Capítulo veinte
LENNIA
L legamos a una zona del jardín donde había un gran claro rodeado por bancos, con una gran fuente en medio. El espacio era suficiente para albergar a decenas de personas de pie sin chocar entre ellas.
—Aquí celebran los bailes de verano, pero una vez empieza la temporada fría este sitio podría bien ser un desierto —explicó mientras nos adentrábamos en el claro.
Me frené detrás de él, entrecerrando los ojos.
Había sabido moverse por el palacio y por los jardines con una precisión inquietante.
No había necesitado preguntar nada, es más, no nos habíamos encontrado a nadie en todo el camino y empezaba a pensar que había estado evitando a los demás a propósito.
—¿Cómo sabes tanto sobre Zéfiro y el palacio?
Haize giró la cabeza y una sonrisa traviesa asomó en su cara.
—¿Quién dice que sé sobre el palacio y los jardines?
—No he dicho nada sobre los jardines. Pero también. ¿Cómo?
—¿Por qué te interesa tanto? No sabía que eras tan cotilla —dijo alargando las palabras mientras seguía sonriendo de la misma manera.
—No es por cotillear. Es simplemente curiosidad. Curiosidad sana.
Levantó una ceja sin quitar la misma estúpida sonrisa que había puesto hacía un rato.
—Hagamos una cosa, Lennia —dijo poniéndose en posición defensiva—.
Hoy vamos a entrenar pelea cuerpo a cuerpo.
Ya dominas tu punto de gravedad y te he enseñado varios golpes básicos.
Hoy los pondremos en práctica. —Me crucé de brazos, poniendo una expresión aburrida—.
Cada vez que consigas darme un golpe, responderé a una de tus preguntas.
Pero si fallas varias veces, responderás a una de las mías. ¿Te parece bien?
Lo dijo con un tono y una expresión que dejó claro que me estaba retando.
Y yo había sido muchas cosas: huérfana, refugiada, prisionera, aliada. Pero jamás había sido una cobarde.
Adopté una de las posiciones ofensivas que me había enseñado Haize y sin decir nada, ataqué. Lo pillé tan desprevenido que apenas tuvo tiempo de apartarse antes de que mi puño rozara su hombro.
—Responde.
—¡Eso apenas es un golpe! —dijo ofendido, levantando las manos.
En ese momento solté un rodillazo que impactó de lleno en su estómago. No había calculado bien mi fuerza y Haize se dobló y comenzó a toser.
—¿Esto tampoco lo ha sido? —pregunté riendo. Para mi sorpresa —y deleite— Haize se enderezó y se echó a reír también.
—Ahora sí. —Movió el cuello de izquierda a derecha, haciéndolo crujir—. Una de mis exparejas vive en este castillo.
Levanté las cejas y casi se me abre la boca, pero antes de que pudiera añadir nada, Haize levantó una mano.
—No más preguntas hasta el siguiente golpe.
Volví a atacar sin previo aviso, pero la técnica no funcionó dos veces y Haize esquivó cada uno de mis golpes durante los siguientes minutos.
—Mi turno. ¿Cómo estás?
Frené en seco y le miré. No había esperado esa pregunta otra vez. Quizá era más fácil de leer de lo que pensaba.
—No te pares —corrigió él—. Responde, pero sigue atacando. Juego de pies, ataca con todo el cuerpo, no solo con los puños.
—Bien. —Hice lo que decía. Volví a atacar.
—Si no eres sincera, no tiene sentido esto que estamos haciendo —dijo justo antes de hacerme la zancadilla.
Su movimiento fue tan rápido que ni siquiera vi como desplazaba su pierna izquierda hacia delante hasta que estuve en el suelo.
Caí de culo y lo miré con una mezcla de indignación y sorpresa mientras él reía—.
Si no eres sincera, atacaré yo. —Se encogió de hombros y alargó su mano para ayudarme a levantarme.
Aproveché ese momento para darle una patada en la espinilla.
—Golpe número dos. ¿Vivías en Zéfiro?
—Responde sinceramente a mi pregunta y responderé a la tuya.
Volvió a adoptar una posición defensiva, estiró una mano hacia delante e hizo un movimiento, invitándome a atacarle.
—Sé más específico en tus preguntas.
—¿Cómo estás después del ataque de la otra noche? No hemos tenido ocasión de hablar sobre ello.
Dudé durante unos segundos en los que dejé de atacar y él aprovechó para empujarme. Resoplé.
— Bien . No sé qué quieres que te diga. Casi te matan por mi culpa —dije sin dejar de atacar, intentando disimular lo nerviosa que me había puesto esa pregunta.
—No vivía en Zéfiro. Nos veíamos cuando podíamos. A veces aquí, a veces en Boreas, donde podíamos, realmente —me explicó respondiendo a mi pregunta.
Al cabo de cinco minutos más no le había vuelto a dar ni una sola vez.
—Mataste a esos No-rê. —Alcé una ceja, sorprendida de que usara ese nombre—. Cádin me dijo que ahora los llamáis así —explicó—. Luego tu esencia explotó, Lennia. Rompiste los bloqueos mágicos y desintegraste a esas cosas. ¿Cómo llevas eso?
—Bien, Haize. Lo llevo bien. —Antes de acabar la frase Haize había roto mi defensa y me había lanzado un puñetazo en el hombro, sin suficiente fuerza como para que doliera pero con la justa para que notara su fuerza.
Resoplé más fuerte—. Pasó y ya está. No le doy más vueltas.
Me alegro que pudiera usar el poder para romper las barreras y también me alegro de haber matado a esos No-rê.
Gracias a eso estamos vivos. —Paré y bajé los brazos—. Haize, yo…
—No —me cortó—. No hace falta que te disculpes.
—¿Quién dice que me iba a disculpar?
—Tu posición corporal, tu cara de pena, los ojos llorosos. —Rió.
Parpadeé y mis ojos se tornaron dorados.
—Esa es mi chica. Vamos, golpéame.
Seguimos con la lucha cuerpo a cuerpo durante horas. En algún momento dejé de responder las preguntas de Haize ya que era el único que las hacía. No volví a golpearle ni una sola vez. Al final me tumbé en la hierba, derrotada.
—No puedo más.
—Lo has hecho bien, Lennia —me felicitó Haize, tumbándose a mi lado.
—Te he golpeado dos veces y porque te he pillado desprevenido, no veo donde está el bien —respondí indignada. Haize rió y se incorporó sobre su codo, mirándome.
—Llevamos horas luchando y no te has rendido ni una vez. No me habrás golpeado pero has parado muchos de mis golpes sin problema. —Me sonrió—. A veces vale más una buena defensa y huir que un ataque mal calculado.
—¿Entonces vas a responder a mis preguntas?
—Sólo si admites que eres una cotilla —dijo Haize riendo, volviéndose a tumbar en la hierba.
Puse los ojos e blanco y resoplé. Parecía que era lo único que hacía cuando estaba con él.
—Sí, Haize. Soy una cotilla porque mi vida es aburrida —puse los ojos en blanco. De nuevo —. Ahora, cuéntame, ¿Por qué se acabó tu relación con la chica de Zéfiro?
—¿Quién dice que fuera chica? —Me guiñó el ojo. Hizo una pausa y puso las manos detrás de su cabeza fijando la vista hacia el cielo—. Nos distanciamos. En el fondo buscábamos cosas diferentes, así que decidimos que lo mejor era que cada uno de nosotros siguiera nuestro camino por separado.
De ahí pasamos a hablar un poco de todo, de nuestro pasado y las expectativas que habíamos tenido y de cómo veíamos el futuro. Fue una conversación sencilla y amigable. Nos quedamos callados unos segundos y entonces el tono de Haize cambió.
—¿Ahora vas a ser sincera conmigo, Lennia?
—Qué pesado eres con la sinceridad. —Solté aire poco a poco, abriendo y cerrando los puños, sabiendo a qué se refería—.
Por una parte estoy bien. Puedo defenderme, sé defenderme.
Sé que parece que perdí el control pero no fue así.
Cuando vi que te habías lanzado a frenar el golpe que iba dirigido a mí, me cegó la rabia.
Porque si morías iba a ser mi culpa. Y tú no merecías morir.
Noté como el poder demandaba salir, como quería que lo utilizara.
—Suspiré y le miré a los ojos—. Así que lo hice.
Solo pensé que quería que murieran. Que desaparecieran.
Lo único que quería era estar en un sitio seguro y poder ir a ver si estabas vivo.
Y mi poder explotó a nuestro alrededor. No entiendo que fue, pareció una onda de fuerza, pero no tiene sentido.
—Suspiré—. Tampoco tiene sentido que pudiera usarlo si estaban los bloqueos.
Pero me alegro. Me sentí aliviada cuando vi que seguías vivo.
Me había incorporado mientras hablaba. Posé la vista en su cicatriz e instintivamente alargué la mano y pasé un dedo por la piel rugosa. Los ojos de Haize se fijaron en mí, sorprendidos. Se quedó muy quieto, prácticamente dejó de respirar.
—Te queda bien —le dije.
—¿Qué? —Me miró confundido y sonreí.
—El pelo así. Me gusta —confesé. Y, aunque estaba oscuro, pude jurar que Haize se sonrojó.
Se aclaró la garganta pero no dijo nada, así que continué hablando—.
La verdad que lo peor no fue aquel día, aquel día simplemente estaba avergonzada de haber salido corriendo y habernos puesto en peligro.
Los siguientes, encontrando todos los pueblerinos asesinados…
Eso ha sido duro de verdad. No soy soldado, no estoy acostumbrada a la guerra ni a la muerte.
—Sacudí la cabeza—. No sé cómo nadie puede hacerlo voluntariamente.
Las batallas, la guerra… —Cerré los ojos y me callé.
—Hay para quién el ejército es su única oportunidad, hay quienes creen que así ayudarán a crear un futuro mejor. También hay malas personas que lo ven como violencia gratuita —habló Haize.
—¿Cuál era para tí?
Respiró hondo, pensando la respuesta, pero justo cuando iba a responder se escuchó alboroto proveniente de la parte delantera de palacio. En un segundo ambos estábamos en pié, dirigiéndonos hacia la entrada. Seguí a Haize, casi corriendo, con una mala sensación en el cuerpo.
—Roa —suspiró Haize en una bocanada prácticamente sin aire mientras empezaba a correr más rápido.
Fue la única palabra que salió de su boca, pero el dolor con la que la dijo me hizo poner los vellos de punta.
Haize debió de haber sentido la esencia de Roa, ya que ahí estaban, demandando entrar en palacio, pidiendo ayuda. A su lado estaba Rahel.