Capítulo veintiunoe
Capítulo veintiuno
LENNIA
R ahel no habló inmediatamente, en lugar de ello pasó la vista por cada uno de nosotros, asegurándose de que estábamos bien, de que no teníamos ninguna herida visible.
La manera de escrutinarnos fue intensa y detallada y solo cuando estuvo contento con lo que vió, exhaló poco a poco y se dejó caer en uno de los sillones que había en la antesala.
Cerró los ojos y respiró profundamente varias veces, intentando calmar sus nervios.
Era la primera vez que veía a Rahel nervioso.
La tensión en los músculos, la fuerza que hacía con las manos, la esencia que oscilaba a su alrededor.
—¿Y bien? —volvió a preguntar Kiria de forma suave.
—Nos atacaron no-muertos. Era... —Tragó saliva y suspiró, negando con la cabeza—.
Entramos en un pueblo a recoger información.
Todo parecía normal y de repente nos atacaron.
Logramos deshacernos de la primera oleada de atacantes, pero empezaron a venir más y más.
Estábamos totalmente superados y no dejaban de aparecer.
—Se calló, poniendo sus codos en las rodillas y bajando la cabeza a sus manos—.
Hirieron al caballo de Auro y ambos cayeron al suelo.
Se abalanzaron sobre él. A duras penas conseguimos acabar con todos los seres que tenía encima, pero para cuando lo conseguimos y pudimos llegar a él, apenas estaba vivo.
Roa logró salvarlo en el último segundo.
Si no fuera por ella… No hemos parado de cabalgar desde el ataque.
Parábamos lo justo y necesario para que los caballos descansaran y seguíamos cabalgando. Pensaba que no llegábamos .
—Nosotros nos encontramos con una situación similar.
—Kiria se levantó la camiseta, mostrando su cicatriz y luego señaló la cicatriz de Haize—.
Por suerte logramos escapar, pero no fue un solo pueblo.
Varios estaban igual. En algunos los habitantes habían sido asesinados y solo encontramos cadáveres pero en otros…
Rahel no dijo nada, se limitó a examinar la cicatriz de Kiria.
Una vez se aseguró que estaba cerrada y no era una amenaza para ella la besó y apoyó su cabeza en su estómago, derrotado.
Seguir observándoles parecía una invasión a su privacidad, así que me di la vuelta, dispuesta a salir de la sala. Me fijé en Cádin y Haize.
Cádin estaba quieto, observando muy seriamente a Haize, quien no dejaba de andar de izquierda a derecha, como un animal salvaje enjaulado.
—Deja de dar vueltas, vas a poner nervioso a todo el mundo. —Pidió Cádin—. La has visto con tus propios ojos, está bien, solo agotada.
—¿Y por qué sigue dentro? ¿Por qué no ha salido con Rahel?
—Su tono era cortante y serio—. No debí dejar que os involucrarais en esto.
No es vuestra guerra, no es vuestro reino.
—Cada palabra aceleraba su pulso y su ritmo—.
Se acabó, nos volvemos a casa una vez se recupere Roa.
No voy a dejar que salgáis heridos de nuevo.
—Haize —le cortó Cádin de manera calmada—, no nos vamos a ninguna parte.
No, escúchame tú ahora —dijo cuando Haize fue a abrir la boca para discutirle—.
Estamos aquí porque queremos estar aquí y pase lo que pase no será tu culpa.
No vamos a volver después de ver lo que hemos visto.
Estoy seguro de que Roa estará de acuerdo conmigo.
Necesitamos saber qué es lo que está pasando.
Y aunque no fuera así, si marchamos ahora y esto no se soluciona, ¿qué haremos cuando llegue a Ipar?
Quedarnos aquí también es un acto egoísta, por nuestra gente de allí.
No vamos a abandonar la misión. Puedes irte si quieres, pero yo me quedo y estoy seguro de que Roa piensa como yo .
Las palabras de Cádin habían conseguido que Haize ralentizara su paso, pero se notaba que seguía ansioso.
Al final paró y se pasó las manos por la cabeza, deshaciendo el moño alto que llevaba y dejando que los mechones sueltos le cayeran en ondas hacia abajo.
Suspiró, girándose a mirar a Cádin y éste asintió sin volver a abrir la boca.
No tenía dudas que Haize quería a ambos profundamente tras haber visto el miedo en su mirada después de que a ella le fallaran las piernas, cómo estaba a un paso del pánico cuando la recogió y prácticamente corrió hacia palacio para que la trataran a ella también.
En ese momento no había existido nadie más para él.
De repente Haize y Cádin me miraron frunciendo el ceño y tardé unos segundos en entender el porqué. Mi poder había comenzado a crecer, pidiéndome salir. Les dirigí una mirada apologética y salí de la sala apresuradamente.
No entendía qué había hecho que mi esencia creciera y tampoco entendía por qué mi corazón estaba latiendo tan rápido.
Nadie me había amenazado, no había ningún peligro real.
Estaba segura que solo era la preocupación por los otros, igual que Kiria se había preocupado por Auro y Rahel.
Igual que Cádin y Haize estaban preocupados por Roa.
Fue con ese pensamiento con el que mi esencia volvió a alborotarse.
Negué con la cabeza, muy agotada como para encontrar sentido.
Me senté en una de las sillas que había en el lateral de la puerta, demasiado preocupada para retirarme a mis habitaciones.
Desde allí fuera podía escuchar lo que pasaba dentro de la sala.
Cerré los ojos, esperando que alguien saliera a comunicarnos alguna novedad.
No sabía cuánto rato había dormido cuando me despertaron unas voces. Me dolía la espalda y el cuello debido a la postura en la que había estado en la silla, así que tardé unos segundos en entender las voces .
—Lo sentimos, estaba demasiado grave, no hemos podido hacer nada pese a los esfuerzos de la sanadora.
Tardé unos segundos en asimilar las palabras de aquel médico y para cuando lo hice Kiria ya estaba llorando en los brazos de Rahel. Cádin y Haize estaban de pie, mirando al suelo sin saber qué decir.
—Ya llegó casi sin vida y por mucho que hayamos intentado estabilizarlo, la pérdida de sangre era incompatible con la vida —prosiguió el médico––. Llegó hasta aquí con vida porque la mujer estaba transfiriéndole energía, pero no había nada que hubiéramos podido hacer, no realmente.
—¿Y Roa? —preguntó Haize con ansiedad en la voz. Cuando vio que el médico no respondía siguió hablando—. La mujer rubia que lo ha mantenido con vida. ¿Cómo está ella?
—Débil. Se ha agotado, pero su vida no corre peligro. Está descansando. En un par de días podrá salir de cuidados intensivos.
—Quiero verla —demandó Haize con un tono de voz que no había escuchado nunca. Serio. Autoritario—. Ahora.
El médico alzó las cejas con cara de incredulidad y movió la mano, desechando la petición de Haize.
—Nadie va a entrar. Ni a verla a ella, ni al hermano del rey. No hasta nuevas órdenes. Ambos necesitan descansar.
Haize apretó los puños y la mandíbula pero antes de que pudiera contestar Cádin le puso la mano en el brazo y negó con la cabeza.
—Si todo va bien en cuanto mejoren podréis pasar un rato a verles. Mañana tendréis nuevas noticias —añadió el médico.
Con esas palabras se fue, dejándonos solos. Observé a ambas parejas que había allí dentro y mantuve silencio. Haize y Cádin estaban discutiendo en voz baja, tan baja que ni siquiera podía escucharles a un par de metros y Rahel y Kiria habían ido a sentarse en unas sillas.
—Tengo que ir a hablar con los reyes para que se comuniquen con Nator y Miria y les comenten los hechos —le dijo Rahel a Kiria—. ¿Estarás bien ?
—Yo me quedo con ella —dije antes de que Kiria pudiera ni siquiera alzar la cabeza.
Rahel asintió y después de besar a Kiria en la coronilla, salió de la habitación. Me acerqué a Kiria lentamente, pero antes de que pudiera sentarme a su lado y abrir la boca se levantó de un salto.
—Vámonos —me suplicó.
—¿Dónde?
—Necesito moverme, no puedo quedarme aquí sentada ni un segundo más. No puedo. —Tragó saliva y miró al techo.
Sin que me lo repitiera dos veces le cogí de la mano y me la llevé hacia afuera. Repetí el camino que tenía en mi mente, saliendo del palacio y atravesando los jardines hasta que llegamos al claro en el que Haize y yo habíamos estado entrenando hacía apenas unas horas.
—¿Qué quieres hacer? —pregunté, poniéndome delante de ella.
—Necesito descargar esta energía antes de que me consuma. Forma tu mejor defensa Lennia, vamos a practicar.
Unas horas después el cuerpo prácticamente no me respondía.
Habíamos pasado de intercalar ataques y defensas mágicas a pelear cuerpo a cuerpo una vez noté el cansancio intrínseco que venía con el uso de demasiado poder.
Por su parte, Kiria parecía que acababa de empezar el entrenamiento.
Apenas había sudado y su poder, tanto mágico como físico, seguía igual que cuando habíamos empezado.
Estaba a punto de suplicarle por un descanso cuando Rahel apareció en el claro.
—Llevo más de una hora buscandoos —dijo—. Vamos, es tarde, id a la cama antes de que os agotéis—. Se acercó poco a poco y cogió a Kiria de la mano—. Vamos, Iri , déjame estar aquí para tí.
Kiria empezó a sollozar y yo me acerqué a ellos por instinto. No tenía nada que decirles, no podía decir nada después de lo que había pasado. ¿Cómo consuelas a un corazón roto? ¿Cómo pretendes hacer seguir a otra persona a la que le han arrancado un trocito de sí?
Cuando Kiria sintió que me acercaba levantó la cabeza del cuello de Rahel y me dedicó una sonrisa temblorosa. Alargué mi mano hasta depositarla encima de la de ella y apreté.
—Lo siento mucho. Rahel tiene razón, llevamos horas aquí, vamos a descansar —añadí con un tono de voz pausado y suave.
Ambos asintieron y Kiria soltó a Rahel para cogerle de la mano. Llegamos a las habitaciones unos minutos después. Kiria me abrazó antes de entrar en su habitación y Rahel me dio un apretón de manos antes de entrar detrás de ella.
Todo el pasillo estaba a oscuras a excepción de unas pequeñas antorchas en ambos laterales que creaban una ilusión de luces y sombras en la largura del pasaje. Respiré hondo, intentando relajar los hombros y los pensamientos.
Todas las situaciones que se habían vivido ese día eran un punto de inflexión que iba a cambiar el rumbo de las cosas y no sabía qué dirección íbamos a tomar a partir de ese momento.
Suponía que Nator y Miria llegarían más pronto de lo previsto debido a lo que había pasado, pero no tenía claro qué iba a suceder después de eso.
—¿Lennia? ¿Qué haces aquí? ¿Necesitas algo?
La voz de Cádin frenó mis pasos. Llevaba una ropa diferente a la que había vestido antes y de las rastas le caían gotas de agua que empapaban su camisa. Tenía el rostro cansado y los hombros tensos.
—Estaba pensando en el día de hoy. ¿De dónde vienes tú?
—De la habitación de Haize. Tenía que asegurarme de que no intentara entrar a ver a Roa. Puede ser demasiado impulsivo si alguien que le importa está herido y no necesitamos este tipo de espectáculo ahora mismo cuando la vida de Roa no corre peligro. —Negó con la cabeza, soltando aire ruidosamente.
—¿Están muy unidos? ¿Haize y Roa? ¿Cómo tú y él? —Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera analizar qué decía y cómo sonaba.
—Sí. —Cádin me miró unos segundos—. Los tres somos familia.
Ha sido así desde hace muchos años. Haize no lleva bien la pérdida.
Ni la del control de la situación ni la de nadie.
Necesita ver a Roa para entender qué está bien.
Se preocupa siempre de más. Le pasa desde que le conocemos, pero no podemos culparlo tampoco.
—Cádin se quedó callado y negó con la cabeza—. Ya ha perdido suficiente.
—Espero que esté bien, entonces, Roa.
Cádin me sonrió y se paró en la puerta de su habitación.
—Lo estará. Y Haize también, una vez lo compruebe. Hazme un favor, Lennia… Haize está más relajado a tu lado, intenta estar cerca de él hasta que Roa pueda volver a hacerle la vida difícil.
—¿Más relajado? —pregunté. Pero Cádin no dijo nada, se limitó a sonreír y a entrar en su habitación.
El pasillo volvió a quedarse en silencio y a oscuras, las antorchas insuficientes para iluminar todo el espacio.
Una vez en la cama el cansancio me alcanzó de golpe. Prácticamente no me había cambiado cuando se me empezaron a cerrar los ojos.
Esa noche soñé por primera vez en décadas.
Soñé con ojos vacíos y cuellos rotos. Granjas quemadas y campos arrasados. Soldados heridos y caídos en combate. Soñé con plazas y montañas, soñé con guerra y con muerte. Pero en medio de todos esos sueños se mantenía la misma constante acompañándome, anclándome.
Unos ojos serenos y marrones que no se iban de mi lado.