le veía tan bien.

Tenía unas ojeras muy pronunciadas, como si llevara días sin dormir y varios moratones le adornaban la cara.

Tenía el brazo y la pierna inmovilizados en un cabestrillo e incluso su esencia se sentía débil.

—Mejor que tú por lo que veo —respondí, frunciendo el ceño—. ¿Tan mal estabas?

—Por lo menos salí vivo —dijo con un hilo de voz, mirando al suelo—.

No me han acabado de curar porque utilizaron demasiada esencia en mí y ya sabes —suspiró—.

Me queda algún rasguño y alguna fractura leve, pero nada que no vaya a curarse en unos días.

¿Vosotros estáis bien? —Miró a Haize, que nos observaba con los brazos cruzados y la cara seria—. ¿Algún accidente?

—¿No te ha informado Nator de la reunión? —pregunté sorprendida. Él negó con la cabeza—. Kiria y Haize fueron heridos por lo mismo que os atacó a vosotros, pero nada serio. Nosotros estamos bien.

Larán estaba roto, no solo físicamente, podía ver y sentir que algo más estaba mal en él. La manera en la que evitaba mirarme a los ojos y en la que su voz era apenas más alta que un susurro. Lo observé durante unos segundos en silencio.

—Larán, lo siento. Siento lo de Auro —dije sinceramente. Larán y Auro se habían criado juntos, habían sido prácticamente inseparables de niños.

Larán asintió, sonrió y se fue tal y como había venido.

—Nos ha hablado mucho de tí —explicó Roa con un hilo de voz, su expresión suave—. No sé qué pasó entre vosotros pero no deja de hablar de ti.

—No creas la mitad de las palabras que salen de su boca —dije levantándome de la silla.

Haize hizo el amago de venir a ayudarme pero levanté la mano para frenarle.

—Ya puedo yo —añadí, yendo hacia la puerta y sin mirar hacia atrás.

Salí del ala médica más enfadada que mareada. Larán había conseguido cambiarme el ánimo —otra vez— y estaba casi más cabreada conmigo por dejar que me afectara que con él. El comentario de Roa tampoco había ayudado. Después de lo que me había hecho, Larán no se merecía la simpatía de nadie.

Avancé varios metros notando como mi esencia iba arremolinándose en mi interior.

Era consciente de que no podía hacer ningún esfuerzo físico si no quería que las contusiones de la cabeza empeoraran, pero Diosas, como necesitaba hacer algo .

Estaba a punto de girar en los jardines para dirigirme a cualquier lado que no fuera el palacio cuando alguien me cogió el brazo.

Me giré, preparada para soltar un izquierdazo a quien fuera que me hubiera cogido sin avisar, pero al girarme, Haize estaba ahí. No llegué ni a levantar el brazo, confundida.

—No huyas así —me dijo él, sin soltarme el brazo—. Cuando algo no te guste o algo te moleste, no huyas. Habla con quien lo necesites, pero no te lo guardes para tí. Habla conmigo. —Tragó saliva—. ¿Sabes que puedes hablar conmigo, verdad? —me preguntó al final, bajando el tono de su voz.

—Larán no tiene ningún derecho a hablar de mí. Ni merece la simpatía de nadie —dije, mi voz rompiéndose.

Estaba más que enfadada, mis ojos brillaban con luz dorada, mi esencia vibraba justo debajo de mi piel.

— ¿Quieres hablar de ello? ¿De Larán?

Me quedé quieta por un momento, mirando a Haize fijamente.

¿Quería hablar de Larán? No. No quería. Ya le había dedicado demasiado tiempo, demasiados pensamientos, demasiado todo.

No quería hablar de Larán con Haize. En ese momento no quería hablar de nada con él.

Era otro más. Palabras suaves y bonitas que te apuñalaban por la espalda a la mínima de cambio.

General de la guardia. Había tenido que mentir, luchar y matar para llegar donde estaba.

Me daba igual lo que me hubieran dicho Rahel o Cádin, no podía bajar las defensas delante de nadie.

No de Larán, no de Roa, y mucho menos de él.

—No. Y deja de seguirme. No necesito un guardaespaldas ni una niñera —dije sin mirarlo, endureciendo mi voz y mi alma con ello. No iba a volver a dejarme engañar por nadie. No más.

Pasé el resto del día sola, analizando mis pensamientos y recordándome el por qué estaba ahí. Qué quería sacar de eso. Un terreno, vivir sola alejada de todo el mundo. No preocuparme por nada ni nadie. Evitar que nadie más me hiciera daño.

Al día siguiente salí de la habitación que se me había asignado como si me hubiera pasado un tractor por encima. No había conseguido descansar nada. El dolor de cabeza había ido empeorando conforme se oscurecía la noche y no había querido levantarme a pedir ayuda a nadie. No la necesitaba.

Rebusqué entre las cremas y hierbas que llevaba, pero aunque tenía los ingredientes, no tenía los medios suficientes para hacer ningún té, así que me resigné a pasar la noche con el pálpito en mi cabeza.

Al acercarme a la zona principal vi que Kiria y Rahel ya estaban allí, hablando con Nator y Miria. Me acerqué a ellos sin decir nada.

—Buenos días, Lennia —me dijo Kiria sonriendo—. Mañana volvemos a Boreas.

Estuve toda la tarde dedicándome a pasar tiempo con Gia.

Dado el frenesí de los últimos días, no le había hecho mucho caso, así que me dirigí directamente a las caballerizas, ignorando a todo el mundo que quería entablar conversación conmigo.

Pese a todo, Gia se alegró de verme. Comenzó a hacer ruiditos en cuanto me vio aparecer y empezó a remover la tierra con su pata delantera.

Le sonreí y abrí la puerta. Enseguida resopló y acercó su cara a la mano que ya estaba alzando, exigiendo que la acariciara.

Cuando me quise dar cuenta, el cielo empezaba a oscurecer y había pasado varias horas escondida en las caballerizas. Había dedicado toda mi atención a Gia, la había sacado a mover las piernas, la había cepillado y le había dado un baño con muchos premios entre medio.

—Ahí estás. ¿Has pasado aquí toda la tarde ?

Me giré y Roa estaba mirándome desde unos metros más allá, su cara y cuerpo relajado, pero había algo en sus ojos que no sabía descifrar.

—¿Tienes un minuto para mí? —volvió a preguntar cuando no respondí.

Alcé las cejas y la seguí mirando. Desde que Kiria se había dado cuenta que estaba indagando en ella me había frenado de volverlo a hacer, pero en ese momento me dio igual.

Me concentré en ella, en su poder puro y limpio.

La sensación de agua natural corriendo a mi alrededor me abordó cuando indagué un poco más.

El poder y la esencia de Roa se abrían ante mí como las páginas de un libro conocido.

Su esencia era poderosa, pero no había nada de malicia en ella.

Era calma, tranquilidad, corrección. Una esencia dedicada a curar y arreglar lo que estaba mal.

No cuadraba con su carácter, con lo que ella era, la tranquilidad de su energía era opuesta a la energía en ella misma.

Parpadeé y fijé mi vista en ella. Hacía varios segundos que estábamos en silencio.

Quería negarme. No quería tener nada que ver con Roa ni con nadie más. Había decidido dejar de jugar a su juego de familia feliz. Pero algo en la manera que me estaba mirando hizo que toda la rabia en mi interior se calmara y asentí.

—Primero de todo quiero pedir perdón por haber hablado ayer sobre Larán. Ahora sé que estuvo fuera de lugar. Debería saber mejor que creer palabras bonitas de la boca de hombres. Por muy atractivos que sean.

—Te lo puedes quedar para tí —dije soltando un bufido. Mi respuesta sacó una risita de los labios de Roa.

—Hace años que juré alejarme de los hombres, así que no, gracias.

—Me sonrió—. Lo que quiero decir es que sin conocerte, ni conocer vuestro pasado, estuvo fuera de lugar.

Larán con nosotros se comportó de manera perfecta, pero mi experiencia particular no es la verdad absoluta.

Entiendo que por muy positiva que nuestra interacción haya sido, cada uno tenemos una propia y no tienen porqué coincidir.

Debería saberlo mejor que nadie. —Me dedicó una sonrisa triste y dejó escapar aire por la nariz, poco a poco—.

Lo que vengo es a pedir perdón, Lennia. Sé que no es excusa, pero estaba aburrida y de por sí ya hablo más de lo que pienso.

Así que cuando tengo energía de más, mi boca va más rápido que cualquier parte de mi cerebro.

Me dedicó una sonrisa apologética y se dirigió hacia uno de los establos en la derecha. Seri estaba en él con una yegua completamente dorada.

—Tienes toda la razón —empezó a decir mientras acariciaba a la yegua—.

No todo es lo que parece. No sé nada de tí y fue injusto que hablara sin cuidado.

Mira a Liria —dijo, señalando a la yegua que se deshacía en sus caricias—.

Haize la rescató hace algunos años. Era de unos mercaderes y era todo piel, hueso y heridas.

Tenía pánico a las personas. El cabestro o la silla la bloqueaban a tal punto que se pasaba días sin moverse ni para comer.

No sabemos qué habían hecho para romperla, pero debió de ser horrible.

Haize durmió semanas en el establo, a su lado, hasta que empezó a confiar en él.

Se enamoró de mí cuando empezó a confiar.

—Le besó la cara—. Lo peor es lo que le costó a Haize rescatarla.

Los mercaderes decían que estaba bien, que era una yegua de trabajo y su vida era así.

—Se aclaró la garganta, besó a Liria de nuevo y salió del establo—.

Espero que me perdones, Lennia. Y que podamos ser amigas.

—Me sonrió sinceramente—. Creo que nos llevaríamos bien.