Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo veintidós #2
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Capítulo veintidós #2

El tono marrón normalmente era vivo y alegre, pero en ese momento se había oscurecido, robando la luz de sus ojos. Levantó su otra mano y pasó el dedo pulgar por mi frente, encima de la ceja derecha. Cuando bajó la mano, tenía el dedo manchado de sangre.

La mano de Haize seguía acunando mi cara y su dedo moviéndose en patrones suaves, casi con reverencia. Me acariciaba la piel con un toque ligero y calmado, como si tuviera miedo de que me fuera a desvanecer si dejaba de hacerlo.

—Voy a cerrar la herida, ¿vale? —dijo, mirándome directamente a los ojos.

Tragué saliva y asentí, mi mente aún con demasiada niebla para dar sentido a sus palabras.

Haize colocó su mano libre de nuevo en mi frente y cerró los ojos, concentrándose.

Respiró hondo, cogiendo y soltando aire calmadamente, como si se estuviera preparando para completar una misión difícil.

En apenas unos segundos noté como la piel empezaba a curarse.

El corte dejó de escocer y poco a poco la niebla de mi cabeza se disipó. Parpadeé.

—Ahí estás. ¿Mejor? —preguntó, acunándome la cara con ambas manos.

–Sí. —La palabra salió rota y me aclaré la garganta, recuperando la normalidad en mis pensamientos–. ¿Por qué me has curado? Era una herida sin importancia. No hacía falta que gastaras esencia en ello.

—Lennia, si por un segundo crees que voy a dejar que haya una sola cicatriz en tu cuerpo sin hacer todo lo posible para borrarla, es que no me conoces.

Especialmente si he sido tan estúpido como para ser el culpable de dicha cicatriz.

No voy a quedarme de brazos cruzados si puedo hacer algo que alivie tu dolor.

Tú piensas que no era necesario, pero lo era para mí.

Con esas palabras que habían hecho que mi corazón se acelerara, se levantó y estiró una mano para ayudarme, pero la fuerza me falló, aún mareada por el golpe.

Haize chasqueó su lengua y decidió que estaba demasiado débil para caminar, porque pasó una mano por detrás de mis rodillas y puso la otra en mi espalda y me levantó.

—Bájame. Puedo andar yo sola.

—Lo sé. También puedo llevarte en brazos —contrarrestó él sin dejar de avanzar y sin hacer ningún amago por bajarme.

Abrí la boca para volver a pedirle que me bajara cuando él frenó y me miró, soltando aire lentamente.

Debido a la posición en la que estábamos su cara estaba apenas a unos centímetros de la mía.

Cerré la boca y tragué saliva, olvidando que era lo que tenía que decir, mis ojos fijos en la intensidad de los suyos.

—Si de verdad te incomoda que te esté llevando y puedes andar sola, pídelo y te dejo en el suelo, pero si no, por favor, déjame hacer esto.

Necesito sentirme útil después de todo lo que hemos vivido estos días.

Necesito saber que estoy ayudando a alguien.

Que te estoy ayudando a ti. —La voz era suave, frágil, cómo si le costara admitir su debilidad.

Carraspeó y giró la cabeza, volviendo a mirar al frente, creando distancia entre nosotros.

Asentí y me permití apoyar la cabeza en el hueco entre su cuello y su hombro, dejándome llevar.

Vi como llegábamos a los bancos que había a las afueras del claro y los pasaba, dejándolos atrás.

Levanté la cabeza y fruncí el ceño.Haize debió de notar la confusión en mi mirada porque, aunque no dijo nada, un resoplido suave salió de su nariz, formando una sonrisa en su cara.

—Vamos al ala médica, no me voy a arriesgar a que tengas una contusión. Se acabó el entreno por hoy —dijo como única explicación.

—¿Vas a entrar en palacio conmigo en brazos?

Haize sonrió, pero no dijo nada. Conforme nos acercábamos a la puerta de palacio cada vez me tensaba más.

Una cosa era dejar que me llevara en brazos y otra muy diferente era que me paseara en brazos delante de todo el mundo.

Fui a abrir la boca para pedir que me dejara andar cuando torció la dirección que llevaba, dirigiéndose a un camino lateral que nos alejaba de la puerta principal.

Ante mi confusión, Haize volvió a sonreír.

—Aunque no me importaría que todo el palacio me viera contigo en brazos, sé que a ti no te gustaría. Hay una entrada lateral al ala médica.

—¿Estás ligando conmigo, Haize? —le contesté divertida.

—Sólo si está funcionando. —Me guiñó el ojo y frenó sus pasos—. Ya estamos aquí.

Con una ráfaga de aire abrió la puerta y entramos. Todas las personas que había en la sala se giraron a mirarnos con una cara que no supe descifrar del todo, entre sorpresa, preocupación y curiosidad.

—Le he hecho una herida entrenando, tiene una contusión. He cerrado la herida pero no sé a qué nivel puede haberle afectado el golpe —explicó Haize, depositándome suavemente en una silla.

Tres sanadores me rodearon, observándome y analizándome.

—Parece que la contusión no se ha sanado del todo.

Aquí —la médico tocó un punto, un par de dedos por encima de mi nuca, que hizo que me mareara—, aún tienes una pequeña acumulación de sangre.

Y aquí —pasó el dedo por la zona donde Haize había curado mi herida—, se está formando otra contusión, pero es mejor que no juguemos más con la herida y hoy descanses.

Has hecho bien en traerla —dijo, mirando a Haize.