Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

LENNIA

L legamos a Galto una semana después. El trayecto no nos debería haber costado tantos días, pero paramos en cada pueblo o aldea que vimos.

Por suerte, no nos encontramos más no-muertos, aunque sabía con ciencia cierta que ninguno de nosotros olvidaríamos jamás lo que vimos en algunos de esos pueblos.

En varios de ellos todos sus aldeanos estaban muertos, con grandes signos de violencia.

Habían luchado, se habían defendido, pero habían perdido.

Ancianos, niños, adultos. Todos. Algunos llevaban muertos semanas, lo que había hecho que muchos de los animales encerrados en granjas fallecieran también.

Todo estaba mal. No volví a tener la sensación que había tenido en Feri pero una pesadez se asentó en mí, en todos nosotros. Entrábamos a cada pueblo con el corazón en un puño, sin saber que nos íbamos a encontrar.

Gracias a las Diosas, conforme nos acercábamos a Galto, los pueblos empezaron a ser normales, la esencia y la magia fluía por ellos y por sus habitantes. No entendíamos qué estaba pasando y no nos atrevíamos a hablar con nadie, prácticamente ni habíamos hablado entre nosotros.

El único momento en el cual estábamos medianamente relajados era cuando Haize y yo entrenábamos. Kiria y Cádin siempre andaban cerca, dando consejos o molestándome .

—No creo que Nator o Rahel y los demás estén por aquí todavía, pero por si acaso vamos a preguntar en el castillo.

También habría que averiguar si tenemos organizada alguna estancia o vamos por libre hasta la llegada del Rey.

—Haize nos miró y suspiró lentamente—. Sé que hace días que no vemos nada raro, pero…

—dudó antes de seguir hablando—. Estaría más cómodo si no nos alejáramos muchos los unos de los otros.

Nos miraba a todos de manera seria, como reprimiendo sus ganas de ordenarnos que no nos separáramos. Había notado que Haize quería tener el control de las cosas pero no había notado hasta qué punto lo necesitaba.

Todos asentimos.

—Primero vamos a palacio a informar de nuestra llegada y a ver donde pueden descansar estos —señaló a los caballos— y a partir de ahí ya veremos —sugirió Kiria.

El palacio de Zéfiro era imposible de ignorar.

No es que fuera más grande u ostentoso que el de Boreas, pero mientras que el palacio de Boreas estaba construido sin muchos detalles, el palacio de Zéfiro era todo lo contrario.

La única similitud era la piedra que lo creaba.

Toda la fachada estaba decorada con diferentes imágenes y cenefas talladas en la misma roca.

También había coloridos dibujos en tonos turquesas y marrones —los colores de su reino.

Encima de la puerta y en las diferentes torres, se podía observar estandartes colgados.

El Casue, como ellos llamaban a su estandarte, era simple.

Un gran sauce en una tela turquesa de fondo.

El sauce era un árbol que únicamente se encontraba en Zéfiro.

De una belleza impresionante, podía llegar a alcanzar los 10 metros de altura.

El tronco era grueso, de un marrón intenso y su foliaje era de un verde tan vivo que parecía falso.

Las ramas eran flexibles y siempre acababan cayendo, haciendo que sus hojas —pequeñitas y redondeadas—, llegaran hasta el suelo, creando un ambiente mágico a su alrededor.

Pero lo que más me interesaba de los sauces eran sus propiedades curativas.

Con corteza de sauce se podían crear unos potentes analgésicos y antiinflamatorios que pocas especies podían imitar por sí solas.

Desafortunadamente para mí, los sauces estaban protegidos por la ley del reino, así que hacerse con corteza no era una tarea fácil ni barata.

Nos detuvimos en la puerta del palacio, presentándonos ante el guardia que había e hicieron pasar a Kiria y Haize ya que eran las dos personas que tenían más rango.

Cádin y yo esperamos con los cuatro caballos, sentados en uno de los jardines delanteros.

—¿Qué tal lo llevas?

—Bien —respondí antes de analizar la pregunta—. ¿El qué?

Cádin soltó una risita baja y me miró durante un par de segundos.

—No he querido preguntarte cuando estábamos los cuatro juntos, pero ahora no veo por qué no hacerlo. No sé qué pasó cuando tu y Haize desaparecisteis, pero claramente algo pasó, y no estoy hablando simplemente del ataque de los No-rê

—¿No-rê? —pregunté, extrañada. No había oído nunca esa palabra.

—Los no-muertos. Creo que es más certero referirnos a ellos como no-rê. Es la antigua lengua de Saggar. Significa “destinados a morir”.

—Un poco teatrero, ¿no crees? —pregunté alzando una ceja. Cádin río y negó con la cabeza.

—No deflectes mi pregunta, Lennia. Veo que no descansas bien, prácticamente no estás ni durmiendo.

—Iba a negar sus palabras cuando Cádin cogió mi muñeca—.

Mírate las cutículas. Te sangran los dedos de todo lo que te los rascas.

—Me soltó la mano suavemente—. No te estoy pidiendo que me cuentes qué pasó si no lo deseas, solo quiero saber cómo lo estás llevando.

Abrí y cerré la boca, ocultando mis manos detrás de la espalda. Respiré hondo, organizando mis pensamientos.

—Estoy… —cerré la boca de nuevo, buscando qué decir—. No lo sé, Cádin. Ese día salí de la casa sin tener en cuenta el peligro. Casi… casi matan a Haize por mi culpa.

Llevaba días pensando en ello, pero era la primera vez que lo decía en voz alta. Haize había salido corriendo detrás de mí para protegerme y eso casi acaba con su vida. Cádin fue a hablar pero alcé mi mano, silenciándolo.

—Maté a los No-rê que nos atacaron. No me arrepiento, pero aún así…—suspiré—. Estoy acostumbrándome a ello. —Aparté la vista de los ojos claros de Cádin—. He visto más muerte en estos días que en toda mi vida. Personas, animales, poblados enteros.

Cádin me miraba, paciente, dejándome hablar.

—Hemos cavado tantas tumbas que tengo las manos llenas de llagas y callos ¿¡Y para qué!

? ¿Qué cojones está pasando? Y ya no solo eso, la noche que casi matan a Haize —proseguí, sin poder detenerme—, había algo que bloqueaba nuestro poder.

Destruí esos artefactos y desintegré a esas cosas, me cegó la rabia por lo que estaba pasando y exploté.

Mi magia explotó conmigo. Esas cosas tenían que morir y, como he dicho, no me arrepiento.

¿Pero qué pasará si la siguiente vez que sienta esta rabia es contra inocentes?

¿Qué pasa si hiero a alguien que no lo merece?

No me había dado cuenta de que estaba temblando ni de todo lo que había alzado la voz hasta que los brazos de Cádin se cerraron a mi alrededor.

Abrazándome. Sentí su apretón, su calidez, su aroma envolviéndome.

Me quedé sin palabras. Pasados unos segundos le devolví el abrazo y entonces, por primera vez en años, me permití llorar en el calor de alguien.

—Nos han preparado aposentos en el palacio.

Si todo va bien, Nator y Miria deberían llegar en unos días, así que el segundo grupo no creo que tarde mucho en aparecer —explicó Haize mientras cogía las riendas de Seri—.

Nos han indicado también donde están las caballerizas.

Podemos ir ahora a que descansen estas bestias —dijo con cariño en la voz, palmeando el cuello de Seri que ya se estaba impacientando de estar parado, rascando el suelo y cabeceando.

En cuanto salimos de las cuadras apareció una mujer del servicio de palacio para llevarnos hacia nuestras estancias.

—Por favor, seguidme, les mostraré sus aposentos.

—Nos guió hasta un pasillo repleto de habitaciones—.

Les recuerdo que son invitados del Rey y la Reina de Zéfiro, pero que el palacio es una zona privada, absténgase de viajar por las salas en las cuales no están invitados.

Se les vendrá a buscar para la cena, hasta entonces, sed libres de utilizar el tiempo como deseen.

Con esto —nos depositó un anillo a cada uno—, podrán entrar y salir del palacio sin que nadie les ponga ninguna pega.

Si necesitan cualquier cosa, hagánmelo saber a mí o a cualquiera de las chicas que veáis con el uniforme del servicio.

En esa sala, —señaló una pequeña puerta de un tono azul claro—, siempre podrán encontrar a alguna de nosotras.

Si no tienen ninguna duda, me retiro ya. —Nos hizo una reverencia y marchó.

Me incomodó ese comportamiento. Yo no era de la realeza, no era importante. Nadie tenía que ser inferior a mí, no me gustaban esas formalidades. Nunca lo habían hecho.

—Lennia, ¿todo bien? —La voz de Kiria me sacó de mis recuerdos.

Miré alrededor y vi que ya se habían asignado cada una de las cuatro habitaciones y que estaban a punto de entrar en ellas mientras yo estaba pensando en el pasado. Sacudí la cabeza, un poco avergonzada y me dirigí a la habitación que había quedado libre. Kiria rió suavemente.

—Te veo en un rato. Vamos a descansar, que nos lo merecemos.

Después de semanas viajando, solo había hecho falta un baño con agua limpia y caliente y ropa nueva para que me sintiera mejor.

Me había sorprendido encontrar unas mallas sencillas y una túnica —turquesa, cómo no— encima de la cama .

El peso de todo lo que había pasado seguía conmigo, constante, como una sombra que me pesaba en el alma pero que ahora veía de una manera diferente.

Ya no solo tenía el dolor y horror que se había despertado en mí al pasar por los pueblos.

Durante el baño había estado recapitulando todo el viaje y una nueva ira había crecido en mi interior.

Alguien era el culpable de la masacre que habíamos visto.

Alguien estaba utilizando a esas pobres personas las diosas sabían para qué y ese alguien debía de ser detenido inmediatamente.

Igual que había pasado en la bañera, sentí mi esencia vibrar.

La rabia que me había provocado el recordar todo el camino había hecho que mi poder se descontrolara, respiré hondo, varias veces, intentando regular mi esencia y mi rabia.

Unos segundos después golpearon a la puerta suavemente, tres golpes cortos y secos. Haize estaba apoyado en el marco de la puerta cuando abrí. Los brazos cruzados delante del pecho y el pelo suelto aún goteando por el cuello.

—¿A quién estás matando?

—¿Qué? —Fruncí el ceño.

—Tu poder. Pensaba que ibas a tirar el palacio abajo.

—Ah. Solo estaba pensando en todo lo que ha pasado hasta que hemos llegado aquí.

Su sonrisa se suavizó y descruzó los brazos, haciendo que la túnica se tensara mucho más. A él también le habían entregado ropa. Unos pantalones de lino marrón claro y una túnica turquesa oscuro.

—Vamos, sígueme —pidió girándose.

—¿Hacia dónde? —Le seguí cuando empezó a andar—. ¿No has dicho antes que deberíamos quedarnos juntos?

—Kiria y Cádin están dormidos y tú y yo no hemos entrenado hoy. Estoy seguro de que te ayudará. Además, no vamos a salir de palacio, podemos utilizar los jardines, hay zonas en las que nadie nos va a molestar.

Dudaba que Haize hubiera tenido en mente entrenar hoy cuando se había vestido con ropa de palacio.

Además se le notaba el cansancio. Todos estábamos agotados.

Pero había notado mi poder y había decidido ir a ver si estaba bien para acto seguido ofrecerme su ayuda.

Haize era más de lo que había dado por hecho que sería.

Cuando salimos del palacio caminamos durante diez minutos entre jardines y flores. Puede que yo ralentizara mi paso, observando cómo tenían organizado el exterior y puede que Haize frenara el suyo, dejándome observar los alrededores, sin prisa.

Las plantas y flores estaban perfectamente alineadas y colocadas en el sitio exacto para formar un jardín infinito.

Los colores y las formas se mezclaban y bailaban entre sí, creando un espejismo de azules, amarillos y violetas por un lado y rojos, naranjas y blancos por otro.

Era simplemente… maravilloso. Seguí andando despacio, observando cada flor, cada color, cada pétalo, y entonces vi la flor de Lampro o cómo la conocíamos en el resto del reino, el corazón de Zéfiro.

La flor no solo era única en Zéfiro, sino que su cultivo era extremadamente difícil. Jamás la había podido hacer florecer por más que lo intentara. Y ahí estaba: un jardín entero lleno de lampros en flor.

Las flores eran de un color rosado oscuro, casi rojo, con destellos blancos que asemejaban estrellas, pero lo más impactante era su forma de corazón con una pequeña lágrima colgando.

Había estudiado mucho sobre ellas, pero jamás las había visto en persona y, viéndolas en ese instante, supe que ninguna ilustración le había hecho nunca justicia.

No me había dado cuenta de que me había parado completamente.

Ni siquiera sabía cuánto rato llevaba ahí, embelesada con la vista, cuando me giré y vi a Haize, apoyado en un árbol de manera muy casual.

Me estaba observando concentrado, con la mirada puesta en mí con una intensidad que no supe descifrar.

Cuando vió que le observaba de vuelta carraspeó y se pasó una mano por la nuca, reanudando el paso.

—Podrías haberme avisado que me había quedado aquí parada en lugar de esperar a que me moviera —le dije, una vez le empecé a seguir .

—No me importaba esperar a que acabaras de observar el jardín.

—Aún así, no quiero hacerte perder el tiempo. Suficiente tiempo gasta en mí cuando entrenamos.

—Nunca me haces perder el tiempo, Lennia.