Capítulo dieciocho #2
Me lo encontré sentado, apoyado en un árbol, mirándome con los ojos muy abiertos.
La mitad de su cara, su cuello y toda su túnica estaban bañadas de sangre, pero él estaba vivo, observándome en silencio, como si no creyera lo que acaba de ver.
Me quedé mirándolo, inmovil, sin saber qué hacer o qué decir.
—Tus ojos. Siguen dorados, no están volviendo a su color —susurró Haize.
El sonido de su voz me activó, corrí hacia él, arrodillándome a su lado, pero antes de que tuviera oportunidad de articular palabra, me puso una mano en el hombro y me miró muy seriamente.
—¿Se puede saber por qué no has utilizado la daga para defenderte? ¡Casi te matan, Lennia!
—No sé usar armas. No sé luchar cuerpo a cuerpo —admití avergonzada.
La mano de Haize cayó de mi hombro y me miró como si esa admisión fuera lo más increíble que había pasado en todo el día. Parpadeó varias veces y se levantó, maldiciendo entre dientes.
—Mañana empezamos a entrenar. No es una sugerencia.
Sin decir nada empezó a andar hacia las afueras del bosque, en dirección al pueblo.
Intentaba disimular, pero entre el cansancio de la batalla y la herida, su fuerza iba menguando y empezaba a cojear.
Me coloqué a su lado sin decir ni una palabra y pasé su brazo por mi hombro para que me utilizara de apoyo.
—Vamos Lennia, así no se ponen los pies. Con un pequeño empujón te irías al suelo —me corrigió Haize por enésima vez.
Llevábamos dos días en Feri. Kiria ya estaba prácticamente al cien por cien, pero Haize había rechazado que le curaran la herida con magia, así que habíamos retrasado la partida hacia Galto creyendo que lo mejor era esperar a que sus heridas se curaran antes de avanzar.
Lo único que habíamos conseguido después de mucho insistir era que se aplicara una de mis cremas antibióticas y se vendara la herida.
La noche que volvimos después del ataque, nos encontramos a Kiria y Cádin peleando contra el resto de habitantes del pueblo.
El día siguiente al ataque lo pasamos inspeccionando cada una de las casas, campos o granjas de la zona y no encontramos signos de vida más allá de algunos animales, los cuales liberamos.
Aparte de las personas que nos habían atacado y los que habían atacado a Cádin y Kiria, habíamos encontrado al resto de habitantes muertos en sus camas.
Todos de la misma manera, el cuello partido y sonriendo.
Enterramos a todos y cada uno de ellos, los veintitrés que encontramos, devolviendo a la tierra sus cuerpos.
—¡Lennia, la mente donde tiene que estar! —me riñó Haize.
—¿Y qué te hace pensar qué no estoy concentrada?
Puso los ojos en blanco y señaló el suelo a mis pies. Me había desviado de la línea en la cual tenía que mantenerme. Resoplé.
—Tus actitudes de adolescente no van a llevarte a nada —dijo Haize con media sonrisa en la cara—. Vamos, empieza la rutina.
Haize se había tomado muy en serio la tarea de entrenarme. La mañana posterior al ataque me despertó antes de que saliera el sol y prácticamente me arrastró a la calle. Entrenábamos dos veces al día. Durante horas. Lo miré desafiante pero empecé la rutina que me había enseñado.
Habíamos empezado por centrar mi punto de gravedad.
Haize se había quejado de que tenía la estabilidad de una oveja recién nacida y, por lo visto, era primordial arreglar eso si quería avanzar.
Respiré hondo y coloqué mis pies en la posición correcta: separados a la anchura de los hombros y distribuí mi peso equitativamente.
Relajé la espalda y los hombros y me enderecé lo justo para alinear mi cuerpo.
Me concentré en apoyar mi peso en el punto exacto que Haize me había enseñado y respiré profundamente varias veces, despejando la mente, calmándome.
Una vez estuve perfectamente colocada, empecé con los movimientos.
Comencé trazando una línea imaginaria y moviéndome por ella sin desviarme ni un milímetro.
Una vez completé los treinta pasos, levanté un pie, roté y repetí lo mismo con el otro pie.
Seguí desplazando mi peso de un pie a otro, cambiando mi punto de gravedad y anclándome cada vez que este cambiaba.
Repetí la misma rutina, ganando velocidad cada vez.
—Eso es, Lennia, muy bien. Ya lo tienes.
El aire sopló sin avisar y me desestabilicé, provocando la risa de Haize. Le miré de manera fulminante.
—¡¿Por qué has hecho eso?! —grité alzando los brazos.
—¿El qué? —Sonó demasiado inocente, así que le devolví una ráfaga de aire. Pero al contrario de lo que me había pasado a mí, él ni se movió.
—¿Ves? Así tendrías que haberte quedado tú. El centro de gravedad tiene que ser siempre centro, aunque estés luchando, aunque te empujen. Pase lo que pase tienes que mantener el equilibrio. Si caes en batalla hay pocas oportunidades de que te levantes.
Acabamos el entrenamiento horas después. Me dolían todos los músculos y me palpitaba la cabeza, pero por fin había conseguido mantenerme firme contra cualquier ataque que me había lanzado.
—Mañana salimos camino a Galto. Hemos perdido mucho tiempo aquí parados. —Escuché a Haize decirle a Cádin, que justo salía del baño.
—Necesitabas recuperarte —dijo Cádin con indiferencia—. No podíamos permitir que te murieras encima de Seri.
Haize puso los ojos en blanco y se fue a asear aprovechando que el baño se había quedado libre.
—Buen trabajo, Lennia. Estás mejorando muy rápido.
—Gracias, Cádin. —Sonreí—. No lo diré delante de él, pero Haize es un buen profesor.
Cádin y Kiria rieron.
—Sí, en Ipar también está siempre enseñando a gente. Nació para ello. Para enseñar y proteger.
Lo que empezó como cuatro desconocidos saliendo juntos de manera obligada había evolucionado en una camaradería sana y cómoda.
Confiábamos los unos en los otros y, lo más importante, nos llevábamos bien.
Y, aunque ninguno habíamos olvidado las circunstancias que nos habían hecho quedarnos en Feri, el descanso extra nos había venido bien.
—Habrá que ir hacia Galto entrando en todos los pueblos que veamos, hay que comprobar que sus habitantes estén bien y no haya más no-muertos —suspiró Kiria.
—Deberíamos llamarlos de otra manera. No-muertos suena demasiado…
Cádin dejó la frase a medias, su vista fija en un punto detrás de mí. Fruncí el ceño y me giré a mirar que había captado su atención.
Haize. Se había quitado la venda de la cabeza. La cicatriz ya estaba prácticamente curada. Era una línea irregular que partía la sien en dos, pero no era eso lo que Cádin estaba mirando.
Era lo que se había hecho en la cabeza. Haize había llevado el pelo largo y el ataque había cortado prácticamente todo el lateral, dejándole con el pelo desigual.
Habíamos tenido que rapar la parte más cercana a la herida para poder observar bien hasta donde llegaba, pero no habíamos tocado nada más, no dándole importancia a la parte estética en aquel momento.
Pero en ese momento Haize sí había prestado atención.
Se había rapado ambos lados, dejando la parte central a la largura que ya tenía. El pelo se le había aclarado desde que habíamos salido de Boreas y en ese momento se lo había recogido en un moño alto, dejando las sienes rapadas completamente a la vista.
El peinado había sido un acierto. El rapado lateral marcaba más sus facciones, acentuando la forma de su mandíbula. Incluso la piel le parecía brillar más y el marrón de sus ojos parecía más intenso.
También se había afeitado y era la primera vez que veía a Haize tan cuidado.
—¿Qué? —preguntó, un poco avergonzado—. Es lo más rápido que se me ha ocurrido.
—Te queda bien —le dijo Kiria.
Le sonrió a Haize mientras se acercaba a mirar el corte de pelo. La mirada de Haize se posó en mí, que seguía observándole y torció la cabeza, cómo retándome a que dijera algo.
—Te quedaba mejor como lo llevabas antes —dije alzando una ceja.
Cádin y Kiria se rieron y él esbozó una sonrisa, pero podría haber jurado que un destello de inseguridad le había brillado en los ojos antes de unirse a las risas.