Capítulo dieciocho
LENNIA
L a noche había llegado y no habíamos visto ni oído más ruidos fuera. Era como si el pueblo se hubiera quedado desierto. Kiria y Cádin estaban descansando primero, ambos lo necesitaban más que Haize o yo.
Haize estaba en el sofá con la cabeza en el respaldo mirando al techo, pensativo. No había dicho muchas palabras desde el ataque de esa tarde y yo no había iniciado conversación.
—Voy a ver si han despertado ya.
Sin esperar su respuesta entré en la habitación y vi a la mujer sentada en la cama. Como seguía amordazada y con las manos y los pies atados, no había logrado moverse mucho.
—Hey —dije suavemente, acercándome con las palmas levantadas—. Voy a acercarme y a quitarte la mordaza, ¿vale? Seguro que tienes sed.
La mujer me miraba con cara de pánico. Lentamente me seguí acercando y empezó a sollozar. Cuando me planté a su lado levanté los brazos para retirarle la mordaza y se encogió .
—No nos hagáis daño, por favor, no tenemos nada. Coged lo que queráis pero no nos hagáis daño.
Fruncí el ceño. Fui a hablar, a preguntarle por qué habían atacado cuando los otros tres cuerpos se incorporaron.
Estaba mirando al resto cuando la mujer dio una sacudida para acto seguido mirarme sonriendo, enseñándome todos los dientes.
Aún estaba asimilando su cambio de actitud cuando su cuello se torció de una forma antinatural, crujiendo como el sonido de las hojas secas al ser pisadas.
Los otros tres cuerpos hicieron lo mismo.
Todos me miraron con una sonrisa antes de caerse de nuevo, muertos.
Me quedé ahí parada, congelada, sin entender qué había pasado.
—¿Lennia? —la voz de Haize desde la puerta hizo que me girara—. ¿Qué ha pasado? —Abrí y cerré la boca sin encontrar palabras mientras Haize me miraba con más preocupación que otra cosa—. ¿Estás bien? ¿Te han hecho algo?
Haize se acercó y yo retrocedí. La sensación que había tenido cuando habíamos llegado había vuelto multiplicada por diez. Me ardía el cuerpo. Tenía que salir de allí. Pasé corriendo por el lateral de Haize. Intentó agarrarme pero conseguí esquivarlo.
Abrí la puerta y salí a la calle. La noche había caído totalmente y al no haber luna la oscuridad lo envolvía todo dificultando la visión, pero eso no me detuvo.
—Lennia, para —pidió Haize, que había salido corriendo detrás de mí. Cada pocos segundos su voz rompía el silencio, pero no recibía respuesta por mi parte—. Deja de huir.
La voz de Haize era suave, certera, justa.
No alzaba la voz más de lo necesario. Lo justo para que lo escuchara.
Estuve tentada de hacerle caso, escuchando la preocupación en su voz, pero recordé otra voz de hombre que alguna vez se había preocupado por mí y me había acabado traicionando.
En la habitación había oído el juicio en su voz y ya estaba cansada de hombres con voces suaves y malas intenciones.
Estaba cansada de que me usaran y me engañaran.
No reduje el paso cuando me adentré en los bosques. Seguí serpenteando los árboles, alejándome de Haize, de la casa, de los cadáveres.
—¡Lennia, para! —Me ordenó Haize, alzando la voz por primera vez.
El tono de su voz me cabreó. No solo porque me hubiera gritado, sino porque él no era nadie para ordenarme nada. Si quería seguir corriendo por el bosque tenía todo el derecho de hacerlo. No había jurado lealtad. No a los reyes y no a él .
De repente una ráfaga de aire me empujó hacia atrás con tal fuerza que caí de culo. Me levanté de golpe, sabiendo que había sido él quien había llamado al viento. Llamé a mi poder y lo concentré, preparándome para atacar si hacía falta.
Cuando Haize llegó a mí, se dejó caer de rodillas y sus brazos se cerraron alrededor de mi cintura. Su cabeza apoyada en mi vientre. Me abrazó con fuerza, con preocupación. Me soltó unos segundos después y miró detrás de mí.
—¿Qué pretendías hacer? ¿Saltar al pantano?
Su voz fue suave pero detrás de la suavidad había un deje de pánico que hizo que me girara de golpe. Mi vista tardó unos segundos en adaptarse pero entonces lo vi. Había un acantilado delante de mí y debajo, solamente agua.
—No lo había visto —balbuceé, demasiado atónita para formar una frase más larga.
—¿Por qué has huído, Lennia? ¿Por qué huías de mí? —preguntó Haize en un suspiro, levantándose y relajando los hombros.
—Me has salvado —dije, ignorando su pregunta.
—Quizá que te he salvado es una exageración, no te hubieras matado al caer —miró de nuevo al agua—. El frío te hubiera atontado un poco y el golpe te hubiera magullado, pero nada más.
—¿Por qué lo has hecho?
Esta vez fue su cabeza la que giró de golpe hacia mí. Parpadeó varias veces, levantando mucho las cejas.
—¿Perdón?
—Crees que he matado a esas personas. También crees que soy un peligro, ¿no? Qué debería estar encerrada. Hubiera sido más fácil si me hubieras dejado caer. Problema solucionado.
No esperé a que respondiera cuando lo avancé, dispuesta a poner toda la distancia posible entre nosotros dos, pero antes que pudiera dar dos pasos, Haize me agarró la muñeca y me frenó.
—Deja de huir de mí, Lennia.
No me giré a mirarle, pero tampoco huí, así que Haize me soltó la muñeca, levantando los dedos uno a uno.
—No creo que seas un peligro para la misión. Y sé que tú no has matado a esa familia —dijo con una voz suave y calmada—. ¿Por qué piensas eso?
—¿Y por qué me estabas persiguiendo?
—Saliste corriendo. ¿Qué se supone que tenía que hacer?
Además, ya he dicho antes que nadie debe estar solo y menos a esta hora.
No podía dejar que te marcharas sola. —Posó su mano en mi bíceps y presionó suavemente—.
¿Me vas a decir qué ha pasado en la habitación? ¿Por qué has huido? ¿Tú estás bien?
Iba a responder cuando de pronto me tambaleé, sintiéndome débil. Ya había experimentado esta sensación antes, cuando me quitaron los poderes con sortia . Miré a Haize con los ojos muy abiertos pero él estaba igual que yo.
—Mierda —susurró y sin que pudiera decir nada me colocó una daga de rodela en la mano—.
No tengo nada mejor, esto tiene que servirte.
No dudes en atacar a cualquier cosa que se te acerque.
No te pares a preguntar si es un peligro, porque probablemente lo sea.
Mata si es necesario, pero no dejes que te ataquen.
Su mirada era intensa y estaba totalmente fija en mí, pero antes de que pudiera responder, se escucharon gritos.
Media docena de personas aparecieron de entre los árboles, dispuestos a atacar.
Llamé a mi esencia por inercia, pero esta no respondió.
Miré a la daga que Haize había depositado en mi mano con rabia.
No sabía utilizar armas. No sabía luchar.
Había crecido entre campos y animales. Lo más cerca de un arma cuerpo a cuerpo que había utilizado eran una azada y una hoz.
Si ninguno de los atacantes había llegado todavía a mí era porque Haize estaba bloqueándoles el paso, luchando contra ellos. Cuerpo a cuerpo iba a ser un estorbo así que necesitaba recuperar la esencia. Los atacantes eran no-muertos, el uso de la magia era mi única ventaja sobre ellos.
Entre el frenesí de la batalla que estaba librando Haize lo vi, en la mayoría de árboles que nos rodeaban habían colocado un artefacto que no debería estar ahí.
Sin pensarlo dos veces salí corriendo hacia el árbol más cercano y arranqué el primer artefacto, abriendo la conexión.
Noté como el poder regresaba a mí, la piel me cosquilleaba pero la cantidad de esencia que entraba en el claro no era suficiente para que pudiera utilizarla.
Localicé el siguiente árbol y salí corriendo sin mirar nada más.
No me di cuenta que venía alguien hacia mí alzando una espada.
No vi que no tenía tiempo de reacción ni me di cuenta que desde la posición donde estaba no podía huir. Me volví a congelar viendo como la espada descendía sobre mí.
De repente mi centro de gravedad cambió y ya no estaba en frente de la espalda. Alguien me había empujado.
Haize me había empujado, salvándome del golpe. No tuve tiempo a formular otro pensamiento cuando vi como la espada descendía..
Vi como la espada atravesaba la piel, empezando encima de la ceja y acabando encima de la oreja. Le escuché gritar y vi sangre derramarse.
Se le cayó el arma que estaba utilizando. Haize estaba sangrando en el suelo y no se levantaba. No registraba nada más que su cuerpo inmovil mientras las cuatro personas que quedaban en pié corrían hacia él, hacia nosotros, con sus armas levantadas.
Íbamos a morir.
El instinto tomó control de mi cuerpo. Pero esa vez no fue el pánico lo que lo guió, fue la rabia. La esencia creció en mí de una manera que nunca había experimentado.
Me quemaba la piel. Me quemaban los órganos. Cada respiración era fuego en mis pulmones, pero no sentía nada. Solo veía a Haize recibiendo el golpe que iba dirigido a mi, una y otra vez. Alcé mis manos y los artefactos de los árboles explotaron.
El tiempo se paró. Los cuatros seres se congelaron frente a mí.
La esencia brotó de mí, demandando ser libre y yo obedecí.
La esencia no era visual, no se veía por mucho que la sintieras.
Pero esta vez fue diferente. Algo parecido a humo dorado salió de mis manos y rodeó a los cuatro atacantes ahogando todo el sonido que hacían.
Conforme la esencia se cerró sobre ellos escuché el sonido metálico que hicieron las armas que portaban al caer al suelo. Mi visión se nubló y cerré los puños.
Todo desapareció.
La esencia, los atacantes, las armas. No quedó nada de ellos. Segundos después mi poder volvió a la normalidad, entrando de nuevo en mí como si nada hubiera ocurrido y me giré a toda prisa para ver cómo estaba Haize.