Capítulo veinte #2
Tardé unos segundos en procesar qué estaba viendo mientras me acercaba hacia ellos. Rahel y Roa tenían las ropas rasgadas y los rostros ensangrentados. No había rastro de sus caballos. Estaban solos. En cuanto Haize llegó a la altura en la que estaban acunó la cara de Roa con las manos.
—¿Qué ha pasado? ¿Estáis bien? ¿Qué necesitas?
—Es Auro —dijo esta con un deje de pánico en la voz—. Necesitamos que lo vea un médico, no he podido hacer mucho, no he podido… —Empezó a sollozar.
Haize la abrazó durante unos segundos, intentando calmarla, pero Roa lo apartó gentilmente.
—Ven, nosotros solos no podemos. Avisad a palacio, necesitamos médicos. —Roa empezó a tirar de Haize, llevándoselo hacia el lateral de palacio.
—Llama a Kiria, dile que se ocupe de lidiar con palacio. Que hable en mi nombre —me pidió Rahel—. Estamos en la entrada este, justo en la frontera del bosque, ven cuanto antes con toda la ayuda que sea posible. Auro se muere.
No conocía mucho a Auro pero la noticia me petrificó por unos segundos.
—Venga Lennia, no tenemos tiempo para esto. —Me apresuró antes de salir corriendo.
Entré a palacio rezando por recordar el camino hacia el ala donde nos habían preparado las habitaciones y, gracias a las Diosas, las encontré sin perderme. Llamé tanto a la puerta de Kiria como de Cádin, ambos contestaron en segundos.
—¿Qué pasa? —preguntó Kiria al mismo tiempo que Cádin preguntaba algo similar.
Les conté lo que estaba pasando lo más rápido que pude y Kiria entró en su faceta de Capitana.
Fue a hablar con el servicio, que nos escoltó a las alas principales para hablar con Sua, la reina de Zéfiro.
En menos de diez minutos salíamos hacia la frontera este de Galto.
Nos acompañaron varios soldados y dos médicos.
Rahel y Roa habían estado en un estado desastroso pero nada comparado a como se encontraban Larán y Auro.
Auro estaba tumbado en el suelo, encima de unas mantas, su armadura, totalmente destrozada, era una mancha de sangre gigante, podía ver varios huesos de una pierna y tenía el pecho tan destrozado que parecía que se hubiera peleado con una manada de lobos salvajes.
Su esencia era débil, tan débil que dudaba que fuera compatible con la vida. Era un milagro que siguiera vivo.
Larán estaba arrodillado a su lado, presionándole con una mano las costillas, intentando detener la hemorragia sin mucho éxito.
Me fijé en Larán entonces. Estaba mejor que Auro pero todo su cuerpo estaba ensangrentado y uno de sus brazos estaba totalmente desgarrado.
Su vida no parecía correr peligro, pero debía de estar sufriendo un dolor insoportable.
Aún así su vista estaba fija en Auro y no dejó de presionar la herida hasta que llegamos a su lado.
Roa estaba en la cabeza de Auro, hablándole, intentando imbuir su esencia en las heridas, pero se notaba cuán agotada estaba.
Rahel estaba con Haize, hablando con el personal que había acudido a ayudarles.
—Apartaos, dejadnos a nosotros ahora —dijo uno de los médicos cuando se arrodilló al lado de Auro. Su tono firme pero suave—. Nos lo llevamos a palacio, ya.
Los dos médicos se miraron y asintieron. El primero que había hablado miró a Rahel.
—Nos transportaremos allí con él. Cuando lleguéis a palacio habrá alguien en la puerta para llevaros hasta la zona de la enfermería. Intentaremos hacer lo que podamos pero…
—Lo sé —les cortó Rahel—. Lo sé. Id ya.
Ambos asintieron y desaparecieron, llevándose a Auro con ellos.
Todos nos quedamos en silencio tras su marcha. Larán y Roa siguieron arrodillados en el suelo, con la mirada fija en el charco de sangre que había dejado Auro. Roa se intentó levantar, pero su cuerpo colapsó.
Antes de que cayera Haize estaba a su lado, evitando que se golpeara en el suelo, pasó una mano por debajo de sus rodillas y puso la otra en su espalda y la levantó, cargando con ella. Roa apoyó la cabeza en el cuello de Haize, quien besó su coronilla, susurrándole palabras tranquilizadoras.
La imagen era tierna, la preocupación de Haize hacia ella y la total confianza que Roa había depositado en él dejaba ver lo importante que eran el uno para el otro.
Algo se instauró en mi pecho, haciendo que mi corazón bombeara más rápido.
—Vamos a palacio. Vosotros necesitáis cuidados también. Y una ducha —ordenó Kiria.
En un momento todos empezaron a andar hacia palacio.
Kiria con Rahel cogido de la mano y Haize llevando a Roa, seguidos de Cádin.
Yo empecé a seguirlos, pero entonces me giré.
Larán seguía arrodillado en el mismo punto, con la vista aún perdida y en ese momento me dio lástima.
Estaba solo en esta misión. Todos los demás tenían a alguien que se preocupaba por ellos, pero él no. Suspiré y me acerqué a él.
—Larán —le llamé suavemente. Levantó la cabeza y fijó la vista en mí, pero no dijo nada.
—Hay que tratarte el brazo y las demás heridas.
Cerró los ojos y se levantó poniendo una mueca de dolor. Empecé a andar delante de él, asegurándome que me seguía, pero ninguno hablamos.
Una vez llegamos al palacio nos llevaron a todos a la enfermería. A Roa, Larán y Rahel les hicieron entrar para ser tratados y los demás esperamos. Nadie habló. Solo nos miramos unos a otros, preocupados, esperando que alguien saliera y nos informara.
Pasó un buen rato hasta que Rahel salió con ropa limpia y las heridas tratadas. Kiria se abalanzó hacia él, que la recibió con los brazos abiertos, abrazándose fuertemente durante unos segundos.
—¿Se puede saber qué ha pasado? —preguntó Kiria cuando aflojó su abrazo.