Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

LENNIA

L levábamos horas reunidos en la pequeña sala. Nos habíamos reunido poco después de la llegada de Nator y Miria, que llegaron un poco antes de que saliera el sol.

—¿Me decís que ya sabíais lo que estaba ocurriendo en vuestras fronteras y no solo no hicisteis nada sino qué no se ha avisado a ningún reino? —preguntó Rahel a los reyes de Zéfiro. El tono de voz que utilizó era tranquilo, demasiado tranquilo.

Las primeras horas de la reunión las habíamos dedicado a explicar nuestro viaje, por donde nos habíamos movido, qué habíamos visto y sentido, los ataques, las ciudades, el comportamiento de las personas.

Al principio Moreas y Sua se hicieron los sorprendidos, interesándose en lo que pasaba en su reino, pero conforme explicamos más, la actitud de los reyes pasó a ser bastante sospechosa.

Yo no fui la única en darme cuenta ya que las preguntas de Rahel y Miria eran cada vez más confusas y acusatorias.

Después de varias rondas de preguntas, Moreas nos confesó que hacía semanas que pasaban cosas raras en el reino, pero como no había habido ataques ni muertes, no le habían dado importancia. Ni aunque hubiera personas sin esencia.

—En efecto, General —contestó Sua, entrecruzando sus dedos encima de la mesa—. Consideramos que no era peligroso así que la prioridad que le asignamos fue baja. Y como eran asuntos internos, no estábamos obligados a notificarlo a ningún reino vecino.

El silencio que surgió fue consciente y frío, notaba las esencias fluctuar, aunque todo el mundo se mantenía en su sitio. El silencio se alargó varios latidos más, removiendo los pensamientos como un río a punto de desbordarse.

—Comprenderéis que fue un error, ¿verdad?

—afirmó Nator sin quitarle la vista de encima a los reyes de Zéfiro—.

Yo he perdido uno de los capitanes de mi guarda, pero los aquí presentes han perdido a un amigo.

Y todo porque pese a mis preguntas no se me había informado de ninguna problemática en el reino.

También tenemos a mi hermano herido y una de las soldados que les acompañaba.

Otros de mis capitanes tienen cicatrices nuevas y el General de mis ejércitos también salió herido.

—Nuestra intención nunca fue que sucediera esto, como comprenderéis. No habíamos tenido problemas con ellos así que no lo consideramos peligroso —contestó Moreas pasando la vista por toda la sala.

—¿Qué no eran peligrosos? —Rahel se levantó de la silla golpeando la mesa—. Me vais a disculpar majestades, pero es ridículo. ¿En su reino están jugando con la vida de la gente y os da igual por qué eran pacíficos? Y una mierda me voy a quedar con esa excusa.

—Rahel, siéntate, por favor. —La voz de Miria fue suave pero lo suficiente tajante para no dar pie a respuesta.

Rahel chasqueó la lengua pero obedeció—.

Aunque las palabras de nuestro General estaban fuera de tono, tiene razón.

Esa justificación es una necedad. Habrá que llamar al consejo de Nammu para tratar este tema.

Es prioridad uno. Esto no tiene explicación y hay que entender qué está pasando y por qué.

La sala se quedó completamente muda por segunda vez en apenas minutos.

El consejo de Nammu era una reunión donde se discutían temas de preocupación general.

Se citaban a los reyes —o a un representante— en una de las universidades más importantes de Notos y junto a un consejo de sabios se debatía y buscaba una solución.

La última vez que se pidió una reunión del consejo había sido hacía más de cien años tras una sequía que golpeó a todo el mundo, dejando varios reinos sin comida y con la necesidad urgente de repartir bienes para evitar la muerte de los habitantes en alguno de ellos.

Llamar al consejo era inusual. Durante el consejo, los reyes dejaban de ser las personas con más importancia de la sala, relegados a después de los sabios.

El grupo de sabios estaba formado por ancianos que habían vivido lo suficiente como para saber actuar ante una emergencia y tenían el poder de decidir el destino de los reinos.

Su palabra era ley. No solo se recogía así en el libro de Nammu sino que nadie jamás se había atrevido nunca a contradecirles.

Convocar al consejo de Nammu podía tardar semanas, pero entendía la necesidad de hacerlo.

Moreas y Sua habían mantenido la situación en secreto así que podría estar pasando en más reinos.

Diosas, podía incluso estar pasando en Boreas.

—No creerás que este tema es lo suficientemente significativo como para involucrar al consejo, ¿no? —preguntó Sua intentando aparentar una tranquilidad que no sentía.

—Tenéis miedo. —Haize habló sin levantar la voz. Sin moverse de su posición, pero directamente hacia los reyes—. ¿Es eso? ¿Tenéis miedo de lo que pueda pasar cuando se sepa públicamente la incapacidad de defender a vuestros habitantes?

Los reyes apretaron la mandíbula pero no contradijeron a Haize que soltó una risa silenciosa, negando con la cabeza.

—Sugiero que controléis a vuestros soldados, Nator. No aguantaremos ninguna falta de respeto hacia nosotros —dijo Moreas, visiblemente ofendido.

Haize volvió a soltar la misma risa de antes, sin ruido pero con una exhalación que no dejaba a dudas lo que pensaba. Se levantó de la silla, quedándose de pie delante de los reyes y acto seguido Cádin imitó su movimiento.

—No vamos a quedarnos aquí a escuchar más tonterías. El consejo de Nammu debe ser avisado y esta situación debe ser erradicada causando el menor número de muertes posibles. Para ser buenos reyes también hay que saber pedir ayuda y admitir cuando las cosas os superan.

Salieron de la habitación al mismo paso.

No corrieron, no se dieron prisa. Alcanzaron la puerta y justo antes de salir Haize miró a todos los que estaban en la sala.

Juraría que sus ojos se pararon en mí más de lo necesario.

Fueron apenas unos segundos pero lo ví. La rabia y el dolor que llevaba consigo.

Antes de que pudiera analizar nada más salieron, cerrando la puerta tras de sí.

Después de su salida la sala de reuniones se transformó. Los reyes de Zéfiro y su consejero se tomaron la partida como una ofensa personal.

—Haize y Cádin no son miembros de Boreas. Son ciudadanos de El Norte y están en Boreas de forma provisional para lidiar con la situación en la que nos encontramos. No tengo potestad sobre sus decisiones. —Nator cortó las quejas de manera definitiva.

La reunión se alargó tres horas más. La primera hora fue toda una discusión. Los reyes de Zéfiro no estaban conformes con la decisión de involucrar al consejo, pero Nator y Miria fueron tajantes con ello. Tras muchas protestas por parte de los reyes y de su consejero, al final entraron en razón.

Las siguientes dos horas las dedicamos a trazar los mapas de todas las zonas por las que ambos grupos habíamos pasado, marcando qué pueblos habíamos visitado y en qué estado se encontraban.

Donde habíamos tenido que luchar y donde todos los habitantes habían sido asesinados.

Marcamos granjas y campos devastados y en los cuales había animales vivos que dejamos libres.

Fuimos siguiendo las zonas y creando una línea temporal de los hechos.

No entendíamos qué hacía que en algunos pueblos hubieran asesinado a los habitantes y en otros los hubieran dejado vivir sin vida y tampoco entendíamos cómo funcionaban, ya que siempre parecían normales hasta que empezaba el ataque.

La única similitud era la falta de esencia.

Con esas incógnitas dimos por finalizada la reunión.

—No estás poniendo bien el cuerpo, vamos Lennia, ya sabes hacer esto —me dijo Haize por quinta vez en ese entreno.

Resoplé y coloqué los pies correctamente. Había encontrado a Haize en el claro donde habíamos entrenado el día anterior y salió de él que aprovecháramos el momento para seguir entrenando cuerpo a cuerpo.

Aunque estaba agotada del día anterior, no rehusé el entrenamiento. Por una vez era él quien lo necesitaba.

—Si no te lo tomas en serio podemos dejarlo. No vamos a perder el tiempo.

Apreté la mandíbula pero no le dije nada. Sabía que estaba cabreado por la situación, las muertes, la reunión con los reyes, las mentiras y por Roa. Había intentado ir a ver a Roa en dos ocasiones más y las dos se lo habían negado.

Coloqué los pies correctamente de nuevo y ataqué. Haize esquivaba sin esfuerzo, leyendo mis movimientos como si los estuviera dictando él. La situación empezaba a exasperarme y sumado al humor de Haize, el día no hacía más que empeorar.

Seguí defendiendo y esquivando sus golpes. Aunque aún no había conseguido golpearle, cada vez me resultaba más y más fácil esquivar sus ataques.

—Suficiente sparring por hoy, vamos a ver como vas con los escudos —dijo Haize cuando mi defensa empezó a flaquear.

Relajé mi posición y asentí, doblando mi cuerpo y apoyando las manos en los muslos, intentando recobrar un poco de energía.

Me estaba preparando para incorporarme y llamar a mi poder para formar un escudo cuando una ráfaga de aire me tiró hacia atrás.

No fue excesivamente fuerte, pero tuvo la suficiente intensidad como para desequilibrarme y hacer que me golpeara contra el suelo, perdiendo todo el aire que tenía en los pulmones.

Me incorporé rápido, quedándome con el culo todavía en el suelo y el movimiento me mareó .

—Mierda, Lennia —dijo Haize que se acercó corriendo hacia mí—.

Lo siento, me he distraído y pensaba que estabas ya protegida.

—Se arrodilló a mi lado. Su boca era una línea tan fina que apenas se veían los labios.

Su rostro tan serio que se confundía con una estatua de mármol, frío, sin vida, pero un destello en sus ojos delataba el cúmulo de sentimientos que batallaban en él—. Lo siento, Lennia, de verdad.

Me acunó la cara con una mano y con el pulgar empezó a acariciarme la mejilla. Su vista posada en mi frente.